Encadenados [Notorious] (1946) de Alfred Hitchcock

Pocas experiencias hay más reconfortantes que regresar a una película que hemos visto tantas veces que prácticamente no la sabemos de memoria y confirmar en otro nuevo revisionado que no la hemos «gastado», que ésta sigue provocándonos las mismas emociones aún cuando ya anticipamos todo lo que va a suceder. En instantes así creo que el cine está más cerca que nunca de la música, en el sentido de que cuando a uno le gusta una canción la reescucha multitud de veces para volver a disfrutarla, mientras que en el cine una vez ya hemos experimentado la historia y el desarrollo de una película raramente sentimos el impulso de revisionarla seguidamente, solo en casos muy puntuales. Únicamente con las que considero grandes películas o las obras de los mejores cineastas experimento el placer de volver a pasar por las mismas imágenes y sigo disfrutándolas prácticamente igual aunque ya me las conozca de memoria.

A ese placer se le puede añadir un aliciente extra que es el confirmar que toda la experiencia cinéfila que hemos adquirido desde la primera vez que vimos el filme hasta nuestro último visionado no ha enturbiado nuestra impresión de la película. No la bajamos del pedestal en que la teníamos por ser todavía demasiado impresionables o pillarnos con la guardia baja. Es más, incluso vislumbramos detalles que antes se nos escaparon, descubrimos otros nuevos o, simplemente, vemos el filme desde otra perspectiva que lo enriquece más.

Siendo Alfred Hitchcock el director con el que empezó mi obsesión con el cine en mi adolescencia, sus películas son las que más veces he revisionado y que más pruebas han tenido que pasar. Me marcaron cuando era más joven e impresionable al no saber nada de cine, y las revisionaba fascinado por la multitud de detalles que encontraba en ellas y que no podía captar en un primer visionado. Siguieron gustándome cuando tuvieron que competir con otros grandísimos cineastas que estaba descubriendo y que tenían a su favor el aliciente de la novedad. Y finalmente se han mantenido en estos últimos años cuando las he vuelto a ver con ojos más expertos y críticos, sin necesidad de apoyarme en la nostalgia. Al contrario, conociendo mejor la historia del cine valoro aún más el prodigioso trabajo que hay tras ellas.

Encadenados (Notorious, 1946), la historia de un triángulo amoroso entre el agente del gobierno T.R. Devlin, la hija de un espía nazi Alicia Huberman y un agente nazi que opera en Brasil llamado Alexander Sebastian, no fue inicialmente una de mis obras predilectas del mago del suspense, aunque siempre me gustó mucho. No obstante, con el tiempo me ha acabado pareciendo una de sus obras más perfectas, una impresión que he mantenido en mi último revisionado, que una vez más me ha ofrecido nuevos detalles pequeños que no recordaba o se me pasaron por alto, haciendo justicia a esa frase de que hay obras que nunca te las acabas: desde planos muy breves y poco significativos narrativamente que no obstante sirven para dejar una sutil impresión al espectador (como un plano de apenas tres segundos de Devlin solo en la cafetería después de haber lanzado literalmente a Alice hacia Alexander, o la inquietud que genera la primera aparición de la madre de Sebastian no por su expresión sino por el simple detalle de filmarla como una figura lejana y desconocida a nosotros que se va acercando a cámara) a pequeños detalles más anecdóticos pero no por ello menos gratificantes, como reconocer en uno de los personajes al actor Reinhold Schünzel, secundario de oro del cine mudo alemán y director de un buen puñado de buenas películas como la divertidísima Viktor und Viktoria (1933) – Hitchcock siempre fue muy sensible respecto a ofrecer papeles en sus películas a emigrados europeos que huían del nazismo, como había hecho en Enviado Especial (Foreign Correspondent, 1940) con el reputado Albert Bassermann pese a que éste no hablaba inglés, y como hizo aquí con Schünzel y también con la actriz teatral de origen austríaco Leopoldine Konstantin, que encarna a la madre de Sebastian.

Uno de los «problemas» que conlleva el empezar a interesarse en el cine con los grandes maestros es que acabamos dando por hecho aspectos que en realidad no están al alcance de todo el mundo. La forma como fluye tan asombrosamente bien la historia de Encadenados hace que parezca fácil, que todo sigue el curso natural de la trama. Pero en realidad eso es mérito del excelente guion del gran Ben Hecht y de la destreza de Hitchcock tras la cámara, que consiguen que entendamos rápidamente tanto los rasgos de carácter de los principales personajes como su situación, sin que haya ni una sola escena o incluso ni un minuto que esté de más. Todo está encajado de forma precisa y tiene su función: la botella de champagne que Devlin iba a llevar al apartamento y que se olvida en el despacho de su superior cuando éste le dice que la misión de ella será acostarse con otro hombre (¿sabe su jefe que ambos están enamorados? ¿No da a entender eso sutilmente la forma como mira la abandonada botella de champagne en el despacho?), la taza de café envenenado situada en un significativo primer plano mientras vemos de fondo a Alice enferma ahorrándonos así innecesarias explicaciones sobre cómo pretenden eliminarla, o la decisión de desconectar el teléfono de Alice de su cuarto para que no pueda pedir ayuda, que al final será el detalle que descubrirá a Sebastian a ojos del resto de conspiradores nazis.

Se nota que Hitchcock en Encadenados se sentía cómodo sin la presencia de un productor tan invasivo como David O. Selznick y con un material y reparto de primer nivel, y se permite el tipo de detalles y juegos técnicos que tanto le gustaban, pero siempre justificados a nivel narrativo. La primera aparición de Devlin en la película es la de una misteriosa figura de espaldas a cámara, que ya marca el carácter del personaje. La famosa escena de amor en el apartamento es un prodigio con la cámara siguiéndoles en un travelling pegado a ellos que enfatiza la sensación de intimidad (Ingrid Bergman se quejaría de lo incómoda de filmar que fue esa secuencia, pero Hitchcock le tranquilizó argumentando que esa forma tan antinatural de besarse se vería bien en la pantalla, y por supuesto tenía razón). Y, claro está, tenemos también el célebre plano en grúa que pasa del salón principal de la casa al detalle de la llave en las manos de Alice: del escenario general (la suntuosa fiesta) al detalle fundamental que es la clave de todo, la llave que conduce al secreto que guarda Alexander como si de una especie de Barbazul se tratara.

No obstante, aunque existen muchísimos aspectos técnicos que podríamos resaltar de Encadenados, hay uno en el que me apetece detenerme especialmente, y es el contar con el que podría ser uno de los mejores personajes secundarios de la historia del cine: Alexander Sebastian. Él es teóricamente el malo de la película, el conspirador nazi a quien se desea desenmascarar. Pero Hitchcock y el brillante guion de Ben Hecht consiguen que tengamos sensaciones ambiguas respecto a los personajes. Porque Sebastian en el fondo es el más genuinamente honesto de ese triángulo amoroso formado por él, Alicia y Devlin, es el único que ama incondicionalmente sin segundas intenciones. Y en el fondo está en una posición con la que la mayoría de los espectadores nos podemos sentir identificados fácilmente: ese temor a que, una vez has conquistado a la persona amada, en cualquier momento pueda aparecer un Cary Grant a arrebatárnosla, esa vergüenza que siente uno cuando otros (el mayordomo en este caso) descubren ese secreto sobre tu intimidad que preferías haberte guardado para ti, esa inseguridad que siente aquel que ama incondicionalmente y sabe que se encuentra en una relación donde él da más amor del que recibe.

En ningún momento de la película vemos a Alicia y Alexander besándose, confirmando nuestra sospecha de que ésta no debe ser muy cariñosa con él (cosa lógica, puesto que no le quiere). Y para colmo, la mayor muestra de afecto que ella le prodigará en cámara será un abrazo para que Alexander no descubra que le ha robado la llave de la bodega. ¡Pobre Alexander Sebastian! ¿Cómo no vamos a sentir compasión por este hombre genuinamente enamorado de una mujer que sabe fuera de su alcance y que le ha permitido despegarse temporalmente de las faldas de su posesiva madre? Y he aquí un aspecto brillante del guion: está planteado para que estemos de parte de Devlin, el agente americano, pero por su forma de ser realmente es Sebastian el que potencialmente puede provocar más simpatías al espectador. ¿No nos es en el fondo un personaje con el que empatizamos más fácilmente que con ese frío agente norteamericano?

Hay de hecho aquí una posible segunda película que podría surgir de los personajes de Encadenados pero narrada enteramente desde el punto de vista de Alexander Sebastian. Un hombre poderoso todavía soltero y ligado a su madre pese a su avanzada edad que un día descubre que la mujer que amaba le ha acabado correspondiendo. Un pobre diablo que ve rondar un guaperas alrededor de su chica y ésta asegura que en realidad él no significa nada para él. Un desgraciado que pese a lograr a la mujer que ama en el fondo sabe que ella no puede preferirle a él, pero ¿cómo resistirse a la tentación de autoengañarse y seguir con esa fantasía?

Lo apasionante y complejo de Encadenados es que en realidad son esas dos películas en una. Hitchcock alardeaba en su libro de entrevistas con Truffaut de cómo en Psicosis (Psycho, 1960) conseguía que nos pusiéramos de parte del personaje de Norman Bates cuando éste intentaba esconder las huellas del crimen de su madre; de cómo, pese a que es cómplice del asesinato de la protagonista, luego sufríamos por él cuando el coche que intentaba esconder no llegaba a hundirse en el pantano. En cierto modo en Encadenados ya estaba llevando a la práctica ese perverso juego haciéndonos pasar del punto de vista de unos personajes a otros. Estamos de parte de Devlin y Alicia, ya que son los protagonistas que además están luchando contra los nazis, la máxima encarnación del mal. Pero, ay, no podemos evitar sentirnos mal por Sebastian cuando éste descubre que ha sido engañado.

Lo que hace que este juego a dos bandas funcione tan bien se debe a varios factores, entre ellos el soberbio trio protagonista formado por Cary Grant, Ingrid Bergman y Claude Rains. Devlin (Grant) es el que encarna la ley en su máxima expresión pero a cambio es el más perverso de los tres. Desprecia a Alicia, y cuando ésta intenta enmendarse de su pasado promiscuo y alcoholizado él responde siempre con frases cáusticas y mordaces. Solo un actor de la talla de Grant podría lograr que el personaje funcionara, desplegando esa faceta cínica pero con un componente romántico y vulnerable que se niega a dejar mostrar del todo. La química que hay entre él y el personaje de Ingrid Bergman es tan visible y está tan bien captada por Hitchcock que de esta forma compensa la crueldad con que él la trata en ocasiones, porque intuimos que es todo una máscara. Esto se nos confirmará de hecho en el único momento de la película en que defiende a Alice… que es, triste y significativamente, en una escena en que ella no está para oírlo: una reunión con otros agentes secretos en que uno habla despectivamente de ella como una mujer de baja catadura moral, y Devlin responde sarcásticamente sobre cómo mientras Alice se juega la vida la esposa de dicho agente está jugando al bridge.

Pocas veces en su carrera Hitchcock bordó una historia de amor tan compleja y rica como ésta, en que se chocan continuamente el deber con el interés personal, en que cada momento de ternura o reconciliación parece estar siempre al borde del desastre por un comentario cruel o fuera de lugar, en que los personajes se hacen daño continuamente por ser demasiado orgullosos o inmaduros para decir abiertamente lo que piensan. No será hasta la escena final, cuando Devlin rescata a una Alicia moribunda, cuando éste por fin tendrá las agallas de decirle que la quiere. Pero, ¡qué tarde llegan estas bonitas palabras! ¿Por qué no se las dijo en la terraza de su apartamento cuando le hizo saber que su misión en Brasil sería seducir a un agente nazi? No, Devlin necesita ponerla prueba y exigirle que sea ella quien se niegue rotundamente, incapaz de entender que si ésta aceptó es porque creyó complacerle al cumplir su deber. ¡Qué fácil habría sido pues decidir ambos abandonar la misión para casarse y tener una feliz vida juntos! Aunque, claro, a cambio nos habríamos quedado sin película.

Uno de los aspectos por los cuales Hitchcock es el gran mago del suspense es su asombrosa capacidad para crear escenas que nos retrotraen a esas situaciones de angustia e inquietud más primarias que sentíamos de pequeños, representadas en esa famosa anécdota que tanto le gustaba repetir de cuando su padre hizo que le encerraran en una celda de la comisaría local para darle una lección, traumatizándole de por vida. Ese miedo a que nos pillen por algo que hemos hecho mal. Ese pánico a enfrentarse a situaciones que consideramos peligrosas. Si el tramo final de Encadenados funciona tan bien es porque Hitchcock hace eso pero por partida doble. Por un lado, Alexander Sebastian descubriendo que ha sido engañado, viéndose obligado a confesar a su madre lo sucedido (otra escena con ecos muy arraigados a la infancia: el tener que pedir ayuda a la figura materna y reconocer con amargura que ella tenía razón) y, seguidamente, a planear una forma de acabar con su esposa sin que lo noten sus compañeros nazis. Por otro lado, la sospecha y después el descubrimiento por parte de Alicia de que ha sido descubierta pero no puede escapar de la casa. Nosotros como espectadores estamos de parte de ella, pero no podemos evitar sentir también inquietud cuando el Doctor Anderson comenta en una reunión con otros agentes nazis que está siendo vigilado y uno de los conspiradores, el más astuto, mira severamente a Alexander. El pánico a ser pillado es algo tan universal que ese detalle nos inquieta aun cuando el personaje a punto de ser descubierto es el antagonista del filme.

¿Piensan que exagero cuando digo que Encadenados es en el fondo la mezcla de dos películas en una, por un lado la historia de amor entre Devlin y Alicia, y por el otro el desgraciado relato de Alexander Sebastian? Fíjense cómo acaba Hitchcock el filme. No con un plano de la pareja huyendo a un futuro mejor, no con el típico epílogo que nos reconforta con un final feliz, sino con un plano de un compungido Sebastian abandonado a su suerte que debe volver a casa. Un Sebastian que como un niño a quien finalmente han pillado debe regresar para asumir su castigo. Pocos personajes encontrarán en la filmografía de Hitchcock que produzcan sensaciones tan ambiguas como este pobre hombre que en la teoría no era más que un mero antagonista.

6 comentarios

  1. Sigo en silencio tu blog pero hoy me veo obligado a romper esta tradición para felicitarte por el magnífico comentario que has hecho de esta maravilla de Hitchcock y que suscribo de pies a cabeza. Bravo!

    1. Muchísimas gracias por su amable comentario. La verdad es que siendo una película tan magistral y que he visto tantas veces, se prestaba a hacerle justicia.
      Un saludo.

  2. Vaya vaya Doctor, menuda sobrada de comentario. Me deja usted sin nada que añadir.

    Creo que suscribo todas sus palabras y pareceres, aunque esta vez le confieso que, en contra de lo que le he reprochado cariñosamente en otras ocasiones, a Encadenados le pondría 4,5 estrellas por un asunto de gusto personal.
    Aunque es una obra maestra incontestable por todo lo que usted desarrolla -interesantísimo su punto de vista sobre el personaje de Rains, es de esas cosas que uno sabe sin haberlas pensado nunca, o al revés- a mí me chirría, como en otras ocasiones, Cary Grant.
    Que es un enorme actor con más clase y más percha que cualquier otro no lo pongo en duda y a nadie que afirme que le parece de los 5 mejores de la historia podría rebatírselo. Pero cuando rueda con Hitch, y también en esas otras que quieren remedarle un tanto, como Charada, me encuentro con que me parece muy artificial en su relación con las mujeres. Supongo que este comentario va contra alguna norma moral del mundo de hoy, pero no sé cómo expresarlo de otra forma… Creo que se le nota mucho que no le gustan las mujeres, sus besos son horrendos por mucha magia que ponga Hitchcock en rodarlos. Besa a Ingrid Bergman, a Deborah Kerr, a Grace Kelly… como el que besa a un gato de escayola, y a mí me resulta muy extraño y me saca lo suficiente de la historia como para quitarle esa media estrellita a muchas de sus pelis. Y más allá de los besos, es una especie de distancia o indiferencia -usted algo dice de eso, aunque por otros motivos- hacia sus coprotagonistas que me chirría mucho, hasta casi incomodarme. Hace pocas semanas me regalé un revisionado doble de las dos Tú y yo y bueno, la de los 30 me pareció infinitamente mejor por varios motivos, entre ellos esto, porque comparar la pasión, la complicidad y el amor que desprenden Boyer y Dunne con lo que muestran Cary Grant y la genial, pero algo fría también, Deborah Kerr, es como comparar una telenovela turca con RAN.

    Vaya, perdone la chapa, además políticamente incorrecta, si le multan páseme la factura.

    Un abrazo y felicidades de nuevo.

    1. Amigo Manuel, de entrada le agradezco como siempre su disertación, que además no veo que tenga nada de políticamente incorrecto. Fíjese si le aprecio que en circunstancias normales a alguien que hablara mal de Cary Grant le diría esto. Y con usted voy a hacer una excepción.

      No estoy de acuerdo con su percepción, de hecho jamás me había dado esa sensación, pero me resulta muy interesante y me alegro de que la haya traído aquí. Es curioso confrontar puntos de vista dispares cuando normalmente solemos coincidir mucho, ¡incluso demasiado! Porque eso no da pie a mucha discusión.

      A cambio le doy la razón en la superioridad de la versión de los 30 de Tú y yo. Es un caso extraño porque Cary Grant me gusta infinitamente más que Charles Boyer pero la de los 30 tiene una magia de la que la de los 50, también magnífica en mi opinión, carece.

      Un abrazo.

  3. Sí, «Encadenados» es de esas películas que servidora tampoco se cansa nunca de ver. Sí, son superinteresantes, como destacas en tu texto, las personalidades de Alexander y Devlin y los sentimientos que llegan a inspirarnos cada uno. Y también cómo cada uno de ellos se relaciona con Alicia y cómo los dos terminan haciéndole daño de una manera u otra…, aunque los sentimientos que ella les profesa sean tan diferentes.
    Y es que Hitchcock para mí es el rey de las historias sobre el poder destructivo del amor… Historias de amor oscuras y dolorosas… Que le pregunten a Alexander.
    Beso
    Hildy

    1. Totalmente de acuerdo contigo Hildy, es de las historias de amor más complejas que armó Hitchcock, y no es decir poco.
      Un abrazo.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.