Críticas

Adieu Philippine (1962) de Jacques Rozier

A principios de los 60, el cine francés fue testigo de los debuts al largometraje de una serie de prometedores jóvenes directores que formarían la Nouvelle Vague. Y aunque muchos de esos títulos y cineastas son de sobras conocidos por nosotros, por el camino quedaron otros olvidados que merecen nuestra atención, como es el caso de Jacques Rozier y Adieu Philippine (1962).

Sin situarla a la altura de las grandes obras del movimiento, hay algo en la primera obra de Rozier que me resulta irresistible: su tono expresamente espontáneo y ligero. Sin la seriedad autobiográfica de Los Cuatrocientos Golpes (1959) ni el estilo tan chocantemente transgresor de Al Final de la Escapada (1960), Adieu Philippine es una película divertida que no busca más que ser un reflejo fiel (tanto en contenido como en espíritu) de la juventud de la época. La puesta en escena tan refrescante para la época no deja de estar supeditada al verdadero propósito de Rozier: conseguir captar a sus protagonistas con la mayor fidelidad posible, capturar esa espontaneidad de forma auténtica.

Sí, hay algo parecido a un argumento con una serie de conflictos: el triángulo amoroso que se produce entre Michel (un joven operador de cámara) y dos amigas, Lilian y Juliette; un intento por parte de Michel de establecerse trabajando con un productor de pocamonta que le engaña, y su obligación de incorporarse al servicio militar al final del verano. Pero estos puntos no dejan de ser pretextos sobre los que se mueven los personajes. Al final lo que importa es captar la relación entre estos tres jóvenes y su día a día, prevaleciendo incluso los momentos muertos y los instantes intrascendentes.

Se suele asociar a Adieu Philippine con el cinema-vérité por su estilo y el uso de actores no profesionales (solo uno de los tres había hecho algún papel en el cine anteriormente), pero está claro que los intereses de Rozier no tiran por esos derroteros y que incluso le gusta divertirse con las viñetas cómicas de la película (los desastrosos rodajes de anuncios) y recrearse en detalles más “pop” como la música y los bailes… al fin y al cabo eso es lo que le interesa a los jóvenes, ¿no? Un ejemplo de ello son los numerosos planos de seguimiento callejeros, que conectan totalmente con el espíritu de la Nouvelle Vague, pero a los que Rozier les añade en ocasiones música de fondo para recrearse simplemente en la imagen de las jóvenes paseando por París, sin prestar atención a lo que dicen entre ellas.

El film me recuerda mucho en tono e intenciones tanto a la maravillosa Gente en Domingo (1930) como a Un Verano con Mónica (1953) en su tramo final, al situar a los protagonistas de nuevo en un entorno alejado del mundo real que les obligará a enfrentarse entre ellos y, qué remedio, a madurar.

Aunque no se hace explícita la brecha generacional entre jóvenes y adultos, la idea sobrevuela la película en escenas como la comida familiar en casa de Michel y la escena de la doble cita en que una de las chicas está con un hombre mayor que ella, que se siente cómicamente fuera de lugar en ese ambiente. En cierto modo, Adieu Philippine es también un adiós a la inocencia y despreocupación de los tiempos de juventud. Aunque la amenaza del servicio militar apenas se vuelve a mencionar, al final de la película es lo que obliga a Michel a volver a la dura realidad y dejar atrás, no solo sus vacaciones, sino toda una época de su vida. Pero Rozier, fiel a si mismo, apenas deja traslucir ese sentimiento de tristeza y hace que la película acabe con el mismo tono ligero con que empezó.

Extrañamente, pese a tener todos los ingredientes para que la película conectara con el público de la época (incluyendo dos chicas en bañador en el cartel) ésta fue un fracaso de taquilla que puso muy difícil la continuidad de la carrera cinematográfica de Rozier. De modo que el film ha quedado como una de esas rarezas a descubrir no solo por su calidad sino como retrato de su tiempo.

Terror en una Ciudad de Texas [Terror in a Texas Town] (1958) de Joseph H. Lewis

Pocos inicios de westen más peculiares se me ocurren que el de Terror en un Pueblo de Texas (1958). Antes siquiera de que aparezcan los títulos de crédito vemos a su protagonista, encarnado por Sterling Hayden, cruzando decidido el pueblo para enfrentarse a un misterioso pistolero. De entrada dicha imagen no tendría nada de particular si no fuera porque dicho personaje utiliza como arma un arpón.

Hayden encarna a Georg Hansen, un emigrante sueco que ha acudido a Estados Unidos para ayudar a su padre en su granja, pero que al llegar descubre que ha sido asesinado. El responsable es un pistolero, Johnny Crale, contratado por el ambicioso Ed McNeil, un hombre acaudalado que planea hacerse con todas las tierras de la zona a la fuerza, ya que contienen petróleo.

Así pues nos encontramos con un western sumamente interesante desde su particular premisa. No, el héroe no es un rápido pistolero, de hecho en ningún momento le vemos empuñar un arma, es un ballenero. Tampoco destaca Georg por ser especialmente inteligente ni lleva a cabo ningún plan particularmente brillante, si ocupa el rol de héroe en la película es por dos rasgos que le hacen destacar por el resto de personajes del pueblo: su testarudez a no renunciar a la granja de su padre y su valentía. El guión estaba firmado por un “blacklisted” de la triste caza de brujas, y puede que se note algo de ello en esa imagen del pueblo lleno de cobardes, que ante una injusticia acometida a un vecino prefieren callar por interés propio en lugar de enfrentarse juntos a ese problema.

La historia de hecho tiene un tono seco y desencantado exento por completo del glamour de los westerns. Apenas hay enfrentamientos, y en el primero de ellos contemplamos impertérritos cómo nuestro protagonista es apalizado sin piedad. Tampoco se hace justicia al final, con esos bandidos y ese sheriff corrupto marchando del pueblo felizmente con los bolsillos llenos, pero está claro que a los guionistas no les importa dar esa visión de justicia y centrarse en los protagonistas, convirtiendo el petróleo en un McGuffin en toda regla (la última mención de un personaje al respecto es “¡Al diablo con el petróleo!”).

Aparte de destacar a un magnífico Sterling Hayden como protagonista, cabe mencionar a Nedrick Young como el pistolero Johnny Crale. Un bandido que parece más hastiado que otra cosa, cuya amante dice que sigue con él porque necesita estar con otra persona que esté aún más por debajo de ella. Un pistolero que ni siquiera parece especialmente cercano al hombre que le contrata (el clásico ricachón insoportablemente hablador y falsamente simpático) y que lleva impreso el signo de la muerte en su rostro.

Queda para la historia ese peculiar duelo final que parece casi humorístico (¿qué arma utilizaría un sueco para enfrentarse a un vaquero?) pero que está resuelto con tanta dignidad que funciona a la perfección. La despedida de Joseph H. Lewis del campo del largometraje (a partir de entonces se especializó en la televisión) fue por todo lo alto: un más que recomendable western que sin duda tiene personalidad propia.

Ivan (1932) de Aleksandr Dovzhenko

Después de haber filmado una de las obras maestras más hermosas de la era muda, Tierra (1930), Dovzhenko irónicamente se encontraba en una situación muy conflictiva. Aunque la película fue aplaudida unánimemente en el exterior, ésta no gustó al régimen soviético, que empezó a presionar duramente al director ucraniano para que se adaptar a lo que realmente se le pedía y se dejara de cantos a la naturaleza.

Su siguiente proyecto, Ivan (1932), tenía que ser una obra más convencional que en este caso celebrara las bondades de la industrialización de Ucrania a través de la historia de unos campesinos que colaboraban en la construcción de una monumental presa en el río Pnieper. Pero de nuevo el incorregible Dovzhenko no pudo evitar tirar buena parte del metraje hacia su terreno, llenándola de ambigüedades y experimentos con el montaje y el sonido (se trataba de su primera película sonora). Sería una de las últimas ocasiones en que se podría permitir ese lujo.

De entrada debo decir que, a excepción de la magistral Tierra, tengo la impresión de que en las obras que he visto de Dovzhenko se alternan momentos absolutamente sublimes con otros que no acaban de funcionar – algo para mí especialmente visible en una de sus películas más importantes, Zvenigora (1928). En el caso de Ivan es más que palpable esa contraposición, sobre todo cuando el film parece ir basculando entre el estilo poético y transgresor típico de Dovzhenko y la propaganda soviética convencional. De hecho para mí la historia va claramente de más a menos, comenzando de forma absolutamente prometedora con esos bellos planos del río que nos hacen esperar una segunda parte de Tierra en cuanto a estilo y temática.

Al igual que sucedía en su anterior obra, Dovzhenko se recrea en el paisaje y nos regala esos planos tan característicos en que el cielo cubre la mayor parte de la pantalla; y al igual que en Tierra, la forma que tiene de contar la historia puede resultar algo confusa en los primeros visionados, al añadir cortes súbitos e inesperados entre diferentes espacios o situaciones: de esos planos del río se nos lleva a una charla en que un orador anima a los campesinos a unirse a la industrialización, y de ahí a una serie de planos individuales de campesinos opinando sobre el tema. Está claro que Dovzhenko no va a abandonar su forma de contar las cosas.

El protagonista es el joven Ivan (aunque, para hacer todo más confuso, hay otros personajes que también se llaman así), un campesino voluntarioso que participa junto a su padre en la construcción de la presa. En una de las escenas más extrañas de la película, Ivan trabaja duro construyendo unas vías y seguidamente todos le aplauden por el buen trabajo hecho. Pero la sorpresa llega cuando de repente oímos la voz de uno de los jefes echándole en cara el mal trabajo que ha hecho y de ahí un par de planos nos devuelven a la realidad: lo que hemos visto antes era una fantasía del propio Ivan, a quien en realidad están amonestando. Pongámonos en la situación del espectador de la época, no preparado aún para este tipo de juegos de montaje, que se esperaría el típico relato del héroe soviético que da título a la película y de repente se encontraba con esto. El bueno de Dovzhenko se estaba quedando con ellos, ofreciendo primero el clásico relato que todos esperamos (el joven trabajador que se gana la admiración de los demás por su dura faena) para luego defraudar nuestras expectativas. No está mal para ser una película hecha bajo la atenta mirada del gobierno.

Merece destacarse también la forma como Dozhenko maneja el sonido en esta escena, utilizando la voz en off del capataz para romper la fantasía antes de que veamos la realidad, pero la película está plagada de usos muy ingeniosos de esta nueva técnica. En la escena en que un trabajador muere en un accidente y la madre acude junto al cadáver, el director utiliza el silencio absoluto para acentuar la gravedad de la situación. Cuando ésta entonces va corriendo a la oficina a denunciar lo sucedido, Dovzhenko nos satura con una serie de sonidos industriales que remarcan el peligro y caos que supone trabajar en la presa. Se trata de una de las mejores escenas de la película que, ay, se viene abajo en su resolución: cuando la madre llega hasta al encargado, éste se encuentra denunciando por teléfono la falta de seguridad y exige cambios inmediatos. Al oír eso, la madre decide irse sin decir nada: lo importante es que se tomen medidas para que el resto de trabajadores estén seguros, ciertamente una postura muy poco creíble para una madre que acaba de perder a su hijo. Es uno de esos momentos en que el aspecto propagandístico del film gana terreno.

Uno de los personajes más memorables de la película es un pescador holgazán que se dedica a reprochar al resto que se pongan a trabajar. Lo encarna Stepan Shkurat, quien en Tierra interpretaba el inolvidable papel del padre y que aquí, escuchándolo hablar en uno de sus primeras películas sonoras, resulta reconfortante comprobar que tiene el vozarrón profundo que le imaginábamos. Teóricamente su personaje debería encarnar al antagonista, el que se antepone al progreso, pero de nuevo Dovzhenko nada a contracorriente, casi parece que le tenga más simpatía que al aburrido protagonista dotándole de más humanidad y proporcionándole algunos instantes humorísticos. Uno de éstos de nuevo se sirve de la novedad del sonido: por un megáfono alguien se dedica a burlarse de él y éste intenta huir de esa voz que parece omnipresente (más adelante también destruirá una radio, parece que al personaje no le gusta nada ese tipo de innovaciones sonoras). Incluso en un par de ocasiones se dirige directamente a cámara aumentando la complicidad con el espectador. Ciertamente Dovzhenko se estaba tomando muchas libertades.

Pese a estos y otros logros (las escenas de todo el funcionamiento de la maquinaria industrial son apabullantes) la película acaba decayendo en el tramo final cuando la propaganda finalmente se impone al estilo personal del director. Inevitablemente asistimos a muchos discursos, congresos del partido y aprendemos que la moraleja final es una apología a la educación de los jóvenes como Ivan por el bien de la sociedad. Lo cual no impidió que la película no llegara a funcionar en su época y fuera considerada un fracaso. Pero aun aceptando su estilo desigual, Ivan atesora tantos logros y detalles interesantes y demuestra de una forma tan rica la creatividad de su autor, que me sigue costando de entender el absoluto ostracismo en que se encuentra hoy día. Va siendo hora de rescatarla y disfrutar de ella.

La Oreja [Ucho] (1970) de Karel Kachyna

    

En el tumultuoso contexto de la República Checa de mediados y finales de los 60, surgieron un buen número de excelentes películas que criticaban la situación política de forma alegórica. Dicha situación se extiende desde obras tan surreales como La Fiesta y los Invitados (1966) de Jan Němec a films que han querido verse como alegorías políticas, como ¡Al Fuego, Bomberos! (1967)  pese a que su propio autor lo haya negado en repetidas ocasiones – lo cual no quiere decir que sea así, puesto que ya sabemos que los artistas a menudo tienden a dar visiones expresamente contradictorias de su propia obra.

Lo que destaca a La Oreja (1970) de todas esas otras películas es que ésta no se trata de una alegoría, sino de una crítica directa al partido sin ningún tipo de tapujos, convirtiéndola en una de las obras más valientes de la época. Eso, obviamente, trajo como consecuencia inevitable que el film fuera prohibido en su época y que no pudiera verse hasta 20 años después, a finales de 1989, justo cuando la República Checa entraba en la democracia.

La película se sucede a lo largo de una agitada noche teniendo como protagonista a Ludvík, un ministro del Partido Comunista, y su mujer Anna, con la que tiene una tormentosa relación que la ha convertido prácticamente en una alcohólica. Después de una velada oficial, la pareja regresa a casa y descubren una serie de indicios que le hacen sospechar a Ludvík que alguien ha entrado mientras ellos estaban fuera. A partir, de aquí empieza a recordar ciertos detalles de la fiesta (donde se enteró de que su superior fue recientemente detenido sospechoso de ser anticomunista) que le hacen temer que será el siguiente miembro del partido en ser encarcelado.

Ludvík se vuelve paranoico por la presencia de micrófonos en ciertas habitaciones de la casa y por su estrecha conexión con una persona ahora detenida, y a lo largo de esa misma noche intenta destruir una serie de documentos que puedan resultar incriminatorios mientras en paralelo discute con su mujer.

El cineasta Karel Kachyna logró con La Oreja realizar una de las películas más interesantes de la Nueva Ola Checoslovaca, no solo por la valentía de su contenido, sino por su magnífica puesta en escena, con la que transmite a la perfección esa sensación de paranoia y malestar de su protagonista. Con un excelente uso de su fotografía en blanco y negro y de esos espacios interiores (en ocasiones opresores), la cinta transmite fielmente la angustia y paranoia de un personaje que se siente escuchado en su propia hogar y que debe analizar cada mínimo detalle de su última velada en busca de errores cometidos. De esta forma, la existencia para Ludvík (que los guionistas retratan claramente como un oportunista interesado en escalar puestos) no se puede basar únicamente en la hipocresía, sino prácticamente en representar un papel hasta el final.

El guión combina muy inteligentemente los sucesos en presente con breves flashbacks de la fiesta que acentúan el tono confuso, y también salta de la intriga política a la crisis matrimonial de la pareja protagonista, que conviven casi por inercia y se destruyen mutuamente. Esta segunda trama, que podría parecer accesoria al conflicto central del film, resulta especialmente interesante en el acto final, cuando Ludvík sospecha que va a ser detenido en breve y Anna pasa entonces a convertirse en una sufrida esposa que se preocupa por él. Se trata de una de esas difíciles relaciones en que ambos miembros no se soportan pero se necesitan al mismo tiempo. Y en lo que respecta al conflicto político, la escena final de la película nos ofrece un inesperadísimo giro que la dota aún de más valor y que quizá ustedes no quieran conocer, en cuyo caso les recomiendo dejar de leer aquí.

Una vez Ludvík confirma que han sido escuchadas incluso aquellas conversaciones que él había mantenido en habitaciones donde se pensaba que no había micrófonos, una vez sabe que aquellos que le espían conoce hasta aquello que él pretendía ocultar y da por hecho que va a ser detenido; una vez sucede todo eso, Ludvík recibe la noticia de un inesperado ascenso, el mayor contrasentido que uno podría imaginar… ¿o no? Después de todo puede que al partido precisamente le interese un oportunista sin talento como Ludvík, alguien del que ya conocen todos sus puntos flacos y que saben por donde pueden pillar si se hiciera necesario. Lejos de acoger la noticia con alegría, los protagonistas parecen ser conscientes de todo ello. No en vano lo último que dice Anna antes de que acabe la película es “Tengo miedo”.

Imprescindible.

Domingo de Agosto [Domenica d’Agosto] (1950) de Luciano Emmer


A mediados de los años 40, el cine neorrealista italiano conoció un éxito internacional de crítica e incluso de público absolutamente insólito para un país europeo desde que se inició la era sonora. Esas películas que no temían mostrar la dura realidad de la posguerra fascinaron a un mundo aún en shock después del trauma de la II Guerra Mundial y sirvieron de inspiración a cineastas de todo el mundo, desde Estados Unidos a Japón. Pero con el tiempo el hecho de que fueran este tipo de obras las que se exportaran al extranjero empezó a incomodar a la sociedad italiana, especialmente a los altos cargos. La visión que se estaba dando de su país en todo el mundo era demasiado dura, seca y pesimista. Y eso en los primeros años de la regeneración económica comenzaba a ser cada vez más molesto. ¿Realmente hacía falta seguir adelante con este tipo de cine?

Fue entonces cuando empezó a surgir lo que se conocería como el neorrealismo rosa. La idea era mantener del neorrealismo esa visión tan fiel de la Italia humilde pero sin necesidad de tirar hacia el drama, al contrario, enfocándolo poco a poco hacia la comedia amable. Esta tendencia fue apadrinada por uno de los grandes directores del movimiento, Vittorio De Sica, aprovechando su experiencia en el ámbito de la comedia en los años 30 – en paralelo, Roberto Rossellini y Luchino Visconti, los otros grandes representantes de dicha tendencia, irían dejando el género para seguir otros caminos igualmente llenos de interés. A nivel crítico el neorrealismo rosa siempre ha estado algo denostado, como una especie de versión light del neorrealismo inicial pero sin su fuerza crítica. Y aunque eso sea cierto, no quita que a nivel cualitativo las películas pertenecientes a este género no puedan ser también magníficas.

Un ejemplo de esta tendencia sería Domingo de Agosto (1950) de Luciano Emmer, una película coral que nos muestra lo que hacen varios personajes en la fecha que da título al film: varios de ellos acuden a la playa de Ostia para refrescarse, mientras que otros se quedan en Roma para resolver sus problemas (un policía que busca alojamiento para su novia embarazada hasta que se puedan casar y un expresidiario que, incapaz de reformarse, participa en un robo). Entre el primer grupo tenemos una familia de auténticos domingueros cuya hija adolescente se cuela en una parte de la playa reservada para ricos y se hace pasar por una joven adinerada para agradar a un chico… que en realidad pertenece al mismo barrio que ella; a un padre viudo que se ve obligado por su amante a ingresar a su hija en un internado de monjas durante el verano y a una mujer humilde que está saliendo con un hombre que se codea con aristócratas decadentes y le promete un tren de vida mucho mejor.

Un rasgo que me gusta mucho de Domingo en Agosto y que, curiosamente, muchos en realidad verían como un defecto, es su ligereza. El guión va saltando con sorprendente agilidad de una historia a otra, y eso sumado a su breve duración (hora y cuarto) hace que la película adquiera un tono más liviano. No quiere decir eso que trate las diferentes historias con superficialidad, sino que se prefiere dar unas breves pinceladas de cada una sin necesidad de profundizar mucho en ninguna. Tampoco apuesta la película de forma marcada por el tono de comedia (aunque no faltan por ello momentos divertidos, de los cuales mi predilecto son los dos padres de familia que hacen un intento de bañarse y deciden volver a la arena), sino que más bien pretende que conozcamos los personajes y nos impregnemos de esas situaciones típicamente diarias: las peleas para conseguir sitio en la playa o en el tren, los prematuros escarceos amorosos de la adolescencia, el guardia de tráfico solo en las calles de Roma (un joven Marcello Mastroianni en uno de sus primeros papeles), etc.

La película por otro lado aunque apuesta por un tono más sencillo tampoco traiciona la visión realista de lo que muestra. Es cierto que no hay nada del tremendismo neorrealista, pero tampoco una visión edulcorada y falsa de la realidad. Aunque algunas historias terminan felizmente, otras tienen un desenlace más abierto (por ejemplo, el destino del guardia y su novia embarazada al final acaba siendo incierto) o directamente pesimista (la historia del expresidiario). El director sencillamente mantiene ese tono sencillo tanto para lo malo como para lo bueno (en este segundo grupo, la historia de los dos enamorados tiene un final feliz pero tampoco se recalca de forma idílica).

En general Domingo de Agosto es una obra sin grandes pretensiones y que busca en su sencillez ser fiel a sus personajes y a las situaciones que recrea, y en ese aspecto lo consigue por completo. A menudo tiendo más a simpatizar con estas obras “pequeñas” pero honestas que con otras de más aspiraciones que se quedan a medias. La modestia en el cine también puede ser una gran virtud.

El Despertar de una Nación [Gabriel Over the White House] (1933) de Gregory La Cava

¿Cuántas veces hemos visto a gente solucionando los problemas del país (¡y del mundo!) desde la barra de un bar, construyendo castillos en el aire sobre todo lo que harían si tuvieran la oportunidad? Pues ahora imaginen que esas personas se sientan a escribir un guión reflejando todas esas teorías. El resultado sería El Despertar de una Nación (1933).

El Hollywood pre-código Hays es una de las épocas más interesantes del cine norteamericano. Películas antiguas que tratan con total atrevimiento temas que en solo unos años serían tabú. Films que muestran abiertamente situaciones que luego el código Hays se encargaría de reconducir hasta los caminos bienpensantes de siempre. Unos pocos años de cierta imprevisibilidad en que uno no podía intuir del todo hacia dónde se dirigirían los guiones. El film que nos ocupa hoy es paradigmático en ese sentido: producida por el magnate de la prensa William Randolph Hearst como un tributo al presidente Roosevelt y un ataque a los republicanos, la película trataba los problemas sociales del país en la peor época de la Gran Depresión de una forma tan extravagante que de un homenaje al mandatario demócrata acabó convirtiéndose casi en una apología a los totalitarismos.

El siempre portentoso Walter Huston encarna al recién elegido presidente de los Estados Unidos (¡yo también le habría votado!) Judson Hammond. Como buen político, Hammond se muestra ocioso, relajado ante los problemas de la gente de la calle y dispuesto a seguir manteniendo el status quo. Pero un día sufre un accidente de coche que le deja en coma. En ese estado de inconsciencia se le aparece entonces el ángel Gabriel y le reconvierte en un presidente seco y malhumorado pero también mucho más comprometido por salvar a su país – sí, tal cual suena, pero esperen porque esto no ha hecho más que comenzar.

A partir de aquí, el presidente Hammond se vuelve un tipo antipático dispuesto a llevarse por delante a quien sea para salvar al país. Y para ello disuelve el Congreso declarando el estado de emergencia y manda al ejército a acabar con la mafia ante la mirada consternada de sus secretarios Beekman y Pendie.

El Despertar de la Nación es una de esas películas tan alucinantes que merece verse solo para comprobar que Hollywood no era una industria tan infaliblemente hermética, y que a veces hasta a un estudio como la Metro se le colaban rara avis como ésta o Freaks (1932) de Tod Browning. Su extraño guión es una mezcla de populismo barato y política ficción para arreglar la crisis de la Gran Depresión.

Poca broma: a raíz de la crisis económica los Estados Unidos de principios de los años 30 estaban en un estado muy vulnerable a nivel social, un caldo de cultivo muy propicio para el surgimiento de movimientos radicales (vean si no lo que sucedía en algunos países europeos). Solo se puede entender un producto como éste si lo situamos en un contexto tan confuso, pero precisamente eso es lo que hace de El Despertar de la Nación una película que podría ser potencialmente peligrosa si no fuera tan absurda, ya que defiende la idea de que la salvación de este país pasa porque llegue al poder un hombre fuerte (o incluso “iluminado”) que se pase por el forro el Congreso y todas esas ridículas normas que rigen las democracias.

No le falta razón a la película cuando acusa al gobierno de no tomarse en serio su deber, de ser incapaz de acabar con las mafias surgidas a raíz de la Ley Seca y de malgastar dinero en temas menos prioritarios cuando la gente se muere de hambre, pero las soluciones que propone son tal sarta de disparates que a día de hoy cuesta tomarse la película en serio. Me fascina la idea de acabar con el crimen organizado convirtiendo esa lucha contra la mafia en un asunto del ejército, de forma que los mafiosos puedan ser juzgados en un tribunal de guerra y por tanto ejecutados al momento sin preocuparse por nimiedades como abogados defensores o juicios justos. Pero aun entrando en su juego, la película a veces pierde tanto el norte (¿un coche de gángsters tiroteando la entrada de la Casa Blanca a lo Scarface (1932)?) que resulta fascinante pese – o más bien a causa de – sus defectos.

Porque ciertamente, pese a estar dirigido por un muy buen director como Gregory La Cava y estar encabezada por el infalible Walter Huston, el film está lejos de ser remarcable por sus valores artísticos. Los diálogos son terriblemente discursivos, hasta el punto de que en ocasiones parece que cada línea de diálogo del presidente es un pequeño discurso o sentencia impactante, y las frases del resto meras réplicas que sirvan de apoyo a lo que dice su protagonista. Los pobres Beekman y Pendie, que empezaron de forma prometedora como fieles secundarios, a medio metraje acaban resignándose a ser meros comparsas del gran hombre y se ven obligados a protagonizar una aburrida y predecible historia de amor como única forma de tener un mínimo de relevancia en el guión.

Y cuando parece que nos hemos habituado al extraño tono de la película, hay ocasiones en que se vuelve tan literalmente loca que cuesta creer que esté sucediendo lo que estamos viendo. En cierto momento el presidente se da cuenta de que parte de la crisis es porque los avariciosos países europeos no han pagado la deuda que han contraído con Estados Unidos, así que reune a mandatarios de todo el mundo en una conferencia que se celebra en un yate y que es retransmitida en directo por todo el mundo (¡!) y les pide que paguen lo que deben. Como forma sutil de convencerles que va en serio despliega ante ellos toda la flota naval del ejército americano (¡¡!!), para luego destruir dos de sus barcos con un bombardeo aéreo (¿?). El resultado, por algún motivo que no acabo de entender, es que consigue que todos los países del mundo firmen un tratado de paz mundial (¡¡¿¿??!!).

Una vez el presidente consigue por fin traer la paz al mundo, se desmaya a causa del agotamiento y vuelve a ser él mismo. Cuando le revelan todo lo que ha hecho durante esos años, se arrepiente e intenta reparar el “daño” que ha hecho, pero muere antes de conseguirlo. En el final originalmente previsto, su secretaria dejaba que muriera para que el mundo no descubriera la verdad sobre el presidente. En otras palabras, los políticos son tan poco fiables que la única forma de solucionar los problemas es que algún enviado del cielo les ilumine para que dejen de ser ellos mismos. Difícilmente se habría podido colar un mensaje tan subversivo en una película de Hollywood solo unos años después – incluso en Caballero sin Espada (1939) había al menos algunos políticos honrado como Mr. Smith, pero en el film de La Cava no encontramos ni uno.

Como es de suponer, cuando Louis B. Mayer vio la película tuvo un arranque de furia y pidió que nunca se estrenara, pero ya era demasiado tarde. Para empeorar las cosas, Mayer era un republicano convencido, y no se le pasaron por alto los nada sutiles guiños maliciosos al anterior presidente Hoover: por ejemplo, la manifestación multitudinaria de parados camino a Washington era una referencia a una concentración de veteranos de guerra  que tuvo lugar en 1932, en la cual éstos se quejaban por haber perdido los subsidios del gobierno. Al igual que el protagonista de la película, el presidente Hoover utilizó el ejército para desperdigarlos.

Hay tantas cosas equivocadas y demagógicas en El Despertar de una Nación que solo se puede entender la película como lo que es: el reflejo de una época en que el cine todavía tenía esa entrañable inocencia, pero también de unos convulsos años a nivel político y social. Como hija de su tiempo es realmente una película muy interesante.

El Extraño dentro de la Mujer [Onna no naka ni iru tanin] (1966) de Mikio Naruse

Uno de los muchos motivos por los cuales admiro tanto la obra de Mikio Naruse (hasta el punto de considerarlo mi director oriental favorito a día de hoy) es su capacidad para saber adaptarse a los tiempos. Ése es un rasgo que he notado en otros realizadores japoneses que, pese a haber iniciado su carrera en la era muda, fueron capaces en una década tan particular como los 60 de realizar obras que encajaban perfectamente con la estética de esa era, sin parecer obras anticuadas creadas por alguien anclado en el clasicismo – aparte de Naruse para mí es paradigmático el caso de Tomu Uchida y su magnífica Fugitivo del Pasado (1965).

Pero si eso ya es un rasgo a destacar de Naruse, pocos cineastas pueden presumir además de haber realizado algunas de sus mejores películas en esa etapa final de su carrera – véanse las magistrales Tormento (1964) y Nubes Dispersas (1967) – o de haberse decidido a probar a esas alturas géneros que le fueran tan ajenos como es en este caso el cine policíaco. Éste fue el caso de Naruse, que estrenó en 1966 dos películas vinculadas a ese género tan alejado de sus temáticas habituales: El Extraño dentro de la Mujer Hit and Run, que además fueron su antepenúltima y penúltima obras. Ciertamente, un giro inesperado, y más proveniente de un cineasta de más de 60 años con docenas de títulos tras sus espaldas.

Pero lo mejor de todo es que El Extraño dentro de la Mujer es una película perfectamente enmarcada en el cine de los 60 que al mismo tiempo tiene muchos de los rasgos característicos de su autor, aunque amoldados a un tipo de argumento muy distinto a lo que esperaríamos de él. Fíjense en el plano inicial de la película: Naruse acompaña al protagonista (Isao) mientras éste camina por la calle, un tipo de plano que puede parecer casual pero que se repite mucho en su cine, en que los personajes pasean constantemente. Pero éste es diferente, en cierto momento Isao se para, se da la vuelta y mira hacia atrás con desconfianza, casi como si se hubiera dado cuenta de la presencia de la cámara, y se para a encender un cigarro. En el mismo gesto de fumar se le nota nervioso, baja el brazo en que tiene el cigarro y saltamos a un plano en un espacio interior en que la mano con el cigarro finaliza el gesto de bajar hasta un cenicero (un pequeño detalle para unir dos planos tan distintos pero lleno de elegancia y con el estilo tan característico de su autor).

Estamos en un bar. Mientras apura un vaso de cerveza, alguien le reconoce a través del cristal y le hace una señal. Isao está claramente molesto por la intrusión pero acepta que su amigo le acompañe. A partir de aquí se inicia una conversación en que su amigo y vecino Ryukichi le expresa su preocupación por no haberse encontrado con su mujer en la ciudad. Vuelven juntos a casa. Isao se muestra cada vez más nervioso. Cuando acuden a otro bar a tomar una última copa, Ryukichi se entera de que algo le ha sucedido a su mujer, que ha sido asesinada. A esas alturas, sin que se nos haya dado la más mínima pista al respecto, los espectadores sabemos que Isao ha sido el responsable.

¡Qué forma tan elegante de darnos a entender la situación! Naruse inicia el metraje una vez el hecho ya ha sucedido y nos hace compartir la incomodidad del protagonista antes de saber exactamente qué ha pasado, únicamente haciéndonos intuir que algo no va bien. De esta forma acabamos inconscientemente sintiéndonos identificados con alguien que en realidad es un asesino, un adúltero y un hipócrita. Alguien que, pese a eso, no es un mal hombre como iremos viendo. Ya que aquí radica la clave de la película: el problema no está en si Isao será descubierto o no (en el fondo seguramente está deseando que la policía dé con él), sino en si será capaz de vivir con sus remordimientos. En si podrá seguir mirando a la cara a su mujer y su mejor amigo sabiendo el crimen que ha cometido.

Como más de un avispado lector habrá deducido a estas alturas, el argumento parte de la misma novela que Claude Chabrol adaptaría también unos años después en la excelente Al Anochecer (1971). Ambos filmes merecen la pena por tratar el mismo conflicto pero desde la visión totalmente distinta de cada uno de sus realizadores: Chabrol aprovecha para lanzar una crítica a la acomodada e hipócrita burguesía, más interesada en mantener las apariencias que en sacar la verdad a la luz; Naruse se centra en los dilemas morales del personaje, en la idea de que el peor castigo que pueden infligirle su esposa y Ryukichi es perdonarle y dejar que conviva con ello el resto de su vida. De hecho, incluso el desenlace tiene mucho de Naruse al otorgar sorpresivamente el protagonismo a la esposa y la necesidad que tiene ésta de actuar como lo ha hecho por pura supervivencia.

Éste es por tanto uno de esos afortunados casos en que ambas versiones de una misma historia tienen su razón de ser por estar cada una de ellas enfocada al estilo y las inquietudes temáticas de cada cineasta. La de Naruse sirve además como aliciente para comprobar cómo hacia el final de su carrera todavía era capaz de dar una vuelta de tuerca a lo que se esperaba de él. Los grandes cineastas son de hecho aquellos que siguen sorprendiéndonos cuando menos lo esperamos, incluso en aquellas obras menos conocidas de su carrera.

En Legítima Defensa [Quai des Orfèvres] (1947) de Henri Georges Clouzot

A la hora de valorar una película, por mucho que uno aplique una serie de criterios lo más objetivos posibles, siempre es susceptible de dejarse influenciar por su estado de ánimo o las expectativas con que la afronta. Por suerte, en estos tiempos el revisionado de films es relativamente fácil y uno puede enmendar el error. Eso es lo que le ha pasado a este humilde Doctor con una de las grandes películas del magnífico cineasta Henri-Georges Clouzot, En Legítima Defensa (1947). No es que antes me desagradara, pero sí que tenía un recuerdo relativamente tibio de la película, como un buen film policíaco pero que no me dejó especial huella. Y cuando ahora lo revisiono me pregunto sorprendido qué rayos me pasaba el día que la vi para haberme quedado con esa impresión.

Imagino que el principal problema fueron las expectativas, las siempre peligrosas expectativas, y que viniendo de obras maestras como El Salario del Miedo (1953) y Las Diabólicas (1955) esperaba muchísimo de este policíaco considerado como uno de los mayores logros de su carrera. Y el argumento desde luego era más que prometedor: un crimen que complica a Jenny, una cantante de music-hall, a su marido Maurice y a una amiga de ambos, Dora. ¿La víctima? Un viejo verde adinerado que coqueataba con la artista a cambio de ofrecerle una carrera prometedora, provocando los celos del marido.

Así pues, aunque las expectativas me jugaran una mala pasada, no puedo evitar preguntarme cómo pudo pasarme por alto una obra como ésta. ¿Cómo pude olvidar la esmerada recreación del mundo del music-hall, con esos camerinos que apenas dejan espacio (ya no digamos intimidad) a sus ocupantes, la complicidad entre esos entrañables artistas de baja estofa y la lascivia que despiertan las bailarinas que basan sus números en exhibir su cuerpo más que en mostrar su (a menudo inexistente) talento? Esos comentarios entre bambalinas, esa mirada absolutamente hastiada de la cantante que está ensayando con Maurice mientras éste recibe la noticia de que su mujer ha salido para visitar a su abuela (“¿Verdad que son idiotas los hombres?” le espeta un miembro de la compañía, a lo que la cantante responde “Afortunadamente…” sin abandonar su expresión de mujer harta de todo).

¿Cómo pudo pasarme por alto la escena en que Brignon, el adinero empresario que será víctima de su lujuria, se trae a jovencitas al estudio de Dora para que ésta haga fotografías eróticas de ellas? También me sabe mal que el personaje de Dora se haya escapado de mi memoria, el clásico personaje femenino en la línea de Midge en Vértigo (1958): la mujer que ama y no es amada, a la que no se le concede ni siquiera el privilegio de formar parte de un triángulo amoroso, ya que la persona a la que quiere no le corresponde; su rol acaba adquiriendo casi por descarte tintes maternales, el querer cuidar al hombre que ama y procurar que al menos él sea feliz. El típico personaje del que luego no se nos revela su desenlace porque el guión lo ha olvidado, sin concederle el privilegio de la felicidad ni tampoco el glamour de un final dramático.

No obstante, debo decir en mi defensa que sí recordaba al carismático inspector de policía encarnado magistralmente por Louis Jouvet. El prototípico perro viejo que ha visto demasiadas cosas y se sabe todos los trucos, pero que por su carácter nunca ascenderá de posición. La imagen del rudo inspector arropando a su hijo adoptado antes de salir a encargarse del caso era una de las pocas que retuve claramente de la película.

Pero aun así, el inspector Antoine no se nos presenta tampoco como un detective brillante. El guión incide más en la forma como presiona al pobre Maurice para obligarle a confesar, que en su astucia para hallar las pistas adecuadas. Puede que su misantropía nos acabe resultando simpática (el clásico gruñón carismático), pero no su forma de interrogar a los personajes y de acosarles.

De hecho En Legítima Defensa es una película de antihéroes. Un protagonista masculino no especialmente atractivo ni inteligente destinado a sobrellevar el papel de cornudo y que para cometer un crimen se prepara una coartada insostenible. Un inspector de policía rudo y malhablado que chantajea a un inofensivo taxista para que le ayude a identificar a una persona sospechosa. Una cantante de music-hall sin talento que coquetea con cualquiera para salir adelante. Una fotógrafa que se ve obligada a hacer fotografías eróticas para un viejo verde por subsistencia. No, realmente Clouzot no busca ganarse las simpatías de nadie con sus personajes, pero tampoco se recrea en sus defectos y simplemente los retrata tal cual son.

Ciertamente, no tengo excusas para que todos estos aspectos del film no me hubieran hecho valorarlo como se merece. Por ello nunca está de más un revisionado a tiempo para hacer justicia a una película.

Sol Blanco del Desierto [Beloe solntse pustyni] (1970) de Vladimir Motyl

La amplia y variada geografía de Rusia ciertamente da pie a la realización de películas de todo tipo, más allá de la imagen que normalmente asociamos al país vinculada con paisajes helados. De hecho la parte que comunica con Asia se reveló como el terreno ideal para filmar lo que se conoce como “ostern”, es decir, una especie de equivalente de los westerns pero ambientado en los territorios de la Unión Soviética. Las películas no tenían que tratarse necesariamente de westerns en cuanto a temática, pero sí que tomaban del género la estética y el tipo de argumentos o conflictos, como es el caso del film que nos ocupa hoy.

Sol Blanco del Desierto (1970) no solo es uno de los ejemplos paradigmáticos de “ostern” sino que es una de las obras más famosas de la historia del cine soviético, hasta el punto de que ha trascendido a la cultura popular del país (como curiosidad, se instauró como costumbre que los astronautas rusos vieran el film antes de lanzarse al espacio como ritual de buena suerte).

Su historia es una curiosa combinación de elementos cogidos del western, gags puramente humorísticos y juegos con el choque entre culturas o tradiciones. Ambientada en la zona del Mar Caspio, su protagonista es el soldado Fyodor Sukhov, que tras haber combatido en la Guerra Civil, marcha en solitario por el desierto para regresar a su hogar y reunirse con su esposa. Por el camino se encuentra con un hombre llamado Sayid enterrado en la arena con la cabeza al descubierto, al que salva la vida permitiéndole que éste pueda partir en busca del bandido que mató a su padre.

Más adelante se encuentra con otros oficiales rojos que le encomiendan una misión: custodiar el harén de un famoso bandido huido (Abdullah) hasta un poblado, donde podrán esperar a que el pelotón de soldados rojos acuda a por ellas en unos días. Como ayudante se le confía al joven e inexperto Petrukha. Pero una vez llega al poblado, Sukhov no logra desentenderse del encargo tan rápidamente como le gustaría y debe fortificarse para esperar la llegada de Abdullah y sus cómplices.

Como puede intuirse, el argumento se sirve de una situación muy en la línea de Solo Ante el Peligro (1952) y Río Bravo (1959), en que el héroe debe hacerse fuerte en un pequeño poblado para prepararse para el ataque de unos bandidos, contando además con muy pocos aliados a su favor. La película parte de esta premisa tan atractiva para a partir de ahí moverse de forma muy hábil entre el cine de aventuras con toque western y la comedia pura y dura. Porque Sukhov, aparte de ser un combatiente hábil y muy inteligente, es ante todo un personaje de talante irónico al que se le ha asignado el papel de héroe a su pesar. Más que parecer preocupado por su difícil situación, parece alguien a quien todo le trae sin cuidado, resignado a salvar a esas damiselas en apuros porque no tiene más remedio.

De hecho uno de los puntos más destacables del film es la forma como juega con el choque de culturas, lo cual provoca que por ejemplo las mujeres del harén tomen al protagonista por su nuevo amo (lo cual da pie a una divertida fantasía en que se imagina en su hogar conviviendo con su mujer y todas esas jóvenes) o que cuando se vean sorprendidas intenten taparse la cara con su ropa… dejando irónicamente al descubierto sus mucho más sugerentes ombligos.

En paralelo tenemos otras pequeñas historias, como el dueño de un museo obsesionado con que no se dañen sus reliquias o un oficial de aduanas semirretirado que desea volver a entrar en acción pero lo tiene prohibido por su mujer, que teme quedarse viuda. En ese aspecto resulta curioso contrastar la visión del matrimonio representada por el harén de jóvenes serviciales respecto a la de ese oficial grandullón sometido al dominio de su esposa.

En conjunto, Sol Blanco del Desierto es una película notable que fluye perfectamente evocando tanto elementos del western como de la comedia pura (por ejemplo, esos ancianos fumando perezosamente sobre una caja de dinamita), con imágenes de poso melancólico (esas cartas del protagonista dirigidas a su añorada esposa) junto a otras más crudas (los ataques de los bandidos), al mismo tiempo que nos permite disfrutar de una parte poco explotada cinematográficamente de la geografía rusa. Muy recomendable.

The Phantom Light (1935) de Michael Powell

Antes de que Michael Powell se convirtiera en uno de los más grandes cineastas del mundo, a principios de los años 30 tuvo que curtirse como director trabajando en lo que se conocían como “quota quickies”. Debido a la peligrosa invasión del mercado hollywoodiense y a la debilidad congénita de la industria británica, el parlamento había creado una ley que obligaba a los cines a programar una cuota de películas británicas. A efectos prácticos dicha ley tuvo como consecuencia la proliferación de producciones rápidas y baratas destinadas únicamente a cubrir ese porcentaje marcado por la ley, pero por otro lado sirvieron a jóvenes talentos como Powell de entrenamiento intensivo, obligados a filmar varias películas al año con muy pocos medios a su alcance.

No obstante, la película que más suele recordarse de esta etapa del cineasta en realidad no estoy muy seguro de que se pueda calificar de quota quickie, ya que The Phantom Light (1935) contaba con un reparto bastante efectivo y un presupuesto que, aunque exiguo, daba para un producto profesional. En todo caso, sí que parece la más interesante de esa época de su carrera que abarca hasta The Edge of the World (1937), primera obra que Powell llega a considerar realmente como suya.

El film que nos ocupa es una pequeña película de suspense impregnada de muchas dosis de comedia situada en un diminuto pueblo costero de Gales. Ahí va a parar Sam Higgins, el nuevo encargado del faro, quien descubre que los faroleros a los que va a sustituir murieron en extrañas circunstancias o se volvieron locos. Así mismo, ahí conoce a dos personas muy interesadas por ir al faro: una joven llamada Alice y un reportero llamado Jim.

Cuanto menos importancia demos al argumento de The Phantom Light, mejor. La base es una arquetípica historia de misterio cuya resolución no se sostiene demasiado, pero resulta obvio que hoy día nuestros intereses por la cinta son otros. Como por ejemplo esa ambientación tan meticulosamente británica que le da el encanto del color local: los peculiares personajes del pueblo, ese tira y afloja entre gente de ciudad y gente rural, o el característico humor que impregna todo el metraje.

En cierto momento del metraje, un personaje empuña una pistola a Sam y éste manda que la deje, ya que no se encuentran en Chicago. Aunque no deje de ser una pequeña frase humorística, la idea que se desprende es la base del film, una modesta historia de suspense con aroma típicamente británico, sin necesidad de los clásicos tiroteos de los films de gángsters

Hitchcock estaba haciendo lo mismo por esas fechas, es decir, crear obras de suspense con personalidad claramente británica y no como una copia de lo que se hacía en Estados Unidos; pero obviamente con un presupuesto mucho más holgado y unos cuantos años de ventaja sobre Powell, que había trabajado como asistente suyo. Eso hizo que las películas de Hitchcock, pese a ser eminentemente británicas, pudieran triunfar en el extranjero provocando su traslado a Hollywood (algo que la industria inglesa y el propio Powell nunca le perdonaron), mientras que obras como ésta solo se entienden como un producto pensado por y para consumo del público británico, que tendría como aliciente especial sentirse identificado con el tipo de personajes y situaciones que se nos muestran.

Aunque no es una gran producción, las escenas del clímax final entre el faro y el barco a punto de naufragar dan a entender que aquí Powell ya se manejaba en presupuestos más generosos, y éste demostró con creces estar a la altura. La propia escena final es un prodigio de montaje y la ambientación nocturna ciertamente está muy bien elaborada. En cuanto al reparto, destaca por su actor protagonista, Gordon Haker, un favorito del público británico de por entonces que destaca sobre todo por su faceta cómica – el propio Hitchcock solía regalarle planos muy generosos en sus películas aunque sus personajes fueran secundarios.

Teniendo en cuenta el público al que va dirigida y la función que tenía The Phantom Light hay que reconocer que el resultado es bastante eficiente. En realidad el hecho de que nosotros podamos acceder hoy día con facilidad a películas totalmente menores como ésta, que ciertamente no estaban pensadas para que las acabara viendo alguien fuera de su público potencial (y mucho menos ochenta años después), no deja de ser una de las curiosas anomalías de nuestra época. Una maravillosa anomalía, todo sea dicho.