Cuando a veces tengo la excéntrica ocurrencia de comentar con otras personas que mi afición por el cine abarca países y periodos históricos muy lejanos a mí, no puedo evitar que me siga pareciendo algo descorazonador que la respuesta más común sea que a la mayoría de gente les eche tanto para atrás ver filmes de contextos socioculturales que les resulten tan ajenos. No me sorprende y entiendo que es lo que le sucede a la mayoría de gente, pero no puedo evitar que me resulte un tanto triste. Porque el cine es la mayor máquina del tiempo y de teletransporte del mundo. Podemos leer libros sobre otros países y épocas, pero el cine es capaz de hacernos vivir en nuestras carnes mejor que ningún otro medio cómo debía ser encontrarse en esas situaciones tan remotas a nosotros. ¿Cómo puede algo así no parecerle apasionante a alguien?
Imagen de una Madre (Haha no omokage, 1959), el último filme de ese grandísimo cineasta que fue Hiroshi Shimizu – como ya sabrán, una de las debilidades personales de este Doctor – plantea un argumento bastante estereotipado que además se aborda sin excesivas sorpresas; de hecho, no es difícil intuir qué sucederá en la escena final. Pero aparte de ser una película emotivísima, resulta una cápsula del tiempo apasionante de igual modo que lo son tantísimos grandes melodramas japoneses de la época. La película se inicia con un hombre de edad media al que sus familiares insisten constantemente para que acepte un «arreglo». Pronto sabemos que es un viudo con un niño, Michio, y que se le está intentando emparejar con otra viuda, Sonoko, que también tiene una hija. Al final por pura pesadez del celestino en cuestión aceptan verse y congenian. Pero hay un problema: el pequeño Michio no ha superado la pérdida de su madre y se verá incapaz de aceptar a otra mujer en ese rol.









