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La Ironía del Dinero (1957) es una de las películas que se encuadran en la última etapa de ese cineasta tan particular que era Edgar Neville, y que parte de una situación hipotética con la que seguramente todos hemos fantaseado alguna vez: imaginemos que nos encontramos un día en la calle una cartera repleta de dinero. Obviamente nuestro primer impulso como ciudadanos ejemplares sería devolvérsela al legítimo propietario, pero ¿y si nos dejamos llevar por la tentación? A partir de esta idea Neville propone un filme de cuatro historias con una premisa similar.
La primera se ambienta en Sevilla, donde conocemos a Frasquito, un limpiabotas interpretado por Fernando Fernán Gómez que destaca por una absoluta holgazanería que le lleva a rechazar trabajos que le impliquen demasiado esfuerzo. Cuando se encuentre casualmente con una cartera con dinero decidirá gastarlo en invitar a todos los parroquianos de un bar que suele frecuentar y a una turista francesa que quiere tomar clases de baile en la capital andaluza. La segunda se sitúa en una estación de tren de una provincia francesa, donde la quiosquera Margot recibe constantemente propuestas de varios pasajeros de fugarse con ella dejando tirado a su marido. Ésta no hará caso a esas proposiciones hasta que un día la aparición de una maleta llena de dinero le hará replantearse su futuro.








