La Ironía del Dinero (1957) de Edgar Neville y Guy LeFranc


La Ironía del Dinero
(1957) es una de las películas que se encuadran en la última etapa de ese cineasta tan particular que era Edgar Neville, y que parte de una situación hipotética con la que seguramente todos hemos fantaseado alguna vez: imaginemos que nos encontramos un día en la calle una cartera repleta de dinero. Obviamente nuestro primer impulso como ciudadanos ejemplares sería devolvérsela al legítimo propietario, pero ¿y si nos dejamos llevar por la tentación? A partir de esta idea Neville propone un filme de cuatro historias con una premisa similar.

La primera se ambienta en Sevilla, donde conocemos a Frasquito, un limpiabotas interpretado por Fernando Fernán Gómez que destaca por una absoluta holgazanería que le lleva a rechazar trabajos que le impliquen demasiado esfuerzo. Cuando se encuentre casualmente con una cartera con dinero decidirá gastarlo en invitar a todos los parroquianos de un bar que suele frecuentar y a una turista francesa que quiere tomar clases de baile en la capital andaluza. La segunda se sitúa en una estación de tren de una provincia francesa, donde la quiosquera Margot recibe constantemente propuestas de varios pasajeros de fugarse con ella dejando tirado a su marido. Ésta no hará caso a esas proposiciones hasta que un día la aparición de una maleta llena de dinero le hará replantearse su futuro. 

La tercera sucede en Salamanca, donde Sebastián, un pobre diablo tiranizado por su esposa dominante, se encuentra una billetera pero no puede devolvérsela al propietario. Su mujer, que hipócritamente quiere pasar por un modelo de virtud, intentará quedarse con ella. Por último el cuarto episodio tiene lugar en una plaza de toros donde debuta “El Hambrientito de Cuenca”, un pobre campesino con nulo talento para el toreo que intenta de esta forma desesperada ganar dinero para solucionar la difícil situación de su familia. En paralelo, otro torero más joven y experimentado descubrirá que una entusiasta turista francesa ha perdido su cartera y la esconderá en la enfermería para llevársela consigo después de acabar la faena. 

Filmada tras varios años de inactividad en el mundo del cine, La Ironía del Dinero no está a la altura de las grandes obras de Neville, pero a cambio sigue mostrando su finísimo sentido del humor y su capacidad para hilar ideas ingeniosas. El principal problema que se le puede achacar es la sensación de que no acaba de redondear las historias, que presentan buenas ideas o situaciones con mucho potencial pero que dejan con ganas de más. Haciendo balance de calidad, resulta obvio que las más eficaces son las situadas en Sevilla y en Salamanca.

El episodio sevillano es el que ofrece una mejor conclusión basada en una pequeña ironía del destino: el monedero encontrado en la calle era del propietario del bar en que Frasquito ha decidido ir a a derrochar el dinero, de modo que al final éste acaba volviendo indirectamente a su propietario, pero permitiendo a nuestro protagonista correrse una juerga por el camino. No obstante, al estar este segmento tan basado en una conclusión que no conoceremos hasta el final, la trama se vuelve endeble y llega un punto en que se sostiene por la ambientación andaluza y el carisma de Fernando Fernán Gómez.

El capítulo salmantino por otro lado es el que tiene a los mejores personajes, destacando la arpía de esposa que tiene el protagonista, quien sugiere que ese dinero encontrado no se le devuelva al propietario sino que se entregue a los necesitados… entendiendo como “necesitados” a un tío suyo con una finca que podrían comprar para irse a vivir ahí. Es innegable que estos dos episodios parten de una buena premisa y tienen personajes interesantes, pero uno se queda al final con la sensación de que no se han aprovechado del todo. Por ejemplo, uno desearía ver cómo el bueno de Frasquito en la primera historia se mete en más líos malgastando el dinero que ha encontrado, o compartir más minutos con el matrimonio del episodio salmantino, ya que resulta hilarante la forma como la esposa maltrata sistemáticamente a su marido con tanta crueldad (¡llegando incluso a morderle!).

El segundo episodio, ambientado en Francia, es el que menos encaja de todos por tono y estilo. Casualmente o no es el único que no está dirigido por Neville sino por el cineasta francés Guy LaFranc, una imposición que hubo que aceptar al ser una coproducción con Francia. Aunque el guion sigue siendo de Neville, se explota aquí menos el potencial humorístico tan característico suyo y la trama acaba teniendo al final un giro algo torpe hacia el policíaco.

En cuanto a la historia ambientada en la corrida de toros, poco puede ofrecer salvo imágenes documentales de una corrida real. De hecho el papel que juega aquí el monedero con dinero es totalmente ajeno al desarrollo de la mayor parte del conflicto: no existe dilema como en la historia salmantina ni tampoco ninguna sorpresa irónica como en la sevillana, simplemente la idea de que el destino ha compensado al pobre toreador de origen campesino. Lo más reseñable es el poco gracejo que tiene el susodicho “Hambrientito de Cuenca”, que en las fotos posa con una expresión ridículamente forzada y entra al ruedo con una humildad e inseguridad hilarantes.

Pese a sus carencias, hay que reconocerle algo a Neville, y es que no convirtió La Ironía del Dinero en un cuento moral sobre las bondades de hacer lo correcto. Se nota que el autor tiene cariño a sus personajes, incluso al holgazán del primer relato que, si bien no piensa devolver la cartera a su propietario, también es cierto que no se gasta el dinero solo en si mismo, sino en invitar a toda la gente del bar. A cambio, su amigo que hace lo correcto – esto es, devolver el monedero cuando lo encuentra más tarde, ya prácticamente vacío – acabará injustamente en comisaría. Se nota que las simpatías de Neville van más hacia el personaje moralmente menos correcto pero más rebosante de encanto. Quizá por ello la historia que menos me gusta es la de la corrida de toros. Ahí me da la impresión de que Neville desprecia a todos los personajes excepto a los dos pobres campesinos: los otros toreros más habilidosos son unos presumidos que desprecian al protagonista, y los personajes que llegamos a conocer entre el público (la turista francesa y una madre con su hija) son tan insufribles que ni siquiera resultan graciosos.

En todo caso, para bien o para mal no hay moraleja en La Ironía del Dinero. En ninguna historia parece que las buenas acciones reciban recompensa y de hecho en la escena final el narrador de la película sale escaldado al descubrir que su supuesta buena acción ha sido equivocada. Quién sabe, quizá después de todo no es tan mala idea quedarse con el monedero repleto de dinero…


Este texto apareció originalmente en el número 314 de la revista Versión Original (mayo 2022). 

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