Pese a ser uno de los géneros cinematográficos más populares en el mundo después de la II Guerra Mundial, el cine negro no tuvo tanto recorrido en España. Ciertamente no era el tipo de filmes que fueran del agrado de las autoridades franquistas, a quienes la temática criminal y la ambigüedad moral que los caracterizaban les debían parecer muy poco edificantes. Pero aunque la versión oficial del régimen insistía en que España era un país donde se mantenía de forma ejemplar la ley y el orden, la realidad era que no solo había un alto índice de criminalidad sino que la población sentía una gran fascinación por ese mundo. En consecuencia surgieron publicaciones especializadas en esta temática como El caso, además de las primeras novelas negras españolas, de las cuales una de las más remarcables fue Los Atracadores de Tomás Salvador, una obra olvidada hoy día pero que en su época fue aplaudida y recibió el Premio Ciudad de Barcelona.
Su autor, un inspector de policía luego convertido en escritor, se sirvió de sus experiencias para recrear su historia sobre tres jóvenes que acaban desembocando en el mundo de la delincuencia: el apodado Señorito, un estudiante de derecho de clase alta de carácter nihilista que se erige como el líder del grupo; Ramón, un trabajador de clase obrera y sin futuro que ejerce de protagonista, y el Cachas, un muchacho de pocas luces y con tendencia a la violencia pero fiel a las personas próximas a él. Los tres se juntan de vez en cuando para matar el aburrimiento y poco a poco su fascinación hacia las películas de criminales les lleva a imitar a sus protagonistas, primero atracando farmacias, y luego llegando más lejos.
Desde la publicación de la novela hubo intentos de llevarla a la gran pantalla sin mucha suerte a causa de las pegas que ponía la censura a su argumento, hasta que finalmente fue el director Francisco Rovira Beleta quien consiguiera llevar adelante Los Atracadores (1962). Por aquel entonces el cine negro había logrado abrirse un pequeño hueco en un contexto tan complicado como el de la España de la época, dando lugar a un breve periodo (desde mediados de los 50 hasta mediados de los 60) en que se sucederían varios filmes noir españoles que, bajo la excusa de cara a la censura de estar alertando al público sobre los peligros de la delincuencia, en realidad no solo estaban recreándose en detalles sobre el mundo criminal, sino que en algunos casos como el que nos ocupa ofrecían un reflejo soterrado de la dura realidad de la época.
De hecho, en el cine negro español había una clara preferencia hacia historias originales o basadas en hechos reales, alejándolo por completo de sus exponentes americano y francés. En el caso de esta obra de Rovira Beleta se podría pensar que nos encontramos ante una excepción al basarse en una novela, pero el libro se inspiraba a su vez en una serie de hechos reales sucedidos en la Barcelona de los años 50 provocados por un grupo anarquista de resistencia armada antifranquista. La jugada de Tomás Salvador sería novelizar esos acontecimientos quitando de en medio el factor político, convirtiendo a los anarquistas en unos meros jóvenes delincuentes. No obstante, Salvador contaba con que el público de la época reconocería esos hechos por haberlos seguido con detalle en la prensa, especialmente el atraco en un hotel de citas, que es una recreación de cuando un grupo anarquista hizo lo mismo en un establecimiento similar del barrio de Pedralbes y acabó matando a un conocido franquista, Antonio Masana, que además estaba ahí con su sobrina menor de edad (la prensa obviamente ocultó la identidad de la víctima). De hecho también estará basada en un suceso real la breve subtrama, en que la hermana del protagonista es engañada por un mago que supuestamente le iba a leer el porvenir y se la entrega a otro hombre para que se aproveche de ella.
No obstante, sus vínculos con este tipo de historias oscuras de la Barcelona de la época no son ni mucho menos el único motivo que dota de interés Los Atracadores. Destaca en primer lugar el magnífico trabajo de dirección de Rovira Beleta, que demuestra que había estado siguiendo las últimas corrientes cinematográficas de la época, y que curiosamente emparenta más la película con movimientos como el neorrealismo que con el cine negro americano. El cineasta casi no se sirve de los recursos típicos del género y prefiere acentuar el retrato de la realidad social de la época, lo cual es una decisión sumamente inteligente. Hacer cine negro “a la americana” seguramente daría pie a una película que pareciera una versión barata y gris de lo que se hacía en Hollywood, cuando lo realmente interesante de importar estos géneros tan típicamente arraigados a un país determinado es amoldarlos a las circunstancias y el estilo de otra cultura, dándole una personalidad propia.
De esta forma Los Atracadores sirve como película criminal pero sobre todo como reflejo de su tiempo. Los protagonistas no son matones ni gangsters carismáticos, sino tres muchachos de aspecto corriente que el espectador de entonces vería especialmente cercanos. Lo que pretendían ante todo la novela de Tomás Salvador y la película de Rovira Beleta era humanizar la figura del criminal, no tratarlo como un paria social o un desequilibrado; darle la apariencia de tres jóvenes que no podemos evitar que nos caigan bien pese a dejarse abocar al mundo del crimen. Aquí es donde el director demostró su capacidad para jugar con la censura siguiendo el recurso mencionado anteriormente, que queda especialmente claro en la impactante escena final en que se ve el funcionamiento del garrote vil: para las autoridades franquistas se podía vender como una forma de enseñar al público la consecuencia de los actos de los protagonistas, pero el escalofriante detallismo con que se describe todo el proceso es en sí mismo una crítica a la pena de muerte. La escena de hecho resulta tan impactante que sería motivo de polémica cuando el filme se exhibió en el Festival de Berlín.
Los Atracadores supondría pues uno de los grandes triunfos de la breve escena de cine negro que tuvo lugar sobre todo en Barcelona durante esos años. No solo demostraría que era posible hacer cine negro en la España de la época eludiendo la censura, sino que además quedaba patente que el género era una forma de colar a la censura una visión más cruda de la realidad de la que se permitiría en otros géneros. Finalmente, un último detalle a remarcar: el ayudante de dirección de Rovira Beleta en esta película fue Francisco Pérez Dolz, que un año después dirigiría la gran película negra por excelencia de este ciclo noir barcelonés, A Tiro Limpio (1963).
Este texto apareció originalmente en el número 276 de la revista Versión Original (diciembre 2018).






Qué bueno traer estos títulos aquí. Hay clásicos de por acá con bastante fuerza y realizadores interesantes como Rovira Beleta.
«Los atracadores» creo que la vi hace años, pero no he vuelto a ella y leyéndote me han entrado ganas.
Su nombre lo relacioné siempre con dos títulos donde el bailarín Antonio Gades era el protagonista: «Los Tarantos» y «El amor brujo».
Pero luego tenía estos títulos de cine criminal como el que comentas o «El expreso de Andalucía». Estos últimos títulos de películas me interesan siempre porque entre sus fotogramas cuentan mucho más de lo que pensamos sobre cómo eran las ciudades, cuál era el ambiente, el estado de ánimo y el alma que había por sus calles.
Los atracadores o Los Golfos de Saura pueden ser los primeros antecedentes de lo que posteriormente se convertiría en el género quinqui, aquellos jóvenes delincuentes de las grandes ciudades…
Beso
Hildy