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Después del gratísimo descubrimiento que fue hace años para un servidor El Empleo (Il Posto, 1961) de Ermanno Olmi, poco imaginaba que su posterior película I Fidanzati (1963) sería una continuación de la anterior en cuanto a estilo y temática, y que además me gustaría tanto como la precedente.
De entrada debo decir que ya desde su inicio Olmi me tuvo conquistado. Vemos un bar en penumbras con un gran espacio en medio y varias parejas sentadas en silencio alrededor. Van entrando más parejas que se acomodan alrededor de las mesas vacías y, con ellos, unos músicos que se sitúan lentamente en su rincón con el piano. Se encienden las luces, suena la música. A la gente le da vergüenza ser los primeros en salir a bailar. La primera pareja que se atreve son dos ancianas que salen juntas sin perder nunca su expresión de seriedad. Poco a poco se suman otros. Cada uno baila como puede, en general sin mucha gracia ni salero, pero todos manteniendo esa expresión de seriedad. Finalmente la cámara nos acerca a los que serán los dos protagonistas: los jóvenes Giovanni y Liliana, que se sientan con cara de pocos amigos. Están disgustados, y poco después sabemos que es porque a él le han ofrecido en la fabrica donde trabaja un puesto en Sicilia durante año y medio. Ella está disgustada por este año y medio de separación, mientras que él insiste en que es una oportunidad única para su carrera.
Aunque por el título yo pensaba que I Fidanzati trataría sobre esa joven pareja de prometidos, lo cierto es que el filme en realidad pone el énfasis en la fallida carrera de Giovanni en Sicilia y el contraste entre la Italia industrial del norte (él es de Milán) y la del sur. El filme continúa pues mostrando la misma temática e inquietudes que El Empleo: ese mundo laboral frío y alienante que devora a jóvenes callados y cumplidores que solo quieren abrirse paso en la vida, y todo ello con el idéntico tono en que se entremezclan, por un lado, un distanciamiento a veces irónico a veces simplemente crítico y, por el otro, ciertas pinceladas más abiertamente humorísticas. Ambos filmes forman uno de los mejores dípticos que he visto sobre la realidad del mundo laboral que, además, son tan vigentes hoy día como en su momento.
Una de las grandes mentiras del mundo laboral son esas propuestas que a veces hacen las empresas a sus empleados que implican un gran sacrificio por parte del trabajador y que teóricamente, a la larga, servirán para dar un empuje decisivo a su carrera. Nada le devolverá ese año de su vida que uno mira como una cuenta atrás para hacer más soportable lo que, en el fondo, es tiempo invertido en un supuesto futuro mejor que no siempre tiene que cumplirse. Obviamente esto es una mera opinión personal, pero en todo caso la historia narrada aquí me ha hecho pensar en ello.
I Fidanzati nos hace enfrentarnos a la cruda realidad que se topa Giovanni al llegar a la sede de su empresa en Sicilia y el contraste entre lo que imaginaba y la realidad. Se supone que ahí buscan obreros cualificados y nosotros, al igual que él, nos imaginábamos que le estaban esperando con los brazos abiertos. La realidad es que allá pasa a ser uno más de de la plantilla engullido por la fría maquinaria empresarial. Su llegada al hotel en que se aloja temporalmente no puede ser menos ilusionante y en la fábrica el ingeniero que debía recibirle no aparece por ninguna parte.
Aquí se da el curioso reverso del que fue el fenómeno migratorio masivo de la época en Italia, que se desarrollaba del sur al norte (como puede verse en la magnífica Rocco y sus Hermanos (Rocco e i suoi Fratelli, 1960) de Luchino Visconti), de forma que lo que vemos en este filme es la extrañeza de un italiano del norte ante una forma de vida que le es totalmente ajena. Y si algo sabe hacer bien Olmi es transmitir esa sensación de sentirse fuera de lugar y convertir lo que en realidad son estampas cotidianas en escenas que basculan entre lo divertido y lo cáustico: el perro que se cuela en la iglesia en mitad de una celebración, los campesinos moviendo como pueden el molino y, sobre todo, ese submundo oculto en todos esos alojamientos que descubrimos cuando Giovanni intenta encontrar un sitio donde hospedarse. Esos cuartos compartidos donde no existe la intimidad, la puerta del baño no puede abrirse y un día te quedas sin agua, pero enseguida una vecina, que te ve desde la ventana, te ofrece de la suya aunque, eso sí, haciéndote insinuaciones.
La influencia del neorrealismo es más que obvia en la temática y el empleo de actores no profesionales, pero la diferencia aquí radica en que Olmi no incide en la crítica social, sino que la deja sobreentender entre líneas. El protagonista nunca llega a estar en una situación desesperada ni verbaliza su decepción, simplemente la asume con el estoicismo que caracteriza a alguien de clase obrera acostumbrado a ser engañado y explotado. No obstante, hay destellos de crítica social insertados brevemente, casi entre paréntesis: el camarero que le sirve la cena de forma despectiva por ser casi la hora de cerrar pero luego le confiesa su penosa situación personal con un hijo recién nacido en el hospital, o el momento en que Giovanni va a un bar nocturno a pedir un café y le atiende un niño con una rapidez inusitada para luego salir corriendo por la puerta. Desconocemos sus circunstancias pero son fáciles de imaginar (compaginando trabajitos con estudios, así como la necesidad de llegar corriendo para coger un autobús y estar en casa no muy tarde) y Olmi no necesita profundizar en ellas. El toque magistral está en que son detalles leves, que no recurren a la brocha gorda y no parecen metidos con calzador, sino que parecen tener sentido en la cotidianedad de Giovanni.
En cuanto a nuestro sufrido protagonista, no deja de ser un hombre de pocas palabras que hace lo que puede por subsistir una vez ha caído en la trampa. A menudo no le oímos formular preguntas, convirtiéndolo a nuestros ojos en alguien aún más pasivo y sin voz, y solo se nos muestran las respuestas que le da la gente a sus demandas, que hacen ver la precariedad de esa tierra a la que ha ido a parar: las condiciones en que trabajan muchos, el alto precio de la vivienda o lo aburrida que resulta la vida ahí.
¿Y qué sucede con Liliana? Aquí parece como si Olmi tratara a su manera el gran tema de la trilogía que estaba realizando Antonioni en esos años, la incomunicación, pero en el contexto de dos personas sencillas de clase obrera que son poco dadas a expresar lo que piensan en palabras. Es magnífica la escena de la discusión entre ambos, con Liliana dando la espalda a Giovanni y la cámara contrastando su perfil oscuro con la pared blanca de ese vestíbulo que ni siquiera les garantiza la necesaria privacidad para entablar una discusión.
Pero en su caso hay una especie de solución que surge, paradójicamente, de esa obligada separación de año y medio. A través de las cartas ambos se atreven a decirse lo que en persona no les salía en viva voz y afloran algunas confidencias hasta entonces secretas. Acaba estableciéndose una especie de conexión entre ellos gracias a la distancia. Vemos por fin algunas escenas entrañables entre ambos pero, ay, son siempre flashbacks, pertenecen a un pasado quizá idealizado ahora que ya ha sucedido… o quizá no. En cierto momento Giovanni la llama por sorpresa porque le hace ilusión escuchar la voz de ella de nuevo, pero la voz de la telefonista interrumpe esta escena de intimidad recordando cuánto tiempo de llamada les queda. Quizá la única forma de que Giovanni acabara valorando a Liliana como merece ha sido desprenderse de todo lo que tenía en Milán y, al quedarse solo y sin nada, descubrir cuánto la necesita a ella.
Al igual que en El Empleo, Olmi prefiere parar la película antes de dar pistas más concretas sobre el futuro que les espera a los personajes, pero no hay que ser muy despierto para intuir un porvenir no muy prometedor pese al sacrificio que han hecho los dos protagonistas.




¡¡¡Qué casualidad yo he visto también estos días una película de Ermanno Olmi!!!
Ha sido El árbol de los zuecos, que me ha fascinado. Qué películas más bella y dura.
Leo la reseña de la película que nos traes hoy y me apetece también muchísimo verla. Así que me apetece hacerme la dupla de El empleo (que la vi hace un montón de tiempo y tengo en la cabeza algunas imágenes) y I Fidanzati.
Me causa curiosidad, porque en cierto sentido El árbol de los zuecos también es sobre el trabajo. Refleja la vida cotidiana de unos campesinos de Lombardía a finales del siglo XIX que trabajan para un patrón.
Beso
Hildy
Hola Hildy, ¡y bendita casualidad!
El árbol de los zuecos fue la primera película que vi de Olmi hace ya muchos años, cuando aún estaba empezando a descubrir el cine clásico más allá de los típicos nombres conocidos, y me dejó bastante impactado porque era un tipo de cine muy diferente al que por entonces conocía. Me gustó, pero tampoco puedo decir que me entusiasmara entonces, no estaba aún hecho para ese tipo de filmes. Le debo un revisionado sin duda.
Estas dos tienen un estilo muy distinto pero merecen muchísimo la pena, son una apuesta segura, ya verá.
Un saludo.