Aunque se creó en una fecha tan lejana como 1902, fue después de la II Guerra Mundial cuando la Ealing se convirtió en una de las productoras británicas más conocidas del mundo. En esas fechas el estudio empalmó varios clásicos de la comedia tan exitosos que han provocado que el público cinéfilo lo asocie a ese género, aun cuando produjo películas de todo tipo. Una de las mejores es sin duda Ocho Sentencias de Muerte (Kind Hearts and Coronets, 1948) de Robert Hamer, que podría ser una de las comedias por excelencia del cine británico por dos motivos fundamentales: no solo es divertidísima sino que además retrata con absoluta fidelidad algunas temáticas puramente inglesas que difícilmente habrían funcionado tan bien de haberse realizado en otro país.
Situada a principios de siglo XX, la película tiene como protagonista a Louis D’Ascoyne Mazzini, un joven que procede por vía materna de una familia noble que ha renegado de ellos a causa de que su madre se casó con un cantante humilde. Los intentos por parte de Louis y su madre de volver a ganarse el favor de su familia caen en saco roto, pero la gota que colma el vaso es cuando los D’Ascoyne le niegan la última voluntad que pidió su madre antes de morir: ser enterrada en el sepulcro familiar. Enfurecido, Louis planea entonces una maquiavélica venganza: matar a todos los miembros de los D’Ascoyne que le preceden en lo que respecta a heredar el título de duque para hacerse con él y, de esta forma, abandonar su vida humilde y convertirse en un noble. Haciendo cálculos descubre que son ocho las personas que debería eliminar, de modo que empieza a planear cómo ir acabando uno a uno con todos.
Pocas películas han plasmado de forma tan fidedigna y divertida como Ocho Sentencias de Muerte esa obsesión de la sociedad británica por las clases sociales, consiguiendo fundir en una misma obra el retrato de un asesino de serie y la clásica historia del joven arribista que lucha por escalar socialmente. Todo ello además sin perder de vista la hipocresía que suele ir relacionada con este tipo de cuestiones, que se pondrá de manifiesto en la relación que tendrá Louis con su amiga de infancia Sibella, a la que le une una relación de atracción mutua pero también de puro interés por parte de ambos. Esta combinación de temáticas hace que el filme sea como leer una novela de Balzac o Stendhal pero con sus generosas dosis de humor negro, lo cual a mi parecer es una combinación ganadora.
Además juega un papel fundamental en la trama el número de personas que Louis debe eliminar, que al ser acotado a una cifra concreta hace que la historia tenga un tono casi lúdico, ya que entendemos que para llegar a su meta debe superar los ocho obstáculos (por una vez la traducción libre en español creo que le sienta bien a la película al remarcar ese dato). Gran parte del atractivo de la trama reside pues en imaginar cómo el protagonista va a matar a cada miembro de los D’Ascoyne según se lo permiten las circunstancias de cada caso, de forma que el desarrollo de esta intriga implica una gran imaginación por parte de nuestro protagonista, que le lleva a emplear métodos tan diversos como una bomba casera, veneno o… ¡un arco y una flecha!
Aquí es donde debemos detenernos en uno de los más grandes alicientes de la película: Alec Guinness, ese extraordinario actor que aquí acometió el tour de force de interpretar a ocho miembros de la familia D’Ascoyne. Las películas cómicas en que un actor encarna varios papeles a la vez no son infrecuentes, pero muchas veces no funcionan porque acaban inevitablemente convirtiéndose en un producto al servicio de su talento humorístico. Pero éste no es el caso. El sólido guion de Ocho Sentencias de Muerte ya de por si era irresistible, simplemente el añadido de ver a Alec Guinness en esta variedad de papeles en una misma película supone ya el broche de oro.
Tanto el guion como el actor tomaron la inteligentísima decisión de no hacer que todos los miembros de la familia D’Ascoyne que éste interpretara tuvieran una faceta abiertamente cómica o ridícula, de este modo no da la sensación de que estemos viendo una farsa al servicio de Guinness y se da prioridad a la coherencia de la película. Todos ellos, no obstante, sean más o menos serios, plasman a la absoluta perfección una serie de personajes prototípicos fácilmente reconocibles: desde los nobles abiertamente arrogantes y repulsivos al anciano banquero de trato correcto, al que Louis no puede evitar cogerle cariño pese a que inicialmente se negó a facilitarle un puesto en el banco cuando su madre se lo pidió. De hecho uno de los D’Ascoyne, un joven fotógrafo con demasiada afición a la bebida, resulta abiertamente simpático y entrañable, lo cual le da un punto de riesgo a la película al hacer que Louis asesine a un personaje que seguramente nos caiga mejor que el propio protagonista.
Pero los mejores momentos de Alec Guinness están en los personajes más carcamales, como ese viejo general aburrido que relata siempre la misma batallita de juventud y, sobre todo, ese reverendo aburrido y decrépito, que para mi gusto constituye el más divertido de estos ocho D’Ascoyne encarnados por el actor. Por último no podemos dejar de mencionar el único personaje femenino que interpreta: una furiosa sufragista que si bien aparece muy poco en pantalla resulta hilarante.
Es curioso constatar que la que ha acabado siendo una de las películas más famosas del cine británico clásico fuera juzgada inicialmente como muy arriesgada por su productor Michael Balcon. No le faltaban motivos para desconfiar: no solo es un poco peliagudo combinar asesinatos con humor (si bien Balcon subestimó lo atractivo que resulta para el público el humor negro), sino que se trataba de una historia en que no hay casi ningún personaje positivo. Louis no solo es un asesino, sino un arribista interesado simplemente en escalar socialmente, que luego al final debe además elegir entre dos mujeres: Sibella, su amor de juventud, pero abiertamente hipócrita e interesada (como él), o Edith, la viuda de una de sus víctimas, de maneras mucho más elegantes pero con una personalidad insufriblemente anticuada en aspectos como su cruzada contra el consumo de alcohol. Del mismo modo que Louis está lejos de ser un personaje heroico, ninguna de esas dos mujeres resulta tampoco un partido perfecto, pero nada de eso importa de cara al disfrute de la película. Y si bien Ocho sentencias de muerte es un retrato del más puro arribismo y de nuestra faceta más egoísta e interesada, a cambio el guion no juzga a los personajes y permite que nos riamos de sus ridículas pretensiones, consiguiendo así que su tono siga funcionando perfectamente vista hoy día.
Este texto apareció originalmente en el número 328 de la revista Versión Original (septiembre 2023). 



