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Acosados [The Chase] (1946) de Arthur Ripley


El noir es en mi opinión el género del que más provecho se puede sacar de sus obras menores, donde ciertas carencias y fallos a veces no desentonan del todo con el tono de la película y no solo no impiden su disfrute sino que le dan un cierto rasgo de autenticidad, como el equivalente fílmico de una novela negra barata. Y una película como Acosados (1946) es un claro ejemplo de ello.

El punto de partida es bastante familiar para los seguidores del género: tenemos a Chuck, un veterano de guerra sin un centavo, que se encuentra un monedero perdido repleto de dinero. Y aunque inicialmente usa parte de ese dinero para pagarse un copioso desayuno, luego siente remordimientos y va a devolvérselo a su dueño, que resulta ser un gángster llamado Eddie Roman. Éste, impresionado por su honestidad, decide contratarlo como chófer pese a las reticencias de su ayudante Gino. Con el tiempo resulta obvio que Eddie es un tipo indeseable que además maltrata a su mujer Lorna, la cual acaba pidiéndole a Chuck que se escape con ella a Cuba. Éste, como supondrán, caerá rendido a sus encantos y aceptará la propuesta.

Comenzando por los aspectos negativos, uno de los primeros puntos flacos que saltan a la vista de Acosados es su flojo protagonista, un eficiente pero algo blandengue Robert Cummings, carente del carisma de Peter Lorre (quien incluso en un personaje tan desaprovechado como el de Gino consigue llamar la atención en cada plano que aparece), del encanto de la francesa Michèle Morgan o incluso de ese punto tan repulsivo que exhibe Steve Cochran como despiadado gángster. Este último punto, relacionado con los niveles de perversidad del antagonista, se revela en cambio como uno de los rasgos más interesantes de la película desde su primera aparición, en que provoca a una peluquera con comentarios maliciosos y le da una bofetada a la manicurista por haberle hecho daño. Es uno de esos casos en que inevitablemente uno siente más atracción por la irresistible maldad del antagonista que por el algo desdibujado protagonista.

Pero no obstante, lo más remarcable de Acosados es ser una película que resulta interesante tanto por sus fallos como por algunos aspectos bastante desconcertantes. De entrada, tenemos algunos detalles de guion que rozan lo humorístico por lo descuidados que son, como cuando la pareja escapa a Cuba y Gino descubre su paradero porque Lorna tuvo la maravillosa idea de dejar olvidado en su cuarto un folleto sobre La Habana; o, la escena en que una mujer chantajea a Gino amenazando con ir a la policía mientras tiene la poco afortunada ocurrencia de darle la espalda estando solos en una habitación… ¿qué podría salir mal? Más interesantes resultan en cambio un par de desconcertantes giros de guion que incluyen un asesinato bastante gratuito (no por ello menos emocionante) y el tema de los traumas psicológicos de los veteranos de guerra. Solo en una película negra un guionista de esa época se atrevería a dar vuelcos tan inesperados como éstos, y aunque en ciertos aspectos resultan algo torpes, esa misma torpeza los hace más desconcertantes y le otorgan un interés extra a la cinta.

El resultado a nivel de ritmo es desigual, pero la ambientación noir está muy conseguida, siendo en las escenas nocturnas en Cuba tan oscura que en ocasiones resulta incluso difícil distinguir lo que sucede. A cambio creo que la escena final de suspense es un tanto anticlimática y precipitada, dejando al espectador con un sabor de boca algo agridulce pero satisfactorio por los riesgos que se han tomado. En definitiva, sin ser un ejemplo de esas películas de cine negro de bajo presupuesto en que la calidad de su dirección hace superar sus flaquezas – como la mítica Detour (1945) – resulta entretenida y bastante interesante para los fans del género.

Impasse des Deux Anges (1948) de Maurice Tourneur

Aunque soy un gran admirador de la etapa muda del realizador galo Maurice Tourneur, debo admitir que no siento el mismo entusiasmo hacia su época sonora, que coincidió justo con su retorno a Francia después de una brillante carrera en Estados Unidos. Le reconozco a Tourneur el mérito de haberse sabido reinventar con la llegada del sonido, de haberse dado cuenta que el estilo tan lírico y visual que antes había sido su marca personal no encajaría en esta nueva forma de hacer cine, y haber optado por un tono más sucio que se amolda mejor con el realismo que aportaba el sonido. Pero aun admitiendo eso y siendo un seguidor acérrimo del cine policíaco, debo decir que películas como Au Nom de la Loi (1932) o Justin de Marseille (1935) no lograron cautivarme pese a sus innegables virtudes. Ha sido por tanto una agradable sorpresa encontrarme con que la última película de su carrera es una auténtica joya oculta.

Impasse des Deux Anges (1948) se inicia con dos historias que discurren en paralelo: la de la actriz Marianne, que va a dejar el mundo del teatro para casarse con un acaudalado e insípido marqués, y la de Jean, un prestigioso ladrón al que se le encomienda robar un valioso collar que está en manos de Marianne. En la fiesta de presentación de la joven a la estirada familia de su marido, Jean se cuela en la casa para cometer el robo y se topa de cara con la anfitriona. Sorpresa: resulta que Marianne y Jean habían sido amantes tiempo atrás y se perdieron de vista. Olvidando ambos sus obligaciones, salen juntos a recordar tiempos pasados.

El último film de Tourneur padre me recuerda en su tratamiento de esa historia de amor a películas como Nubes Flotantes (1955) de Mikio Naruse, es decir, filmes sobre un romance que tuvo lugar en el pasado y que ahora no parece posible revivir. Amantes que se dedican a pasear juntos recordando con nostalgia lo felices que eran pero sabiendo que su oportunidad ya pasó… ¿o no? ¿Hasta qué punto en ambas películas no son ellos mismos el principal obstáculo para su propia felicidad? ¿O quizá en el fondo están siendo realmente sensatos sabiendo que el momento de que lo suyo funcionara ya pasó?

Tourneur remarca esa sensación utilizando un recurso muy sugerente en los breves flashbacks al pasado: filma a los protagonistas con sobreimpresiones, como si fueran fantasmas. Eso hace que las pocas escenas en que podemos verles juntos y felices parezcan aún más etéreas e irreales. El cine tiene la capacidad de reproducir el pasado con las mismas dosis de realismo que el presente, pero aquí Tourneur se resiste a dejar que el pasado adquiera consistencia y tiene la forma de un fantasma.

En paralelo a estas evocaciones, la pareja protagonista va paseando por la noche al mismo tiempo que tratan de evitar a dos miembros de la banda que quieren conseguir el collar. Resulta obvio que el director no tiene interés en tirar hacia el género policíaco o el suspense, prefiriendo recrearse en la ambientación nocturna y decadente de los barrios por los que ambos se mueven. Y de hecho al intentar mantener en todo momento un pie en cada género es probablemente donde la película flaquee un poco. Algún breve episodio como el del muchacho que le roba la pistola creo que no acaba de funcionar y que es tan obvio en su moraleja que no aporta gran cosa. Pero a cambio tenemos una historia de amor contada con suma sensibilidad huyendo de los tópicos y a una magnífica pareja protagonista formada por Simone Signoret y Paul Meurisse.

Sin ser una de sus mejores películas, Impasse des Deux Anges constituye un muy buen cierre de filmografía por su calidad y por ser una obra que deja a entrever lo especial que era ese cineasta hoy desgraciadamente tan olvidado llamado Maurice Tourneur.

El Asesino Está entre Nosotros [Die Mörder sind unter uns] (1946) de Wolfgang Staudte

El Asesino Está entre Nosotros (1946) es una de esas películas que puede resultar algo difícil de juzgar con cierta objetividad dado su enorme importancia histórica y lo absolutamente loable que resulta su propuesta. Se trata ni más ni menos de la primera película de importancia surgida en Alemania después de la II Guerra Mundial, un país que prácticamente no produjo películas durante todo un año (la conocida como “Filmpause”) a causa de su precaria situación y la completa destrucción de una industria cinematográfica que estuvo años al servicio del régimen nazi.

Era aquel un contexto extremadamente difícil por dos motivos: primero por la situación en que se encontraba la nación tras perder la guerra, y en segundo lugar, por el trauma del nazismo. En aquellos años el pueblo alemán tenía que encontrar la manera de salir adelante y, al mismo tiempo, de afrontar la vergüenza de haber estado al servicio de un gobierno que había cometido tantos crímenes contra la humanidad. Fue en esos años tan difíciles cuando el actor y director Wolfgang Staudte intentó tirar adelante un proyecto de película que se proponía mostrar la situación de la Alemania de posguerra tratando además el difícil tema del pasado nazi que tenían que superar (el reverso exactamente opuesto de la recientemente comentada aquí Bajo los Puentes (1945) de Helmut Käutner, una optimista obra filmada poco antes que a cambio no mostraba ningún atisbo de lo que estaba sucediendo). Los diferentes gobiernos aliados que estaban ocupando Alemania rechazaron la idea por lo delicado del argumento, pero por suerte el gobierno soviético dio su visto bueno si se  hacía un cambio en el desenlace.

El resultado fue El Asesino Está entre Nosotros, una película que merece nuestro interés en primer lugar por estar filmada en escenarios reales (no había alternativa en aquel entonces por la ausencia de estudios cinematográficos), que nos permiten visualizar de primera mano el estado de miseria de los berlineses en aquella época. Años después Rossellini también plasmaría ese Berlín de posguerra en su mucho más célebre Alemania Año Cero (1948), pero este film es un documento mucho más cercano en el tiempo a la famosa “Hora Cero” a partir de la cual se considera que empezó la Alemania post-nazi.

Los protagonistas son un hombre y una mujer que acaban compartiendo piso en un Berlín sumido en las ruinas: Hans, un médico alcoholizado por los traumas de guerra y que se ve incapaz de dejar atrás el pasado, y Wallner, recién salida de un campo de concentración. Admito que la previsible historia de amor entre ambos no tiene demasiada credibilidad y que el personaje del médico nihilista y descreído agarrado a la botella de alcohol puede resultar algo tópico y cargante. Pero realmente este tipo de personaje resultaba necesario, del mismo modo que lo era la película. Porque El Asesino Está entre Nosotros tiene la finalidad de exorcizar el sentimiento de culpa que sentirían muchos alemanes como Hans, comenzando por el propio director de la película, que había actuado en numerosas películas de propaganda nazi, incluyendo la tristemente célebre El Judío Suss (1940). Sus protagonistas son dos personas unidas por el trauma del nazismo aunque a niveles muy diferentes: ella fue una víctima pura, él fue uno de los muchos alemanes que por obligación formó parte de esta maquinaria y ahora no se ve capaz de superar los recuerdos. Aunque la historia de amor entre ambos sea algo superficial, resulta imprescindible a nivel de significado como una forma de unir a estas dos Alemanias afectadas a diferentes niveles por el nazismo y que deben seguir adelante.

No obstante, la película contiene también otro mensaje mucho más corrosivo asociado también a la realidad del momento: la forma como aquellos nazis que cometieron auténticos crímenes consiguieron después de la guerra reincorporarse a su vida normal como si nada, representados aquí en la figura de Bruckner, un superior de Hans en el ejército que ha reactivado su fábrica y lleva una apacible vida familiar. No solo no se arrepiente de sus crímenes, sino que trata a Hans con familiaridad y se comporta de forma insoportablemente encantadora. Se evita por tanto el tópico del nazi de apariencia cruel, fría y sanguinaria, ya que aquí se trata de un simpático padre de familia. Y es aquí donde entra en juego el principal mensaje de la película reflejado en el título original de la misma, que se desvirtúa ligeramente en la traducción, puesto que lo que dice en realidad es “Los asesinos están entre nosotros”, de modo que no se hacía referencia solo al personaje de Buckner, sino al de todos los ex-nazis que no pagaron por sus crímenes de guerra.

La película ya merecería la pena rescatarse solo por la valentía de la propuesta, que hace una contundente crítica a parte de la sociedad alemana que fue cómplice de tantas atrocidades. Pero además a nivel de dirección El Asesino Está entre Nosotros es una obra magnífica, con una puesta en escena que se desmarca por completo del estilo más limpio y menos autoral que marcaba el cine del regimen nazi y apuesta por una ambientación noir con numerosos claroscuros. El aspecto tenebroso sumado a los planos reales de las ruinas de Berlín le otorga al film un tono pesimista y sombrío que encaja con el estado de ánimo del país en aquellos difíciles años.

El público alemán recibió esta obra con los brazos abiertos, entendiéndola probablemente como una película que reflejaba la situación en que se encontraban. Su éxito además sirvió para reactivar el cine alemán de posguerra dando pie de hecho a un tipo de películas, los Trümmerfilm, rodados entre los escombros y lidiando con los problemas cotidianos y morales de la sociedad alemana tras la guerra.

Bajo los Puentes [Unter den Brücken] (1946) de Helmut Käutner


Ya son varias veces las que este Doctor ha reivindicado aquí la necesidad de reexaminar la historia del cine y sacar a la luz cineastas apasionantes que, por no haber entrado en el cánon del cine clásico, han permanecido durante años en un olvido imperdonable. En ese aspecto hemos rescatado por estos lares a directores tan interesantes como Werner Hochbaum, Hiroshi Shimizu o Alessandro Blasetti, y hoy toca hacer lo propio con el alemán Helmut Käutner.

Uno de los pequeños handicaps de la historia del cine es que, al ser una disciplina construida tradicionalmente en base a movimientos artísticos y rupturas o grandes cambios estilísticos, es inevitable que se nos escapen algunos artistas magníficos que operaban fuera de esos ámbitos. En el caso de Herr Käutner, éste parte de la desventaja de haber trabajado principalmente en una etapa generalmente muy olvidada del cine alemán, el periodo que abarca desde la posguerra hasta las nuevas olas de los 60, de modo que es fácil obviarlo teniendo en cuenta todo lo que sucedía en Europa a nivel cinematográfico durante esos años. Y no obstante, maravillas como Bajo los Puentes (1945) realmente están a la altura de las grandes películas de esos años, de modo que va siendo hora de hacer que el nombre de Käutner quede grabado en la mente de los fans del cine clásico tal y como merece.

Los protagonistas del film que nos ocupa son Hendrik y Willy, dos amigos que trabajan en un barco fluvial haciéndose bromas mutuamente y pasándolo bien, mientras en paralelo intentan encontrar una mujer con la que casarse. Después de varios coqueteos que quedan en nada, una noche se encuentran con una joven, Anna Altman, a la que acogen en su barco creyendo erróneamente que estaba pensando arrojarse desde un puente. De camino a Berlín, ambos intentan a su manera ganársela antes de llegar a tierra.

Bajo los Puentes (1945) es un film que me recuerda mucho a una obra tan fundamental como L’Atalante (1934) de Jean Vigo, pero no solo por el hecho de tener lugar en su mayor parte a bordo de un pequeño barco, sino por su estilo tan poético, basculando perfectamente entre el tono de comedia ligera y algunos detalles más líricos, sin que en ningún momento una de estas facetas llegue a dominar la otra. La película funciona muy eficazmente como una de esas comedias que invita más a mantener una sonrisa perenne que a carcajearse, con escenas tan inolvidables como aquella en que ambos barqueros intentan conquistar a la misma camarera sin ser conscientes de ello, o esa magnífica línea de diálogo con que se nos presenta a Hendrik mientras abandona a su último ligue, que le implora que se case con ella porque le ama. He aquí la réplica de nuestro protagonista: “No tengo nada en contra tuyo, pero es que a veces me llamas Hendrik y otras me llamas Karl. Por cierto, yo soy Hendrik“.

Es este equilibrio entre ese tono ligero y otros instantes más hermosos lo que hacen de ésta una película mágica. Esa búsqueda de una pareja da pie a situaciones muy entrañables, como cuando se fijan en todas las mujeres que están en los puentes por los que pasan, pero ese mismo detalle da pie a una reflexión más melancólica: al estar siempre en continuo movimiento a bordo de un barco les es imposible tener tiempo de trabar confianza con otras personas, de modo que su único contacto con el sexo femenino es a través de esas fugaces visiones en los puentes.

El trabajo de dirección de Käutner es extraordinario, tanto en lo que supone a la dirección de actores (el trío protagonista funciona a la perfección) como en el apartado visual, con algunos pequeños alardes técnicos como ese maravilloso travelling de Anna subiendo las escaleras a toda prisa cuando descubre que le espera en su piso el hombre que le ama. Del mismo modo, Käutner se permite sacar provecho de la belleza de los planos fluviales pero no permite que eso acabe entorpeciendo el fluir de la película. Es una película realmente hermosa en que se nota que su creador buscaba aprovechar todos los recursos visuales a su disposición, pero siempre al servicio de la historia.

Y por último existe otro aspecto que no hay que dejar de lado: resulta increíble pensar que esta película fuera filmada entre 1944 y 1945, en plena II Guerra Mundial ante la inminente derrota de Alemania. Pese a contener numerosos planos exteriores, no se nota prácticamente nada de los efectos que tuvo la guerra en Berlín, y lo mismo sucede con el tono plácido de la película. No hay sitio para la amargura o el pesimismo en Bajo los Puentes, un canto vitalista en el que no se traslucen las desgracias que sucedían justo al otro lado de la cámara (el propio Käutner le tenía mucho cariño a esta película precisamente por eso, porque consiguió que no se notara en ella lo que ocurría por entonces en el mundo real). Ese detalle hace que sea una película aún más mágica o especial, una muestra de que incluso en momentos tan desgraciados un artista fue capaz de dar forma a una obra tan optimista y alegre en cuanto a argumento y tono,

Una obra preciosa, maravillosa, entrañable. Esencial.

Qué Bello Es Vivir [It’s a Wonderful Life] (1946) de Frank Capra

 

No voy a negar que puede resultar algo tópico publicar una reseña de Qué Bello Es Vivir (1946) en estas fechas cercanas a Navidad, y que quizás habría sido más interesante escoger otra película de Capra menos archiconocida. Pero este Doctor tiene unos cuantos motivos para decidirse a rescatar este clásico en mayúsculas: en primer lugar, que en ocasiones se tiende a dejar de lado aquellas películas tan conocidas por considerarlas demasiado obvias, como una reacción al hecho de que sean tan populares y arquetípicas; en segundo lugar, que precisamente por tópico que suene, me sigue pareciendo una obra maestra (de la cual por cierto hay una imagen enmarcada en la guarida de este Doctor, un privilegio otorgado a muy pocos films), y por último, porque creo que no se ha sabido apreciar del todo su contenido, quedándose a menudo en la visión superficial de ser una bonita película que encarna el espíritu de la Navidad.

Como es sabido, Qué Bello Es Vivir (1946) fue la primera obra que lanzó la productora con la que Frank Capra planeaba trabajar de forma independiente al margen de los estudios junto a William Wyler y George Stevens. Desafortunadamente, aunque la película funcionó bien en taquilla, no logró recuperarse sus elevados costes de producción y los tres socios tuvieron que vender la compañía a la Paramount (en una de esas ironías del destino, el film que acabó con la compañía por no ser suficientemente taquillero ha acabado siendo con el paso de los años uno de los más famosos de la historia del cine).

En un principio la idea era infalible: una bonita historia con aroma muy a lo Frank Capra (supongo que a estas alturas no hará falta referir el argumento), protagonizada además por su actor por excelencia, James Stewart, y un reparto de lujo con nombres como Donna Reed, Lionel Barrymore, Thomas Mitchell, Ward Bond y una por entonces desconocida Gloria Grahame. El mensaje que lanza y su emotivo desenlace en que todos los personajes se vuelven a unir justifican sin duda su estatus como clásico navideño, pero como sucede en muchas películas de Capra, Qué Bello Es Vivir es una obra con más profundidad de lo que pueda parecer.

Porque el film que nos ocupa emplea una artimaña que Capra y su antiguo guionista clásico Robert Riskin solían utilizar en muchas de sus películas más míticas: hacer una crítica o denuncia social que llevan hasta un extremo en que parece imposible que los personajes honestos se salgan con la suya, y entonces, en el último momento, colar un desenlace en que todo milagrosamente acaba bien. Tenemos al protagonista de El Secreto de Vivir (1936) dispuesto a dejarse encerrar en un manicomio hasta que, cuando eso parece inevitable, sus amigos deciden hablar en su favor; a Juan Nadie en la película de idéntico título a punto de suicidarse hasta que acuden en su ayuda, o el caso más flagrante, el de Mr. Smith en Caballero sin Espada (1939). En dicho film Capra nos estampaba en la cara la absoluta corrupción del sistema político americano, la forma como los medios están dominados por el poder y la imposibilidad de que un hombre honrado pueda vencer contra esos gigantes. Y en el último minuto, casi literalmente, se produce el giro argumental in extremis que sitúa la balanza a favor del bien. Los espectadores nos quedamos con una sonrisa en la boca y la idea de que el cine de Capra es benévolo porque siempre ganan los buenos, pero lo cierto es que el director ha estado bombardeándonos durante más de dos horas con una visión ultrapesimista del sistema político para luego desdecirse literalmente en el último minuto. De hecho, todo lo que ha denunciado anteriormente sigue siendo válido pese a ese inesperado giro final.

Qué Bello Es Vivir, considerada una de las películas optimistas por excelencia, sigue exactamente el mismo juego. ¿De qué va en realidad Qué Bello Es Vivir? Va sobre un pobre hombre, George Bailey, condenado a pasarse toda su vida en un pueblucho de provincias (encantador, sí, pero con nulas perspectivas de futuro). Sobre un hombre que nunca ha podido cumplir sus sueños de salir al mundo a colmar sus ambiciones. Sobre un pobre buenazo que ha dedicado toda su vida a sacrificarse por el bien de los demás. En definitiva, sobre el fracaso del sueño americano. Sí, la película nos dice lo gratificante que es ayudar a los otros, pero también que eso implica renunciar a muchas cosas. Y comprensiblemente, nuestro George Bailey acaba estallando una buena noche y planea suicidarse.

Entra en escena el ángel Clarence, que para convencerle de que no se quite la vida le muestra una visión de cómo sería el pueblo si él no hubiera nacido. ¡Y qué visión! La secuencia es uno de los momentos más aterradores de la carrera de Frank Capra, filmada con un tono tenebrosamente angustioso que demuestra una vez más qué gran director era, sabiendo amoldar la puesta en escena al tono de la película. Pero lo que vemos no es una pesadilla irreal, es lo que habría sido del pueblo sin la presencia de George Bailey. En otras palabras, el desesperanzador futuro que le esperaba a esa América encantadora e idílica si quedaba en manos de banqueros como Potter (a modo de curiosidad, el propio FBI también entendió la secuencia de esta forma, ya que abrieron una ficha a Frank Capra sospechoso de tener simpatías comunistas – ¡Capra, que era republicano y conservador! – por la visión tan negativa que daba en el film de los banqueros).

Todos sabemos lo que sucede a continuación y la valiosa lección que aprende George Bailey. Pero, ¿qué extraemos realmente de la visión que le ofrece Clarence? Que George debe vivir para que el resto de personas puedan ser felices. Que ese microcosmos que es Bedford Falls le necesita para seguir adelante. Mirándolo desde la distancia Clarence le está imponiendo la obligación de vivir no porque le espere un bonito futuro allá (ya que de ser así, ¿no podría habernos mostrado lo feliz que sería en años venideros con su esposa y sus hijos en lugar de esta pesadilla?), sino porque hace falta que haya en el mundo gente como él dispuesta a sacrificarse y renunciar a sus sueños para que otros (por ejemplo su hermano) sí puedan cumplirlos. No me negarán que como conclusión es un tanto descorazonadora, aunque por suerte George no se lo toma así.

Obviamente, esta visión tan pesimista no invalida su feliz desenlace, ni tampoco el tono tan bucólico que le otorga Capra al pueblecito y todos sus habitantes. Simplemente lo complementa. Por ello es errónea esa visión tan generalizada de Qué Bello Es Vivir como un mero cuento navideño acaramelado, porque Capra le dota de suficiente densidad y ambivalencia como para que no sea una película plana. Se trata de una obra que celebra la belleza de la vida en provincias, pero también expone cómo consigue quebrar las ilusiones de un hombre condenado a vivir allá para siempre; que muestra la incapacidad de un buen hombre con un futuro prometedor de cumplir el sueño americano y buscar una vida mejor, pero que al mismo tiempo celebra el sacrificio por la comunidad; que combina elementos de comedia dramática bucólica con una secuencia aterradora.

La suma de todo ello da una obra entretenidísima que al mismo tiempo contiene una profundidad que se suele pasar engañosamente por alto quedándose en su apartado más superficial. No cometan ese error, ni caigan tampoco en la trampa tan habitual de estos tiempos tan cínicos de desdeñar un emotivísimo final feliz como si fuera un defecto. Disfrútenla en su plenitud, como comedia dramática, como crítica al sueño americano, como una de las obras más redondas de Capra y, por qué no, como cuento navideño.

Detour (1945) de Edgar G. Ulmer

¿Qué tiene Detour (1945) que la convierte en una película que sigue fascinando tanto hoy día? ¿Cuál es el secreto de este film noir de presupuesto ínfimo que le ha convertido en una obra de culto? La primera respuesta obvia es el magnífico trabajo de dirección de Edgar G. Ulmer, que consigue sobreponerse a los límites presupuestarios y sacar adelante una gran película con tan pocos medios. Pero hay más.

Entre los fanáticos del cine negro hay algunos que opinan que el mejor film noir se encuentran en las producciones de serie B. Películas baratas protagonizadas por actores desconocidos, sin el glamour y la calidad de los títulos de prestigio. La idea está en que un género como el noir se encuentra más en su ambiente en este tipo de circunstancias. No entre estrellas carismáticas y producciones que despliegan todo el talento y la capacidad de Hollywood, sino en las realizaciones que llevan a cabo los estudios más pequeños, los que deben quedarse con las sobras y no tienen medios para dar mayor lustre a su catálogo. Y de todos esos films, Detour es el exponente por excelencia de esa tendencia.

 

Porque Detour es la película por excelencia que consigue transmitir esa carencia y mantener contra todo pronóstico una calidad fuera de toda duda. Porque en prácticamente todas y cada una de las escenas del film resulta obvio que estamos ante una película barata hasta rozar lo precario pero, además, podemos disfrutar de su calidad. Edgar G. Ulmer, un cineasta que seguramente merecía haber corrido mejor suerte, utiliza todo tipo de trucos de puesta en escena no solo para esconder la ausencia de presupuesto o incluso de decorados (los planos nocturnos de la carretera o el paseo de los dos protagonistas entre la niebla) sino que además con esos pocos medios se permite dar forma a una puesta en zona lúgubre y casi expresionista, que transmite el malestar de su protagonista, como ese inmortal plano en la barra del bar mientras recuerda lo sucedido.

En cuanto a los actores, tanto Tom Neal como Claudia Drake nunca llegaron a nada, siendo para nosotros dos rostros totalmente desconocidos que acentúan su rol de vividores. No estamos ante un Bogart o una Stanwyck interpretando a unos fracasados que, aun siéndolo, mantienen intacto su carisma y/o atractivo, sino ante dos actores que realmente eran desconocidos e, incluso, en el caso de Tom Neal un matón auténtico que acabó en la cárcel. ¿Qué puede haber más atractivo para un fanático del cine negro que tener como protagonista a un pendenciero de verdad?

Toda la película se basa además en uno de los grandes temas del cine negro: la imposibilidad de escapar del destino (el protagonista alude a ello de forma explícita en más de una ocasión), el verse obligado a sucumbir ante un error fatal que le impide encauzar su vida hacia la normalidad (es decir, llegar a Hollywood donde vive su novia). Desde el momento en que asistimos a la narración en flashback de todo lo sucedido, sabemos que Al Roberts está condenado, que lo que se nos explica inevitablemente tendrá un desenlace trágico, de modo que el suspense no está en qué será de él sino en cómo y cuándo cometerá su fatal error.

Por otro lado, como sucede en muchas películas negras, la narración a ratos sobrepasa lo inverosímil, pero eso que en otros géneros podría considerarse un defecto, en el cine negro y sobre todo en Detour es una virtud. Después de todo estamos asistiendo a la explicación que da el protagonista de los hechos: ¿fueron realmente así o nos está engañando? ¿O quizá simplemente es así como los visualiza él a través de su recuerdo nublado en alcohol? ¿La escena final en que aparece un coche de policía es real o un reflejo del que cree que será su destino? De hecho, las posibles incongruencias del guión y el estilo tan barato de la producción al final acaban jugando a su favor, dándole a Detour un estilo enrarecido y casi malsano. En definitiva, Detour podría ser uno de esos casos milagrosos en que los defectos de la producción han contribuido a hacer de ésta una obra de culto.

El Cielo os Pertenece [Le Ciel Est à Vous] (1944) de Jean Grémillon


Hay una pequeña gran diferencia entre lo que se conoce como afición y una pasión. Una afición podríamos decir que es un pasatiempo con el que llenar nuestros ratos libres, una ocupación en principio inofensiva que no tendría por qué molestar a nadie. En cambio, cuando esa afición deviene pasión, se convierte en otra cosa. Ya no es un entretenimiento con el que ocupar minutos muertos, sino algo que realmente nos ocupa una buena parte de nuestro día a día hasta el punto de que a menudo llega más allá de los ratos que tengamos disponibles, obligándonos a reformular nuestro horario con tal de dejarle sitio. Ya no es simplemente un pasatiempo, sino una actividad que se ha impuesto y por la cual estamos dispuestos a hacer sacrificios (incluyendo perder horas de sueño o realizar acciones que el resto de mortales ve como locuras).

    

El Cielo os Pertenece (1944) de Jean Grémillon trata en gran parte sobre eso. El film nos presenta a la familia Gauthier, formada por Pierre y Thérèse, la madre de ésta y sus dos hijos, que se mudan a una nueva casa en un pueblo donde Pierre podrá ejercer su trabajo como mecánico más cómodamente. Durante media hora todo transcurre plácidamente sin apenas conflicto: el matrimonio de mediana edad se avienen a la perfección, su hija sigue con sus clases de piano desarrollando una pasión por el instrumento y a Pierre le llega una jugosa oferta de trabajo dadas sus habilidades técnicas.

Pero entonces llega un espectáculo de acrobacias aéreas a la ciudad en el cual Pierre es requerido para echar un vistazo a un motor del avión. Y a partir de aquí, ese pequeño incidente nos revela una nueva faceta del personaje: su absoluta pasión por la aviación, totalmente desaprobada por su esposa a causa de los peligros que conlleva. El bonachón de Pierre se dedica pues a hacer sus pinitos con el avión a espaldas de su esposa hasta que ésta le descubre. Pero, en un giro inesperado, Thérèse acaba averiguando que comparte esa misma pasión y juntos se alían para que ésta bata un récord femenino de aviación.

Este curiosísimo argumento presenta muchas posibles lecturas que merecen ser tenidas en cuenta. De entrada, El Cielo Os Pertenece es una obra claramente feminista. Thérèse no solo es la que manda en casa (en contraste con un Pierre mucho más despistado y bonachón) sino que una vez que se contagia de la afición de su marido, es la que va a correr el mayor riesgo de los dos y la que va a perseguir el récord mundial. Irónicamente, si Thérèse se oponía inicialmente a esa afición por miedo a lo que le sucediera a su esposo, en el tramo final de la película es éste el que sufre por el destino de su mujer mientras está pilotando. El guión da aquí la vuelta al tópico sobre los hombres heroicos que se enfrentan al peligro mientras las mujeres se quedan en casa sufriendo por ellos – véase la obra maestra de Howard Hawks Sólo los Ángeles Tienen Alas (1939). Lo cual no quita (y éste es uno de los detalles que más me gustan del guión) que Thérèse jamás pierda su carácter como típica ama de casa de clase media: una vez llega a su destino lo que más parece preocuparle es cómo estará llevando la casa su marido. Podría entenderse esto como una forma de minusvalorar al personaje, que es incapaz de salir de su rol de madre de familia incluso cuando se convierte en una aviadora intrépida, pero yo lo veo más bien como un medio de darnos a entender que no es incompatible dicho rol con el de aviadora (por cierto aquí es donde el film se beneficia más de las conmovedoras interpretaciones de Charles Vanel y Madeleine Renaud, capaces de expresar con absoluta franqueza la sencillez de esos personajes y su sincero cariño mutuo).

Otra segunda lectura a tener en cuenta tiene que ver con el contexto de producción: El Cielo Os Pertenece se produjo durante la ocupación alemana, lo cual resulta curioso dado el tono tan plácido y optimista que desprende toda la película. De hecho, salvo el tramo final, se trata de una cinta sin grandes conflictos, en que todo discurre con asombrosa quietud, casi como un antídoto a esos convulsos tiempos que les tocaba vivir a la población francesa. No obstante, muchos entendieron el mensaje de la película e incluso su título como un canto a la esperanza, dando a entender que incluso las personas normales eran capaces de grandes hazañas. Sin embargo, al no funcionar muy bien en taquilla (eran malos años para la producción cinematográfica), el film tampoco consiguió trascender demasiado.

Y por último está, obviamente, su retrato de las pasiones. Se nos contrapone la visión de la madre de Thérèse (conformista, anticuada, siempre quejica) respecto a la de los dos protagonistas, incluso en los detalles más instrascendentes: cuando ponen un letrero de neón para anunciar su garaje, la terrible suegra dice que esa ostentación solo beneficiará a la compañía de la luz. Pero lógicamente es cuando dan rienda suelta a su peligrosa pasión que se produce el choque: todos sus amigos y conocidos coinciden en que han perdido el norte, nadie los entiende. Incluso el propio Pierre en cierto momento se sorprende de que esté deseando que su esposa se embarque en un peligroso viaje que puede acabar fatalmente. Pero las pasiones son así: irracionales, desmedidas, alocadas. Y el hecho de que esta pasión aflore en dos personas tan entrañables y sencillas como los Gauthier es una forma de defender que cualquier persona de a pie puede tenerlas.

Es interesante constatar cómo Grémillon tampoco idealiza esa pasión: en cierto momento Pierre decide vender el piano (que lo es todo para su hija) de cara a pagar los gastos que supone trabajar en la avioneta. Lejos de entender que el piano significa para ella tanto como la aviación para ellos, Pierre se muestra egoísta e inflexible, de hecho las pasiones a menudo nos nublan la mente y nos hacen perder de vista a los demás (significativamente, la pobre hija de los Gauthier pierde el piano en las dos ocasiones en que sus padres deciden dar un paso importante: cuando se mudan y cuando deciden ser aviadores, siendo ella siempre la que debe sacrificarse).

Pese a hacerse algo larga en algunos segmentos, El Cielo Os Pertenece acaba siendo una película muy recomendable que entra dentro de la categoría de esas obras que tienen algo especial más allá de sus cualidades fílmicas. Y además constituye uno de los más sinceros homenajes que he visto a aquellas personas incomprendidas por tener una gran pasión hacia algo que no comparten o entienden los demás.

En Legítima Defensa [Quai des Orfèvres] (1947) de Henri Georges Clouzot

A la hora de valorar una película, por mucho que uno aplique una serie de criterios lo más objetivos posibles, siempre es susceptible de dejarse influenciar por su estado de ánimo o las expectativas con que la afronta. Por suerte, en estos tiempos el revisionado de films es relativamente fácil y uno puede enmendar el error. Eso es lo que le ha pasado a este humilde Doctor con una de las grandes películas del magnífico cineasta Henri-Georges Clouzot, En Legítima Defensa (1947). No es que antes me desagradara, pero sí que tenía un recuerdo relativamente tibio de la película, como un buen film policíaco pero que no me dejó especial huella. Y cuando ahora lo revisiono me pregunto sorprendido qué rayos me pasaba el día que la vi para haberme quedado con esa impresión.

Imagino que el principal problema fueron las expectativas, las siempre peligrosas expectativas, y que viniendo de obras maestras como El Salario del Miedo (1953) y Las Diabólicas (1955) esperaba muchísimo de este policíaco considerado como uno de los mayores logros de su carrera. Y el argumento desde luego era más que prometedor: un crimen que complica a Jenny, una cantante de music-hall, a su marido Maurice y a una amiga de ambos, Dora. ¿La víctima? Un viejo verde adinerado que coqueataba con la artista a cambio de ofrecerle una carrera prometedora, provocando los celos del marido.

Así pues, aunque las expectativas me jugaran una mala pasada, no puedo evitar preguntarme cómo pudo pasarme por alto una obra como ésta. ¿Cómo pude olvidar la esmerada recreación del mundo del music-hall, con esos camerinos que apenas dejan espacio (ya no digamos intimidad) a sus ocupantes, la complicidad entre esos entrañables artistas de baja estofa y la lascivia que despiertan las bailarinas que basan sus números en exhibir su cuerpo más que en mostrar su (a menudo inexistente) talento? Esos comentarios entre bambalinas, esa mirada absolutamente hastiada de la cantante que está ensayando con Maurice mientras éste recibe la noticia de que su mujer ha salido para visitar a su abuela (“¿Verdad que son idiotas los hombres?” le espeta un miembro de la compañía, a lo que la cantante responde “Afortunadamente…” sin abandonar su expresión de mujer harta de todo).

¿Cómo pudo pasarme por alto la escena en que Brignon, el adinero empresario que será víctima de su lujuria, se trae a jovencitas al estudio de Dora para que ésta haga fotografías eróticas de ellas? También me sabe mal que el personaje de Dora se haya escapado de mi memoria, el clásico personaje femenino en la línea de Midge en Vértigo (1958): la mujer que ama y no es amada, a la que no se le concede ni siquiera el privilegio de formar parte de un triángulo amoroso, ya que la persona a la que quiere no le corresponde; su rol acaba adquiriendo casi por descarte tintes maternales, el querer cuidar al hombre que ama y procurar que al menos él sea feliz. El típico personaje del que luego no se nos revela su desenlace porque el guión lo ha olvidado, sin concederle el privilegio de la felicidad ni tampoco el glamour de un final dramático.

No obstante, debo decir en mi defensa que sí recordaba al carismático inspector de policía encarnado magistralmente por Louis Jouvet. El prototípico perro viejo que ha visto demasiadas cosas y se sabe todos los trucos, pero que por su carácter nunca ascenderá de posición. La imagen del rudo inspector arropando a su hijo adoptado antes de salir a encargarse del caso era una de las pocas que retuve claramente de la película.

Pero aun así, el inspector Antoine no se nos presenta tampoco como un detective brillante. El guión incide más en la forma como presiona al pobre Maurice para obligarle a confesar, que en su astucia para hallar las pistas adecuadas. Puede que su misantropía nos acabe resultando simpática (el clásico gruñón carismático), pero no su forma de interrogar a los personajes y de acosarles.

De hecho En Legítima Defensa es una película de antihéroes. Un protagonista masculino no especialmente atractivo ni inteligente destinado a sobrellevar el papel de cornudo y que para cometer un crimen se prepara una coartada insostenible. Un inspector de policía rudo y malhablado que chantajea a un inofensivo taxista para que le ayude a identificar a una persona sospechosa. Una cantante de music-hall sin talento que coquetea con cualquiera para salir adelante. Una fotógrafa que se ve obligada a hacer fotografías eróticas para un viejo verde por subsistencia. No, realmente Clouzot no busca ganarse las simpatías de nadie con sus personajes, pero tampoco se recrea en sus defectos y simplemente los retrata tal cual son.

Ciertamente, no tengo excusas para que todos estos aspectos del film no me hubieran hecho valorarlo como se merece. Por ello nunca está de más un revisionado a tiempo para hacer justicia a una película.

Death Is a Caress [Døden er et kjærtegn] (1949) de Edith Carlmar

Es curioso cómo funcionan por igual los códigos de los géneros cinematográficos en todo el mundo, como por ejemplo el film noir. Una película noruega que se inicia con un personaje confesándose a otro en un escenario que parece una prisión. Empieza el relato con una frase que ya parece indicarnos hacia dónde se nos conducirá (“Aún tengo escalofríos cuando pienso en la primera vez que la vi”). Aparentemente él era un chico normal con un trabajo seguro y una bonita prometida, pero aparece ella, la causante de todos los problemas, una mujer adinerada y con mucho carácter. Él le arregla el coche y ella toma nota de ese atractivo mecánico, con el que empieza a filtrear.

Por supuesto ella está casada. Se sucede el adulterio y todo empieza a desmoronarse (otra frase que encaja como un guante en el universo noir: “El mundo seguro que había construido a mi alrededor se vino abajo“). El marido de ella es un hombre aburrido que apenas le hace caso. Cuando nuestro protagonista le conduce en un viaje en coche vemos que se queda dormido con suma facilidad, más adelante ella le confía que es un pésimo conductor. Todo parece conducir hacia lo inevitable: un asesinato para librarse de él, que parezca un accidente de coche…. ¡pero no! Porque el relato pese a tener los ingredientes de una película negra adquiere el tratamiento de un melodrama y a medida que avanza el metraje vemos que tira más hacia esos derroteros. ¿Tendrá ella el imperdonable mal gusto de divorciarse de su marido en vez de planear un asesinato con su amante? ¿Pero qué se han creído?

Efectivamente, pese a su sugerente título, Death Is a Caress (1949) en realidad no es una película criminal sino un drama sobre una historia de amor condenado. Desconozco si es a propósito que su directora nos evoca de forma engañosa al principio un posible film de suspense, pero en todo caso el estilo de la puesta en escena remarca de forma inconfundible que ésta no tiene ninguna intención de llevarnos a un universo de femmes fatales y claroscuros. Pero sí que toma prestada la idea de amores ilícitos y de pasiones destructivas, porque cuando nuestros dos protagonistas se casan tiene lugar el verdadero conflicto del film: él no soporta el tipo de vida social que lleva ella, mientras que ésta se muestra terriblemente celosa y desconfía de los movimientos de su marido. Pero pese a sus amargas discusiones no pueden evitar amarse.

Es una pena que la película no acabe de otorgar a la historia el tono fatalista que requiere y que los dos protagonistas no desprendan la química necesaria para transmitir esa sensación de pasión descontrolada. Del mismo modo, uno de los alicientes que tiene uno al acercarse a una película de un país poco presente cinematográficamente a nivel internacional como es Noruega es disfrutar de sus singularidades, pero tampoco es el caso. Aunque correctamente realizada, Death Is a Caress no posee de ningún rasgo especial que la distinga de una película clásica de otro país salvo el atrevimiento al tratar de forma tan directa temas como el adulterio o el aborto, impensables por ejemplo en el Hollywood de la época.

Gran parte del interés creo que estriba en este caso en factores más allá del film: Death Is a Caress es la primera película noruega dirigida por una mujer… y eso tratándose de una obra que casi está tocando los años 50. Sería de la primera de una serie de películas que la cineasta realizaría en colaboración con su marido (aquí coguionista y productor).

Su primera producción conjunta supuso todo un escándalo en Noruega tras el cual los Carlmar prefirieron tirar hacia géneros menos polémicos, como la comedia. No obstante, en su debut ofrecieron una interesante visión de un matrimonio autodestructivo en que es el hombre quien parece encontrarse en situación de inferioridad. No está mal como debut a la dirección.

Perseguido [Pursued] (1947) de Raoul Walsh

Raoul Walsh, un sólido veterano en géneros como el western y el cine negro, ofreció una de las películas más interesantes de su carrera al combinar ambos en Perseguido (1947). Puede que éste se trate del western más paranoico que se hubiera filmado hasta entonces, adelantándose décadas a los westerns casi existenciales de los 60 que hacían de los cowboys figuras errantes que intentaban encontrarse a sí mismos. Porque tal y como dicta su título, el protagonista de Perseguido es un hombre que literalmente se siente acosado toda su vida sin saber el por qué. Alguien que tiene la intuición de no estar en el lugar que le corresponde, de estar condenado por un hecho desconocido de su pasado. Un tipo de conflicto más bien poco habitual en el western.

La trama se inicia cuando Jeb Rand, que huye de unos perseguidores desconocidos, le explica a una joven que acude a ofrecerle ayuda, Thor Callum, cómo ha llegado a su situación. Primer síntoma de que nos encontramos ante un western bañado por la influencia del film noir: toda la historia se nos explica en un flashback, un recurso poco frecuente en el western clásico pero que en cambio era más habitual en el mundo enrarecido y caótico del cine negro (por otro lado, ¿por qué le explica Jeb a su amada toda esa historia que ella en realidad ya conoce casi por completo? Más allá de servir como recurso narrativo, hay en este tipo de películas una necesidad del protagonista de “confesarse”, de exteriorizar a otro todo por lo que ha pasado, casi como si fuera un paciente explicando sus problemas a su psicólogo).

Sabemos entonces que Jeb asistió a un hecho traumático siendo pequeño y que, huérfano, fue adoptado por la señora Callum (viuda) junto a sus dos hijos: Thor y Adam. A medida que crecen, Jeb y Adam sienten una antipatía mutua pero a cambio nuestro protagonista y Thor se enamoran. No obstante, pese a la bendición de su madre, sus sueños no podrán hacerse realidad, puesto que hay un misterioso hombre, Grant Callum, que intenta acabar con él.

A partir de aquí, la película se desarrolla siguiendo esquemas más propios de un film noir que de un western. Y no solo lo digo por la magnífica fotografía de James Wong Howe, repleta de claroscuros, sino por la incertidumbre que rodea a su protagonista, un hombre que debe enfrentarse contra un enemigo incierto por motivos desconocidos; por esa obsesión con el pasado (esos flashes recurrentes que se le aparecen en forma de pesadillas: los disparos, el sonido de las botas, etc.); por esa sospecha de que algo sucedido tiempo atrás está condenando su presente (cuando visita el viejo rancho, Jeb tiene la intuición de que esas ruinas y tumbas tienen algo de él) y por esa visión tan fatalista de un destino del que Jeb no consigue huir. Por mucho que quiera seguir adelante, continuamente una misteriosa mano le condena a perder la paz y la mujer que ama, obligándole en última instancia a enfrentarse a la familia que le acogió.

También se puede decir que lo enrevesado de su argumento tiene mucho del universo noir: esa adorable joven que al final acaba convirtiéndose en una fría vengadora tiene mucho de femme fatale (excelente Teresa Wright, de hecho el guión es de su marido y el personaje que encarna es un regalo para una gran actriz como ella), y en la relación entre Jeb y Thor hay incluso algo de incestuoso (aunque no son hermanos fueron criados como tales). Pero la clave seguramente esté en su protagonista, Robert Mitchum, por entonces asociado sobre todo al cine negro – Encrucijada de Odio (1947) de Edward Dmytryk y Retorno al Pasado (1947) de Jacques Tourneur – y que aquí nos parece más cercano a un personaje como el protagonista condenado de Detour (1945) de Edgar G. Ulmer que a un heroico vaquero.

De hecho nótese un importante detalle: en la escena final de la película, Jeb no se enfrenta a su enemigo, sino que finalmente se rinde, harto de pasarse la vida huyendo de algo inconcreto; y además, el único duelo que presenciamos está filmado de una forma asombrosamente inusual, entre sombras y con el protagonista literalmente intentando huir para evitar el conflicto. Este tipo de anomalías confirman a Perseguido como un western atípico, que propone una hibridación de géneros dando como resultado una película asentada en el western a nivel de ambientación pero más cercana al noir en tratamiento de la trama y sus personajes.