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Aunque Smoking (1993) y No Smoking (1993) son en realidad dos películas diferentes, las trataremos aquí en una sola entrada ya que, dada su naturaleza, no tiene mucho sentido reseñarlas por separado.
Intimate Exchanges era una curiosísima obra de teatro de Alan Ayckbourn que se basaba en dos premisas muy originales. La primera era explicar las desventuras que le sucedían a un pequeño grupo de personajes que vivían en un pueblo inglés a través de variaciones de una misma acción. Es decir, cada vez que se explicaba cómo terminaba uno de los conflictos, la obra tiraba atrás y mostraba qué habría sucedido si uno de los personajes hubiera actuado distinto en cierto momento. Esto le permitía a Ayckbourn mostrar hasta 16 posibles finales, cada uno de ellos condicionado por un cambio que se producía en cierto momento, que podría ser desde un gesto totalmente banal a un diálogo clave.
La idea del autor era mostrar cómo a menudo hechos aparentemente insignificantes condicionan de forma radical el avance de nuestras vidas, algo que creo que todos hemos experimentado en mayor o menor medida. Un joven que empieza a trabajar de algo que no tiene nada que ver con lo que ha estudiado, simplemente como una forma de ganar un pequeño sueldo extra, y que acaba convirtiéndose en su carrera laboral de por vida. Una persona que acude a un evento que no le interesa especialmente solo por matar el rato y ahí se encuentra a un conocido que le presenta la que será su futura pareja. O, ¿cuántas veces el soltar un diálogo en un momento especialmente crítico o reprimírselo es lo que condiciona que la vida de uno dé un giro radical o no?

El cineasta Alain Resnais, siempre interesado en investigar nuevas formas de jugar con la narrativa cinematográfica, se dejó tentar por esta premisa tan atractiva adaptando la obra en dos películas llamadas Smoking (1993) y No Smoking (1993) que, además, también respetaban el otro factor bastante único de Intimate Exchanges: todos los personajes los interpretan solo dos actores. Eso quiere decir que nunca habrá más de dos personajes ante la cámara y que siempre serán de distinto sexo.
El punto de partida, tal y como anuncian los títulos de los dos filmes, es la decisión que toma Celia Teasdale al inicio del todo, cuando sale a su jardín y duda entre fumarse un cigarro o no. Smoking muestra todas las variaciones posibles a partir de que ella decidiera fumarse dicho cigarro, mientras que No Smoking las derivadas de no hacerlo.

¿Cómo es eso posible? En Smoking, al quedarse fumando en el jardín, escucha el timbre de la puerta y entra en escena Lionel, el conserje de la escuela en que trabaja Toby, el marido de Celia, como director. Éste se ofrece a hacer unos trabajillos en el jardín y se encaprichará de la mujer, llevándole a varios intentos de seducirla con desigual éxito. En No Smoking, Celia no escucha el timbre porque decide irse a trabajar en una pequeña cabaña del jardín en vez de fumarse el cigarro, y en consecuencia Lionel no entra en casa pero sí que lo hace Miles, el mejor amigo de su marido Toby. De esta manera, en este otro universo paralelo el foco se centrará en Miles y su incapacidad por reencauzar su vida.
A partir de aquí, las dos películas van avanzando por diferentes variaciones que, según el caso, tienen un tono ligeramente distinto: algunas son más humorísticas y otras más tristes, del mismo modo que en ocasiones algunos personajes se ven abocados a desenlaces radicalmente distintos y en otras podemos comprobar que la cosa no cambiaría mucho para algunos de ellos pese a los cambios producidos durante el camino.

Smoking y No Smoking son dos películas que en realidad se filmaron a la vez y comparten tono y personajes, de manera que pueden verse indistintamente en cualquier orden y por ello no le veo sentido a reseñarlas por separado. Ambas se benefician enormemente de los tour de force que ofrecen sus dos actores protagonistas: Pierre Arditi en los personajes masculinos y Sabine Azéma en los femeninos. Solo por disfrutar de los cambios de personalidad y caracteres que exhiben de una escena a otra (o a veces incluso de un plano a otro), el visionado se hace realmente ameno. De toda la galería de personajes que interpretan para mi gusto destaca el matrimonio de Miles y Rowena, él como ese hombre compasivo y tímido, y ella como una mujer espontánea y alocada (ambos, por cierto, solo aparecen en el universo de No Smoking, mientras que en el de Smoking únicamente se les menciona).
A partir de aquí las posibilidades de emparejamientos y rupturas acaban dando una imagen totalmente poliédrica de cada personaje, al verlos en situaciones que les obligan a exponer una faceta inédita de su personalidad – incluso el más antipático de todos, el alcohólico y colérico Toby, tiene una variación en que acaba mostrándose como alguien con corazón. Y de hecho uno de los aspectos más interesantes del guion es precisamente ver cómo cada una de esas variaciones ofrece diferentes perspectivas de cada personaje.

La primera vez que sabemos de Rowena se nos la describe como una mujer adúltera y caprichosa. Cuando la conocemos confirmamos que es así, pero también que desprende un encanto muy electrizante y que el motivo de sus infidelidades se debe a sentirse acomplejada por un marido que la trata como una tonta. Del mismo modo, el tan bondadoso y correcto Miles se irá revelando como una persona quisquillosa, condescendiente con su esposa y que toma decisiones sentimentales terribles. Por otro lado, el seductor Lionel parece un hombre encantador cuando intenta atraer a Celia, pero en el universo en que sigue emparejado con Sylvie, la sirvienta de los Teasdale, se nos muestra como alguien machista y controlador. Y todos estos contrastes son siempre coherentes con la construcción de los personajes, mostrándonos sus contradicciones y su carácter complejo.
Para darle una cierta coherencia interna a una obra que parece correr el riesgo de irse por las ramas en cualquier momento (¿hasta qué punto debemos seguir el desenlace de cada variación?), el guion opta por no huir de su origen teatral y limitar la mayor parte de escenas a unos espacios muy concretos, incluso siguiendo una serie de «rimas», es decir, empezar siempre en el jardín de los Teasdale y acabar en la iglesia del colegio, ya sea con motivo de un funeral o una celebración cualquiera, dependiendo del caso. Además, para darle una apariencia uniforme, Resnais se sirve de unos diseños gráficos del dibujante de cómics Jean-Claude Floch, que muestran a los diferentes personajes y también sirven como viñetas para ir tirando hacia atrás en cierto momento. Este recurso y la puesta en escena que opta por darle un tono expresamente irreal a muchos de esos entornos me hace pensar que muy probablemente Wes Anderson debe conocer la película o, si no es el caso, alguien debería recomendársela urgentemente.

Las conclusiones a las que uno llega tras haber navegado por este vasto universo son las que ya apuntábamos al inicio: lo decisivos que pueden ser gestos o momentos insignificantes para el futuro de una persona, el constatar cómo a veces la felicidad de uno depende de haber hecho infeliz a otra persona o la incapacidad de ciertos personajes por no lograr nunca un desenlace satisfactorio a sus vidas.
Tanto Smoking como No Smoking son películas que no enganchan a la primera ya que ninguna de las posibles tramas es especialmente llamativa o divertida en sí misma. Las películas van enganchando al espectador progresivamente a la que uno va conociendo los personajes y descubriendo las diversas variaciones, ya que así se pueden ir comparando las diferentes posibilidades que se la han presentado a cada uno. De esta forma uno acaba enganchándose como si estuviera viendo una telenovela en la cual uno se ha quedado prendado de los personajes y quiere saber qué le sucede a cada uno de ellos en cada variante. Es entonces, cuando uno entra el juego, que el visionado de los filmes se hace llevadero sin que su duración (cada uno de dos horas y veinte) se haga pesada. ¿Quién no quiere fantasear con las posibilidades que habría ofrecido su propia vida de haber tomado otro tipo de decisiones en el pasado?
