Nightingale [Uguisu] (1938) de Shirô Toyoda

Cualquier lector habitual de este humilde gabinete cinéfilo sabrá desde hace ya tiempo que este Doctor siente una debilidad especial por el cine japonés clásico. Pero debo decir que, sin tener por qué ser necesariamente la mejor década de todas, tengo una fijación especial con los filmes producidos allá en los años 30, hasta el punto de que disfruto incluso de películas muy menores de esos años. El por qué no lo tengo muy claro, pero quizá se deba a que, más allá de ser una década repleta de grandes películas, el cine japonés de esos años tiene una forma de narrar las historias muy particular que luego fue cambiando después de la II Guerra Mundial. No soy suficiente experto en la materia como para concretar más esto, pero noto en muchos dramas y comedias de ambientación contemporánea de los años 30 un tono que podría pasar como «casual», poco dado a enfatizar los puntos más dramáticos, casi como si se prefirieran tratar las historias con cierta delicadeza (en el caso de los dramas) o ligereza (en el caso de las comedias). Eso puede llevar al error de ver algunos de esos filmes como intrascendentes. No pasa gran cosa. O más bien sí que pasa, pero al no remarcarse no da esa sensación. Parece a veces incluso que la narrativa es torpe, porque pasa muy por encima por elementos cruciales y deja aspectos importantes sin resolver. Pero todo ello forma parte de su encanto especial.

Shirô Toyoda es un cineasta poco recordado hoy día pero que tiene una filmografía potencialmente muy interesante en la que merecería la pena profundizar. Se le asocia sobre todo a adaptaciones de obras literarias de prestigio como El País de la Nieve (Yukiguni, 1957), que trasladaba a la gran pantalla el célebre libro de Kawabata o Wild Geese (Gan, 1953), mi favorita de las que he visto suyas hasta ahora. Nightingale (Uguisu, 1938) pertenece a su primera época y es un ejemplo perfecto de los rasgos que antes cité que para mí hacen del cine japonés anterior a la Segunda Guerra Mundial una experiencia muy especial.

La película se sitúa en un pequeñísimo pueblo y sucede en solo dos escenarios. Inicialmente nos encontramos en la estación de ferrocarril, a la que llega apurado el alcalde para coger el tren que está a punto de pasar. El hombre encargado de vender los billetes inexplicablemente no tiene ninguna prisa en atenderle y luego entendemos por qué: el tren expreso que va a pasar no se detiene en ese pueblo. El alcalde admite su error con deportividad, ya que es un símbolo de cómo han fracasado en conseguir que dicha población consiga algo de relevancia y esté más conectada con el mundo exterior: casi ningún tren se detiene en ella.

A partir de aquí se van sucediendo pequeñas historias que muestran la miseria en que vive la gente de la población y que luego continúan en la comisaría de policía, que es el espacio donde se desarrollará íntegramente el resto del filme: una anciana enferma que busca a su hija adoptiva perdida, una chica que había sido vendida por su padre como «criada» (un eufemismo del futuro real que ambos saben que le esperaría) pero es rescatada por un profesor, una comadrona acusada de atender partos sin estar autorizada a ello, un borracho que se ha gastado el dinero destinado al funeral de su bebé en alcohol… incluso una chica que ha robado dinero a su madre para meterle miedo a los ladrones en el cuerpo y conseguir que le deje introducir a un hombre en su casa.

El tono de Nightingale es tan apacible y tranquilo como la vida en el mismo pueblo, pero no por ello esconde en absoluto la miseria de sus personajes. Constantemente hay un choque entre lo que son las normas y lo que los personajes se ven obligados a hacer para sobrevivir. Los policías no se muestran especialmente duros en el desempeño de sus actividades pero no por ello dejan de cumplir las normas (a diferencia del vendedor de billetes de tren, que al final deja pasar a un pobre padre viudo que tiene dos hijos pero no suficiente dinero para comprar tres billetes). Eso se ve reflejado cuando una mujer intenta vender un ruiseñor que ha capturado pero el oficial de policía le dice que es una especie protegida y le fuerza a soltarlo. La mujer se ha visto obligada a hacerlo para subsistir pero, irónicamente, el único sitio en que hay gente con dinero para comprárselo es la comisaría donde le hacen saber que ha quebrantado la ley.

Desde nuestra perspectiva puede chocarnos esa forma tan aparentemente distanciada de mostrar la absoluta miseria de tantos personajes. Toyoda se mantiene en planos alejados de los personajes y no usa recursos dramáticos como la banda sonora para enfatizar estas historias tan patéticas. Pero es precisamente ese tono y esa forma de narrar las historias (que van y vienen sin acabar de coger protagonismo del todo, quedando a veces incompletas desde nuestro punto de vista) lo que la hace tan fidedigna en ese retrato de la pobreza.

Y es ese tono escogido lo que hace que brille con tanta fuerza el momento más emotivo de la película. Cuando se libera al borracho que se gastó el dinero del funeral de su hijo, el policía le dice que si realmente es músico, se dedique a tocar su flauta en vez de emborracharse. Entonces el pobre hombre coge su instrumento y toca una melodía melancólica. La irrupción de la música en un filme hasta ahora tan austero supone una especie de shock. Es la irrupción de la magia y el misterio del arte en un mundo miserable y sin esperanzas. Parece que todo se paralice mientras suena la melodía, como si de alguna forma estuviera transmitiendo un sentimiento inconcreto que los personajes no han podido expresar por si mismos. Es de esos momentos mágicos difíciles de describir con justicia, ya que tienen «algo» especial que no puede explicarse, y que solo muy de vez en cuando se encuentra uno en películas.

Finalmente la comadrona (interpretada por la secundaria de oro Haruko Sugimura con su carácter y fuerza habituales) consigue imponerse ayudando a dar a luz a una mujer al no estar disponible el médico, demostrando cómo las normas no siempre logran adaptarse a la realidad del día a día. El bebé nace. Se localiza a la hija que buscaba la anciana pero no sabemos si ésta habrá sobrevivido a su dolencia. El resto de dramas quedan en el aire. La vida sigue. No necesariamente mejor.

2 comentarios

  1. Mi querido Doctor,

    gracias a su maligna influencia vi esta maravillita hace unos días y me emocioné dentro de un orden con esos minutos finales, que son como una ola inesperada que se adentra y refresca pero no estropea nada. Momento mágico.

    Por añadir algo, me pregunté a mí mismo si alguna vez había visto en cine una comisaría tan «humana», por expresarlo de alguna forma. En fin, muchos otros pequeños hallazgos merecen la pena. Por cierto que está en youtube, en el canal -me temo que ya abandonado- de una señora más maja que las pesetas que toma estas películas de no sé dónde y las subtitula al inglés, añadiendo además una pequeña intro.

    Abrazos.

    1. Hola Manuel,

      Me alegra ver que el filme estuvo a la altura de las expectativas y que lo de ese momento tan emotivo no es solo cosa mía. Es cierto lo del retrato que se hace de esa comisaría, porque balancea muy bien la brusquedad y el velar por el cumplimiento del deber que uno espera de unos oficiales de la ley con un toque de humanidad (me parece muy simpático cuando el comisario llama a un subordinado para que le informe del sexo del bebé).

      Ese canal de Youtube es una maravilla. Saqué la película de allá eligiéndola un poco al azar. Está repleto de películas muy interesantes y poco habituales dentro del cine japonés de esos años. Le debemos mucho a esa mujer, que me ha salvado muchos ratos muertos con sus películas.

      Un saludo.

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