Japón

Bushido [Bushidô zankoku monogatari] (1963) de Tadashi Imai

A la hora de plantear una película ambientada en tiempos muy lejanos al nuestro hay a menudo un problema de base a tener en cuenta: el hecho de que esos personajes, que datan de épocas totalmente distintas a la nuestra, tengan un comportamiento o código de valores tan ajeno a nosotros que nos resulte a veces muy difícil o casi imposible entender su comportamiento. Si además entra en juego una serie de reglas especiales, basadas en un férreo sistema de valores propio, la historia puede llegar a ser chocante. Esto implica para el cineasta una curiosa disyuntiva. Si adapta el carácter o comportamiento de los personajes a lo que nosotros entendemos como lógico o normal, a cambio estará mostrando una visión poco fidedigna de la época (algo que en sí mismo no tiene por qué ser sinónimo de un mal filme, aceptando que estamos viendo una ficción para pasar el rato, pero que puede ser problemático si lo que se buscaba era ser lo más fiel posible a dicho contexto). Pero por otro lado, si prefiere mantenerse fiel a cómo cree que deberían reaccionar o comportarse esos personajes que nos son tan ajenos, se corre el riesgo de perder uno de los puntos básicos para que una película funcione: empatizar con sus protagonistas. Un primer ejemplo que me viene a la cabeza es la película checa de excelente ambientación medieval El Valle de las Abejas (Údolí vcel, 1968) de Frantisek Vlácil, pero creo que pocas veces he notado esa problemática de forma tan clara como en Bushido (Bushidô zankoku monogatari, 1963) de Tadashi Imai. No se asusten si les parece que estoy disperso porque, como veremos en breve, la idea que expongo aquí creo que es ni más ni menos que la base fundamental del filme.

Ya de entrada la película empieza pillándonos completamente desprevenidos mostrándonos unos planos de una ambulancia llevando a una chica que ha intentado suicidarse a un hospital. ¿No se suponía que íbamos a ver una película de samuráis? El narrador, que es su prometido, explica entonces en tono pesaroso que se siente culpable pero, ojo al dato, para explicarnos el por qué de lo sucedido de repente se lanza a explicarnos la crónica de su familia a lo largo de los siglos, que ha sido históricamente una dinastía de samuráis. ¿Qué rayos puede tener que ver que los tatarabuelos de este hombre fueran samuráis con que su prometida se haya intentado suicidar? Tengan paciencia, puede parecer un giro muy enrevesado, pero cuando lleguen al final podrán entender a qué viene este prólogo y epílogo.

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Akanishi Kakita (1936) de Mansaku Itami


Dentro de lo poco que he visto de cine japonés de antes de la II Guerra Mundial – sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de películas que se realizaron en comparación con las que han sobrevivido a nuestros días – he descubierto una tendencia bastante interesante dentro de los jidaigeki (filmes de época) que podríamos bautizar algo así como «filmes sobre samuráis venidos a menos». El exponente más conocido es el gran Sadao Yamanaka, cuya desgraciada muerte tan temprana nos dejó sin una posible carrera brillante, y que trató ese tema en dos de sus tres filmes que hoy día se conservan: en la preciosa Humanidad y Globos de Papel (Ninjo Kami Fusen, 1937) abordaba desde una perspectiva melancólica la historia de un samurái caído en desgracia, a quien los códigos de honor que se esperan de él no le sirven para sobrevivir en unos tiempos complicados, mientras que en Sazen Tange and the Pot Worth a Million Ryo (Tange Sazen Yowa: Hyakuman Ryo no Tsubo, 1935) optaba por un tono más abiertamente humorístico tomando la figura legendaria de Sazen Tange y convirtiéndolo en un vago que prácticamente vivía sometido por su amante. Para entender lo rompedoras que fueron estas películas hemos de ser conscientes de lo inmensamente popular que era el cine de samuráis en aquella época. Se hacían literalmente cientos de filmes al año en los cuales la figura del samurái encarnaba toda una serie de valores idealizados que le convertían en una especie de superhéroe. Hacer de ellos figuras patéticas y/o cómicas era un cambio importante.

De Yamanaka pasamos pues a Mansaku Itami, considerado el otro cineasta de la época que dio un giro al género. Al igual que Yamanaka, su carrera como director fue breve, en su caso a causa de problemas de salud que le hicieron restringirse al papel de guionista; y de nuevo, al igual que su compañero, resulta difícil juzgar su filmografía por los poquísimos filmes suyos que se conservan. En cierta ocasión recuerdo que leí a alguien comentar que las películas que se pueden ver hoy día de Yamanaka probablemente no eran ni de las mejores de su carrera, sino simplemente las que tuvieron la suerte de llegar a nuestros tiempos, algo que podría ser cierto en el caso de la menor pero aun así más que notable Priest of Darkness (Kochiyama Soshun, 1936) pero que me cuesta creer respecto a las otras dos: soy incapaz de visualizar Humanidad y Globos de Papel y Sazen Tange and the Pot Worth a Million Ryo como obras menores de cualquier cineasta. No obstante, no acabo de estar seguro de si ése podría ser el caso de Itami y de su obra más difundida hoy día (es un decir), Akanishi Kakita (1936), una película sin duda valiosa y con muchos hallazgos pero demasiado extraña y desigual para considerar plenamente satisfactoria.

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El Señor Shôsuke Ohara [Ohara Shôsuke-san] (1949) de Hiroshi Shimizu

Hace tiempo leí una entrevista a Hirokazu Koreeda, uno de los directores japoneses más prestigiosos de este siglo, en que decía que se solía comparar su cine con el de Ozu quizá porque suele tratar las relaciones familiares, pero Koreeda afirmaba preferir en realidad a Mikio Naruse porque sus películas seguían teniendo algo misterioso e indescifrable para él. Algo parecido creo que me pasa a mí con Hiroshi Shimizu. Aquellos de ustedes que lleven tiempo siguiendo este gabinete cinéfilo sabrán que aquí he comentado multitud de películas suyas, y lógicamente tras un tiempo me he familiarizado con el estilo de ese gran cineasta olvidado. Pero sigue habiendo algo que se me escapa. Más allá de ese estilo aparentemente sencillo y descuidado, en que la clave está crear un clima espontáneo tan auténtico, hay algo tras esas imágenes que se me hace extrañamente conmovedor. Incluso tras ciertas escenas con un cierre tan tonto o algunos de esos gags tan pueriles, que entiendo que deberían hacerme gracia y no lo consiguen, hay algo genuinamente conmovedor que compensa las reticencias que podría tener y que me transmite un sincero humanismo.

¿Quién en su sano juicio empezaría una película con un gag tan simplón como el que da inicio a El Señor Shôsuke Ohara (Ohara Shôsuke-san, 1949)? Una serie de jóvenes están reunidos en casa del protagonista, Saheita Sugimoto, agradeciéndole que les haya comprado unos uniformes para jugar a beisbol, y al final el propio Saheita se une al partido con consecuencias desastrosas, ya que recibe un balonazo en la entrepierna. ¿Qué rayos ha sido eso? Poco a poco vamos entendiendo que Saheita es el último miembro de una prestigiosa dinastía que vive entregado a la holgazanería y el alcohol en un pequeño pueblo. La que antaño era una gran fortuna ahora se ha desvanecido después de gastarlo en todo tipo de placeres disolutos, pero la gente del pueblo sigue teniéndole respeto y acuden a él a pedirle favores. Saheita, que tiene buen corazón, se ve incapaz de negarles nada y se endeuda para ayudar a todo el que lo necesite.

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El Fósil [Kaseki] (1975) de Masaki Kobayashi

Tal y como comenté hace tiempo en otra entrada no deja de sorprenderme el súbito bajón que sufrió el cine japonés al llegar los 70 que en gran parte fue provocado por los grandes cambios que afectaron a la industria. No obstante, para mí eso no explica que cuando reviso obras de los 70 hechas por grandes autores de décadas pasadas prácticamente todas me han parecido invariablemente inferiores a lo que hicieron antes. Obviamente no he visto todo, pero me sorprende especialmente que en los casos que he revisado de cineastas que por entonces no eran tan mayores (Teshigahara, Imamura, Oshima, Ichikawa) nunca me haya encontrado con alguna obra a la altura de sus logros de la década pasada. Masaki Kobayashi no ha sido una excepción. Si bien Inn of Evil (Inochi bô ni furô, 1971) era una película notable y muy solvente, me he llevado otro chasco con una obra aparentemente más ambiciosa por temática y duración: El Fósil (Kaseki, 1975).

Ya de entrada un aspecto que me sorprende negativamente es el poco cuidado formal del filme viniendo de un cineasta que antes mimaba tantísimo ese aspecto. Más allá de que la fotografía en color tiene un tono más feísta, noto un cierto descuido en la composición de los planos y en el trabajo con la fotografía que me han chocado. Pero entonces buscando información por la red entendí en parte el por qué de este estilo tan inusual en él. En realidad El Fósil era una miniserie para televisión que Kobayashi aceptó llevar a cabo a cambio de poder remontar una versión de «solo» tres horas y cuarto para el cine. Este estilo aparentemente tan descuidado podría deberse quizá a que Kobayashi estaba aquí trabajando en el ámbito televisivo, donde no podría cuidar tanto el acabado de la película y más siendo una obra tan larga.

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Crepúsculo en Tokio [Tokyo boshoku] (1957) de Yasujiro Ozu

Una de las muchas cosas que me gustan especialmente de los dramas familiares de Ozu y Naruse son esos primeros minutos de película en que aún no conoces la relación que tienen entre sí los diferentes personajes, o cuál es la situación del núcleo familiar que protagoniza el filme. Eso seguramente provoque que en los primeros visionados algún espectador se pueda sentir algo impaciente o frustrado ante este tipo de películas, ante la sensación de no entender del todo lo que está pasando o qué vínculo exacto tienen entre sí los distintos personajes. Nada le habría costado a Ozu o Naruse aclarar desde el principio estos vínculos con alguna frase casual, pero no es ése su estilo, y para mí es algo que suma a su favor: el evitar darnos de antemano todos los detalles para que situemos la posición de cada personaje en el drama y luego veamos cómo se comporta.

Aquí la estrategia es la contraria: primero les vemos interactuar entre sí casi siempre desconociendo algún dato crucial sobre ellos (ya sea su vínculo o algún hecho decisivo del pasado que determine sus relaciones) y luego, poco a poco, a medida que les vamos conociendo mejor, entendemos su comportamiento y nos implicamos más en su drama. Es, por decirlo de alguna forma, una estrategia más sutil, en que se da preferencia a que nos vayamos introduciendo tímidamente en este universo familiar y solo se nos revelen los detalles pertinentes cuando ya les hemos cogido confianza.

Por otro lado, Crepúsculo en Tokio (Tokyo Boshoku, 1958) es, como todas las películas de Ozu, una obra en que todo parece muy elusivo, en que ese carácter tan reservado típico de la cultura japonesa se materializa en un filme donde a menudo nos puede parecer que la esencia de los conflictos se esquiva. El padre de familia, Shukichi, en cierto momento quiere sincerarse con su hija mayor, Takako, quien harta de soportar a su marido se ha venido a refugiar a su casa con su hija pequeña. Shukichi, al conocer lo desafortunado que ha sido el matrimonio de su hija, le pide disculpas porque fue él quien le animó a escoger ese hombre. No obstante, Takako rehúye continuamente esa conversación, se levanta a atender otras tareas del hogar y al final va a tomarse un baño. Shukichi, sin saber qué más decir, se queda mirando un juguete de su nieta. Dicha conversación, que nos parece fundamental por lo que encierra (el padre reconociendo que ha contribuido a arruinar la vida de su hija eligiendo un mal marido para ella), en realidad no volverá a producirse en todo el filme. Pero eso no quiere decir que el tema se deje de lado. La idea subyacerá ahí pero a través de otros detalles, y sobrevolará a lo largo del metraje en la forma que tendrán de comportarse los personajes protagonistas.

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Run, Genta, Run! [Hadakakko] (1961) de Tomotaka Tasaka

En su momento ya hablé por aquí de Tomotaka Tasaka, un director japonés del que tengo muy pocas referencias pero del que vi un par de películas bastante interesantes como A Slope in the Sun (Hi No Ataru Sakamichi, 1958) o A Carpenter and Children (Chiisakobe, 1962), que me llamaban la atención entre otras cosas por su larga duración para los temas que tratan. Siguiendo con esta especie de ciclo de películas largas que hizo a finales de los años 50 y principios de los 60 me he animado ahora con Run, Genta, Run! (Hadakakko, 1961), que dentro de lo que cabe dura unas asequibles dos horas y media pero que, no obstante, vistas desde fuera siguen pareciendo algo excesivas para lo que nos cuenta.

Porque básicamente el filme no tiene un conflicto principal claro, sino que se centra en las pequeñas desventuras que protagoniza Genta, un niño criado en un pueblo en los años de la posguerra. Éste vive con su madre viuda y sus dos tíos, y en el colegio destaca por su carisma, fuerza de voluntad y su valentía, algo que vemos ya al inicio cuando se enfrenta a un trabajador de la perrera que quiere llevarse el can de un compañero de clase enfermo y consigue liberar al animal. Su profesora Akiko, que presencia el acto, fingirá reprenderle, pero enseguida descubrimos que está de parte del niño ya que le tiene mucha estima.

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Escándalo [Shubûn] (1950) de Akira Kurosawa

Escándalo (1950) podría considerarse la película que cierra la primera etapa de Kurosawa justo antes de que le llegara el éxito internacional con Rashomon (1950). De hecho comparte con filmes precedentes como El Ángel Borracho (1948), Duelo Silencioso (1949) o El Perro Rabioso (1949) no solo el contar con sus dos actores fetiche, Toshirô Mifune y Takashi Shimura, sino sobre todo su intención de ser un retrato del Japón de posguerra, aunque aquí el mensaje social tira por otros derroteros. La intención de Kurosawa era, tal y como queda palpable en el argumento, denunciar el auge de la prensa sensacionalista basada en noticias falsas, algo que como veremos tiene más miga de lo que parece.

El pintor Ichiro Aoye y la popular cantante Miyako Saijo se conocen por casualidad en un pequeño pueblo y tienen una breve e inocente conversación en la posada donde ambos se alojan. Pero resulta que Miyako es una famosa artista acosada por periodistas, quienes se sienten frustrados porque ésta no les permita tomarle fotos, y cuando éstos ven a la pareja charlando toman una instantánea a escondidas que luego publica su revista, llamada Amour, inventándose un artículo sobre un romance secreto entre ambos. Estalla un escándalo e Ichiro decide denunciar a la publicación por difamación. Entonces entra en escena Hiruta, un abogado venido a menos que se ofrece a llevar su caso y al cual Ichiro acepta en gran parte en deferencia a su hija, una enferma tuberculosa a la cual su padre a duras penas puede mantener.

Escándalo es una de esas curiosas películas que al principio resulta engañosa al espectador respecto a sus intenciones. Inicialmente el protagonista es Ichiro (un Toshirô Mifune rebosante de carisma en su moto y muy contenido, rompiendo el tópico de que solo sabía encarnar a personajes excesivos), e intuimos que la trama versará sobre su lucha contra la revista Amour para limpiar su nombre. Tampoco descartamos que surja una historia de amor real entre él y Miyako una vez que logre convencerla para unirse a la demanda. Es en definitiva una historia bastante prototípica.

Pero he aquí que a media película aparece Hiruta y se convierte sorprendentemente en el verdadero protagonista del filme. Porque este pobre diablo no solo es un pésimo abogado que malvive como puede y se gasta su poco dinero en las carreras pese a que tiene a una hija tuberculosa a la que adora, sino que además se deja sobornar por el editor de la revista para que Ichiro y Miyako pierdan el juicio. El gran tema del filme pasa a ser pues el dilema moral de Hiruta, en una encrucijada entre el dinero que ha aceptado de su rival y la confianza ciega que deposita Ichiro en él, con su sensible hija en medio.

Aunque Kurosawa en su momento no quedó muy satisfecho con el resultado final y ciertamente se encuentra lejos de sus grandes obras, Escándalo es no obstante una obra bastante notable con suficientes elementos de interés, tanto dentro del filme como fuera de él. Empecemos por los elementos que le dotan de interés más allá de la película propiamente dicha. De entrada esa crítica a la prensa sensacionalista es también una crítica nada velada a la influencia cada vez más grande de la cultura norteamericana en el Japón de la posguerra a raíz de la ocupación del ejército. La visión del editor de la revista, basada en que lo importante es vender ejemplares y que incluso si les demandan eso les dará publicidad y podrán vender aún más números, es una muestra de la entrada del salvaje capitalismo en el país, donde la concepción de ganar dinero como sea está por encima de cualquier tipo de honor.

Incluso en cierto momento se nos muestra cómo el escándalo ha beneficiado económicamente a Ichiro y Miyako, ya que la publicidad ha hecho que sus cuadros y sus recitales generen más interés. A ambos les incomoda ese tipo de fama, pero se les dice que lo importante es que están vendiendo más, una idea que hoy día difícilmente nos resultará nueva (las redes sociales incluso han llevado a extremos repugnantes el concepto de «mejor que hablen mal de ti a que no digan nada»), pero que en un país que acababa de adentrarse en el salvaje capitalismo y que antaño se basaba mucho en ciertos valores tradicionales como el honor sin duda resultaba más novedoso. Kurosawa no llega a hacer mención explícita a estos temas (tampoco le habría permitido la censura de la época colar una crítica abierta a la influencia americana sobre el país), pero esa occidentalización esta presente en todo el filme tanto en estas ideas como en pequeños detalles como las escenas navideñas, con los personajes entonando un «Merry Christmas!» y la banda del bar tocando canciones pop americanas de la época.

Un segundo detalle que va más allá del filme y que resulta muy interesante es la elección de Yoshiko Yamaguchi para interpretar a Miyako. Yamaguchi es una artista muy interesante que daría pie a un artículo más extenso. Nacida en Manchuria de padres japoneses, Yamaguchi inició su carrera como cantante en China haciéndose pasar por una artista de allá y adoptando un nombre chino para ocultar su verdadera procedencia. Como actriz tuvo la mala fortuna de aparecer en varias películas pro-japonesas filmadas en Manchuria donde se exponía la evidente superioridad de Japón sobre la cultura china, pero irónicamente en algunos tours que hizo por entonces en Japón se la criticó por tener unas maneras «demasiado chinas».

Tras la II Guerra Mundial, Yamaguchi llegaría a ser detenida en China y acusada de traición con una condena a muerte, ya que se consideraba que había sido una espía al servicio de Japón al difundir estos perniciosos mensajes. Por fortuna se hizo llegar a tiempo un certificado de nacimiento que demostraba que en realidad era japonesa (y por tanto no una artista china al servicio de Japón) y se la liberó, aunque tuvo que huir del país al ser objeto de tanto odio. En Japón Yamaguchi iniciaría una nueva etapa como cantante y actriz con su nombre real. Siempre se arrepentiría de las películas pro-japonesas que hizo en Manchuria como un error de juventud y fue una de las primeras personalidades públicas en denunciar abiertamente la brutalidad de los japoneses hacia el pueblo chino.

La apasionante biografía de Yamaguchi nos sirve como refleja de las difíciles relaciones entre las culturas china y japonesa, pero volviendo a la película no creo que sea nada casual que Kurosawa le diera el papel de artista acosada por la prensa a una cantante y actriz que realmente había sufrido numerosos ataques por encontrarse situada entre dos culturas en permanente conflicto. De hecho este subtexto disculpa un poco el hecho de que el personaje de Miyako sea con diferencia el menos interesante de todos, sin una personalidad definida, como si el director pensara que aquí en el fondo Yamaguchi simplemente tenía que hacer de ella misma sin necesidad de darle más profundidad dramática.

Volviendo finalmente a la película, hay que reconocer que pese a estos elementos que le dan un extra de interés, el filme se atasca por momentos cuando pasa a dar el protagonismo al abogado Hiruta. De hecho noto aquí un defecto bastante común en otros filmes de Kurosawa de esa época como No Añoro mi Juventud (1946) o Un Domingo Maravilloso (1947), y es que sus interesantes premisas acaban viéndose perjudicadas por una excesiva duración, que hace que en algunos momentos el filme no fluya bien – resulta curioso pensar que sus grandes obras en ese aspecto fluirían mucho mejor y no pecarían de minutaje innecesario pese a ser mucho más largas. Takashi Shimura roba por sorpresa la película al carismático Mifune motero pero es cierto que a veces algunas escenas se recrean demasiado en el patetismo del personaje, y que aunque Shimura hace una gran actuación no es del todo desacertada la idea que he leído de que su papel aquí viene a ser un «ensayo» de su memorable actuación en Vivir (1952), donde el patetismo de su personaje está mucho mejor calibrado.

Juega también en contra de esa trama lo poco creíble que resulta que Ichiro siga confiando en ese abogado pese a su manifiesta inutilidad y la sospecha de que le esté engañando, algo que el guion intenta paliar con la idea que expresa éste de que confía que Hiruta «se convierta en una estrella» (es decir, que acabe haciendo lo correcto) y, supongo, con el hecho de que sea un artista y por tanto tenga una visión más particular de todo el asunto, o sea, que le interese tanto la regeneración de Hiruta como ganar el caso. A cambio, aunque intuimos que al final acabará haciendo lo correcto, Kurosawa posterga tanto el momento en que éste se redime que realmente nos hace sentir en nuestras carnes lo difícil que es para un hombre débil resarcirse de su error; y ni siquiera tras la crucial escena en que éste promete que con la llegada del nuevo año será una persona diferente vemos un cambio en él. Esto es algo que me gusta aunque pueda hacerse pesado: ver cómo las personas débiles y que se dejan corromper realmente tienen buenas intenciones y se proponen una y otra vez llevarlas a cabo… pero son incapaces de ello. De hecho Hiruta solo dará ese paso tras un suceso que le empujará a ello al no tener ya prácticamente nada que perder.

La película es por tanto un Kurosawa menor pero interesante que combina buenas ideas con otras demasiado tópicas. El cutre despacho de abogado situado en una azotea entre ropa tendida es todo un hallazgo que remite al sucio realismo de sus películas anteriores, pero a cambio Kurosawa no puede evitar caer en tópicos como gente aplaudiendo en el juicio en ciertos momentos y gritando «¡Hurra!» en los momentos climáticos, algo que no creo que suela suceder a menudo (por no decir alguna vez) en un juicio.

Pero con cierta frecuencia estas películas menores de grandes directores tienen una escena que se eleva claramente por encima del resto del filme y que le dota un interés extra, y ésta no es una excepción. Aquí ese momento sucede en Nochebuena, cuando Hiruta se emborracha en un bar de mala muerte en compañía de Ichiro, sintiéndose culpable por lo que está haciendo. Entonces un anciano (Bokuzen Hidari, un rostro secundario habitual del cine de Kurosawa) se levanta y habla de su intención de ser una persona nueva con el inicio del nuevo año, algo que mueve a Hiruta a hacer lo mismo lanzando un discurso en que busca convencerse a sí mismo más que a los demás. Y seguidamente empieza a entonar una canción y pide desesperadamente al resto que se unan a él. Me recuerda este detalle a la escena de Un Domingo Maravilloso en que la chica pedía explícitamente a la audiencia que también aplaudieran para animar al protagonista, un momento de catarsis colectiva que ayude a los personajes en un momento difícil sabiendo que no están solos. Y entonces sucede, primero Ichiro y luego todos los desheredados que están en ese bar (prostitutas, amargadas camareras mal pagadas, borrachines) se unen melancólicamente a la canción dando forma a la estampa más conmovedora de la película, en que todos esos personajes sin familia se apoyan mutuamente cantando juntos en busca seguramente de una brizna de esperanza. Solo por esta escena tan conmovedora, el visionado de Escándalo ya estaría justificado.

Miyamoto Musashi: Duel at Kongoin Temple [Nitôryû Kaigen (Miyamoto Musashi: Kongôin no kettô)] (1943) de Daisuke Itô


Durante los años en que Japón estuvo involucrado en la Segunda Guerra Chino-japonesa y la II Guerra Mundial, el gobierno fomentó no solo la filmación de películas abiertamente propagandísticas – como por ejemplo El Adiós de un Hijo (1944) de Keisuke Kinoshita  – sino sobre todo filmes que apelaran a los sentimientos nacionalistas de la población. En el caso de Japón era una tarea fácil habida cuenta que desde los inicios del cine había tenido una fuerte tradición el jidaigeki (películas de época), especialmente las historias de samurais que tanto se prestaban a resaltar los valores de la historia y cultura japonesa. La ventaja de que este tipo de filmes tan comerciales encajaran como un guante en los propósitos del gobierno es que de ahí salieron películas que, al menos en la teoría, simplemente explicaban mitos e historias conocidas por el público, sin necesidad de apelar a un mensaje directo nacionalista; pero solo con el hecho de narrarlas tal cual, haciendo referencias a conceptos como el bushido, ya servían para el propósito que buscaba el gobierno.

Así pues en estos años salieron, aparte de rutinarias obras ultranacionalistas, filmes tan remarcables que se adecuaban a esa intencionalidad como la excelente y ambiciosa versión de Los 47 Ronin (1941) de cuatro horas dirigida por Kenji Mizoguchi. E incluso cineastas tan alejados tradicionalmente del mundo del jidaigeki como Mikio Naruse o Hiroshi Shimizu se desmarcaron con obras como La Canción de la Linterna (1943), que se basaban en algunos valores tradicionales japoneses. Solo Yasujiro Ozu parece que de alguna forma consiguió mantenerse apartado de este ciclo.

Esto nos lleva a Miyamoto Musashi: Duel at Kongoin Temple (1943), un magnífico filme realizado por Daisuke Ito, un muy interesante realizador injustamente olvidado cuya filmografía abarca desde la era muda hasta los años 70. La historia se centra en el que se considera uno de los más grandes luchadores a espada de la historia de Japón, Miyamoto Musashi, cuya vida ha sido llevada a la pantalla en numerosas ocasiones, entre ellas la célebre trilogía Samurai (1954-1956) protagonizada por Toshirō Mifune.

La película que nos ocupa se inicia de forma un tanto súbita sin previa presentación del personaje, mostrándonos directamente cómo fue encerrado durante varios años por mediación de un sacerdote para que apaciguara su carácter fogoso y combativo (recordemos que al espectador japonés de la época no le hacía falta el contexto de esta situación, puesto que ya debía conocer perfectamente la historia al ser Musashi un personaje tan célebre). Una vez sale de su cautiverio decide seguir «el camino de la espada» para perfeccionar su técnica. Para ello acude a diversas escuelas de artes marciales donde desafiará a los maestros de espada a combatir en duelo para poner a prueba su técnica.

Un aspecto muy interesante de Miyamoto Musashi: Duel at Kongoin Temple es que pese a su engañoso título en inglés no se trata de una película de acción. El gran tema del filme no es tanto mostrar las habilidades del protagonista a la espada (aunque obviamente las veremos) como el proceso de madurez que le convertirá no solo en un gran espadachín sino en un guerrero más sabio, que le lleva en la escena final a renunciar al esperado gran duelo al escuchar la conversación que tiene con un sacerdote el sabio maestro al que iba a desafiar, que le hace darse sentir un gran respeto por él y darse cuenta de que no es todo en este vida ir retando a gente con una espada.

De hecho, algunos de los enfrentamientos se resuelven o fuera de plano o directamente en elipsis, lo cual no quita que haya suficientes escenas de combate para contentar al espectador (una película sobre Miyamoto Musashi sin abundantes peleas a espada sería casi publicidad engañosa) y algunos momentos realmente impactantes, como cuando un reputado maestro pierde ante Musashi y se hace instantáneamente el harakiri por no poder soportar dicha humillación – lo cual me hace reflexionar no solo sobre la peligrosa tendencia de la cultura japonesa hacia el suicidio sino en lo apropiado que resultarían escenas como ésta desde la ideología ultranacionalista de la época, resaltando conceptos tan importantes para ésta como el honor y el orgullo.

A mí no obstante el aspecto que más me ha llamado la atención del filme es su tratamiento visual e incluso el lirismo de ciertas escenas. Se me ha quedado grabado especialmente ese triste momento (que de hecho constituía la escena final en la primera Samurai de Inagaki) en que Musashi se reencuentra en un puente con la mujer a la que había prometido unirse, pero que ahora le constituye un impedimento de cara a seguir el camino de la espada. Ambos tienen un diálogo breve en que ella le implora que le deje seguir con él pero intuimos que éste no aceptará. Mientras hablan Ito intercala unos bellos planos de los juncos que hay junto al río, no porque tengan alguna relevancia dramática sino porque de algún modo enfatizan el tono melancólico de esta escena.

De hecho el eficaz trabajo de Daisuke Ito tras la cámara, con ingeniosas soluciones visuales y mucho dinamismo, son lo que eleva esta historia compensando por otro lado a un actor protagonista, Chiezô Kataoka, que si bien era un especialista en este tipo de filmes no me resulta muy remarcable como actor ni muy carismático. Pero precisamente ahí es donde un buen director puede demostrar sus habilidades, cogiendo una historia más que trillada para el público de la época (existían ya por entonces docenas de adaptaciones fílmicas sobre Miyamoto Musashi, aunque es cierto que el público japonés no se cansaba de ver una y otra vez variantes de una misma historia) y un protagonista efectivo pero no brillante, y sacar de ahí un filme que en lugar de ser correcto y olvidable nos aporte algo que lo haga especial, en este caso esa sensibilidad visual y esa apuesta por centrarse en la madurez espiritual del personaje más allá de sus numeritos con la espada.

Besos [Kuchizuke] (1957) de Yasuzô Masumura

Puede que el debut de Yasuzô Masumura, Besos (1957), no sea la mejor obra de su carrera, pero sí que tiene un encanto muy especial que la convierte en mi favorita de todas las que he visto suyas. Es una de esas películas que consigue hacer una virtud de su sencilla premisa (hora y cuarto de duración para un conflicto en el que apenas se ahonda), dejándonos con el buen sabor de boca de una historia concisa cuyo mayor aliciente son sus dos protagonistas y la frescura con la que está filmada.

Kinichi y Akiko son dos jóvenes que se encuentran por casualidad en la prisión mientras visitan a sus padres, encarcelados respectivamente por fraude electoral y fraude fiscal. Cuando Akiko intenta pagar un suplemento para que den mejor comida al suyo y se encuentra con que no tiene dinero suficiente, Kinichi le presta la parte que le falta pero se niega a aceptar el cambio, y de hecho huye de la atractiva muchacha como si se avergonzara del favor que le ha hecho. Pero como ésta se niega a darse por vencida, ambos deciden apostar el dinero que les ha sobrado y con lo que ganan deciden pasar el día juntos divirtiéndose.

La primera vez que vi Besos llegó un punto en que reconozco que deseé que todo el filme tratara única y exclusivamente sobre el día que los protagonistas pasan juntos con ese dinero, y que la trama de los padres encarcelados quedara a un segundo plano. El motivo es que estaba disfrutando tanto de los dos personajes, normalmente atrapados en trabajos mal pagados y conflictos familiares y que ahora habían tenido un inesperado golpe de buena suerte que les permitía disfrutar de un paréntesis. Y me da la impresión de que Masumura debía tener una opinión similar, porque dedica una parte importante de metraje a mostrarnos cómo se divierten en la playa o patinando, como si él también quisiera congelar la acción principal para retener este instante de felicidad, muy en la línea de Soledad (1928) de Paul Fejos, uno de esos filmes en que el director decide detener el avance de la trama simplemente para que compartamos estos buenos momentos con los personajes.

Aquí es fundamental el buen trabajo de la pareja protagonista, Hiroshi Kawaguchi e Hitomi Nozoe, que encarnan perfectamente a un tipo de juventud que resultaba nueva en el Japón de la época. Aquellos eran los años del surgimiento del taiyozoku (la tribu del sol), el nombre con el que se denominaba a esos jóvenes surgidos a mediados de los años 50 que hacían gala de una actitud muy rebelde (algo que no es baladí en una sociedad tan tradicional como la japonesa) y tenían un carácter mucho más desinhibido respecto a temas tabú como el sexo, en gran parte influenciados por la cultura occidental que había penetrado con fuerza en el país tras la II Guerra Mundial.

En ese sentido Kinichi refleja muy bien la forma de ser de esa juventud desencantada y rebelde con su carácter tan contrario al que uno esperaría de un protagonista masculino que en teoría debería llevarse a la chica: rudo, provocador, descarado, alérgico al sentimentalismo e incluso un nefasto combatiente, como podemos corroborar hacia el final de la cinta. Y en paralelo Akiko si bien nos parece encantadora a cambio se gana la vida con una profesión tan inhabitual como modelo de pintores posando desnuda (algo de lo que ella se enorgullece ante Kinichi describiendo sus medidas), haciendo gala de una desinhibición muy moderna. A eso hay que sumarle la magnífica química que surge entre ambos, algo que quizá pueda explicarse con el hecho de que pocos años después los dos actores acabaron casándose en la vida real.

Besos es por tanto ante todo una película que capta perfectamente el espíritu de la juventud de la época, y en la que significativamente son los dos jóvenes quienes tienen que cuidar de sus padres e intentar conseguir los 100.000 yenes de fianza para sacarlos de la cárcel. No se tratan de muchachos sumisos a la figura paterna sino personas ya con plena independencia pese a su temprana edad, que han sabido encontrar medios de subsistencia propios (eso sí, mal pagados y no de mucho prestigio, un reflejo de la realidad de la época) y cuyos conflictos, significativamente, tienen que ver con ayudar a sus padres a salir de una situación problemática y no con problemas en los que ellos se hayan metido. Masumura le imprime a la cinta un tono que se complementa perfectamente con sus protagonistas, abundando en planos filmados en las calles y apostando por un guion de escenas más bien cortas, en que los momentos que dan pie al dramatismo o bien se resuelven rápido (por ejemplo la visita de Akiko a su madre al hospital) o huyen de cualquier sentimentalismo (el reencuentro de Kinichi con su cínica madre).

En el tramo final de la película tiene lugar una escena con cierto suspense cuando Akiko parece resignada a encontrarse en su casa con un chico arrogante que no le gusta a cambio de que le dé los 100.000 yenes (en otras palabras, se está vendiendo para sacar a su padre de la cárcel), mientras que en paralelo Kinichi intenta encontrarla para darle el cheque que ha conseguido con esa cantidad. Es un momento en que la desesperación de Kinichi por dar con ella en realidad no está justificada argumentalmente (él no sabe que ella está a punto de acostarse con otro por dinero) sino que es paradójicamente una muestra de un rasgo suyo no muy favorecedor: su exasperante impaciencia, que le hace querer matar ese tema esa misma noche.

Cuando por fin se reencuentran, Masumura repite muy agudamente la misma situación que al principio de la película haciendo que ésta tenga una estructura circular: de nuevo él le deja dinero a ella y huye como queriendo evitar sus palabras de agradecimiento, y ésta le persigue diciendo que no puede aceptarlo. Y entonces, cuando tiene lugar el esperado primer beso de la película, éste resulta extrañamente violento. Ni siquiera hacia el final da Kinichi muestras de algún tipo de romanticismo y ternura para exasperación de ella, pero eso hace que ese retrato de este tipo de jóvenes sea aún más veraz respecto al típico filme en que el muchacho duro que no quiere expresar sus sentimientos de repente se abre a la chica con unas frases que unos minutos atrás nos parecerían tan poco creíbles. Ese punto intermedio entre no suavizar a un protagonista de carácter más bien seco pero, al mismo tiempo, mostrar cómo éste deja entrever a su manera sus buenos sentimientos es uno de los aspectos que le da tanta autenticidad a la película y ha permitido que haya envejecido tan bien.

Masumura no suaviza ni idealiza a este tipo de jóvenes, pero tampoco se muestra crítico con ellos. En ese sentido, me gusta mucho más el retrato que se ofrece aquí de la juventud que el que puede verse en obras paradigmáticas del taiyozoku como Fruta Prohibida (1956) de Ko Nakahira, con un tono más impactante y dramático. Aquí Masumura creo que opta por un retrato más modesto pero real de la juventud de la época con un tono que además tiene mucho que ver con las nuevas olas cinematográficas que empezaban a manifestarse en todo el mundo, solo que en lugar de ser una película expresamente más impactante y cruda (como lo serían los primeros filmes de Nagisa Oshima, la figura por excelencia del nuevo cine japonés) se opta por una obra más modesta y cotidiana, no por ello inferior a otros exponentes de este tipo de cine mucho más reconocidos.

La Torre de la Introspección [Mikaheri no Tou] (1941) de Hiroshi Shimizu

Todavía hoy día, años después de haber descubierto a Hiroshi Shimizu y habiendo visto ya una parte nada desdeñable de su obra, sigo incapaz de desentrañar cuál es el secreto que hace que sus películas me resulten tan conmovedoras. Hay algo en su forma de explicar sus sencillas historias que me atrapa instantáneamente, incluso en sus obras menores, y que aún no soy capaz de captar. Por ejemplo en el caso de otro gran cineasta japonés que comparte la visión humanista de Shimizu (aunque, obviamente, en un estilo radicalmente diferente) como Akira Kurosawa sí que entiendo los mecanismos que logran elevar sus mejores filmes a la categoría de obras maestras que han conseguido traspasar fronteras, incluso entre los cinéfilos no especialmente afines a la cinematografía japonesa. O incluso en el caso de Ozu, aunque no creo que haya logrado ahondar en toda la profundidad de sus películas, sí que puedo detectar los mecanismos que emplea para dar forma a su particular visión de las relaciones humanas (su estilo de puesta en escena, la forma de narrar las historias, etc.).

Pero Shimizu en cambio sigue siendo en gran parte un misterio para mí. Sí, detecto sus rasgos personales fácilmente reconocibles en su obra – los cuales ya he desgranado en las otras reseñas que le he dedicado aquí – como ese estilo naturalista que hace que esas historias parezcan tan reales y que los actores infantiles sean más auténticos y no «niños haciendo de niños», esa puesta en escena tan engañosamente simple que se nutre del entorno en que sitúa las historias, su preferencia por pequeños instantes anecdóticos, etc. No quiero volver a caer en esta enumeración de elementos a la hora de reseñar La Torre de la Introspección (1941) porque creo que sería repetitivo y me daría la sensación de estar rascando solo la superficie de lo que hace que el cine de Shimizu sea tan especial para mí. Pero aunque siga sin llegar a la clave de su cine, sí que hay varios aspectos a comentar de esta apasionante película.

El filme se sitúa en un centro de menores ubicado en el campo donde se emplaza a niños problemáticos. Éstos conviven en varias casas bajo la supervisión de dos adultos por hogar (normalmente un matrimonio) a los que éstos llaman madre o padre. En el centro se les da clase pero también se les hace realizar todo tipo de trabajos manuales que les puedan ser útiles en el mundo real, fomentando valores como la disciplina y el sentido de comunidad. Como es habitual en el cine de Shimizu, la película no se basa en un gran conflicto ni parece encaminada a un fin concreto, y una vez que se nos ha presentado ese escenario se nos explican varias viñetas en las que de vez en cuando ocupan el papel protagonista algunos niños con los que nos acabamos familiarizando.

El estilo de la película a veces parece casi documental, comenzando por el travelling inicial en que uno de los profesores (el actor habitual de Ozu, Chishu Ryu) explica el funcionamiento de la escuela a unos visitantes y, sobre todo, a los espectadores. Por momentos podría parecer que es un narrador que se dirige a nosotros directamente. En cierto momento, la cámara abandona a ese grupo de visitantes y empieza a centrarse en esas pequeñas historias del día a día de los ocupantes de ese centro siempre con ese tono tan informal que caracteriza el cine de Shimizu, en que no se profundiza demasiado en las subtramas ni los dramas individuales de cada niño. Conoceremos algunos casos de cerca (una niña consentida de familia rica, un niño que no acepta a su cariñosa madrastra, etc.) pero Shimizu parece usarlos más para que tengamos un punto de apoyo, algunos rostros reconocibles entre la multitud de niños, que porque quiera ahondar en sus historias. También conocemos la historia de un antiguo habitante del centro que regresa aquí después de haber sufrido discriminaciones en el mundo exterior cuando se ha conocido de dónde procedía. Shimizu da a entender este sitio como un lugar seguro respecto a las injusticias que se suceden fuera, un refugio al que acudir en caso de emergencia, lo cual es una curiosa paradoja ya que muchos niños del centro quieren escapar, pero luego algunos de sus «ex-alumnos» quieren volver ahí por sentirse más seguros. El director volvería a esta idea en su célebre Los Niños del Paraíso (1948) cuando los huérfanos protagonistas acuden aquí guiados por un joven soldado que, al no tener donde acudir tras la guerra, decide volver a este centro donde se crió (¡incluso se permite Shimizu un guiño metacinematográfico cuando el soldado les pregunta a los niños si han visto La Torre de la Introspección, «una película antigua»!).

Aunque para mí Shimizu es uno de los grandes directores humanistas de la historia del cine y uno de los mejores cineastas filmando a niños, no se puede decir que nos ofrezca una visión idealizada de la infancia. Después de todo son niños que están en un centro para reformarse, y les vemos peleándose, mintiendo, mostrándose caprichosos o siendo dolorosamente desagradecidos con algunos de los adultos que les cuidan. Pero tampoco nos da una visión negativa de ellos, y aquí está la magia en la mirada tan pura y honesta de Shimizu: que los muestra tal cual son, y consigue que empaticemos con ellos incluso cuando se comportan mal. Podría acusarse desde nuestra perspectiva actual que a veces las decisiones de algunos de los personajes o sus cambios de comportamiento son un tanto naif, pero la forma como Shimizu lo muestra es tan creíble, se nota tanto que realmente cree en lo que muestra y que tiene fe en esos niños descarriados, que nos dejamos persuadir, y quizá aquí esté en gran parte lo que hace que su cine me resulte tan conmovedor: que consigue convencerme durante dos horas para que tenga fe en el lado bueno de la humanidad.

Pese a que los niños son el principal centro de interés de La Torre de la Introspección, Shimizu da aquí también protagonismo a los profesores y enfatiza lo frustrante que es su trabajo, teniendo que lidiar con constantes intentos de fuga (por mucho que en la escena inicial se diga falsamente que no hay vallas porque pueden irse cuando quieran), disputas infantiles y comportamientos reincidentes. En una escena vemos a uno de esos matrimonios cuidando a niños enfermos y ambos insisten en quedarse ocupándose de la enfermería porque el otro cónyuge tiene demasiado que hacer, pero la realidad es que ambos están desbordados.

Me sorprendería que Shimizu no hubiera visto el excelente filme soviético El Camino de la Vida (1931) de Nikolai Ekk, que también trataba sobre un centro para reformar a jóvenes descarriados y también mostraba una visión humanista en que éstos acababan encarrilándose gracias al espíritu comunitario. De hecho en el tramo final de la película hay otro elemento que hace que las similitudes entre ambos filmes sean aún más evidentes: la subtrama de la construcción de un dique para traer agua al centro cuando el pozo principal se seca, ya que en el filme de Ekk también había en el último segmento un hito comunitario que implicaba construir una vía de conexión entre el centro y el exterior (en ese caso una vía de tren); y el éxito de dicha empresa suponía además el éxito de la rehabilitación de muchos de sus protagonistas al haber luchado todos juntos por ese trabajo común.

En La Torre de la Introspección este segmento quizá levante ciertas suspicacias a día de hoy, ya que se acerca sospechosamente a lo que ahora bautizaríamos como explotación infantil (¡niños de 10 a 13 años cavando con picos y palas bajo el sol de verano!), pero una vez más, quedémonos con la idea y el mensaje de Shimizu, sobre todo cuando la escena en que por fin consiguen que se filtre el agua por el canal – que en este caso me ha recordado al precioso final de El Pan Nuestro de Cada Día (1934) de King Vidor – es tan hermosa.

A cambio algo que sí le reprocho al filme es que la escena final que tiene lugar delante de la susodicha torre de introspección es demasiado solemne y larga, lo cual me rompe por completo con el tono más cotidiano y ligero del cine de Shimizu. En ella vemos a algunos de los protagonistas en una ceremonia previa a su marcha del centro con discursos algo pomposos resaltando los valores que han aprendido en la escuela. Eso nos lleva a otro elemento que quizá podría verse como algo problemático si ponemos la película en contexto: ¿ese énfasis en el sacrificio personal por el bien colectivo y la insistencia en educar a los niños bajo una disciplina no son sospechosamente cercanos a la ideología que propugnaba un gobierno japonés fuertemente militarizado y enzarzado en guerras con otros países?

No hay duda de que, aunque no haya menciones directas al respecto, el mensaje de la película iba muy acorde con los tiempos. Pero tampoco hay duda de que, aunque el gobierno viera con buenos ojos filmes como éste por los ideales que transmistía, Shimizu estaba siendo honesto y emplazaba todos estos valores no dentro de ese peligroso espíritu ultranacionalista sino dentro de su visión humanista.