Imagen de una Madre [Haha no omokage] (1959) de Hiroshi Shimizu

Cuando a veces tengo la excéntrica ocurrencia de comentar con otras personas que mi afición por el cine abarca países y periodos históricos muy lejanos a mí, no puedo evitar que me siga pareciendo algo descorazonador que la respuesta más común sea que a la mayoría de gente les eche tanto para atrás ver filmes de contextos socioculturales que les resulten tan ajenos. No me sorprende y entiendo que es lo que le sucede a la mayoría de gente, pero no puedo evitar que me resulte un tanto triste. Porque el cine es la mayor máquina del tiempo y de teletransporte del mundo. Podemos leer libros sobre otros países y épocas, pero el cine es capaz de hacernos vivir en nuestras carnes mejor que ningún otro medio cómo debía ser encontrarse en esas situaciones tan remotas a nosotros. ¿Cómo puede algo así no parecerle apasionante a alguien?

Imagen de una Madre (Haha no omokage, 1959), el último filme de ese grandísimo cineasta que fue Hiroshi Shimizu – como ya sabrán, una de las debilidades personales de este Doctor – plantea un argumento bastante estereotipado que además se aborda sin excesivas sorpresas; de hecho, no es difícil intuir qué sucederá en la escena final. Pero aparte de ser una película emotivísima, resulta una cápsula del tiempo apasionante de igual modo que lo son tantísimos grandes melodramas japoneses de la época. La película se inicia con un hombre de edad media al que sus familiares insisten constantemente para que acepte un «arreglo». Pronto sabemos que es un viudo con un niño, Michio, y que se le está intentando emparejar con otra viuda, Sonoko, que también tiene una hija. Al final por pura pesadez del celestino en cuestión aceptan verse y congenian. Pero hay un problema: el pequeño Michio no ha superado la pérdida de su madre y se verá incapaz de aceptar a otra mujer en ese rol.

Como pueden comprobar, el argumento no tiene nada de especial y ya se ha tratado en el cine anteriormente – vean la excelente La Otra Madre (Visages d’Enfants, 1925) de Jacques Feyder, con un punto de partida casi idéntico – pero aquí es donde entra en juego la magia del cine de Shimizu, su capacidad para emocionar y tratar con un humanismo tan sincero historias que bajo una premisa aparentemente mínima encierran mucho más. Aquí el gran conflicto del filme es simple y llanamente que Michio llame «mamá» a su nueva madre… pero, obviamente hay mucho más.

Empecemos por el principio. La escena inicial es deliciosa, con ese casamentero adelantándose unas cuantas décadas a las apps de citas que acaban desembocando en lo mismo: dos perfectos desconocidos cara a cara en una cafetería un tanto avergonzados porque no se conocen aún y, no obstante, ambos saben que el motivo de su encuentro es ni más ni menos plantearse si van a decidir compartir su intimidad y su vida juntos. Hay un elemento que me gusta mucho de este segmento y es la visión tan pragmática y sencilla del asunto en cuestión. No hay romanticismo, aquí simplemente son dos personas solas que se plantean unirse para criar juntos a sus hijos y ayudarse. Si acaso el amor ya irá surgiendo sobre la marcha (o no). Pero a lo largo de esa noche Shimizu logra, sin frases profundas ni mucho menos románticas, que notemos cómo congenian. No se muestra siquiera el proceso, una elipsis se salta el momento en que se rompe el hielo. Shimizu está tan seguro de su trabajo de dirección de actores que se permite simplemente mostrarnos lo bien que se entienden, la complicidad que surge entre ambos. En ese sentido, la cita es un éxito y se celebra pronto la boda.

El conflicto viene con el hecho de que Michio no ha superado la muerte de su madre. Y esa «imagen» a la que hace referencia el título no es solo la imagen mental que tiene éste de ella, es una imagen concreta y física: la fotografía enmarcada a la que saluda cada día de igual forma que el entrañable viudo de la excelente novela Sostiene Pereira entablaba todavía conversaciones con su mujer muerta. Y fíjense cómo Shimizu se desembaraza de cualquier pretexto que desvíe el conflicto de ese punto esencial, porque la madrastra en cuestión es una mujer adorable y el niño es un buen chico que sabe apreciar lo buena que es esa mujer con él. Pero el problema sigue siendo que no es su madre.

Y aquí es donde juegan un papel fundamental los dos actores en cuestión. Por un lado la excepcional Chikage Awashima, una de las grandes actrices del cine japonés clásico, que desprende ternura, comprensión y sufrimiento, pero sin parecer un estereotipo de mujer abnegada, sino más bien una buena mujer superada por la situación. Y por otro lado el chico que encarna al protagonista que hace una interpretación increíble y me sirve para corroborar, una vez más, un hecho que yo creo que no admite discusión, y es que Shimizu fue el mejor director de niños que ha dado la historia del cine. Soy incapaz de entender cómo podía extraer interpretaciones tan naturales y tan exentas de maniqueísmos de niños que en muchos casos ni siquiera eran actores infantiles. Y que en su última película volviera a lograrlo con los personajes de Michio y su hermanastra Emiko es un tributo a su talento.

Aquí me permito recuperar mi reflexión inicial de este artículo, porque una cosa que me resulta muy interesante de esta película es cómo desde nuestra perspectiva actual nos resulta tan equivocada e inapropiada la forma de intentar que Michio acepte a su madre. Me hace pensar en otros tiempos donde no se prestaba tanta atención a la psicología infantil, donde actitudes como la de Michio se veían como caprichos o pura cabezonería (uno de los personajes sugiere a su nueva madre que le quite las tonterías con un par de bofetadas). Solo en un filme de décadas atrás el que un adulto esconda el retrato de la madre muerta de un niño de diez años aún en proceso de duelo se podría ver como un gesto inocente (aunque terriblemente equivocado). Y de hecho todo el proceso por el que pasan los personajes podría resumirse en ese gesto: lo que hace que Michio encare de tan mal talante tener una madrastra se desencadena a raíz de la petición de un familiar suyo para que oculte el retrato su madre en un cajón, y será cuando la nueva madre conozca ese hecho y devuelva el retrato a su sitio cuando podrá llegarse a un entendimiento. La familia debe aceptar que la presencia de la madre fallecida debe seguir siendo visible, del mismo modo que Michio debe aceptar a su nueva madre.

Todo lo relacionado con la madre fallecida está tratado sutilmente y con delicadeza, dosificando la información de forma muy inteligente. La película se inicia con Michio soltando una paloma. Luego sabremos que está muy apegado a dicho animal porque fue un regalo de su madre antes de morir. Más adelante, el perder a la paloma le provocará un ataque de histeria porque para él implica perder un vínculo con su madre, que se hará más comprensible en la escena final cuando se nos revelen más detalles al respecto.

Imagen de una Madre tiene entre sus muchas cualidades el ser el único filme que Shimizu filmó en formato panorámico. De hecho, me da la impresión de tener un acabado bastante más formal a nivel técnico en comparación con sus otras obras, que a nivel visual parecen (falsamente) descuidadas dando más una sensación de espontaneidad, como si todo el peso recayera en captar a los actores. De hecho si Shimizu siempre fue muy aficionado a mover la cámara, aquí esos movimientos se convierten en travellings laterales que se mueven por las distintas estancias de las casas, que funcionan muy bien (y entiendo que era su forma de jugar con el panorámico) pero son bastante diferentes a sus travellings de antaño, que no seguían un patrón tan rígido.

Son de hecho detalles como éstos los que diferencian una gran película de un magnífico director de un melodrama medio de la época, e Imagen de una Madre está repleto de pequeños acabados de dirección que no destacan tanto como dichos travellings pero certifican el talento que hay tras la cámara. Uno de mis favoritos es un pequeño añadido de sonido: la tensa escena en que toda la familia lee la redacción de Michio en que ésta revela sus sentimientos y se escucha en todo momento un grifo goteando de fondo, incluso cuando la voz en off que lee la carta se calla y se produce un largo silencio. Ese goteo insistente y penetrante (que Shimizu incluso remarca con un plano del grifo) es el típico detalle sutil que enriquece el tono de una escena.

Pero si tuviera que quedarme con algún momento de Imagen de una Madre serían dos escenas diametralmente opuestas. La primera es una en que Michio, tras habérsele dicho de nuevo que llame «mamá» a Sonoko, parece aceptar la idea por fin. Está solo en casa y coge la manga de una chaqueta de su madrastra y le dice tímidamente «mamá». Acto seguido ensaya la frase que le dirá y lo convierte en un juego. Se va moviendo por la habitación repitiéndola con una sonrisa… pero cuando llega su madrastra, es incapaz de que le salga de la boca y vuelve a su mutismo habitual. Qué bien refleja este momento el gran conflicto interior de Michio. Realmente aprecia a Sonoko y desearía llamarla «madre», pero no puede, es superior a él. Y si algo refleja la película a la perfección es esa torpeza, tan propia sobre todo de tiempos pasados, de machacar a un niño para forzarle a fingir un sentimiento que no tiene.

La otra escena es todo lo contrario, ya que a causa de un descuido de su hermana pequeña que le hace perder la paloma, Michio estalla y le propina una brutal paliza. El realismo de la escena es tal que los llantos de la niña pidiendo perdón y gritando por el daño que recibe se hacen especialmente dolorosos. Cuando Sonoko llega y se encuentra con esa escena, primero intenta separarlos pero Michio está demasiado desbocado y se libera para seguir pegando a su hermana. Uno esperaría en este punto que Sonoko siguiera haciendo lo imposible por sujetar al chico o que, incluso, su instinto de madre la llevara a gritarle y ponerse contra él para proteger a su hija pequeña. Pero he aquí lo que sucede: se bloquea y lo único que puede hacer es taparse los oídos y sentarse en el suelo. Finalmente entran otros adultos y se llevan a los niños. Pero por unos segundos Sonoko sigue igual, sentada con los oídos tapados, en un absoluto silencio. Esos planos de la pobre madrastra en silencio que reflejan cómo ya no puede más con esa situación valen por películas enteras.

Se cree que Hiroshi Shimizu filmó unas 160 películas en toda su vida. La cifra puede parecer una locura pero conviene recordar que en la era muda era habitual ser absurdamente prolífico y que, incluso, en décadas posteriores, cuando el ritmo de producción no era tan frenético, hubo años en que éste realizó más de dos películas (por ejemplo estrenó tres en 1956). Es por tanto algo ingrato lamentar que alguien que tuvo un ritmo de trabajo así se retirara después de una película tan buena como ésta. Pero los cinéfilos en ese sentido somos algo egoístas, y aunque entiendo que Shimizu disfrutó de un merecido descanso en sus últimos años de vida (un infarto le obligó a retirarse tras este filme), viendo Imagen de una Madre lo último que piensa uno es que se trate de la obra de un veterano envejecido al que no le quedaba nada nuevo que decir en un contexto tan cambiante para el cine japonés. Y si ya de por si la película me emocionó más de lo que estaría dispuesto a admitir como genio del mal que soy, reconozco que aún me tocó más la fibra sensible ver ese plano final de los protagonistas caminando juntos por la noche pensando que con esa imagen se cerraba la carrera del que creo que es uno de los grandes cineastas no solo del cine japonés sino mundial.

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