El Viejo y el Niño [Le Vieil Homme et l’Enfant] (1967) de Claude Berri

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Conmovedora película ambientada en Francia durante la II Guerra Mundial. El protagonista es un niño judío llamado Claude, que es enviado por sus padres a un pueblo hasta que finalice la contienda para mantenerlo lejos del peligro nazi. Ahí se alojará en la casa de los ancianos padres de una amiga de su familia. Sin embargo, el entrañable abuelo  Pepe alberga un profundo rencor hacia los judíos, por lo que Claude tendrá que ocultar su identidad a sus protectores.

Resulta ejemplar la forma cómo se trata en este film un tema tan delicado y quemado como es el antisemitismo. A veces parece olvidarse que no todos los que apoyaron la persecución judía eran auténticos malvados de mirada aviesa y sin corazón. Por muy duro que sea reconocerlo el antisemitismo es algo que ha existido siempre y que a veces aflora incluso en personas tan entrañables como el personaje de Pepe.
Berri nos presenta la historia con una absoluta imparcialidad, sin recrearse en elementos melodramáticos o situaciones forzadas. Pepe es un personaje que cae bien al espectador hasta el punto de que sus continuos discursos antijudíos nos resultan graciosos pese a su contenido. No podemos evitar simpatizar con ese ancianito que cuida a su perro como si fuera su propio hijo, que juega con ese niño con tanta ternura y que, para mayor recochineo, es vegetariano porque cree que es inhumano devorar a seres vivos. Todo esto contrasta con el desprecio y el odio que parece sentir no ya sólo hacia los judíos sino también hacia masones y bolcheviques.

La historia está llevada de una forma que huye de todo moralismo, y prueba de ello es que Pepe jamás llegará a saber que ese niño al que tanto adora es un judío. Ese habría sido el desenlace más previsible y que el espectador teme en todo momento, pero a los guionistas no parece interesarles esa situación. No quieren que veamos cómo Pepe aprende una valiosa lección sobre tolerancia, sino que contemplemos su relación con el niño, que seamos testigos del íntimo vínculo que se establece entre ellos sabiendo nosotros la verdad. No se pretende caer en el tópico de que veamos como el personaje «equivocado» es consciente de su error o se plantea un dilema moral, en todo caso dicho dilema va dirigido a los espectadores, pero nunca a Pepe.

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Cabe destacar también la magnífica interpretación de la pareja protagonista, pero sobre todo la de Michel Simon como Pepe, a quien podemos recordar por sus papeles secundarios en films tan diversos como L’Atalante (1934) de Jean Vigo,  El Cebo (1958) de Ladislao Vajda o El Tren (1964) de John Frankenheimer. Su personificación consigue que Pepe adquiera vida propia, que seamos capaces de verlo no ya como un personaje sino como una persona real de carne y hueso. Es en gran parte suyo el mérito de que la película funcione tan bien.
El pequeño Alain Cohen en su primer papel cinematográfico hace también un buen trabajo al comportarse con naturalidad consiguiendo ese gran reto que es que un niño nos resulte creíble actuando en una película. Claude es un personaje muy interesante también, ya que al no conocer sus pensamientos y ser totalmente inocente llega un punto en que no sabemos si se cree los discursos de Pepe sobre los judíos o si simplemente le sigue la corriente (por ejemplo, en cierta escena dice que ha tenido una pesadilla porque ha soñado que era judío).

Por último, la realización de Berri ayudada por una buena fotografía en blanco y negro contribuyen a dotar este film de una pureza y de una delicadeza especiales. Cabe destacar las escenas en que Claude juega en el campo con su amiga o con Pepe, de una belleza y autenticidad asombrosas. Son estos pequeños momentos los que parecen que más interesan a Berri, el conseguir retratar la armonía en la que viven sus personajes, una armonía bajo la cual se esconde algo terrible aunque no lo parezca.

Una pequeña joya a reivindicar.

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Se abre el Gabinete del Dr. Mabuse

«Un día, hará un mes, toqué fondo. No quería seguir viviendo en un universo sin Dios. Tengo un rifle. Lo cargué y me lo puse en la frente. Recuerdo que pensé “Voy a suicidarme” (…) De repente, el rifle se disparó, estaba tan tenso que apreté el gatillo. Pero sudaba tanto que el rifle resbaló y la bala no me alcanzó. Los vecinos empezaron a aporrear la puerta y se armó un escándalo tremendo. Corrí a abrir la puerta. No sabía qué decir, estaba avergonzado y confundido. Mi mente iba a mil por hora, y yo sólo sabía una cosa: tenía que irme de allí, salir a la calle y despejarme.

Recuerdo que eché a andar por las calles. Mi mente estaba hecha un lío, todo me parecía muy violento e irreal. Estuve deambulando por el Upper West Side durante horas. Me dolían los pies y la cabeza. Tenía que sentarme.

Me metí en un cine. No sabía qué estaban poniendo, sólo necesitaba unos instantes para poner orden en mis pensamientos y volver a ver el mundo desde una perspectiva racional. Subí al primer piso y me senté. Ponían una película que había visto varias veces desde que era niño y siempre me encantaba. Me puse a mirar la pantalla y la película me enganchó. Empecé a pensar: “¿Cómo puedes pensar siquiera en suicidarte? Mira a toda esa gente de la pantalla. Es divertidísima. Y ¿qué más da si lo peor es cierto, si Dios no existe y sólo pasas por la vida una vez? ¿No quieres vivir esa experiencia?”«.

Woody Allen es uno de los cineastas que mejor ha sabido retratar en su obra el amor que siente un cinéfilo como él hacia el séptimo arte. En este fragmento de Hannah y sus Hermanas (1986) nos está contando cómo algo tan supuestamente intrascendental – una película de los hermanos Marx – ayudó al personaje que interpreta a encontrar un sentido a su existencia. Aunque no habla directamente de cine, sino más bien de aprender a disfrutar de los pequeños placeres de la vida, me parece un buen texto con el que inaugurar un blog de críticas de películas creado por alguien que comparte esa visión de Allen y debe muchísimo al arte cinematográfico.