Las Manos de Orlac [Mad Love] (1935) de Karl Freund

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Pequeño clásico del cine de terror basado en la novela de Maurice Renard, que ya había sido adaptada previamente en Alemania por Robert Wiene (director de El Gabinete del Dr. Caligari) y volvería a ser revisitada en el futuro.
El protagonista es el Dr. Gogol, un excéntrico cirujano que está obsesionado con Yvonne, una actriz de poca monta que actúa en teatros recreando obras de terror. Lo que no sabe el Dr. Gogol es que Yvonne está casada con el eminente pianista Stephen Orlac, así que cuando irrumpe en su camerino es rechazado y se ve obligado a conformarse con una estatua de cera de su amada como única compañía. Sin embargo el destino volverá a unirles cuando se produce un accidente ferroviario en el tren en que viaja Orlac que tiene como consecuencia que éste deba amputarse las manos. Yvonne, que conoce la reputación del doctor, acude a él en busca de ayuda y éste decide transplantarle las manos de un hombre que acaba de ser ejecutado por apuñalar a su padre. La operación es un éxito, pero Orlac se dará cuenta horrorizado de que sus manos parecen tener vida propia.

Como no conozco la novela original, solo puedo comparar esta versión con la alemana de 1934. La principal diferencia estriba que mientras en la versión alemana la trama se centraba en cómo Orlac se daba cuenta de que sus manos tenían vida propia, este film se centra en la obsesión del Dr. Gogol hacia la mujer de Orlac, obsesión que tendrá para Orlac las mismas consecuencias que en el film mudo, pero que se nos presentan desde otro punto de vista.

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Las Manos de Orlac es una de las muchas películas de terror que se realizaron a principios de los años 30 como consecuencia del enorme auge del género y de hecho su director es el creador de la famosa (aunque claramente inferior a ésta) La Momia (1932), Karl Freund. Pero si por algo merece ser recordado Karl Freund no es por su breve carrera como director, sino por ser el operador de cámara más famoso de Alemania en la floreciente edad de oro de la UFA. Freund trabajó en obras maestras como El Golem (1920), El Último (1924), Metrópolis (1927) o Berlín Sinfonía de una Ciudad (1927) y eran célebres sus virtuosos trucos con la cámara que permitían a sus directores realizar complejos travellings y todo tipo de trucos visuales.
Cuando Freund se estableció en Hollywood tuvo una breve carrera de director antes de volver a su anterior oficio. Aunque no era un realizador especialmente destacable, sus películas de terror se beneficiaban de la influencia que había tenido sobre él el expresionismo alemán en lo que se refiere a decorados e iluminación. De hecho la estética del cine de terror de los años 30 se formó a partir de emigrantes alemanes como él que simplemente trasladaron esa estética al cine convencional de terror. En el caso que nos ocupa, son de destacar los planos nocturnos y los brillantes juegos que hace con las sombras aprovechándose de la inconfundible silueta del protagonista.

El gran punto fuerte del film se encuentra sin duda en ese protagonista encarnado por un magnífico Peter Lorre, cuya interpretación hecha a su medida eclipsa al resto del reparto. Éste era su primer film americano después de haber alcanzado la fama internacional como el villano de El Hombre que Sabía Demasiado (1934) de Hitchcock, y no podía haber empezado de mejor manera su carrera en los Estados Unidos, con un film hecho para lucimiento personal. Aunque en la parte final, Lorre roza la sobreactuación, su Dr. Gogol es un personaje muy carismático que evita la caricatura, un hombre obsesionado con una mujer y que mantiene su cordura e inteligencia pese a algunos leves accesos de locura. Es un caballero educado y elegante que combina esa faceta con otra mucha más oscura y perversa, no sólo por la obsesión que siente hacia ella sino por su atracción hacia lo morboso que le lleva a asistir a ejecuciones de presos.

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Uno de los aspectos más interesantes del film es ese ambiente tan morboso que se manifiesta en las primeras escenas en que vemos ese cutre teatro de terror en el que los espectadores pagan por ver una obra en que se tortura cruelmente a la joven protagonista. Esa faceta cruel y sádica del ser humano sólo se insinúa en este primer segmento y en la ejecución (donde el mismo preso parece sentir unas morbosas ganas de ser decapitado) pero es bastante atrevida para la época y resulta sorprendente que no fuera censurada.

Estos detalles hacen que esta nueva versión de Las Manos de Orlac no solo sea sumamente efectiva sino que sea de interés incluso para aquellos que hayan visto previamente la de Robert Wiene, puesto que no se trata de una simple repetición sino de una interesante adaptación que reaprovecha ese tema para dar rienda suelta a otros igual de interesantes con la casi patética figura del Dr. Gogol como maestro de ceremonia.

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