The Matinee Idol (1928) de Frank Capra

Don Wilson, una estrella de Broadway, va a pasar unas breves vacaciones en el campo y acaba accidentalmente participando en un humilde espectáculo teatral itinerante haciendo una sustitución de última hora. Allí se enamora de la principal actriz del show Ginger Bolivar, que le contrató sin reconocerle, y se divierte formando parte de una obra de bajo presupuesto. Entre el público se encuentra el productor de Don, a quien le parece tan divertido lo que ve que propone llevar esa obra a Broadway para que los espectadores de ciudad puedan reírse de ellos.

A finales de la era del mudo, Frank Capra era un director muy prolífico que intentaba quitarse de encima la etiqueta de “director de Harry Langdon”. El hoy ya olvidado por el gran público Harry Langdon era un cómico de slapstick que tuvo un momento de fama fugaz pero muy intenso, situándole casi a la altura de contemporáneos como Chaplin o Harold Lloyd. A diferencia de éstos, Langdon no consiguió desarrollar una carrera en condiciones y dejó para la posteridad unos cuantos cortos y unos pocos largometrajes realizados en la cumbre de su popularidad. Su descubridor fue Frank Capra, quien le dirigió en sus primeros y exitosos largometrajes. Por aquella época Capra era aún un cineasta primerizo que se había cultivado en los estudios de Mack Sennett como escritor de gags, por lo que cuando decidió continuar su carrera sin Langdon tuvo que demostrar ser capaz de hacer grandes comedias por sí solo.

The Matinee Idol es una de las más destacadas de este primer periodo. Se desmarca del slapstick, el género cómico predominante en la época en el que empezó Capra, y se sitúa ya en un estilo muy similar al de la comedia clásica de los inicios del sonoro. Así pues, la trama se basaba en malentendidos y juegos de falsas identidades, que eran algunos de los temas clave de la screwball comedy. Don Wilson al inicio del film se hace pasar por un tal Harry Mann para ocultar su verdadera identidad, y cuando el show de los Bolivar llega a Broadway intentará por un lado seducirla como Don Wilson aprovechando su fama y por otro mantener su papel de humilde Harry Mann. La idea queda aún más enfatizada con ese baile de máscaras en que intenta conquistarla sin que ella adivine su identidad.

Por otro lado el tema más interesante del film es la forma como muestra la ruinosa obra teatral llena de fallos y detalles cómicos y, sobre todo, cómo Capra consigue utilizar la fórmula de risas más lagrimas que años después perfeccionaría sirviéndose del papel que toma el espectador. La primera vez que vemos la obra resulta hilarante: lo tópico del argumento sobre la Guerra Civil, la sencillez de medios, los actores actuando a destiempo, etc. Sin embargo, lo curioso es que no solo los actores se la toman en serio, sino también el primer público que la ve. Pero cuando esa misma obra con esos mismos fallos se representa en Broadway la sonrisa del espectador se congela: sigue siendo cómica pero al ver cómo los actores son humillados no podemos evitar sentirnos mal, sobre todo porque nosotros formamos parte de ese público que se está burlando cruelmente de ellos. Así pues lo que era simplemente un film sobre una ruinosa obra teatral acaba arrojando una pequeña reflexión sobre el espectador y su cruel papel de juez.

No es casual por otro lado que el primer público, el formado por gente humilde, se tome la obra en serio y la aplauda, mientras que el público más burgués de Broadway sea el que se burle cruelmente de la ingenua obra de los Bolivar. Aquí Capra ya nos está mostrando por donde va a tomar partido más adelante en su cine populista, por las clases humildes, por ese público tan sencillo e ingenuo que se toma en serio una obra tan mal hecha. Los planos que ofrece del público pueden resultar cómicos, pero se nota que los muestra de forma humorística con cariño, personalizando cada uno (el hombre sordo que pregunta qué ha dicho cada actor, el niño travieso, el devorador de palomitas), en contraste con el público genérico y frío de Broadway.

En su escasa hora de duración, The Matinee Idol es un film perfectamente aprovechado, que no llega a profundizar en sus personajes ni en las posibilidades del argumento pero que a cambio repasa los temas y situaciones que luego directores como el propio Capra desarrollarían en los años venideros. Lo único que se le puede echar en cara es un desenlace demasiado abrupto porque no soluciona el conflicto entre los personajes y se contenta simplemente con utilizar un gag final. En mi opinión su brevedad no es un defecto sino más bien al contrario: The Matinee Idol es un film que condensa en menos de una hora ideas que luego se explotarían más a fondo, y lo hace sin desperdiciar un minuto en escenas superfluas y manteniendo ese tono de comedia encantadora que tanto nos gusta a los seguidores de Capra.

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