La Garra del Gato [The Cat’s Paw] (1934) de Sam Taylor

Resulta curioso pensar que de los tres grandes del slapstick, el que tuvo más éxito en la era sonora tanto a nivel comercial como artístico fue justamente el más reticente a dejar atrás la era muda: Charles Chaplin. En cambio, fíjense en el caso del pobre Buster Keaton, que aunque estaba encantado con adaptarse al sonido perdió toda libertad artística en esos años (mi colega el Doctor Caligari hace poco le dedicó un especial a su etapa sonora) o el de Harold Lloyd, que aunque también vio con buenos ojos ese cambio se encontró con que su carrera fue en claro declive.

El problema de Lloyd creo que no fue tanto el sonido como el inevitable paso del tiempo. Su tipo de humor no se llevaba tanto y él obviamente estaba envejeciendo, no podía seguir siendo «el chico». Pero lo triste de su caso es comprobar cómo a lo largo de los años 30 se esforzó una y otra vez por triunfar de nuevo… sin lograrlo. Se nota que no se quedó de brazos cruzados, probó diferentes tipos de combinaciones, y en ocasiones tuvo intuiciones muy atinadas, pero sencillamente ya no cuajaba.

Si repasamos su filmografía, es significativo que después de su primer fracaso de taquilla con su segundo filme sonoro, ¡Ay, que me Caigo! (Feet First, 1930), Lloyd pasara de hacer una o dos películas al año a bajar al ritmo a un filme cada dos años. No está nada mal, pero ya muestra cómo ya necesitaba bajar el ritmo de producción seguramente porque se sentía algo inseguro. En la era muda poseía una maquinaria a prueba de balas, tenía tan dominado su oficio que parecía casi que los largometrajes le salieran solos. En el sonoro, a raíz de su primer resbalón, parecía que tenía que pensarse mejor sus nuevos movimientos. ¡Ay, que me Caigo! era una especie de versión de El Hombre Mosca (Safety Last!, 1923) al querer repetir de nuevo la famosa escena de suspense en la fachada, mientras que la siguiente Cinemanía (Movie Crazy, 1932) parecía un término medio entre el humor más slapstick y la comedia de enredo. La cosa funcionó y el filme sería su última obra rentable en taquilla, de modo que decidió seguir por ese camino.

La Garra del Gato (The Cat’s Paw, 1934) suele decirse que era su intento por sumarse a las comedias de conciencia social de Frank Capra, y aunque la idea es tentadora, tiene un pequeño problema: cronológicamente no encaja. Es cierto que viendo La Garra del Gato resulta claro que esta remite descaradamente a la maravillosa El Secreto de Vivir (Mr. Deeds Goes to Town, 1936)… ¡pero es posterior a la de Lloyd! ¿Quiere decir esto que el tercer genio del slapstick «inventó» el tipo de comedias de conciencia social de Capra? En absoluto. Capra y su genial guionista Robert Riskin ya iban tirando hacia ese camino con La Locura del Dólar (American Madness, 1932) y Dama por un Día (Lady for a Day, 1933), si bien su argumento prototípico de joven ingenuo enredado en una conspiración política que vence con su honestidad nacería en El Secreto de Vivir. No obstante, esta semejanza con el argumento de La Garra del Gato tiene una explicación: ambas se basan en relatos de un mismo autor, Clarence Budington Kelland, que imagino que tenía predilección por este tipo de historias. A esto me refiero con que Lloyd, aunque no acertaba siempre, tampoco iba mal encaminado. Intuía el tipo de comedia que podía funcionar en esos años y acertó en su pronóstico… simplemente no consiguió que le quedara tan bien como a Capra y Riskin. Y, bueno, él no era Gary Cooper.

El argumento del filme que nos ocupa tiene como protagonista a Ezekiel Cobb, un joven hijo de misioneros que se ha criado en China y viaja a Estados Unidos a buscar a una esposa que quiera irse con él a continuar con la misión de sus padres en continente asiático. Al haber vivido desconectado de la civilización, su ingenuidad le hace parecer fuera de lugar en una gran ciudad americana: no entiende muchas expresiones idiomáticas ni reglas de comportamiento, y mucha gente no le toma en serio. Por una serie de extrañas circunstancias, Ezekiel conoce a Jake Mayo, un mandamás corrupto que lo recluta para que se presente como candidato reformista a las elecciones municipales. La realidad es que su estrategia es colocar al frente a alguien manipulable y tan inútil que sea imposible que gane frente al otro candidato, un mafioso totalmente corrupto (de ahí el título original, un «cat’s paw» es alguien que es utilizado en interés de otra persona sin ser consciente de ello). Pero contra todo pronóstico, Ezekiel gana, y entonces decide utilizar su posición para realmente limpiar esa ciudad de corrupción.

Lloyd aparentemente leyó el primer capítulo de la historia de Kelland cuando aún estaba publicándose en partes e inmediatamente compró los derechos para que fuera su siguiente película. Estaba entusiasmado con la idea y creía que lograría rescatar su popularidad de antaño dando un giro al tipo de comedia que había estado haciendo y que ya se intuía en Cinemanía. Así pues, en La Garra del Gato apenas hay slapstick y el humor es mayormente verbal o de comedia de enredo. De hecho según he leído, su plan inicial era seguir su rutina de trabajo habitual de conseguir una historia y luego llenarla de gags codo a codo con sus escritores de gags… pero en este caso comprobaron que no pegaba, parecería forzado, así que la dejaron tal cual estaba y simplemente le dio las riendas de dirección a un viejo conocido como Sam Taylor, codirector de muchas de sus grandes obras de la era muda.

Sin embargo, como ya he adelantado, este es uno de esos casos en que todo funciona mejor en la teoría que en la práctica. Lloyd era un muy buen actor, pero su físico ya no pegaba para el de un jovencito ingenuo e idealista. Su personaje se hace simpático, pero está muy alejado de sus protagonistas habituales (personajes con recursos e imaginación que no se rinden ante nada) y su aspecto de entonces más bien da la extraña sensación de un señor mayor un poco bobo – en cambio, un Gary Cooper o un James Stewart rebosaban juventud y encanto suficientes como para que les siguiéramos queriendo pese a ser tan ingenuos. Y en lo que respecta a la inevitable subtrama romántica, de nuevo se nota una idea que en la teoría podría funcionar pero en la práctica fracasa estrepitosamente. Tenemos a una fantástica Una Merkel cínica, inicialmente de corazón duro pero que luego descubrimos que tiene valores, que es un contraste respecto a este hombre tan inocentón… pero por muy bien que lo hagan los dos, no hay química que explique ese enamoramiento y el guion no consigue que resulte creíble que ella se encapriche de él (¿alguien se la imagina acabando como esposa de un misionero en China?). De nuevo, sería Robert Riskin quien tomaría exactamente el mismo tipo de personaje y haría que funcionara a la perfección en forma de Jean Arthur en las comedias de Capra con esa misma estructura.

Lo que nos queda a cambio es una comedia simpática, nada aburrida pero tampoco memorable. Lloyd está muy gracioso con su manía de citar pasajes del poeta chino Ling Po (que por cierto, ¡existe!) y tengo curiosidad por saber cómo debe ser su pronunciación de los diálogos que dice en chino. Ah, y además hace un pequeño cameo Noah Young, un secundario habitual de su cine que aunque aparece unos pocos segundos se agradece por ser un rostro familiar del universo Lloyd. Pero el avance de la trama es endeble, la trampa a la que someten a Lloyd previsible y sin chispa, y la resolución… un tanto extraña e incluso macabra.

Al final, Ezekiel descubre que la única forma de reformar la ciudad es una acción que no desagradaría al presidente fascista de El Despertar de una Nación (Gabriel over the White House, 1933). Esto es, detiene de forma semiilegal a todos los mafiosos de la ciudad, los encierra en el sótano de un negocio chino y les hace creer que todos van a ser decapitados a no ser que confiesen sus crímenes. Aunque intuimos que Lloyd no puede ir en serio, la escena en que se simula la decapitación e incluso se exhiben los cuerpos supuestamente mutilados de las víctimas es extrañamente inquietante para lo que debía ser una comedia ligera, y demuestra el buen saber hacer de Taylor a la dirección cambiando de registro.

No obstante, la película no acaba de destacar demasiado y tiene como curiosa particularidad el continuar con esa extraña fijación que tenía Lloyd en esa época con China, ya que su primer filme sonoro, ¡Qué Fenómeno! (Welcome Danger, 1929), sucedía en Chinatown y también daba mucha importancia a la cultura china, que aquí al menos no es mostrada de forma negativa (aunque, obviamente, sí estereotipada y, desde nuestro punto de vista actual, racista, pero se nota que la intención aquí es mostrarlos a ellos como los buenos).

El filme no funcionó en taquilla y, aunque Lloyd no podía saberlo, ya no volvería a hacer ningún filme de éxito. Él insistiría probando suerte con un grande de la comedia como Leo McCarey en La Vía Láctea (The Milky Way, 1936) e incluso, como último recurso, acomodándose en Professor Beware (1938) a una producción de un gran estudio sin controlar él el proceso creativo, casi como confiando en el saber hacer de la maquinaria de Hollywood para volver a hacer de él alguien relevante. Su momento ya había pasado, pero hay que reconocer que al menos en La Garra del Gato no iba mal encaminado en la teoría.

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