Mes: julio 2012

Cerrado por vacaciones

Como de costumbre, el Dr. Mabuse cerrará su gabinete durante unos meses para tomarse un merecido descanso e intentar destruir el mundo en sus ratos libres.

En Octubre estará de vuelta esperándoles con más novedades. No se olviden de él, ya que él no les olvidará a ustedes.

Capitanes Intrépidos [Captains Courageous] (1937) de Victor Fleming

Harvey es un niño rico caprichoso y consentido que se comporta como si el resto del mundo estuviera a sus órdenes. Tras ser expulsado del colegio, su padre decide llevárselo con él de viaje a Europa para pasar más tiempo juntos. Pero durante la travesía en yate el niño cae al agua y es rescatado por Manuel, un humilde pescador portugués. Éste lo lleva a bordo del barco pesquero en el que trabaja y cuando el joven despierta se encuentra repentinamente con un mundo que no conocía: personas sencillas viviendo sin comodidades y trabajando duro para llevar su paga a casa. Ante ese shock, exige inmediatamente ser devuelto a tierra, pero el capitán del barco le informa de que no pueden hacer tal cosa puesto que se encuentran en mitad de la temporada de pesca. Después de intentar en vano que todos obedezcan sus órdenes como estaba acostumbrado, Harvey acabará resignándose a pasar unos meses a bordo de ese barco donde entablará una estrecha amistad con Manuel y conseguirá madurar.

Capitanes Intrépidos es el ejemplo perfecto de cómo realizar una película sobre niños con un mensaje obvio sin aburrir ni caer en la sensiblería. De hecho se trata de un ejemplo perfecto del sistema de estudios del Hollywood clásico llevado a su máxima capacidad: un gran y eficaz director pero sin una personalidad que destaque por encima de la película, un magnífico reparto de actores tanto principales como secundarios, un sólido guión sin pretensiones artísticas más allá de contar la historia lo mejor posible y una recreación muy conseguida de la vida pesquera.

Uno de los atributos más destacables es la forma como el film encara la relación entre Manuel y Harvey, dando forma a esa relación prácticamente paternal pero sin caer en la sensiblería (o al menos no hasta el desenlace final). Por ejemplo, Manuel rápidamente le coge cariño al chico pero no por ello se deja avasallar por éste. A ojos de sus compañeros finge no sentir ningún interés por cuidarlo y se muestra inflexible con él cuando hace algo que no le gusta, como hacer trampas en la competición entre él y Long Jack. De hecho no queda demasiado claro que sea una mejor figura paterna que el verdadero padre del protagonista, el millonario Mr. Cheyne, quien nos es mostrado como un padre preocupado y comprensible que es consciente de que no le dedica tanto tiempo como quisiera. Pero así como Mr. Cheyne es seguramente un padre más inteligente y de más recursos, la sencillez e imperfección de Manuel le convierten en una figura mucho más cercana y entrañable con sus pequeñas supersticiones (como la historia que cuenta sobre el cielo de los pescadores).

Por supuesto en ese sentido resulta fundamental la interpretación de Spencer Tracy, quien curiosamente acabó aceptando el papel a regañadientes. Tracy hace el papel totalmente suyo consiguiendo que cobre vida, sabiendo imprimir a la relación de Manuel con Harvey ese punto intermedio entre tenerle cariño pero al mismo tiempo mantener su carácter rudo. Pero, como ya dije, todo el reparto está magnífico: en papeles secundarios encontramos a algunos de los grandes nombres de la época como Lionel Barrymore como capitán del barco (en uno de sus últimos papeles antes de acabar confinado en silla de ruedas) o al galán Melvyn Douglas que sorpresivamente (por escaparse a sus papeles habituales) interpreta al padre del protagonista con bastante solvencia. A estos se les debe añadir John Carradine como Long Jack y, por supuesto, Freddie Bartholomew en uno de esos papeles infantiles que, contra todo pronóstico, resultan creíbles.

Este buen elenco de actores y la sólida puesta en escena de Victor Fleming hacen que sea un placer ver la película más allá de la relación entre Manuel y Harvey para disfrutar de la recreación de la vida a bordo de un bote pesquero, incluyendo las bromas entre marineros o las amistosas disputas entre los capitanes de barcos. Aunque por supuesto no deja de ser una visión algo idealizada al tratarse de un film de Hollywood de estilo populista (ya saben, qué bien se lo pasan los pobres con su vida humilde y qué desgraciados son los ricos en el fondo), Fleming se tomó la molestia de intentar recrear ese mundo de la forma más veraz posible para que el espectador tenga realmente la sensación de estar a bordo de ese barco pesquero y que sienta el olor a pescado.

El único punto que se le podría achacar es que su epílogo se atasca un poco. Después del trágico incidente que sucede al final de la película (uno de esos momentos en los que es inevitable dejar escapar una lágrima), los guionistas no consiguen cerrar del todo la relación entre Harvey y su padre o reflejar cómo el chico acaba volviendo a sus brazos. De todos modos eso no empaña el buen sabor de boca que deja al final, esa placentera sensación de haber disfrutado con una gran película de ésas que saben conmoverte y hacerte disfrutar de sus encantadores protagonistas.

El Príncipe Estudiante [The Student Prince in Old Heidelberg] (1927) de Ernst Lubitsch

Ernst Lubitsch fue uno de los primeros cineastas europeos de renombre que emigró a Hollywood para continuar ahí su carrera. Afortunadamente, supo adaptarse a la perfección haciendo el tipo de cine que los grandes estudios esperaban de un emigrante como él: un cine con ese toque europeo que se suponía que solo alguien proveniente del viejo continente sabría crear (aún cuando en muchos casos ni los propios cineastas europeos acababan de entender qué se esperaba realmente de ellos). Es decir, Lubitsch se encargó de dar forma a esa visión idealizada de Europa que tenían los americanos, una fantasía romántica y encantadora, con países de nombres inventados en que los nobles vivían fascinantes intrigas amorosas.

El Príncipe Estudiante se sirve de esa fantasía para dar forma a una historia clásica: el príncipe o princesa que envidia los pequeños placeres de la vida cotidiana que les son negados a ellos por su condición y que no puede evitar querer infiltrarse entre el pueblo llano. El exponente más famoso de esta idea sería la obra maestra de William Wyler Vacaciones en Roma (1953), pero este film supone un interesante antecedente.

La película se inicia a partir de las frases que repite la gente del pueblo al ver al joven príncipe: «Debe ser estupendo ser príncipe«, lo cual contrasta con la existencia aburrida del joven Karl Heinrich que a su vez envidia la vida de esas personas humildes. Cuando al final de la película el príncipe es coronado rey después de haber renunciado a la mujer que amaba, saluda melancólico en un desfile mientras la gente comenta de nuevo lo maravilloso que es ser rey.

Y es que la película es ante todo un film sobre el deber, no solo sobre ser rey sino sobre madurar dejando de lado los caprichos de juventud. Por ejemplo, la primera vez que el príncipe conoce al juerguista grupo de estudiantes de Old Heidelberg, es acogido como uno más, un compañero de borracheras. Cuando vuelve tiempo después, esos mismos estudiantes le saludan estáticamente, manteniendo las distancias respetuosas con el monarca. Karl prefiere seguir siendo tratado como uno más emborrachándose con ellos, pero mientras que éstos ya han aprendido cual es su posición y el comportamiento que deben tener, el futuro rey todavía no sabe comportarse como tal.

Lubitsch a esas alturas ya era un experto director que sabía usar con gracia y soltura los recursos que le brindaba el lenguaje cinematográfico. No solo por su famoso «toque Lubitsch» sino por algunos detalles visuales muy bien pensados. Por ejemplo, la escena en que el príncipe aprueba el examen y su tutor y amigo Friedrich Jüttner intenta felicitarlo pero no puede al ponerse entre ellos un séquito de aduladores que se va haciendo tan extenso que Jüttner acaba teniendo que salir de la habitación. O el estatismo tan marcado de los amigos estudiantes de Karl en su segunda visita, que se mueven de forma ordenada y casi militar, respecto al alegre y caótico bullicio de su primer encuentro.

Un detalle curioso, hasta que no ha transcurrido una hora de película, no existe realmente ningún conflicto sólido. Y sin embargo, en esos 60 minutos la película ha ido circulando con fluidez y sin aburrir al espectador. Eso es posible gracias al trabajo de Lubitsch y sus guionistas pero también a los inspirados actores: el mexicano Ramón Novarro (famoso por ser el protagonista de la primera Ben-Hur) dando vida con gracia a ese príncipe inocente y encantador, muy al estilo de los personajes que interpretaba Harold Lloyd; una adorable Norma Shearer y el danés Jean Hersholt (uno de los protagonistas de la monumental Avaricia (1924) de Erich von Stroheim, quien por cierto iba a dirigir esta película) como el doctor Friedrich Jüttner.

La película no apuesta por la comedia pura y dura, sino más bien por un tono amable y divertido sin buscar los gags abiertamente, o al menos no de forma tan clara como en otras obras de Lubitsch – no quiere decir eso que no haya momentos claramente cómicos, véase por ejemplo la impagable escena en que los tres relamidos mayordomos intentan divertir al príncipe jugando a la pelota. La idea es más bien hacer que el público disfrute de sus personajes y de esa visión idealizada y encantadora Europa mostrada a través de un bonito y entrañable cuento.

Una de las mejores obras mudas de Lubitsch.