Harold y Maude (1971) de Hal Ashby

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En algún momento, un productor de la Paramount comunicó a sus superiores que creía que una de las películas a producir para la siguiente temporada era la historia de amor entre un adolescente millonario de tendencias suicidas y una anciana, con la que compartía el pasatiempo de asistir a entierros de desconocidos. Eso ha sucedido. Y el hecho de que un proyecto así se hubiera llevado a cabo nos da una idea de la inusitada libertad que se respiraba en Hollywood en los años 60 y 70. Nunca ha sido la principal industria del mundo del cine tan liberal y atrevida como en esa época, ni siquiera hoy día, y uno de los responsables de este panorama fue el productor Robert Evans.

Evans demostró ser un hombre suficientemente astuto como para entender que debía respaldar películas que conectaran con los gustos del público de la época aunque eso implicara forzarse a salir de los estándares o ciertos tabúes: si la sociedad estaba modernizándose, el cine debería hacer lo mismo. Por ello, una idea tan extravagante como la que sustenta Harold y Maude cobra sentido en este contexto.

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Porque aunque la trama principal del film es esa improbable historia de amor, en realidad la película trata muchos otros temas de forma además muy clara. Por un lado tenemos a un joven depresivo y apático, cuya vida no tiene rumbo aún cuando posee todas las ventajas que podría desear gracias a su acaudalada familia. Por el otro tenemos a una excéntrica anciana que vive felizmente en una caravana al margen de todo tipo de convenciones sociales. El contraste por tanto es bastante obvio, lo que hace de la película tan destacable es cómo expone esa situación.

Por ejemplo, el film está repleto de pequeños detalles que ayudan a entender muchas de las escenas que vemos pero sin exponerlas abiertamente, como el brazo de Maude tatuado con un número, que nos da a entender que estuvo en un campo de concentración y nos hace comprender en parte su actitud tan vitalista y de vuelta de todo; o el banjo, que primero parece anecdótico pero que en la escena final nos da a entender lo que sucede con Harold.

De hecho aunque ambos personajes tienen en su interior muchos fantasmas personales, apenas los exponen a la luz. La única excepción es la escena en que Harold habla entre lloros de cuando su madre le tomó por muerto en un accidente, es el único punto en que éste expone abiertamente algo tan íntimo que nos hace comprender en parte sus suicidios falsos – obviamente Harold no le dice absolutamente nada al respecto a su psicólogo. De esta forma se evitan las escenas de confesión-consolación, y en su lugar se nos muestra cómo la forma de vida de Maude acaba siendo tan terapéutica para Harold.

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Por supuesto nada de eso funcionaría de no ser por sus dos excelentes protagonistas. Ruth Gordon, que acababa de vivir una segunda edad de oro con su papel colosal en La Semilla del Diablo (1968) está excelente al igual que Bud Cort en un papel menos lucido que el de su coprotagonista pero de mayor importancia por tener que bascular entre momentos muy emocionales y otros plenamente humorísticos.

Y es que no lo olvidemos, Harold y Maude es una comedia. Es la elección de este género lo que acaba de hacer que este film sea tan especial. Su humor tan macabro y excéntrico funciona a la perfección en las escenas de los intentos de suicidio, así como en los momentos en que cobran protagonismo personajes secundarios como el tío de Harold (excelente Charles Tyner parodiando al típico militar rancio) o su madre.

El tratamiento de este personaje es especialmente interesante porque son precisamente los gags que surgen a partir de ella los que a su vez nos hacen entender la desafección que siente Harold hacia su familia. Por ejemplo, cuando se encuentra a una de las pretendientes de Harold desangrándose debido a un accidente lo único que alcanza a decir es “Harold, ésta era tu última cita“. O, mi momento favorito, cuando decide rellenar el cuestionario psicológico junto a Harold resulta impagable como poco a poco va respondiendo a las preguntas con lo que ella piensa, no con lo que dice su hijo, lo cual resulta un momento muy divertido pero que también nos desvela su incapacidad por comunicarse con él o escucharle.

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A todos estos detalles hay que añadirle un guión muy eficaz por parte de Hal Ashby evitando los momentos bucólicos (véase la tierna escena en que la pareja miran juntos el horizonte… sentados en un vertedero) y dándole un tono más seco. Por otro lado, la banda sonora compuesta de canciones de Cat Stevens le da cierto tono de optimismo que contrasta con su estilo más sombrío. A día de hoy resulta imposible disociar la película de su música.

Buena parte de las películas producidas en Estados Unidos que se autoetiquetan orgullosamente a sí mismas como alternativas o independientes han tomado nota descaradamente de los personajes y las situaciones de Harold y Maude. Pero ninguna que yo haya visto ha conseguido mantener ese equilibrio que hace tan especial el film de Hal Ashby: esa combinación de humor negro y romanticismo mientras muestra a sus extravagantes personajes dejando relucir un trasfondo profundo manteniendo la comicidad. Es decir, ese toque único que la convierte en una película entrañable evitando la sensiblería. El plano final de la película es un ejemplo de las grandes virtudes del film: es un momento hermoso pero no sensiblero, y nos a entender todo sin necesidad de recalcarlo explícitamente.

Maravillosa, una de mis películas favoritas del Nuevo Hollywood.

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