La Saga de Gunnar Hedes [Gunnar Hedes Saga] (1923) de Mauritz Stiller

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Décadas antes de que Ingmar Bergman se convirtiera en el gran director escandinavo por excelencia, ya hubo en la era muda dos cineastas suecos cuya maestría tras las cámaras les hizo famosos en el mundo entero: Victor Sjöstrom y Mauritz Stiller.

Ambos consiguieron su pasaporte a Hollywood, el primero sobre todo gracias a La Carreta Fantasma (1921) y el segundo con La Saga de Gosta Berling (1924). A día de hoy ha sido más recordado el primero gracias a que su carrera en Estados Unidos tuvo suficiente éxito y, por supuesto, por el papel que le brindó uno de sus mayores admiradores – el ya citado Bergman – en Fresas Salvajes (1957). A su lado, Stiller parece haber quedado algo más olvidado, pero en su momento su prestigio estaba al mismo nivel que el de su colega, y por las películas suyas que nos han llegado no resulta extraño que alcanzara fama más allá de su país.

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La película que hemos escogido está basada muy libremente en una novela de Selma Lagerlöf – famosísima escritora sueca que proporcionó el material base de muchas de las mejores películas de Sjöstrom y Stiller – y cuenta como protagonista con un joven llamado Gunnar Hede criado en una familia acaudalada. Su madre aspira a que se convierta en un hombre de negocios, pero él en realidad se siente fascinado por la figura de su padre, que fue un violinista itinerante. Como todo adolescente rebelde, desobedecerá los juiciosos consejos maternos y seguirá a un par de músicos itinerantes seducido por su bonita hija.

Uno de los aspectos por los que el cine escandinavo de la época se hizo tan célebre fue su – por entonces – innovador uso del paisaje. Por mucho que por ejemplo los westerns también se sirvieran de los entornos desérticos cercanos a la colonia de Hollywood, los cineastas como Sjöstrom y Stiller llevaron esa idea a su máxima expresión, fundiendo por completo a los protagonistas con los entornos nevados y haciendo que la salvaje naturaleza sea una expresión de los momentos de mayor dramatismo de la trama.

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Si en La Saga de Gosta Berling Stiller legó a la posteridad la impresionante secuencia de la huida de los protagonistas a través del hielo acechados por una manada de lobos, en este film anterior su equivalente es la secuencia del rebaño de renos en mitad de la tormenta. No obstante, lo mejor de la película es el tratamiento psicológico de su protagonista y el motivo recurrente de la música: Gunnar Hede abandonó su hogar siguiendo su instinto que le llevaba a seguir su vocación artística, y será al final la música la que le devolverá a la cordura. Otro aspecto en que films como éste o el anterior El Tesoro de Sir Arne (1919) destacan especialmente es la maestría a la hora de combinar un tratamiento realista de los personajes con elementos más fantásticos (las alucinaciones de Gunnar Hede, el sueño de la violinista) perfectamente integrados. Stiller nunca deja que los actores sobreactúen o que esos elementos desvirtuen lo que es un drama sobre las relaciones humanas, pero tampoco renuncia a la fascinación que nos pueden aportar esas imágenes.

Una de las mayores virtudes del cine escandinavo de esa época es la capacidad para armonizar el impresionante mundo exterior simbolizado por los imponentes paisajes naturales con el íntimo mundo interior de los personajes, aportándoles una psicología profunda. La Saga de Gunnar Hede es una buena muestra de ello.


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