El Vuelo del Fénix [Flight of the Phoenix] (1965) de Robert Aldrich

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Cojan un guión que parta de una situación al límite en que varios personajes están atrapados en cierto entorno. Añádanle un reparto de actores carismáticos encabezado por una vieja gloria. Pónganle un director de mano hábil en su momento de mayor estado de gracia. El resultado difícilmente puede fallar.

El Vuelo del Fénix (1965) es una de esas películas que prácticamente se defienden solas, sin necesidad de que un crítico (o ni siquiera un humilde Doctor cinéfilo como un servidor) se moleste en resaltar sus cualidades. La premisa de entrada es sumamente atrayente: un avión se estrella en mitad del desierto y sus pasajeros se dan cuenta al cabo de unos días de que nadie va a rescatarles. El capitán del avión, el veterano Frank Towns, intenta controlar la situación con su fiel ayudante Lew Moran, pero el peligro de quedarse sin agua se hace inminente. Entonces uno de los pasajeros, Heinrich Dorfmann, les propone construir un pequeño avión con las piezas del que se ha estrellado y así escapar de ahí. Parece una locura, pero no tienen más alternativa.

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Siendo un film situado en un solo espacio y con pocos personajes, no es de extrañar que se apoye en un reparto de primer nivel encabezado por James Stewart y Richard Attenborough, a los que les acompañan nombres de la talla de Peter Finch, Dan Duryea (en un papel desacostumbradamente dócil, los años no pasan en balde), Peter Finch, George Kennedy y Ernest Borgnine. Pero curiosamente el gran enfrentamiento del protagonista no es contra ninguno de ellos sino contra el personaje interpretado por Hardy Krüger, encarnando al diseñador de aviones alemán Heinrich Dorfmann, el clásico duelo entre dos hombres autoritarios que no quieren ceder el uno al otro.

Se le podría achacar quizá al personaje de Dorfmann el hecho de darle un origen germánico para asentarlo en el tópico de frío alemán cuadriculado de sangre fría – del mismo modo que Borgnine resulta un tanto desaprovechado en el papel también algo tópico de excéntrico algo mal de la cabeza. Pero, en fin, obviando esos detalles, la interacción entre los personajes funciona bien y los tiras y aflojas están muy bien graduados a medida que avanza el film sin necesidad de llegar a histrionismos.

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De hecho ésta es quizá una de las cualidades que hace que sienta especial simpatía por cineastas como Aldrich. Directores que sabían realizar películas de calidad que al mismo tiempo eran perfectos entretenimientos sin por ello forzar la máquina. En ningún momento da la sensación de que se lleva una escena al exceso o que se fuerce el argumento para provocar más impacto. En todo momento se mantiene la tensión entre el piloto y el diseñador industrial, pero nunca llega a estallar de forma explosiva (ni se requiere que lo haga). Del mismo modo, la subtrama sobre el sargento que se niega a acompañar a su capitán en una misión suicida no deja de ser otro pequeño apunte en ese pequeño microcosmos, que nos sirve para entender mejor a los personajes pero sin necesidad de darle una conclusión o moraleja forzada.

Posiblemente eso es lo que hace que muchos de los films de entretenimiento que se facturan hoy día Hollywood me suelan chirriar tanto. Falta quizá cierta mesura. A veces simplemente basta con coger una buena historia, un buen reparto y dejar que un director inteligente lleve todo por el buen camino.

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