Premio de Belleza [Prix de Beauté] (1930) de Augusto Genina

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El caso de la fallida carrera cinematográfica de Louise Brooks es bastante paradigmático sobre cómo funciona el star system de Hollywood. Una actriz de talento, atractiva y que además tenía una imagen propia claramente reconocible (su famoso corte de pelo) pero que poseía un terrible defecto: demasiada personalidad. Después de unos cuantos papeles exitosos a finales de los años 20, Brooks decidió irse a trabajar a Alemania, uno de los países cinematográficamente más avanzados del momento, donde realizó las dos películas que a la larga la harían inmortal: La Caja de Pandora (1929) y Tres Páginas de un Diario (1929), ambas del genial G. W. Pabst.

Mientras tanto, la Paramount le pedía que volviera a Hollywood, puesto que una de las últimas películas mudas que había hecho, ¿Quién la Mató? (1929), iba a lanzarse en versión sonorizada y necesitaban que ella doblara sus diálogos. Pero la actriz se negó y se quedó en Europa. Esa decisión fue en gran parte lo que acabó con su carrera en Hollywood, puesto que el estudio la puso en una lista negra por ser demasiado rebelde y extendió el rumor de que había tenido que doblarla otra actriz porque su voz no era adecuada.

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¿Qué estaba haciendo Brooks mientras tanto? La actriz se había ido a Francia donde protagonizó una película que mezclaba talentos de todos los países: la dirigía el italiano Augusto Genina, la idea original y el guión eran del francés René Clair y, además, éste fue coescrito por un viejo conocido de Brooks, el alemán G. W. Pabst. El resultado sería una de las primeras películas sonoras francesas (donde Brooks obviamente estaba doblada por otra actriz): Premio de Belleza (1930), también conocida como Miss Europe.

La protagonista es una mecanógrafa llamada Lucienne – aunque sus amigos la llaman “Lulú”, un guiño muy obvio a su papel más famoso en La Caja de Pandora. Ésta lleva una vida apacible con su novio André hasta que un día la prensa anuncia un concurso para elegir a Miss Francia. Aunque él detesta esa clase de eventos, Lucienne participa en secreto y gana, dándole la oportunidad de viajar a San Sebastián a la final de Miss Europa. Todo esto obviamente la llevará a entrar en conflicto con André, quien le obligará a elegir entre él o este nuevo modo de vida.

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Premio de Belleza es una de esas obras que se divide claramente en dos partes. En la primera nos encontramos con una película en que se nota que a su autor no le interesa tanto lo que tiene que contar como que disfrutemos de las situaciones cotidianas además de los personajes (¡y el magnetismo de Louise Brooks!). El film se esmera pues en mostrarnos con realismo los paseos que dan los protagonistas por la playa y la feria, donde intuimos que Lucienne no acaba de sentirse cómoda, aunque aún no se detalla el por qué.

Posteriormente, tiene lugar el famoso concurso de belleza, tras el cual ella se ve obligada a renunciar al placer ser Miss Europa para convertirse en una recatada ama de casa. Y aquí es donde el film da un giro más dramático, cuando observamos a Louise Brooks convertida en una especie de prisionera en su propia casa, agobiada en su aburrido día a día, algo metafóricamente representado con esos planos en que Lulú mira la jaula en que tiene encerrado a un pájaro.

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Por otro lado, resulta interesante que en todo el film no tengamos un protagonista masculino favorable. André es un egoísta que no muestra ningún interés porque ella pueda colmar sus ambiciones (aunque éstas sean tan frívolas como ganar un concurso de belleza), mientras que el Príncipe Adolphe de Grabovsky, que le ofrece un contrato cinematográfico, siente por ella un interés sexual más que romántico. De esta forma Lucienne acaba siendo una mujer atrapada en un mundo de hombres, que o bien desean que cumpla su rol de respetable ama de casa, o la quieren únicamente como objeto sexual.

Brooks está absolutamente encantadora en la película, transmitiendo esa dulce inocencia del personaje y ofreciendo una actuación rebosante de encanto y naturalidad. Realmente en aquella época la actriz tenía algo especial para conquistar la cámara, y Genina parece consciente de ello. Consigue captar esa magia especial con algunos momentos especialmente evocadores, como esa escena final en la sala de proyección en que vemos la contraposición entre la Lucienne de la pantalla, encantadora y radiante de vida, con la Lucienne real, a quien le ha esperado un final trágico.

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