Kumiko, the Treasure Hunter (2014) de David Zellner

Al inicio de Fargo (1996) de los hermanos Coen aparece un cartel explicativo haciéndonos saber que la historia que vamos a presenciar es real pero los nombres de los personajes se han cambiado por respeto a las víctimas. En realidad eso es totalmente falso. Este mensaje es otra de las extrañas bromas macabras que tanto le gustan a los Coen, pero hay una persona que sí se la creyó: Kumiko, una joven japonesa que está convencida de que el dinero que entierran los protagonistas existe y sigue ahí a la espera de que alguien lo encuentre. Sola y hastiada de su vida en Tokio, un día decide marchar a Estados Unidos hasta el pueblo de Fargo para hallar el tesoro.

La base de Kumiko, the Treasure Hunter (2014) es una curiosa leyenda urbana sobre una joven japonesa que el 2001 apareció muerta en los bosques cercanos a Fargo de forma misteriosa. ¿Qué hacía una japonesa en los bosques de un diminuto pueblo de Dakota del Norte? A raíz de ello, muchos especularon que ésta había visto el filme de los Coen y había ido hasta allá en busca del dinero enterrado hasta acabar muriendo congelada en su vano intento por conseguirlo. La realidad no obstante es más trivial: estaba ahí para verse con un amante que vivía en ese pueblo y se suicidó en los bosques tras un desengaño amoroso. Pero eso no impidió a los hermanos Zellner realizar una película muy interesante basándose en esa prometedora premisa.

Tengo la impresión de que el cine no ha explotado lo suficiente el potencial de la obsesión que pueden generar ciertas películas en algunos espectadores, sobre todo en la era del vídeo (y ya no digamos internet). El acto de revisionar una y otra vez ciertas escenas, de destrozar la cinta de tanto rebobinarla o rayar el DVD de tanto uso, el hecho de poder congelar planos concretos y escrudiñar todo ese pequeño mundo que albergan en su interior, esa frustración del espectador que quiere agarrar este universo de ficción con sus manos y hacerlo suyo, y que se niega a aceptar que el cine es una ilusión.

El filme que nos ocupa en ese sentido guarda muchos puntos en común con la que seguramente sea la obra que mejor ha conseguido captar el sentimiento de cinefilia, que es La Rosa Púrpura del Cairo (1985) de Woody Allen. En ambas tenemos a protagonistas desencantadas con su vida y que acaban tan obsesionadas con una película que son incapaces de distinguirla de la realidad. Pero el tono y las intenciones de los Zellner no tiene nada que ver con el de Woody Allen.

Aquí lejos de ofrecernos una oda a la cinefilia se nos muestra a una joven con una vida tan insípida y solitaria que la idea del tesoro de Fargo acaba siendo su única vía de escape y, en última instancia, su obsesión. El filme refleja muy bien el choque entre las metas que nos quiere imponer la sociedad (en este caso que Kumiko consiga ascender laboralmente y se case) y esos peculiares mundos interiores que se forman ciertas personas y que siguen unas normas y unan lógica totalmente ajenas al resto de la sociedad.

En el caso de Kumiko, el guion refleja muy bien cómo esa fijación con el tesoro le hace perder el sentido de la lógica, hasta el punto de que muchos de sus actos no tienen sentido: su intento de robar un libro con el mapa de Dakota del Norte de una biblioteca en vez de simplemente fotocopiar o arrancar la página que le interesa, el viaje a Estados Unidos con la tarjeta de crédito de su jefe como única fuente de dinero sin tener en cuenta que tarde o temprano será probablemente anulada, su decisión de abandonar el autocar a medio camino por no querer esperar a que la avería sea reparada aun cuando eso implica hacer una larga caminata por la nieve y seguramente llegar más tarde a su destino, etc. Kumiko tiene esa extraña fijación propia de los niños pequeños que les lleva a ir directos a su objetivo sin pensar en la forma más adecuada de conseguirlo, algo que encaja mucho con una persona dispuesta a viajar a Dakota del Norte para encontrar un tesoro que ha visto en una película.

Sea de forma premeditada o no, la película tiene en común con el cine de los Coen el transmitir cierta sensación de extrañeza, ese tipo de escenas que parece que van a desembocar en un gag pero al final no acaban haciéndolo y prefieren quedarse en un extravagante punto intermedio. Su primer encuentro con otras personas a su llegada a Estados Unidos de hecho no puede ser más Coen: un hombre y un anciano de peculiar apariencia le ofrecen información turística, el anciano tarda un buen rato en lograr desplegar un plano gigantesco y su compañero se enreda en un extraño diálogo sobre su oscuro pasado y los hare krishna. También el tipo de personajes que va encontrando en su viaje en busca del tesoro (como la anciana que le recoge y la lleva a su casa o el taxista sordo) están excelentemente perfilados y me recuerdan a los típicos personajes secundarios que tan bien se le dan a los Coen.

Pero no nos enredemos hablando de los hermanos que no tocan. Más allá de las deudas con el cine de los Coen, los Zellner logran dar forma aquí a una película interesantísima, plagada de tiempos muertos llenos de significado, con un uso muy inteligente del sonido (véase esa escena de la cafetería en que se ha citado a regañadientes con una amiga pelmaza, en que el sonido de una cafetera acaba reflejando su estado mental a punto de estallar que le lleva a salir corriendo de ahí sin dar explicaciones) y una galería de secundarios que le da un colorido extra (aparte de los ya mentados debe añadirse el compasivo oficial de policía – interpretado por el propio director de la película – e incluso la madre de la protagonista, a la que nunca vemos pero sí escuchamos).

Kumiko, the Treasure Hunter parte de una leyenda urbana para hacer un relato sobre el poder de fascinación del cine, capaz de dar un cierto sentido a una vida vacía como la de Kumiko, que ha encontrado más respuestas a su futuro en una película de ficción que en los consejos y propuestas que le hacen las personas que le conocen. Puede que el camino que emprenda realmente no lleve a nada, pero como le dice en cierto momento a su jefe, todos debemos seguir nuestro propio camino, y si el suyo ha de ser morir congelada en la nieve en busca de una maleta inexistente, que así sea.

 

6 comentarios

  1. Lo primero y como siempre, muchas gracias por descubrirme pelis. Ya mismo está en la cola de disfrute.
    Al leerte me he acordado de la última vez que vi Una historia verdadera hace unos años. Como soy ciclista aficionado cuanto acabé de verla hice la ruta que recorre el bueno de Alvin Straight en su cortacésped en una web de las que usamos para diseñarlas ciclistas y senderistas. Creo que no me la guardé, pero recuerdo que salían unos 400 kms casi totalmente llanos. Por supuesto que la recorreré cuando tenga tiempo, ganas y presupuesto para irme a EEUU con la bicicleta.
    Muchas gracias

    1. Qué bueno, ¡qué gran idea! Aunque me temo que cuando llegues al final no tendrás a Harry Dean Stanton esperándote. Me encantan estas ideas que cruzan ficción cinéfila con realidad.

      ¡Un saludo!

  2. Pues anoche mismo la vi (y no pude resistirme a continuar la sesión con vuelta a Fargo… ) y quería comentarte mis impresiones. Aunque la película me ha gustado y la recomendaría sin dudarlo, debo decirte que Kumiko, el personaje, se me ha hecho un poco antipático. Entiendo todo lo que hay detrás de ella, la desgarradora soledad, la ausencia de rumbo, su identidad disuelta en una masa que ni ella comprende ni la comprende a ella, pero, la verdad, me costaba quererla. Y a los personajes hay que quererlos.

    Hay una tendencia en el cine de este siglo a construir personajes complejos o atormentados convirtiéndolos en sujetos parados e inanes, estatuas de sal que creen que merecen algo haciendo sin embargo muy poco por los demás. No sé cómo expresarlo y tampoco creo que merezca mucho comentario, pero es algo que me enerva un poco. Creo que lo que me ha pasado con Kumiko es que aún me dura el mal recuerdo de ver hace unos días una de las pelis candidata a los Óscars este año (yo es que lo flipo cómo está el nivel), Sound of metal, que trata de un chaval que se queda sordo y ya está. Se angustia, se queja, pero no hace nada. Es un ser aburrido e inútil que ni aporta ni agradece. Además es una película que me pareció horrorosamente aburrida, lamentable desde el punto de vista cinematográfico y monocorde, así que la pobre Kumiko ha pagado los platos rotos, porque es en cierto sentido precursora del chaval sordo.

    Qué distinto me parece Alvin Straight, ya que lo mencionamos. También un hombre con una misión estrafalaria, pero qué diferencia. Esos son los héroes que me gustan: los que transforman a otros con su ejemplo, los que actúan, los que persiguen y trabajan, los que usan lo que saben. Me han entrado ganas por cierto de volver a recorrer con él las planicies de Iowa una vez más ( y van…) cuando lo haga de nuevo volveré a trazar la ruta y te la dejaré por aquí.

    Un abrazo

    1. Vaya, no pensaba que la verías tan pronto, ¡celebro que te haya sido interesante! Sobre el personaje de Kumiko yo te digo que a mí sí me es abiertamente antipática (normal por otro lado, no hace nada por ganarse nuestras simpatías) aunque eso no hace que me resulte molesto o que no disfrute del visionado. Pero eso es algo muy personal y no tengo nada que objetar a lo que dices, a veces por algún motivo conectamos con los personajes incluso aunque no nos caigan bien, y a veces tenemos nuestras manías, como en tu caso ese tipo de personajes inanes, aunque en este caso creo que Kumiko es más interesante que el otro que comentas por la forma tan obcecada y obsesiva de perseguir un propósito tan estúpido.

      Alvin Straight obviamente ya es otra cosa, de hecho me parece un tipo de héroe de carácter más clásico, con esa cabezonería entrañable. Y ahora que lo dices, hace siglos que no revisiono esa película, sirva este comentario para ver si le pongo remedio, que además la tengo en DVD.

      Un abrazo y gracias por tu comentario, muy interesante como siempre.

  3. Como siempre me ha encantado leerte, y también los comentarios posteriores. Y hay unas líneas de tu texto que abren, efectivamente, el paso a un tema apasionante: “Tengo la impresión de que el cine no ha explotado lo suficiente el potencial de la obsesión que pueden generar ciertas películas en algunos espectadores, sobre todo en la era del vídeo (y ya no digamos internet)”.
    Tal y como demuestras en esta película, que no he visto, es un muy tema jugoso. Y me ha hecho recordar dos películas que en cierta medida exploran este potencial. Una película de ficción y un documental para disfrutar de esa locura cinéfila en la que el cine puede envolver las vidas de los espectadores. La película de ficción es REBOBINE, POR FAVOR (Be Kind Rewind, 2008), de Michel Gondry. Y el documental Desenterrando Sad Hill, de Guillermo de Oliveira.

    Beso
    Hildy

    1. Magníficas ambas películas, cada una a su manera, sobre todo porque ambas muestran muy fielmente el cariño que siente el cinéfilo hacia el cine y la relación tan especial que establece con ciertas películas.

      Un saludo.

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