La Mujer sin Alma [Craig’s Wife] (1936) de Dorothy Arzner

¡Qué película tan curiosa es La Mujer sin Alma (1936)! Fíjense en cómo empieza. Lo primero que vemos después de los créditos es un llamativo primer plano del rostro de una criada (la magnífica secundaria de oro Jane Darwell) llamando la atención a otra criada porque ha movido un jarrón levemente de sitio, algo que según parece podría enfurecer terriblemente a la señora de la casa, Harriet Craig, cuando regrese de visitar a su hermana enferma. Seguidamente vemos al hombre de esa casa, Walter Craig, cenando con su tía y comentándole que se va a ir a jugar a póker con unos amigotes. Y, qué cosa tan extraña, la tía en vez de reprocharle que vaya a hacer algo así (que es lo que uno esperaría), ¡le anima a que vaya!

Craig llega a casa de su amigo (otro secundario de oro, Thomas Mitchell) y ahí se sucede un extraño drama. El resto de invitados a la partida de póker le han dado plantón, y su mujer parece que va a salir a divertirse con una amiga dejando a su marido plantado, algo que le deprime profundamente (más tarde descubrimos que la amiga en realidad es un amante). Posteriormente sabremos que esta subtrama tiene una incidencia mínima en el global del filme, lo cual hace que sea bastante peculiar que la cinta se detenga un buen rato en la conversación entre ambos amigos, como si este conflicto fuera a tener un mayor desarrollo cuando en realidad no es así.

Saltamos sorpresivamente a una escena que es puro melodrama: una mujer mayor hospitalizada y su hija llorando en su regazo. De momento desconocemos su identidad o conexión con el resto de personajes. Aparece una bonita mujer elegantemente vestida que descubrimos que es la famosa señora Craig (una excelente Rosalind Russell), quien convence a su sobrina (la chica que estaba llorando) para que se vaya con ella a su casa y deje descansar a la enferma. En el viaje que hacen en tren, la señora Craig descubre sus cartas a su sobrina y al espectador, y por fin empezamos a entender un poco el gran tema de la película. Al parecer su sobrina está prometida con un profesor del que está enamorada, y la señora Craig le reprocha esos romanticismos y reconoce que está con su marido por conveniencia y no por amor; es su forma de haberse asegurado una casa y una estabilidad económica. Pero esperen, por si no tenían suficiente, el guion añade otro hilo argumental: el prometido en cuestión no logra ponerse en contacto con la muchacha, y como la señora Craig obstaculiza todo intento de que los enamorados hablen decide ir en persona a ver qué le ha sucedido.

Toda esta explicación detallada de los primeros 15 minutos de La Mujer sin Alma es para constatar lo curiosa que resulta su forma de plantear la historia, desarrollando varias subtramas diferentes sin dejarnos claro cuál es su vínculo entre ellas, para luego ir poco a poco cruzándolas; algo aún más llamativo cuando el filme dura solo 75 minutos. Pero para mí este inicio aparentemente sin rumbo es ya un gran aliciente inicial, como si el guion no escogiera el camino más directo sino que prefiriera divagar hasta de repente toparse con el principal conflicto.


Y con la llegada de la señora Craig y su sobrina a casa entendemos enseguida cuál es el meollo de la cuestión, que es ni más ni menos (hablando en plata) que la susodicha mujer es uno de los personajes más antipáticos que uno se pueda echar en cara. Controla su casa con tal minuciosa obsesión por el orden y la limpieza que es difícil sentirse cómodo allá (fíjense incluso en detalles como reprochar a su marido que se siente a hablarle en la cama y pedirle que lo haga en una silla: las camas son para tumbarse, y las sillas para sentarse, hasta ahí llega su enfermiza fijación por el orden), se muestra tan arrogante y exigente con las criadas que en la oficina de contratación de servicio doméstico no saben ya cómo satisfacerla, se siente molesta por el hecho de que la tía de su esposo haya tenido una visita (la inofensiva vecina de al lado con su nieto) y, lo más extraño de todo, ¡es enfermizamente posesiva con un marido al que no ama! Buena parte de la experiencia de ver La Mujer sin Alma consiste literalmente en odiar profundamente cada pequeño acto de Harriet Craig, que muy inteligentemente no se nos muestra como una mujer abiertamente hostil (por ejemplo como una Bette Davis en esos magníficos melodramas en que hace de mujer dura), sino que esconde todas sus manías y su comportamiento dictatorial bajo una hipócrita apariencia de ama de casa preocupada por el bien de su marido y del hogar.

¿Qué aliciente nos ofrece pues esta película aparentemente sustentada en una personaje monolíticamente negativo? La clave está en un breve comentario de Harriet en uno de los pocos momentos en que baja la guardia: su madre pasó grandes penurias porque su marido se echó una amante en la cual se gastó todo su dinero, dejándola a ella y a sus hijas literalmente sin casa. Todo el comportamiento de Harriet se sustenta en ello: es una forma defensiva de evitar acabar como su madre. De ahí viene pues su obsesión porque su marido no tenga contacto con otras mujeres y por entender su casa como un santuario que debe quedar impecable y al que no deja acceder a gente de fuera, cualquier extraño es susceptible de perturbar ese hogar que tanto esfuerzo le ha costado. Resulta curioso pues el triste papel que tienen los maridos en esta película: un Walter Craig embobadamente enamorado de su mujer que se deja manipular como un niño, o su amigo pidiendo patéticamente a su esposa que se quede con él a pasar la noche, en un auténtico cambio de roles respecto a lo que sería lo habitual. En ese contexto, la manipuladora Harriet justifica sus artimañas por el hecho de que una mujer sin apenas recursos no tiene otra forma de hacerse con un hogar y una vida estable. ¿Qué otra opción hay? ¿Casarse por amor y exponerse a que su marido la abandone por otra?

Es cierto que se hubiera agradecido que la película profundizara en esa idea tan interesante que nos ayudaría a comprender mejor a Harriet y que a cambio se suprimiera alguna de las subtramas (la de la sobrina y su prometido de hecho podría haberse recortado perfectamente), pero también es cierto que en una obra realizada en el Hollywood del sistema de estudios difícilmente se profundizaría en el lado más feminista de la trama. A cambio, el tramo final opta previsiblemente por enfatizar el elemento más puramente melodramático, muy bien mostrado por Dorothy Arzner en la escena en que la protagonista finalmente se queda sola en la casa y se mueve extrañada en ese espacio que al final ha logrado para ella (¡y sin poder evitar, ni siquiera en este momento tan dramático, mover ligeramente dos jarrones de sitio para que estén como ella quiere, un detalle soberbio de guion!).

Lástima de ese letrero final que intenta innecesariamente recalcar el mensaje de la película, poniendo más el peso en el egoísmo del personaje y en la idea de que ha recibido su merecido, pero aun así se trata de una interesante pequeña rareza muy bien sostenida por un excelente trabajo de realización de Dorothy Arzner (la única mujer directora que quedaba en Hollywood en aquellas fechas), que se sustenta la dirección de actores, especialmente la sobresaliente actuación de Rosalind Russell. Es de esos filmes que, bajo la apariencia de otro melodrama hecho en un gran estudio, esconde una película llena de matices por descubrir.

4 comentarios

  1. Qué casualidad, pues estoy ahora mismo con dos películas de esa realizadora del Hollywood dorado que fue Dorothy Arzner. Dos películas que me están gustando un montón, y que no había tenido oportunidad de verlas hasta ahora. Preparando además ilusionada un nuevo texto.

    Todo lo que he visto hasta ahora de esta directora me ha interesado mucho: la película que hoy analizas me gustó por varios motivos, y sobre todo por cómo la casa de Harriet Craig se convierte en un personaje más, y complementa la personalidad compleja de su protagonista. Rosalind Russell está magnífica como protagonista. Además esa película me hizo descubrir otra: el remake que hizo Vincent Sherman en 1950 con una Joan Crawford en su salsa (que por cierto también trabajó con Arzner). Me refiero a La envidiosa (Harriet Craig).

    De Arzner me gustó muchísimo «Tuya para siempre» (Merrily we go to hell, 1932), una película pre code con una relación compleja entre sus protagonistas Joan y Jerry. Y con una frase de esas que no se olvidan: “Prefiero ir alegremente al infierno contigo, que ir sola”. Fredric March y Sylvia Sidney están maravillosos.

    Beso
    Hildy

    1. Es que Dorothy Arzner es una cineasta muy interesante más allá del hecho de ser la última mujer directora que hubo en el cine clásico hasta la llegada de Ida Lupino muchos años después. Merrily we go to hell es también muy interesante y se nota ese espíritu pre-Code de mostrar cómo la pareja protagonista se autodestruye sin tapujos. Y tengo mucha curiosidad por las otras dos que has mencionado, me esperaré a ver cuándo publicas tu texto sobre ellas.
      Desconocía el remake, realmente es un papel muy tentador para una actriz fuerte como la Crawford. Las películas que hacía Arzner eran de las que normalmente daban oportunidad a las actrices a lucirse ante la cámara.

      Un saludo.

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