
A estas alturas, tras haber visto un número considerable de películas de la amplia filmografía de Mikio Naruse y no quedándome ya ninguna de sus obras consideradas imprescindibles, he llegado a un punto en que a veces opto sencillamente por ver alguno de sus filmes al azar. Una de las grandes bendiciones que nos ha aportado internet es el poder navegar prácticamente sin límite por las filmografías de cineastas tan prolíficos como Naruse, sin depender ya de cuáles de sus películas existen en DVD. Y eso quiere decir que por tanto uno puedea pensar un aburrido viernes noche: «Bah, voy a ver una película de Naruse que no conozca de los años 30. Cualquiera. La primera que se me presente«. La mayoría de veces me he topado con películas menores, como esperaba, pero hasta ahora ninguna que considere mala. Y eso que soy consciente de que es matemáticamente imposible que un hombre que rodó tantas películas no tenga alguna realmente floja. Pero de momento siempre he encontrado al menos algún detalle o aspecto interesante en todo lo que he visto suyo, incluso en obras más rutinarias. No descarto sin embargo que simplemente aún no se me hayan cruzado algunas de sus películas más flojas.
Muy de vez en cuando me llevo alguna sorpresa agradable. Un filme del que no tenía ninguna referencia, que he visto por puro azar y que me ha acabado pareciendo una obra más que reseñable. Es lo que me ha sucedido con Tsuruhachi y Tsurujiro (Tsuruhachi Tsurujirō, 1938), que trata sobre dos artistas musicales que actúan como dúo: él, Tsurijirō, es el cantante y ella, Tsuruhachi, toca el shasmisen. Ambos se conocen desde niños porque la madre de ella, una gran artista, les enseñó todos los secretos de su arte. Con su mentora fallecida, los dos consiguen un gran éxito allá donde actúan pero su relación está siempre plagada de tensión: a veces él le reprocha a ella que no ha tocado suficientemente bien, pero ella no está de acuerdo. En paralelo a sus continuas discusiones, en que se prometen no tocar juntos y luego vuelven a reconciliarse, Tsuruhachi se plantea casarse con un admirador, el acaudalado y dócil Matsuzaki.
De las muchas cualidades que hacen de Tsuruhachi y Tsurujiro una película tan estimable creo que la que sobresale por encima de todas es la magnífica química que hay entre sus dos protagonistas, la actriz Isuzu Yamada (no tan recordada como otras grandes actrices japonesas de la época pero con una filmografía envidiable en la que ha colaborado con prácticamente todos los grandes maestros) y Kazuo Hasegawa (con una carrera muy prolífica y al que yo recuerdo sobre todo por tener el mérito de haber interpretado el mismo personaje en dos versiones de una misma historia con 28 años de diferencia: las dos versiones de La Venganza de un Actor). Ambos logran muy eficazmente mostrar en pantalla esa compleja relación de amor-odio que caracteriza el trabajo de tantos artistas: esa buena química y entendimiento mutuo que luego, entre bastidores, choca con los egos y orgullos de cada uno. Y lo que más me sorprendió gratamente es que ella es tan fuerte y testaruda como él.
Aunque probablemente simpatizaremos más con la mujer del dúo, Naruse consigue que ambos personajes estén tan bien definidos que nos resulte comprensible el punto de vista de cada cual (aunque no estemos de acuerdo, insisto) y el por qué cada uno se niega a transigir ante el otro. Es en ese sentido una de esas películas que consigue reflejar a la perfección lo complejas que son las relaciones artísticas, el cómo a veces esos artistas que no se soportan en la vida real tienen una química especial una vez juntos (véase el caso de Fred Astaire y Ginger Rogers) o lo inevitable que acaba resultando que surja un enamoramiento entre dos personas que pasan tanto tiempo juntas colaborando codo a codo. De hecho cuando Tsuruhachi se plantea casarse con su pretendiente nos surge la duda sobre si realmente hay algo más entre ella y su compañero de escena, o si su relación es estrictamente profesional. Y lo genial del trabajo de Naruse y los dos actores es que dejan entrever esa posibilidad durante la primera parte del filme sin hacerlo explícito, dejando al espectador con la misma duda que sienten los dos integrantes del dúo respecto al otro.
También es un filme que muestra otra idea muy interesante y es el cómo a veces la elección más acertada objetivamente (al menos en la teoría) no es la que nos hace más felices. Matsuzaki es un partido tan intachable (dócil, totalmente exento de celos, adinerado, extremadamente amable) que resulta absurdo que Tsuruhachi dude entre él y el más irritable Tsurujiro. Y no obstante es así, y de nuevo Naruse nos transmite la idea con esa sutileza que le caracteriza, sin necesidad de hacer de Matsuzaki alguien más aburrido o con algún punto negativo oculto que nos facilitaría las cosas para que entendamos mejor por qué a ella no le convence del todo.
Es éste un Naruse quizá algo atípico por la temática pero que no obstante tiene muchos elementos típicos de su cine. Esa nostalgia hacia un pasado que se derrumbó por una serie de situaciones que, vistas en perspectiva, ahora parecen superfluas. Esa melancolía al darse cuenta de las decisiones equivocadas que ha tomado uno y que ya no tienen solución. Esa tristeza resignada ante un presente poco satisfactorio que, no obstante, los personajes se ven incapaces de corregir (y no porque eso sea imposible, que es lo que lo hace más doloroso aún, sino por su forma de afrontar sus situaciones personales).
No es uno de los Naruse más vistosos que encontrarán pero yo veo en él destellos de esa magia que hace de su cine una experiencia tan especial. Hay pequeños detalles de dirección magníficamente resueltos sin ser muy vistosos (la tensa charla entre los protagonistas cuando pasean en el campo en que Naruse va uniendo y separando a los dos personajes en planos distintos o poniéndolos de frente o de espaldas en función de cómo va evolucionando la conversación), y otros muy característicos suyos como ciertas elipsis en que se evita lo que teóricamente debería ser el centro de la acción para dar más énfasis a lo que le interesa a Naruse (cuando se vuelven a reunir no asistimos a su primer ensayo sino que el director prefiere que veamos cómo se tratan con cierta cortesía distante que, no obstante, no oculta que sigue habiendo un vínculo entre ellos).
Definitivamente sin acercarse a la categoría de sus mayores logros o de sus muchas joyas ocultas, Tsuruhachi y Tsurujiro me parece un filme notable, excelentemente resuelto por el cineasta y el dúo protagonista que además nos ofrece uno de esos finales de sacrificios catárquicos tan del gusto de muchos cineastas japoneses pero sin excederse, siempre con ese tono reposado y sensible que caracteriza su cine. Lo único que se le podría reprochar es que no explore más a fondo el mundo del espectáculo en que se mueven los protagonistas, pero está claro que ésa no esa la prioridad de su autor y para eso ya tenemos otras obras como, sin irse muy lejos en el tiempo, la magistral Historia del Último Crisantemo (Zangiku monogatari, 1939) de Kenji Mizoguchi.
Este blog ha sido posible durante todos estos años gracias al apoyo incondicional de todos nuestros lectores, a quienes no podemos estarles suficientemente agradecidos por su fidelidad. Si les gustó este post pueden también invitar a este Doctor a un café para ayudarle a mantener este humilde rincón cinéfilo.




Hola Doctor,
uno de los motivos por los que estoy con ganas de terminar con mi especial de Ozu es que tengo muchas ganas de pegarle una buena dentallada a la filmografía de Naruse, porque aún me quedan muchas por ver incluso entre las que «hay que ever». Me apunto esta, que seguro que me va a gustar.
Me pregunto si lo que comenta de las parejas artísticas lo saca también de su experiencia personal con el Doctor Caligari. Ya sé que pertenecen a dimensiones diferentes pero…
Saludos!
Querido Manuel,
El cine japonés clásico es un pozo sin fondo, lo cual es una gran noticia pero también implica esa sensación que tiene usted de estar disfrutando de ese magnífico repaso a la filmografía del Ozu al mismo tiempo que está deseando volver con Naruse. Es la parte buena de estos tiempos, que tenemos todo a nuestro alcance y no damos abasto.
Sobre mi colega el Doctor Caligari y yo, tenemos una cordial relación profesional basada en el respeto y en el temor a que el otro lance una bomba nuclear sobre la guarida del otro el día más insospechado. Es por ello que mantenemos una saludable distancia y procuramos no inmiscuirnos en el terreno del otro más allá de lo necesario. De momento nos está funcionando…
Un abrazo.