Sam Taylor

La Pequeña Vendedora [My Best Girl] (1927) de Sam Taylor

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La Pequeña Vendedora es un film a tener en cuenta de entrada por ser la última película muda que protagonizaría Mary Pickford. La “novia de América” fue la actriz más popular de la era muda del cine y una de las más grandes estrellas de las primeras décadas de Hollywood, pero también acabaría siendo uno de esos muchos ejemplos de actores mudos que no consiguieron prolongar su carrera durante el sonoro. No obstante, en su caso el problema no fue su incapacidad de adaptarse a la novedad del sonido ni que el público no aceptara su voz – de hecho su primer film sonoro, Coquette (1929), fue todo un éxito – sino algo completamente distinto, y es que Pickford por entonces tenía más de 30 años.

Su personaje prototípico que la había hecho tan famosa de joven-adolescente ingenua y adorable ya no encajaba con una fisonomía que dejaba bien claro que Pickford ya hacía tiempo que había pasado esa edad. Que uno de los últimos proyectos que tanteara fuera una versión de Alicia en el País de las Maravillas ya es bastante significativo, pero la astuta Pickford se dio cuenta a tiempo y se retiró elegantemente de las pantallas a principios de los años 30.

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Volviendo al film que nos ocupa, La Pequeña Vendedora fue además una de sus mejores películas. Una encantadora comedia clásica que ya denotaba algunos rasgos de las screwball comedies que tan populares se harían en la década siguiente pero manteniendo esa adorable ingenuidad de la era muda tan asociada a Pickford. El argumento juega con esas confusiones típicas del género y con la infalible premisa romántica de chico rico enamorado de chica pobre: en este caso Maggie, la humilde dependiente de unos grandes almacenes, conoce al hijo del propietario, Joe Merrill, y ambos se enamoran instantáneamente… pero él no le desvela su identidad.

A partir de aquí, el guión juega inteligentemente con las confusiones de identidad y los contrastes, especialmente entre las dos familias: la elegante y estirada familia de Joe en contraste con la alocada y cómica familia de Maggie que parece sacada de una comedia de Frank Capra.

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Aunque Pickford no dirigía sus películas, tenía suficiente poder como para controlar todas las que protagonizaba, vigilando estrechamente todo el proceso de producción de sus obras. Por ello, el material resultante es intachable, con un guión muy inteligentemente construido – además de estar escrito expresamente para el tipo de personajes que ella interpretaba – y una ágil realización del profesional Sam Taylor, experto en comedias que había realizado algunos de los mejores trabajos de Harold Lloyd.

El film, con su sencilla premisa y su corta duración, sigue funcionando hoy día manteniendo su encanto y su sentido del humor. Pese a que Pickford era una de las más grandes estrellas de la época, sabía perfectamente que a menudo una película modesta y bien acabada era igualmente un vehículo perfecto para su lucimiento propio y un éxito de taquilla asegurado. En este caso como mínimo no se equivocó.

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El Tenorio Tímido [Girl Shy] (1924) de Fred C. Newmeyer y Sam Taylor

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Una de las películas más bonitas que he visto y, en mi opinión, la mejor obra de Harold Lloyd junto a El Hombre Mosca (1923). A diferencia de otras de sus películas más míticas, El Tenorio Tímido no es una comedia pura sino más bien una tierna historia de amor adornada con un pequeño surtido de gags cómicos. La premisa es aplastantemente sencilla: Harold es un joven que vive en un pequeño pueblo y que es enfermizamente tímido con las mujeres hasta el punto de ser incapaz de relacionarse con las chicas del pueblo o poder dirigirles la palabra sin tartamudear. En una especie de intento por compensar esa incapacidad, Harold se dedica a escribir un libro en que relata sus imaginarias aventuras amorosas con una serie de mujeres de todo tipo. Cuando se dirige en tren a la ciudad para llevar su manuscrito a un editor, Harold conocerá a Mary, una simpática joven de familia elegante. En el trayecto ambos se enamorarán pero no se atreverán a manifestar abiertamente sus sentimientos, sobre todo Harold, que no quiere pretenderla hasta que sea un hombre de provecho a la altura de la posición de ella.

Uno de los primeros aspectos que cabe resaltar del film es que en esta obra ya notamos que tanto Harold Lloyd como los directores Fred C. Newmeyer y Sam Taylor dominaban ampliamente el lenguaje cinematográfico y aspiraban a crear algo más que una simple comedia. No se contentaban ya simplemente con elaborar una serie de gags efectivos sino que podemos observar un trabajo de realización bastante más trabajado que el de una película cómica del montón. Una de las mejores muestras de ello es la escena en que Harold se imagina sus episodios amorosos con una vampiresa y una chica a la moda, escenas tratadas con muchísima gracia reflejando los tópicos relacionados con ambos estereotipos y excelentemente recreadas (por ejemplo, es fantástico el tipo de ambientación que envuelve la escena de la vampiresa y cómo Harold se sirve de ésta para crear gags).
También resulta muy destacable ese trabajo en la romántica escena campestre, que consigue resultar divertida sin romper la ambientación tan idílica que rodea a la pareja protagonista (impagable cuando Harold busca un lugar acogedor con el que sentarse con Mary). En otras palabras, consigue el objetivo general de la película: conmovernos con la historia de los protagonistas sin dejar de ofrecernos pequeños gags que hacen que el romance no se haga demasiado empalagoso.

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El guión es otro de los puntos fuertes de esta película por la forma como se nos cuenta la historia que nos lleva de una situación a otra con toda fluidez y por el inteligente uso de diversos recursos como objetos para darnos a entender lo que piensan los personajes. El mejor ejemplo de ello es la caja de galletas de perro y la de bombones, que aparecen en todo el film y tienen un fuerte significado. La primera vez que se encuentran en el tren él consigue de ella una caja de galletas de perro y ella una caja de bombones que Harold compra por accidente. A lo largo del film ambos personajes recurrirán a estos objetos para recordar a su ser amado, lo cual no está exento de comicidad (sobre todo en el caso de la divertida caja de galletas con un feroz bulldog dibujado en el paquete) y que sirve como parodia de las tópicas historias románticas en que la pareja guarda como recuerdo algo como una flor, un mechón de pelo o un bello pañuelo.

El momento más doloroso y dramático es cuando Harold decide romper con ella porque nunca será un hombre de provecho (la típica decisión que uno se supone que toma desinteresadamente “porque la ama demasiado” pero que en realidad acaba siendo una estupidez) y le hace creer que para él su relación no era más que otro de sus muchos ligues. Más adelante no será casual que para darle a entender su traición decida comprar a otra mujer una caja de bombones de la misma marca que él le compró antes en el tren (curiosamente, luego le quita la caja a su nuevo ligue y se escapa corriendo, como si no pudiera soportar el hecho de comprarle los mismos bombones a otra). Mary, desconsolada, destrozará la caja de bombones de su amado Harold y aceptará casarse con su estirado pretendiente, pero más adelante sabremos que ella sigue amándole cuando veamos cómo intenta reconstruir la caja. Este tipo de sutilezas, tan propias de las comedias clásicas de Hollywood, me encantan y resultan sumamente efectivas para dar más fluidez.

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Y finalmente, por si alguien se había olvidado de que estamos hablando de una comedia, pasemos a los aspectos humorísticos. A estas alturas no creo que haga falta mencionar la destreza de Harold Lloyd para elaborar divertidas situaciones y su detallismo para hacer que cada gag sea absolutamente perfecto y lo más efectivo posible. En ese sentido la escena inicial en el tren en que tanto Mary como Harold intentan esconder el perrito de ella del furioso revisor resulta divertidísima, así como el inteligente uso del tartamudeo de Harold, que aparece a lo largo de todo el film y sirve para dar pie al gag final.

Sin embargo, si por algo destaca El Tenorio Tímido en lo que a comicidad se refiere, es por su frenética carrera final a contrarreloj para impedir que ella se case con su pretendiente. Una escena de 25 minutos en la que Lloyd vuelve a combinar a la perfección comicidad y suspense como ya hizo en El Hombre Mosca. En esa larga carrera, Harold emplea todos los medios a su alcance para irrumpir en la ceremonia antes de que sea demasiado tarde: coches, motos, caballos e incluso un tranvía. Gracias a un efectivo montaje en paralelo, se consigue mantener el suspense en todo momento al mismo tiempo que se nos hace reír con los numerosos gags que aparecen en su carrera (como cuando Harold coge un coche que transporta ilegalmente bebidas alcohólicas, una divertida concesión a la época) y que acaban culminando en su espectacular entrada en la iglesia.

Con El Tenorio Tímido, el equipo formado por Harold Lloyd, Fred C. Newmeyer y Sam Taylor llegaron a su plena madurez y demostraron que dominaban no sólo el slapstick sino el medio cinematográfico a la perfección. Maravillosa.

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