Aleksandr Dovzhenko

Ivan (1932) de Aleksandr Dovzhenko

Después de haber filmado una de las obras maestras más hermosas de la era muda, Tierra (1930), Dovzhenko irónicamente se encontraba en una situación muy conflictiva. Aunque la película fue aplaudida unánimemente en el exterior, ésta no gustó al régimen soviético, que empezó a presionar duramente al director ucraniano para que se adaptar a lo que realmente se le pedía y se dejara de cantos a la naturaleza.

Su siguiente proyecto, Ivan (1932), tenía que ser una obra más convencional que en este caso celebrara las bondades de la industrialización de Ucrania a través de la historia de unos campesinos que colaboraban en la construcción de una monumental presa en el río Pnieper. Pero de nuevo el incorregible Dovzhenko no pudo evitar tirar buena parte del metraje hacia su terreno, llenándola de ambigüedades y experimentos con el montaje y el sonido (se trataba de su primera película sonora). Sería una de las últimas ocasiones en que se podría permitir ese lujo.

De entrada debo decir que, a excepción de la magistral Tierra, tengo la impresión de que en las obras que he visto de Dovzhenko se alternan momentos absolutamente sublimes con otros que no acaban de funcionar – algo para mí especialmente visible en una de sus películas más importantes, Zvenigora (1928). En el caso de Ivan es más que palpable esa contraposición, sobre todo cuando el film parece ir basculando entre el estilo poético y transgresor típico de Dovzhenko y la propaganda soviética convencional. De hecho para mí la historia va claramente de más a menos, comenzando de forma absolutamente prometedora con esos bellos planos del río que nos hacen esperar una segunda parte de Tierra en cuanto a estilo y temática.

Al igual que sucedía en su anterior obra, Dovzhenko se recrea en el paisaje y nos regala esos planos tan característicos en que el cielo cubre la mayor parte de la pantalla; y al igual que en Tierra, la forma que tiene de contar la historia puede resultar algo confusa en los primeros visionados, al añadir cortes súbitos e inesperados entre diferentes espacios o situaciones: de esos planos del río se nos lleva a una charla en que un orador anima a los campesinos a unirse a la industrialización, y de ahí a una serie de planos individuales de campesinos opinando sobre el tema. Está claro que Dovzhenko no va a abandonar su forma de contar las cosas.

El protagonista es el joven Ivan (aunque, para hacer todo más confuso, hay otros personajes que también se llaman así), un campesino voluntarioso que participa junto a su padre en la construcción de la presa. En una de las escenas más extrañas de la película, Ivan trabaja duro construyendo unas vías y seguidamente todos le aplauden por el buen trabajo hecho. Pero la sorpresa llega cuando de repente oímos la voz de uno de los jefes echándole en cara el mal trabajo que ha hecho y de ahí un par de planos nos devuelven a la realidad: lo que hemos visto antes era una fantasía del propio Ivan, a quien en realidad están amonestando. Pongámonos en la situación del espectador de la época, no preparado aún para este tipo de juegos de montaje, que se esperaría el típico relato del héroe soviético que da título a la película y de repente se encontraba con esto. El bueno de Dovzhenko se estaba quedando con ellos, ofreciendo primero el clásico relato que todos esperamos (el joven trabajador que se gana la admiración de los demás por su dura faena) para luego defraudar nuestras expectativas. No está mal para ser una película hecha bajo la atenta mirada del gobierno.

Merece destacarse también la forma como Dozhenko maneja el sonido en esta escena, utilizando la voz en off del capataz para romper la fantasía antes de que veamos la realidad, pero la película está plagada de usos muy ingeniosos de esta nueva técnica. En la escena en que un trabajador muere en un accidente y la madre acude junto al cadáver, el director utiliza el silencio absoluto para acentuar la gravedad de la situación. Cuando ésta entonces va corriendo a la oficina a denunciar lo sucedido, Dovzhenko nos satura con una serie de sonidos industriales que remarcan el peligro y caos que supone trabajar en la presa. Se trata de una de las mejores escenas de la película que, ay, se viene abajo en su resolución: cuando la madre llega hasta al encargado, éste se encuentra denunciando por teléfono la falta de seguridad y exige cambios inmediatos. Al oír eso, la madre decide irse sin decir nada: lo importante es que se tomen medidas para que el resto de trabajadores estén seguros, ciertamente una postura muy poco creíble para una madre que acaba de perder a su hijo. Es uno de esos momentos en que el aspecto propagandístico del film gana terreno.

Uno de los personajes más memorables de la película es un pescador holgazán que se dedica a reprochar al resto que se pongan a trabajar. Lo encarna Stepan Shkurat, quien en Tierra interpretaba el inolvidable papel del padre y que aquí, escuchándolo hablar en uno de sus primeras películas sonoras, resulta reconfortante comprobar que tiene el vozarrón profundo que le imaginábamos. Teóricamente su personaje debería encarnar al antagonista, el que se antepone al progreso, pero de nuevo Dovzhenko nada a contracorriente, casi parece que le tenga más simpatía que al aburrido protagonista dotándole de más humanidad y proporcionándole algunos instantes humorísticos. Uno de éstos de nuevo se sirve de la novedad del sonido: por un megáfono alguien se dedica a burlarse de él y éste intenta huir de esa voz que parece omnipresente (más adelante también destruirá una radio, parece que al personaje no le gusta nada ese tipo de innovaciones sonoras). Incluso en un par de ocasiones se dirige directamente a cámara aumentando la complicidad con el espectador. Ciertamente Dovzhenko se estaba tomando muchas libertades.

Pese a estos y otros logros (las escenas de todo el funcionamiento de la maquinaria industrial son apabullantes) la película acaba decayendo en el tramo final cuando la propaganda finalmente se impone al estilo personal del director. Inevitablemente asistimos a muchos discursos, congresos del partido y aprendemos que la moraleja final es una apología a la educación de los jóvenes como Ivan por el bien de la sociedad. Lo cual no impidió que la película no llegara a funcionar en su época y fuera considerada un fracaso. Pero aun aceptando su estilo desigual, Ivan atesora tantos logros y detalles interesantes y demuestra de una forma tan rica la creatividad de su autor, que me sigue costando de entender el absoluto ostracismo en que se encuentra hoy día. Va siendo hora de rescatarla y disfrutar de ella.