Anthony Mann

The Tall Target (1951) de Anthony Mann

En febrero de 1861 el recién elegido presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, se dirigía en tren a Washington para dar inicio a su mandato. Su ruta incluía numerosas paradas donde estaba previsto que diera breves discursos a la gente que acudiera a verle, pero eso conllevaba un pequeño gran inconveniente: como implicaba pasar por numerosos estados que se mostraban abiertamente hostiles a la elección de Lincoln, empezó a surgir en su entorno el temor de que pudiera ser víctima de un complot contra su vida.

Por ello se contrató al célebre detective Allan Pinkerton para velar por la seguridad del presidente a lo largo del trayecto, el cual estuvo tan convencido de la existencia de dicho complot que ordenó cancelar la aparición prevista de Lincoln en Baltimore. En consecuencia todas las personas que se congregaron en la estación para oír a ese célebre orador se llevaron un enorme chasco al saber que éste se había bajado del tren antes de incógnito. Este hecho que no deja de ser anecdótico en realidad dañó mucho la reputación del presidente: la prensa estuvo durante mucho tiempo ridiculizándolo y tildándolo de cobarde por haberse escabullido de esa forma ante una amenaza que muchos creían que jamás existió. Lincoln siempre se arrepintió de este acto de cobardía.

No se preocupen, no se han equivocado y han acabado por error en un blog de historia, pero es importante conocer estos hechos de antemano para situar la trama que nos ofreció Anthony Mann en este magnífico filme de suspense llamado The Tall Target (1951), que especula con la posibilidad de un complot real descubierto por un sargento que, por una milagrosa coincidencia, se llama… ¡John Kennedy! No obstante Kennedy no consigue que sus superiores le tomen en serio y, enfadado, renuncia a su placa de policía y se embarca por iniciativa propia en un tren hacia Baltimore confiando poder detener el magnicidio a tiempo. Pero las cosas no se ponen fáciles para Kennedy: el compañero que había enviado previamente para que le reservara un asiento ha desaparecido, y su única ayuda durante el trayecto será la del Coronel Caleb Jeffers, que viaja en el mismo tren para participar en un desfile pero se muestra escéptico respecto a la existencia de dicho complot.

The Tall Target es un filme que tiene muchas cosas que me gustan: una historia situada en un espacio cerrado que implica concentrar la acción en un tiempo y lugar muy limitados y que, por tanto, precisa de una mayor pericia del director; un complot misterioso con aires muy hitchcockianos (el héroe solo ante el peligro que no consigue que nadie le crea) y un interesante retrato de ese convulso momento de la historia de Estados Unidos, reflejado en las crispadas conversaciones entre partidarios y detractores de Lincoln y cuyo triste desenlace ya conocemos. ¿Les parece poco la idea de un hombre solo intentando desmontar una conspiración a bordo de un tren y con el tiempo en su contra? Pues compliquémoslo aún más: como Kennedy tuvo la impulsiva ocurrencia de renunciar a su placa en la disputa con su superior, debe enfrentarse a esos enemigos sin la autoridad de ser un agente de la ley… ¡y sin pistola! Lo cual lleva a una de las escenas más curiosas de la película en que éste intenta “tomar prestada” un arma de algún pasajero distraído.

Anthony Mann, por entonces más que curtido en el film noir, hace un extraordinario trabajo llevando adelante esta película con pulso firme e incluso se permite algunas piruetas muy ingeniosas con la cámara, como ese plano en que Kennedy camina por un pasillo con expresión especialmente seria y no es hasta que avanza hacia nosotros que entendemos el por qué: alguien le está apuntando una pistola por la espalda. Además, la ausencia de banda sonora durante prácticamente todo la película le da un tono más seco y realista que encaja perfectamente con su tono, y Dick Powell está muy bien como ese protagonista duro y no especialmente simpático (aquí se diferencia claramente del prototipo hitchcokiano) cuya motivación no se empieza a entrever hasta el tramo final, cuando habla de un encuentro espontáneo que tuvo con Lincoln que le dejó impresionado. Resulta muy oportuno el contraste que aporta Adolphe Menjou como hombre maduro simpático, relajado y bon vivant (en definitiva, el tipo de personaje que tan bien se le daba a Menjou) en un tren poblado de personajes más bien crispados y nerviosos, ya sea por el posible complot o por la situación política.

El guion va desvelando sus diferentes giros (algunos fáciles de intuir, otros no tanto, pero en realidad eso es lo de menos) de forma gradual para mantener la tensión, y opta por un desenlace no tan espectacular como uno podría esperar pero sí acorde con el tono de la historia. De hecho uno de los rasgos que más aplaudo de The Tall Target es ser una de esas películas de suspense que, una vez expuesta su atractiva premisa, no se echa a perder dando giros innecesarios o con subtramas menos interesantes (la consabida subtrama amorosa, aquí afortunadamente ausente del todo pese a la engañosa presencia de una de las actrices del reparto en el poster), de modo que uno puede visionarla con el placer que supone disfrutar de una original historia de suspense bien contada de principio a fin. No es poca cosa.

La Colina de los Diablos de Acero [Men in War] (1957) de Anthony Mann

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La Colina de los Diablos de Acero (1957) es un film que representa a la perfección el tipo de cine bélico que suelo preferir: no ofrecer una visión genérica de la guerra sino concentrarse en un suceso concreto, delimitar muy claramente la acción a lo que es realmente el día a día de los soldados. De esta forma es como mejor se refleja el terror del campo de batalla.

La colina de los diablos de acero (6)
El inicio de esta película que nos ocupa es ejemplar: una serie de hombres perdidos en mitad de un campo desierto. Sus rostros sudados y sin afeitar se ven fatigados, y no queda ningún atisbo de heroismo ni de patriotismo. Ni siquiera el Teniente Benson parece muy seguro de su situación ni del plan que se ve obligado a llevar a cabo de trasladar su pelotón a una colina a varios kilómetros de distancia, donde se supone que están instalados los refuerzos.

Y de repente, una imagen casi surrealista: en medio del paisaje surge un jeep con dos pasajeros. Benson les obliga a detenerse y conoce a sus tripulantes: un indisciplinado sargento llamado Montana y un veterano coronel en estado de shock incapaz de hablar o moverse. Montana quiere seguir su camino para poner a salvo al coronel, pero acaba de forma forzada uniéndose a la compañía del Teniente Benson, con el cual tendrá constantes disputas.

La colina de los diablos de acero (1)

Uno de los aspectos que más me gusta de esta magnífica obra del mejor Anthony Mann es que es un retrato casi abstracto de la guerra. Apenas vemos al enemigo, simplemente es un peligro que se manifiesta constantemente y que notamos que está ahí, y apenas se nos presentan escenas de batallas. De hecho aunque se adscribe al género bélico por su temática, es un film que apuesta mucho más por el suspense y que entiende a la perfección que los minutos antes del combate o de enfrentarse a un nuevo peligro son tan importantes a nivel cinematográfico como la escena en sí.

La excelente fotografía en blanco y negro de Ernest Haller tan contrastada le da una estética que enfatiza ese enfoque casi irreal. Se trata de una de esas pesadillas en que uno intenta constantemente llegar a un punto de destino que nunca se alcanza. Seguramente la herencia de su etapa noir ayudó mucho a Mann a dar este enfoque a la película.

La colina de los diablos de acero (2)

Olvídense de estrategias de ataques y gestas heroicas, aquí Mann trata la guerra desde el punto de vista psicológico de unos personajes que solo quieren sobrevivir, no ser héroes. De hecho otro aspecto muy reseñable que lo emparenta más con el cine negro de la época que con el bélico es la terrible ambivalencia de sus personajes.

El Teniente Benson es un hombre desesperanzado que hacia el final no puede evitar reconocer que cree que están perdidos, aún cuando se oculta bajo la máscara de hombre duro. Pero este mismo hombre luego no duda en utilizar a un prisionero de señuelo arriesgando su vida. Y pocos personajes puede haber más ambivalentes que el sargento Montana, que a ratos parece un egoísta para el que los problemas del regimiento son insignificantes, y en otros nos conmueve por su sincera devoción hacia el Coronel que protege. Tan pronto arriesga su vida como amenaza con un arma al Teniente o, peor aún, dispara a tres soldados desconocidos porque cree que son enemigos por pura intuición. Así mismo es el único personaje de la película que parece tener un gran instinto de supervivencia. Mención especial para los dos actores que lo encarnan: Aldo Ray (seguramente el mejor parado de todo el reparto) y Robert Ryan (uno de mis ejemplos favoritos de actores algo limitados que aun así nunca decepcionaban y sabían sacar provecho de sus personajes, todavía no se han escrito suficientes líneas reivindicando la grandeza de este intérprete y de las enormes interpretaciones que sabía hacer bajo esa aparente máscara de rudeza).

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Por otro lado, sorprende que un film con un mensaje tan marcadamente antibélico pudiera realizarse en plenos años 50. Aunque la (terrible, realmente terrible) canción heroica que se oye al final en los créditos intenta darle algo de epicidad a lo que hemos visto, difícilmente puede engañarnos: Mann nos ha mostrado a hombres muriendo por algo abstracto e intangible, no tenemos la sensación de que estén haciendo algo por su país ni de que crean en lo que hacen. La misión suicida final parece haberse llevado a cabo más por inercia y porque no les quedaba otra alternativa que por convicción. El único de todos ellos que parece tener una clara motivación es Montana, y ésta era huir de la guerra con el Coronel.

Aunque está ambientada en la Guerra de Corea, ésta podría ser cualquier otra guerra en cualquier otro lugar del mundo, donde siempre habrá varios hombres dejándose sus vidas por causas o ideales tan absurdos como vacuos.

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