Bryan Forbes

The Whisperers (1967) de Bryan Forbes

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La señora Ross es una anciana que vive sola en una diminuta casa situada en una pequeña ciudad inglesa. Abandonada desde hace años por su marido y descuidada por su único hijo, ha acabado volviéndose senil, escuchando voces que no existen y creyéndose que alguien la está espiando. Sus pocos contactos con la realidad son la beneficiencia, que le proporciona la poca ayuda de la que dispone mientras ésta fantasea con recibir algún día una cuantiosa herencia.

The Whisperers es uno de esos films que demuestran una vez más la riqueza del cine británico más allá de los nombres y movimientos más citados. En ese sentido Bryan Forbes es uno de esos cineastas poco mencionados pero con una carrera más que interesante tras sus espaldas, en la que si uno se anima a rascar puede encontrar bastantes obras notables como Plan Diabólico (1964).

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En la película que destacamos hoy, Forbes se decanta por un realismo sucio, interesado más por captar fielmente la situación de la protagonista antes que ahondar en el melodrama: apenas hay banda sonora y en varias escenas estamos virtualmente en silencio con la anciana (una forma de remarcar su soledad); además la filmación en barrios obreros reales aumenta aún más la sensación de veracidad. La primera parte de la película es sin duda la mejor, enfatizando ese estilo tan seco y centrándose únicamente en el día a día de la anciana.

A medio metraje se produce un inesperado giro con la llegada del marido. Éste aporta un cambio de tono total y el film en este punto deja de ser tan especial al dividir el protagonismo entre ambos cónyuges (siendo además la subtrama de él mucho menos interesante). No obstante, a la larga acaba siendo un cambio de rumbo necesario para insistir en la principal idea de la película: el hecho de que incluso tras haber sido rescatada por la beneficiencia y haber recuperado a su marido, la señora Ross sigue en el fondo estando sola; la incapacidad por parte de ella y los servicios sociales de reencauzar su vida, que sospechamos volverá al punto del inicio del filme.

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Me dejo para el final uno de los elementos absolutamente claves de la película: la veterana Edith Evans. No es que haga una magnífica interpretación, es que la película se sustenta prácticamente en ella. Hace una actuación tan realista que literalmente la anciana cobra vida. Consigue la que es una de las grandes metas de un actor: que seamos incapaces de ver en él al intérprete que da vida a un personaje, que sintamos a la señora Ross como alguien tan real que nos cueste pensar que de hecho es una veterana actriz poniéndose en la piel de un personaje. Los gestos, las miradas, la forma de interactuar con los otros personajes… incluso en los detalles más sutiles Evans consigue que el personaje sea absolutamente auténtico.

Aun sin estar la segunda mitad del metraje a la altura del primero, se trata indudablemente de una de las mejores películas que he visto sobre la vejez y todo lo que representa.

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Plan Diabólico [Seance on a Wet Afternoon] (1964) de Bryan Forbes

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Magnífico film británico de suspense protagonizado por un extraño matrimonio de avanzada edad, Myra y Billy. Ella es una médium que elabora un maquiavélico plan para secuestrar a la hija de una acaudalada familia en colaboración con su marido. Sin embargo, la finalidad del secuestro no es utilizar el dinero del rescate para beneficiarse económicamente, sino ofrecer a los padres de la niña los servicios de Myra para ayudarles a encontrar a su hija con sus poderes sobrenaturales y así hacerse famosa y conseguir el renombre que merece.

Plan Siniestro es una pequeña joya escondida de ésas que demuestran cómo el cine inglés no se acaba en las obras británicas de cineastas reconocidos como Hitchcock y David Lean o en el free cinema. Nos encontramos ante un inquietante thriller que tiene la virtud de saber crear momentos de mucho suspense al mismo tiempo que desarrolla la profunda situación psicológica que envuelve a los protagonistas, todo ello realizado con una impecable factura.

El inicio del film es una pequeña maravilla que consigue enganchar instantáneamente al espectador: una breve recreación de una de las sesiones de espiritismo de Myra excelentemente dirigida. La cámara se concentra en las manos unidas de los que participan en ella y en sus rostros, así como en la vela situada en el centro de la mesa que da a toda la escena una iluminación casi fantasmal. Las palabras susurrantes de Myra son lo único que oímos. La sesión espiritista está tratada como si fuera un cautivador ritual que se nos antoja casi místico. El carácter de este tipo de sesiones será fundamental más adelante para entender a la protagonista.

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Indudablemente, el pilar fundamental de la película se encuentra en los dos protagonistas soberbiamente interpretados por Richard Attenborough (también productor del film) y, especialmente, Kim Stanley. En seguida se nos revela el papel que asume cada uno en su relación: ella es claramente dominante y persuasiva mientras que su marido se deja dominar sin verse capaz de contradecirla. Es una relación extraña puesto que pese a esa sumisión él depende de ella y la quiere, de hecho se da a entender que en cierto momento él intentó abandonarla pero no fue capaz. También juega un papel muy importante un personaje ausente, su hijo Arthur, del que sólo sabemos que está muerto y cuyo espíritu ayuda a Myra a llevar a cabo sus sesiones de espiritismo dándole incluso consejos, como por ejemplo todo lo relacionado con el secuestro de la niña.

El hecho de que se profundice tanto en ellos hace que la película adquiera más fuerza, puesto que la psicología de los personajes sustenta prácticamente todo el argumento. Aquí es donde habría que alabar a Richard Attenborough bordando un papel lleno de matices y a la gran triunfadora de la función, una Kim Stanley que dota de credibilidad a un personaje complejísimo que en manos de otra actriz correría el riesgo de caer en la sobreactuación. Stanley consigue transmitir con total confianza la inestabilidad mental y emocional de una Myra un tanto desequilibrada pero que mantiene la suficiente cordura como para urdir el complejo plan de secuestro. Ella muestra una gran inteligencia sobre todo por saber adelantarse a todas las situaciones que sucederán, como el registro de la casa, pero por otro lado peca de inocente al pensar que podrá convencer a la policía de que localizará a la niña solo con sus poderes, ya que cree tan firmemente en ese don suyo que supone que el resto también lo hará.

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Todas las escenas de suspense están magníficamente planteadas demostrando un gran dominio del género con reminiscencias de Hitchcock. por muy típico que sea usar este referente. Como muestra de ello está la genial escena del secuestro, que resulta especialmente hitchcockiana. Después de que Billy robe el coche en que viajaba la niña, lo lleva a un descampado donde pretende drogarla y llevarla en su motocicleta. Sin embargo cuando va a abrirle la puerta descubre horrorizado que ella ha bajado el seguro y que no hay manera de sacarla, puesto que un cristal separa los asientos traseros de los delanteros. La situación es tan cómica y patética como intrigante. Billy es un personaje nervioso e inseguro y no sabe desenvolverse con un problema realmente absurdo y sólo se le ocurre pedirle a ella que le abra la puerta con súplicas hasta que cae en la cuenta de que puede abrir los seguros del coche desde los asientos delanteros.
Para aumentar la tensión, una pelota cae cerca de él, por lo que deduce que unos niños la han perdido y vendrán a recogerla. Billy, asustado, por una vez sabe cómo reaccionar y se la lanza antes de que vean el coche. Para añadirle más ironía a la situación les dice que no jueguen por ahí porque pueden hacer daño a alguien.

El hecho de que Billy sea un personaje tan inseguro y que además parezca tan poco convencido del éxito del plan, hace que todos los momentos del secuestro relacionados con él nos pongan más nerviosos. En cambio, cuando ella tiene que lidiar con la policía parece tan segura y convencida de todo lo que hace que no tememos por ella. También es muy interesante la escena en que escriben la carta pidiendo el rescate por la forma en que se incide en los detalles. Myra escribe la carta y después pide a Billy que repase las faltas de ortografía, juntos la corrigen y la retocan con total normalidad. Más que una película de suspense parece que estemos viendo una inofensiva escena doméstica.
En general, la meticulosa forma como llevan a cabo el plan resulta hasta fascinante, centrándose en detalles a los que no se suele dar importancia en los films de secuestros como la ya mencionada redacción de la carta o la obsesión de la pareja por hacer creer a la niña que está en un hospital para que no se sienta inquieta.

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Hacia la parte final se nos desvelan algunas revelaciones que hacen que todo cobre algo más de sentido y que recomiendo no leer si algún lector ha sentido curiosidad por la película y desea visionarla.

La más importante de todas es el descubrimiento de que su hijo Arthur en realidad nació muerto y Myra nunca llegó a verlo. Por tanto, la comunicación que tiene con él gracias a su don extrasensorial en realidad es una consecuencia de esa trauma, de no haber podido asumir nunca que perdió a su hijo. Es entonces cuando empieza a haber un intercambio de roles decisivo: Billy por primera vez se rebela y le echa en cara a su esposa la realidad de que nunca ha visto a Arthur y que ella se escuda en este don sobrenatural para llenar ese vacío. Por primera vez ella es el personaje débil y él el fuerte, pero pronto los roles vuelven a encauzarse.

Después de ese descubrimiento, tiene lugar otra sesión espiritista que de nuevo juega con el suspense bajo una premisa infalible: la madre de la niña acude a la casa confiando que se le pueda revelar información sin sospechar que justamente en la habitación de al lado está su hija durmiendo. Si la niña se despierta y habla, corren el riesgo de que se descubra todo.
Pero el momento realmente significativo llega cuando Myra, intentando dar información positiva a la madre de la niña sobre el estado de su hija, entra en trance y no puede evitar mencionar “muerte” y desmayarse. Su subconsciente le lleva a creer que la niña debe morir y le dará a entender a su marido que Arthur quiere que la mate para que se reúna con él.

Ése es el último paso. Hasta entonces la norma era no hacer ningún daño a la niña, a partir de aquí Billy es consciente del delirio de su mujer y por primera y única vez desobedecerá sus órdenes. Así pues, la liberará sana y salva haciéndole creer a ella (y al espectador) que la ha matado.

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Cuando llega la policía tiene lugar el mayor clímax de la película: el sargento le pide que organicen una sesión de espiritismo para encontrarla, Billy está nervioso por miedo a ser reconocido como el secuestrador y porque ya no confía en la cordura de su mujer. Es un momento de una tensión casi insoportable donde la actuación de Kim Stanley es absolutamente fundamental para entender lo que sucede.
Myra entra de nuevo en trance, y aunque racionalmente debería decirles dónde hallar el supuesto cadáver, no puede evitar desvelar todo lo que ha sucedido en realidad. Es entonces cuando comprendemos que no es una farsante, ella realmente entra en trance en estas sesiones y deja escapar su subconsciente con todo lo que ello conlleva. No es una impostora porque cree que tiene poderes sobrenaturales que en realidad son fruto de su inestabilidad mental. Por ello se ha autoinculpado, porque no puede dominarse a sí misma en trance.
Billy, ya resignado, se entrega dócilmente y simplemente se interesa sobre si la niña llegó a su hogar sana y salva. Su esposa, vuelve en sí y pregunta satisfecha si les ha sido de ayuda, no es consciente de hasta qué punto lo ha sido.

Una película especial y fascinante, absolutamente recomendable.

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