Clyde Bruckman

Cinemanía [Movie Crazy] (1932) de Clyde Bruckman y Harold Lloyd

A día de hoy es sabido de sobras que el salto de la era muda a la sonora fue especialmente complicado para los artistas de slapstick. Laurel y Hardy fueron los que mejor supieron adaptarse a este cambio, mientras que Chaplin lo acabó logrando pero haciéndolo de forma paulatina y con cierto temor. En el caso de Harold Lloyd, inicialmente parecía que él sería de los que lograría adaptarse al sonoro sin muchos problemas, ya que su primera película en tal formato, ¡Qué Fenómeno! (1929), fue una de las más exitosas de su carrera, aupada sin duda por la curiosidad del público por oír al famoso actor hablando, pero también por la locura que despertaba en esos años la novedad del sonoro. No obstante, su siguiente obra, ¡Ay que me Caigo! (1930), no acabó de funcionar en taquilla, y teniendo en cuenta que Lloyd llevaba una década encadenando un éxito tras otro, este fracaso no le sentó muy bien.

De modo que para su siguiente filme sonoro, Cinemanía (1932), decidió basarse más en la historia que en los gags – el tramo final de ¡Ay que me Caigo! era una especie de remake sonoro de la famosa escena de la escalada de El Hombre Mosca (1923) – situando la acción en un escenario tan potencialmente atractivo para el gran público como el mundo de Hollywood. Aquí su alter ego Harold es un hombre obsesionado con convertirse en una estrella de cine que manda una carta a un estudio con la esperanza de que accedan hacerle una prueba. Por suerte o desgracia, Harold adjunta una foto equivocada en la carta y, tomándole por un potencial galán, es citado para realizar una prueba de cámara. Allá Harold conocerá a Mary, una joven actriz que acaba encandilándose de él por su inocencia. Pero su relación peligrará porque Harold se enamorará de una sugerente actriz española… que no sospecha que en realidad es la propia Mary caracterizada para la película que está protagonizando en esos momentos.

Aunque Cinemanía fue en su momento un éxito de taquilla – el último de su carrera en realidad – visionándola a día de hoy no me quito la impresión de que es más bien un filme correcto y simpático pero no especialmente memorable por una serie de motivos. El primero de ellos es obviamente la edad del propio Lloyd: con 40 años se hace extraño verle interpretando a su eterno alter ego, ese jovencito inocente y de buenas intenciones que ahora en la pantalla nos parece más bien un señor extrañamente naif. En este aspecto, juega en su contra que el personaje definitorio de Lloyd tuviera una apariencia y comportamiento más realistas que no por ejemplo los ya citados Laurel y Hardy, a quienes nunca nos tomamos en serio y por tanto el espectador puede entrar con más facilidad en el juego de aceptar su comportamiento tan tontorrón (eso sin olvidar que el sonido dota de más “realismo” a los personajes humanizándolos con su voz, haciendo más difícil mantener esa distancia que caracteriza el cine mudo y que tanto beneficiaba al slapstick).

Pero el principal fallo de Cinemanía es ni más ni menos que su falta de ritmo, algo imperdonable en el cine de Lloyd – véanse los desenlaces de El Tenorio Tímido (1924) o Relámpago (1928). La película no se hace aburrida y fluye bien, pero tampoco llega a despegar del todo y le falta un trabajo más consistente de dirección. Lloyd había contratado al profesional Clyde Bruckman para encargarse de las tareas de dirección pero, pese a que Bruckman era un experto en el género (de hecho había codirigido muchas de las grandes obras de Buster Keaton) en aquella época se encontraba en horas bajas a causa de su alcoholismo y tuvo que ser el propio Lloyd el que dirigiera la mayor parte del filme – a modo de curiosidad: Bruckman y Lloyd acabarían de malas en los años venideros cuando el primero empezó a reciclar gags antiguos del segundo en guiones que escribía para otros cómicos, dando como resultado una serie de demandas judiciales que acabarían de hundir la carrera del inestable Bruckman. En consecuencia Cinemanía da una cierta sensación de torpeza en algunas escenas, con el uso de algunos planos un tanto extraños (por ejemplo uno de la habitación en que se encuentran Harold y su padre visto desde dentro de la chimenea) y algunos travellings que parecen algo gratuitos.

Se podría comprender que Lloyd apostara por un estilo más reposado para dar más énfasis a la trama sentimental, como sucedía con la primera parte de El Tenorio Tímido, pero en este caso la historia de amor entre él y Mary carece por completo del encanto y la autenticidad de la precedente. Por un lado, el flechazo que surge entre ambos resulta poco creíble, además de que el comportamiento un tanto ambivalente de Harold no nos hace simpatizar demasiado con él; por el otro, tampoco creo que el guion acabe de explotar del todo las posibilidades que ofrece esta confusión de identidades entre Harold y Mary, y básicamente solo da juego para un pequeño conflicto relacionado con un pin.

Donde mejor funciona la película es en realidad en sus escenas de humor físico, que demuestran que Lloyd seguía dominando a la perfección este tipo de gags. El momento que más carcajadas me provocó es curiosamente uno de los menos llamativos: cuando pierde un zapato bajo una torrencial lluvia y acaba en las alcantarillas, una escena divertidísima con un impecable timing e interpretada con mucha gracia por parte de Lloyd, rematado además con el divertido y accidentado primer encuentro con Mary. La pelea final entre Harold y su contrincante también es de lo más destacable y está plagada de gags ingeniosos que se sirven muy hábilmente del atrezzo, pero a ratos se me hace algo larga y acaba resultando un tanto anticlimática.

El balance de Cinemanía por tanto no es excesivamente positivo, pero no se trata por ello de una mala película, sino más bien un Lloyd muy menor, entretenido y con algunos breves ramalazos de genialidad que demuestran que el talento seguía vigente, pero que su mejor época ya empezaba a quedar atrás.

¡Ay Que Me Caigo! [Feet First] 1930) de Clyde Bruckman

Si el paso del mudo al sonoro fue en general traumático para muchos de los grandes actores de Hollywood, aún lo fue más para los cómicos de slapstick. Ese género que tantas obras maestras había aportado era difícil de adaptar al sonoro, puesto que se basaba esencialmente en el humor visual y en crear un mundo condicionado por una concepción del cine basada en lo absurdo. Añadiendo sonido, lo visual se veía obligado a competir con el humor verbal y, lo que es peor, los cómicos pasaban a tener voz y por tanto a ser seres humanos de carne y hueso perdiendo esa fascinación que consigue generar el cine mudo.
Muy pocos supieron o pudieron adaptarse a un cambio tan radical: Chaplin demoró ese salto lo máximo posible rodando dos películas mudas cuando ya nadie lo hacía, Keaton nunca sabremos cómo se habría desenvuelto puesto que en esa época perdió el control sobre su obra y a Harry Langdon directamente era impensable imaginarlo en este nuevo formato. De los grandes cómicos de slapstick, Harold Lloyd fue sin duda el que mejor supo inicialmente hacer ese gran paso al sonoro.

A diferencia de sus compañeros, Lloyd no sólo no evitó esa innovación sino que la abrazó tan pronto como supo que iba a implantarse definitivamente. De hecho, una vez acabado el rodaje de ¡Qué Fenómeno! (1929), Lloyd, temoroso de quedarse atrás, tomó la arriesgada y carísima decisión de sonorizar su película doblando algunas escenas y volviendo a rodar muchas otras. El éxito fue apabullante.

Su continuación fue ¡Ay Que Me Caigo! (fascinante las traducciones al español de los títulos originales), la primera película que rodó concibiéndola como sonora desde el inicio. Por si el éxito que había tenido esa novedad no era suficiente, Lloyd decidió incorporar una escena de suspense y humor al más puro estilo de su magistral El Hombre Mosca (1923). Pero desgraciadamente no funcionó, y aunque el film tuvo beneficios en taquilla, fue el que menos recaudó en casi 10 años. Lloyd no lo sabía, pero a partir de entonces su carrera iba a iniciar una cuesta abajo en cuanto a éxito comercial se refiere. Su salto al sonoro había sido un éxito, su voz había ganado la aprobación de los espectadores, pero su optimista personaje no encajó en los nuevos tiempos de la Gran Depresión.

En ¡Ay Que Me Caigo!, Harold encarnaba al clásico personaje del joven (no tan joven en esa época) emprendedor y optimista que en este caso se hace pasar por un millonario para seducir a Barbara, quien cree que es la hija del propietario de una importante cadena de zapatos en la que él trabaja como simple vendedor. Esta situación de confusión de identidades tan típica de Harold Lloyd se prestaba a una comedia memorable. Pero por desgracia no fue así.
A la película le cuesta horrores arrancar. Durante su primera parte da la sensación de que Lloyd intenta encontrar el tono adecuado a medio camino entre el slapstick y gags más sencillos, pero no lo consigue. El problema no está en el sonido, puesto que el actor tenía una voz que encajaba con su personaje, sino en que seguramente ya no contaba con la misma inspiración que años atrás.

Pese a algunos gags buenos (especialmente en la zapatería en que trabaja), la película no arranca realmente hasta que Harold acaba por accidente en un transatlántico junto a Barbara y los que cree que son sus padres. Durante la travesía se siguen varios gags en que éste procura mantener su supuesta identidad de millonario mientras intenta no ser descubierto ya que viaja como polizonte. En sus mejores momentos, los gags se suceden uno tras otro sin parar, manteniendo el estilo de sus comedias mudas: su intento por comer algo del desayuno de ella disimuladamente, sus planes para destruir todos los ejemplares de un periódico que prueban que es un farsante, etc. En esos instantes Lloyd se adueña por completo de la pantalla (a diferencia de sus films mudos no cuenta con una actriz protagonista con suficiente carisma como para despertar algo de interés, por lo que él es el único centro de atención) y demuestra que sus dotes cómicas seguían intactas.

Sin embargo el momento cumbre es el final de la película, en que Harold acaba en lo alto de un rascacielos del que intenta bajar infructuosamente. La escena es un obvio autohomenaje a su exitosa El Hombre Mosca, en que combina humor con escenas de suspense al límite. Originariamente, la escena era el doble de larga, lo cual demuestra que Lloyd tenía la ambición de superarla, pero no funcionó, el público acababa agotándose y no se divirtió como se esperaba. El problema se le atribuye precisamente al sonido: los efectos sonoros y los diálogos (con Harold gritando auxilio continuamente) dotan a la escena de un extra de realismo que hizo que en su momento se antojara menos cómica y mucho más angustiosa.
Sin embargo, la escena es magnífica, y aunque no está a la altura de la perfección de El Hombre Mosca, resulta una dignísima continuación llena de momentos al límite muy bien articulados gracias al montaje y sin ningún uso de efectos visuales. Solo por esta maravillosa secuencia, toda la película valdría la pena.

Así pues, ¡Ay Que Me Caigo! es una obra menor respecto a su fantástica filmografía muda pero que evidencia cómo el cómico consiguió adaptarse al sonido. El problema reside, más que en el nuevo formato, en la estructura del film, que va clarísimamente de menos a más. Cuando intenta esbozar la historia y personajes, Lloyd resulta un tanto torpe (lo cual es extraño, sus anteriores obras eran estructuralmente impecables), pero cuando se olvida de eso y se dedica a sacar gags de los dos espacios (el barco y el edificio) nos recuerda por qué es uno de los grandes de la comedia.