John Brahm

La Huella de un Recuerdo [The Locket] (1946) de John Brahm

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Nancy es una mujer que está a punto de casarse con un hombre bien posicionado, pero su futuro marido recibe una visita poco antes de la ceremonia de un hombre llamado Harry Blair, quien asegura ser el anterior marido de Nancy y le intenta prevenir para que no se case con ella contándole su historia. De esta forma conocemos el pasado de Nancy, quien tuvo relaciones con Harry y, previamente, con otro hombre, un artista llamado Norman Clyde. Dichos amoríos tuvieron en ambos casos desenlaces fatídicos a causa del vínculo de Nancy con ciertos crímenes que sucedían a su alrededor.

Pese a que el argumento nos pueda anticipar una historia de cine negro con femme fatale incluida, la realidad es que La Huella de un Recuerdo está mucho más cercana a Marnie la Ladrona (1964) que a Forajidos (1946) – por citar un ejemplo de film noir con estructura de flashback y femme fatale que se aprovecha de varios hombres incautos. Eso es algo que salta a la vista al poco de empezar la película, cuando vemos que el enfoque de John Brahm no va tan encaminado a situaciones de suspense o peligro relacionadas con Nancy como a un estudio del personaje a partir de las diferentes historias.

La huella de un recuerdo (1)

Nancy es efectivamente un claro precedente de Marnie, ya que no es tanto una femme fatale como una enferma que hace desgraciados a los hombres que entran en contacto con ella. Siguiendo una de las modas más típicas del cine hollywoodiense de la época, se recurre a la típica estructura del psicoanálisis, basándose en la idea de un trauma infantil que es la base de todos los problemas del protagonista y que acaba estallando al final. En este caso, Nancy era la hija de la ama de llaves de una casa de clase alta y fue acusada injustamente de robar un colgante al que hace referencia el título original, enfatizando la importancia de ese suceso.

Pero lo interesante es que el film no sólo expone un clásico trauma infantil que afecta psicológicamente al personaje sino que también deja entrever otras ideas. Por ejemplo su madre le promete de pequeña que de mayor conseguirá todo lo que quiera si es trabajadora. En consecuencia, cuando Nancy es adulta y Norman la sorprende robando una joya, ésta se justifica sin ningún rubor ni titubeo que lo hizo “porque lo quería”. Eso es lo que diferencia a Nancy de una femme fatale: ella no busca justificar sus actos, y si engaña al resto de hombres es porque sabe que ellos no aprobarán sus actos, pero no parece entenderlos como algo negativo. Simplemente está tomando lo que ella quiere, algo que ha conseguido tal y como le dijo su madre: trabajando duro… pero claro está, ese trabajo duro implica estar empleada de un hombre acaudalado y robar joyas en sus fiestas.

La huella de un recuerdo (5)

Esto es lo que creo que hace tan interesante a la película, ese personaje que comete sus crímenes (incluyendo un posible asesinato que nunca llegamos a ver) y luego se desenvuelve con tal soltura que entendemos que sus pretendientes no duden de ella. ¿Cómo puede ser cierto todo lo que Norman dice de ella cuando ésta luego se encara con su antiguo novio con tanta tranquilidad, hablándole amablemente y desmontando con una facilidad espeluznante todo su relato tildándolo de fantasías? El espectador parte en ventaja porque hemos visualizado ese relato, y sabemos que por convención cinematográfica tendemos a dar por verdadera la información que nos aporte un flashback, pero en el caso del Doctor Blair ¿por qué tendría que creer el relato de Norman?

En su época el film llamó poderosamente la atención por otro motivo y es su compleja estructura de flashbacks que funciona al estilo de las muñecas rusas con un flashback dentro de otro hasta llegar a tres niveles. A día de hoy también tiene el aliciente extra de poder ver a Robert Mitchum en uno de sus primeros papeles importantes, aunque es de justicia decir que la actuación más destacada es la de la protagonista Laraine Day.

Aunque no es una película del todo redonda y tiene algunas escenas que creo que no funcionan (por ejemplo el desenlace que sufre el personaje de Norman es demasiado melodramático y precipitado), creo que posee suficiente interés para justificar su visionado.

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Jack el Destripador [The Lodger] (1944) de John Brahm

Cuando a principios de los años 40 Hitchcock seguía bajo el yugo de David O. Selznick, ofreció sus servicios a todos los grandes estudios de Hollywood aprovechando el periodo de inactividad por el que pasaba su productor. Uno de los proyectos que intentó vender en esa época fue un remake de El Enemigo de las Rubias (1926), su primer éxito comercial y artístico perteneciente a su época muda. Hitchcock proponía volver a rodar la historia con sonido y color, pero no logró llevar adelante su plan y tuvo que conformarse con vender los derechos de la novela en que se basaba a la Fox. Éstos la utilizaron para crear una eficiente película negra que en realidad no se parecía al film de Hitchcock salvo en la premisa inicial, por lo que no tiene mucho sentido hacer comparaciones.

La trama se sitúa a finales del siglo XIX, cuando Jack el Destripador extiende el terror en Londres con una serie de horribles asesinatos cometidos a actrices o ex-actrices. En ese contexto, una familia acoge en su casa a un misterioso huésped, Mr. Slade, que empiezan a sospechar que se trate del asesino.

Como sucede en la mayoría de obras de cine negro, la clave del film no es el whodunnit (es decir, saber quién es el asesino o, en este caso, si el misterioso Mr. Slade es Jack el Destripador) sino la ambientación y sus turbulentos personajes. Cabe elogiar en primer lugar la muy acertada recreación del Londres más oscuro, vinculado a su faceta criminal, con la omnipresente niebla, los callejones y detalles como el interior de las tabernas y de la casa de los protagonistas. La fotografía corre a cargo de Lucien Ballard (responsable también de, entre otras, Atraco Perfecto de Kubrick), quien hace un trabajo excelente.

En lo que respecta a John Brahm, que nunca fue un director demasiado destacado, aquí se luce con esa ambientación oscura y tenebrosa, que junto a la casi alucinada interpretación del protagonista le dan al film un toque macabro. Aun siendo una obra de un gran estudio, Jack el Destripador tiene algunos detalles que escapan a la rutina que uno esperaría de un film realizado por un director poco destacado, como ese plano de Mr. Slade, en la escena final en el teatro, caminando por una pasarela mientras se acerca a cámara hasta quedar prácticamente desenfocado; o el asesinato de una anciana filmado en plano subjetivo.

El otro gran aliciente es por supuesto el actor Laird Cregar, una de esas figuras malditas cuyo trágico desenlace hace las delicias de los amantes de las anécdotas que ahondan en el lado más truculento de la fábrica de sueños. Aquí ofrece una actuación que roza lo extravagante pero que en mi opinión encaja bien con el tipo de personaje que interpreta y, sobre todo, aún a día de hoy resulta muy inquietante en ciertos momentos. Su interpretación tuvo tal impacto que rápidamente se le asignó una nueva película de cine negro en que encarnaba a otro personaje atormentado, la muy interesante Concierto Macabro (1945), donde volvió a trabajar junto a John Brahm. Sería su última película, ya que murió a los 31 años de un infarto provocado por una dieta extrema que llevó a cabo (sí, tal como suena).

Aunque el film se sustenta en su presencia, Cregar está bien respaldado por actores de la talla de Merle Oberon, que nos regala dos inevitables y prescindibles números musicales (¿no odian cuando en una película negra se inserta con calzador un número musical?); el siempre agradecido de ver George Sanders y Cedric Hardwicke.

El resultado es muy recomendable: bien ambientada y dirigida, una interpretación inolvidable por parte de su protagonista apoyado de buenos secundarios y una historia que siempre resulta atrayente.