Oldrich Lipský

Happy End [Stastny konec] (1967) de Oldrich Lipský

¿Cómo convertir en una comedia la historia de un carnicero que pilla a su mujer en flagrante adulterio, la asesina y descuartiza, es atrapado por la policía y luego guillotinado? Pues muy sencillo: rebobinándola. Eso es lo que decidió hacer el director Oldřich Lipský en Happy End (1967): explicar la biografía de un hombre pero marcha atrás, empezando por su muerte y acabando en su nacimiento.

Este originalísima y divertida propuesta es un ejemplo de las ansias de experimentar que existían en el cine checoslovaco de la época, una de las cinematografías que para mi gusto más destacó entre las nuevas olas de los años 60. Happy End nos muestra pues cómo ese espíritu renovador no se tenía por qué materializar necesariamente en forma de películas más serias o intelectuales. Al contrario, precisamente uno de los rasgos más característicos de la nueva ola checa es el estilo tan lúdico por el que apuestan muchos films – véase el ya comentado por aquí Who Wants to Kill Jessie? (1966) – que demuestran que se pueden hacer obras que jueguen con el lenguaje cinematográfico sin renunciar por ello al sentido del humor.

A lo largo de su metraje, Happy End va discurriendo a medio camino entre el humor de gags puros y duros a un estilo más cercano al surrealismo o el absurdo, en que nos enfrentamos a imágenes que nos son muy familiares pero vistas desde una perspectiva totalmente distinta; como aquella que tiene lugar en el matadero y vemos cómo la faena de nuestro protagonista pasa a consistir en dar vida a las reses introduciendo en su interior sus órganos vitales para posteriormente cerrarles la herida con un cuchillo.

En su aspecto más puramente humorístico, resulta hilarante como se retuercen algunas situaciones dando la vuelta a los nacimientos y las defunciones (el nacimiento de su hija en realidad es visto como un fallecimiento tras una larga enfermedad que ha ido empequeñeciendo y debilitando a la niña hasta convertirla en un bebé) así como a ceremonias como la del matrimonio (convertido aquí en una forma elegante de devolver su esposa a sus padres por infiel). Mis instantes favoritos y de humor más negro son cuando asistimos al descuartizamiento de su mujer que, en retroceso, adquiere la forma de alguien que está montando una especie de muñeca a tamaño real; o cuando salva a su rival de morir ahogado, que en retroceso se convierte en un intento de ahogarlo mientras el resto de bañistas le aplauden por llevar a cabo tal proeza.

Visionando Happy End me vienen a la cabeza cierto tipo de películas de la era muda, como las de slapstick o las pertenecientes a cierto tipo de vanguardias, en que los directores no se inhibían lo más mínimo a la hora de utilizar cualquier recurso cinematográfico con tal de sorprender al espectador: mezclar animación e imagen real, ralentizar la cinta, romper la cuarta pared, etc. Y esto me lleva a preguntarme por qué en cierto momento el cine clásico se volvió tan “formal”, temeroso de romper las normas que establecían su estilo renunciando además a ese tono más juguetón, y cuan desaprovechadas han estado muchas de sus posibilidades.

Éste es quizá el gran mérito de Happy End más allá de su valor como comedia: el recuperar esa voluntad por salirse de las normas sin renunciar por ello a un tono saludablemente lúdico.