Roy William Neill

Black Moon (1934) de Roy William Neill


El Hollywood clásico es una época que en cierto sentido resulta paradójico que nos parezca tan fascinante – y a muchos incluso seguramente el mejor periodo de la historia del cine – cuando en el fondo la gran mayoría de películas se creaban siguiendo unos códigos y esquemas bastante cerrados. Salvo algunos casos puntuales, la mayoría de obras se veían obligadas a respetar una serie de criterios que marcaban desde el Código de Censura Hays a los estándares de cada género creados por la propia industria. Supongo que por eso los amantes de ese periodo sentimos una fascinación especial por el cine anterior al Código de Censura (el conocido como cine “pre-code”) y por ciertas obras que lograron colarse fuera de estas restricciones, como es el caso de esta película ciertamente menor y muy de serie B pero llena de interés.

Ya la primera escena de Black Moon (1934) ha conseguido atraer instantáneamente mi atención, antes siquiera de saber de qué iba la cosa. Un primer plano del rostro de una joven mujer concentrada y de fondo el sonido de un tamtam. Una panorámica nos muestra que lo está tocando ella. Vemos que tiene a su lado a una niña (su hija) y que se encuentra en una habitación lujosa. Le siguen varios planos de otros miembros de la casa extrañados por ese sonido y al final llegamos a una conversación de su marido con un médico en que le explica la situación.

Ella es Juanita, quien se crio en una isla caribeña y que perdió a sus padres sacrificados en un rito vudú, siendo entonces criada por su tío, el dueño de la isla. Stephen se casó con ella, la llevó a la civilización y tuvieron en principio una vida feliz con una hija pequeña, Nancy. Pero bajo esa apariencia de normalidad hay algo en ella que no acaba de funcionar, y de vez en cuando tiene esos extraños ramalazos en que le da por tocar el tamtam sin saber por qué. Finalmente se decide que lo mejor para ella es volver a la isla, que evoca con nostalgia, y así romper ese hechizo. Para ello, Stephen decide que, en ese viaje que realizará su mujer a una isla poblada de indígenas hostiles que aún llevan a cabo sacrificios humanos, la acompañen su hija pequeña, su anciana niñera y su atractiva secretaria personal enamorada de él. ¿Qué puede salir mal?

Resulta obvio de entrada que la mayor flaqueza de Black Moon es su endeble guion que, como muchos otros filmes de esa época que se movían en el terreno cercano al horror, promete mucho más de lo que luego desvela. Un hombre intenta contactar con Stephen para hacerle saber un terrible secreto sobre su mujer pero es asesinado por un indígena que de forma harto improbable ha viajado hasta la civilización. Luego no obstante dicho oscuro secreto no va más allá de que Juanita se crio entre nativos y estuvo muy influenciada por los rituales vudú. Pero olvídense de la racionalidad, lo fascinante de Black Moon y que le dota de un interés muy especial sobre otras producciones de la época es el ambiente enrarecido que evoca. Por mucho que sea una obra de bajo presupuesto, el trabajo de dirección de Roy Wiliam Neil es admirable, cuidando muchísimo la ambientación en las escenas isleñas y con algunos planos muy evocadores que juegan con las sombras, las luces de las velas y/o los elementos del decorado (por ejemplo, muchos planos se filma a través de los velos de las mosquiteras), en los cuales juega un papel crucial el trabajo del mítico director de fotografía Joseph H. August.

Todo ello sumado a la sensación de que no entendemos qué está pasando (¿Qué se propone Juanita volviendo a la isla?) le dan un aire misterioso, fascinante e irreal. Ese principio tan propio del cine moderno de “no intentes entender todo, déjate llevar”, aquí podría aplicarse perfectamente aunque obviamente más por carencias del guion que porque sea algo intencionado. Pero lo interesante de este tipo de filmes es cómo un gran trabajo de puesta en escena consigue más que suplir las deficiencias del guion hacer incluso que jueguen a favor del filme. Todas esas extrañas muertes que rozan lo absurdo (aparecen colgadas del techo las personas que intentan ayudar a los protagonistas a escapar de la isla) o detalles incluso naif como encuadrar unas lápidas antes de hacer una panorámica a los dos protagonistas hablando (como queriendo enfatizar de forma bastante rudimentaria el ambiente tenebroso que les rodea) nos invitan a no tomarnos demasiado en serio la historia, sospechando que muchos de los interrogantes que se nos arrojan no se resolverán satisfactoriamente, pero resultan muy sugerentes y le dotan de un encanto de serie B muy atractivo.

La historia tiene obvios vínculos en común con Yo Anduve con un Zombie (1943) de Jacques Tourneur, también relacionada con los mitos vudú y una mujer “hechizada” por ese mundo – e incluso me ha venido a la mente otra obra posterior al filme, el magnífico libro Ancho Mar de Sargazos de Jean Rhys, que evoca la historia de la primera mujer del señor Rochester de Jane Eyre, y que tiene en común con este filme la idea del hombre rico civilizado que es emparejado de forma engañosa con una joven criada en Las Antillas con un pasado oscuro. En ambos casos los directores se sirven del margen de libertad del que disponían (Roy William Neil por haber filmado su película justo antes de la entrada en vigor del Código Hays y Tourneur por adscribirse en el terreno de la serie B, mucho menos vigilado) para recrearse en la ambientación y en los detalles relacionados con el vudú y la influencia que tiene éste sobre las protagonistas.

No obstante, hay una diferencia fundamental. Mientras que Tourneur nunca abandona la faceta mágica y misteriosa de la historia y la mantiene hasta el mismo desenlace, prefiriendo dejar elementos de la trama en el aire a favor del misterio, en Black Moon se nota un torpe intento de reconducir la historia hacia un terreno más convencional. De igual forma que cuando Tod Browning rodó la primera película sobre vampiros en Hollywood tuvo que hacer un final en que se demostraba que todo era una farsa porque el público americano de la época no podía creer en lo sobrenatural, aquí la trama opta no tanto por negar la fuerza del vudú (si bien no vemos nada sobrenatural más allá de una inquietante afición de la protagonista por tocar el tamtam) como simplificar la complejidad del tema reduciéndolo todo en su tramo final a un clásico conflicto entre buenos y malos. De modo que Juanita se convierte en la antagonista, dando soporte a los indígenas y dispuesta a sacrificar a su familia si así lo pide el sacerdote. Esa mujer que nos hechizó en la primera escena y cuyo extraño comportamiento nos resultaba tan fascinante por lo evocador e incomprensible que era al final acaba reducida a una mera aliada de los antagonistas.

Hay filmes que resultan interesantes no solo por sus cualidades cinematográficas sino porque resultan en sí mismos una lucha interna entre varias formas de narrar la historia. La mayor parte de Black Moon nos apela en su puesta en escena hacia lo mágico, lo oculto y lo irracional. Sus fallos de guion son solo otro elemento incomprensible más que no desentonan en la imagen global. Pero al fin y al cabo una película producida en el seno de un estudio de Hollywood no puede ignorar ciertas convenciones y lugares comunes. De modo que tenemos a un personaje secundario (la secretaria) totalmente anodino y desdibujado cuya función es estar enamorada del protagonista para darnos a entender que, no nos preocupemos, al final seguirá habiendo una esposa y una madre para esa familia en sustitución de Juanita. También se nos ofrece al final alguna escena de suspense en que los protagonistas escapan de la casa filmada con tan poco garbo que uno no puede evitar sospechar que al director le daba igual, y que lo que a él le interesaba son los planos de los rituales vudú… pero, ¿qué clase de emocionante filme de aventuras sería sin al menos una escena de escape, por muy rutinaria que sea filmada?

Es esto pues lo que diferencia un filme entretenido, bien hecho y con detalles de interés como Black Moon de una absoluta obra maestra como la bellísima Yo Anduve con un Zombie; no en vano ahí detrás estaba un director de primera categoría y uno de los más originales productores de la época, Val Lewton, el gran artífice de ese proyecto. Podemos entender pues Black Moon como un interesante precedente que ya deja entrever las posibilidades no solo de la temática vudú sino de abordar la historia desde una perspectiva menos basada en lo racional, algo que de por sí ya es toda una rareza en un ecosistema como el Hollywood clásico. Solo faltaba que otros cineastas más hábiles y/o situados en un contexto más favorecedor (como el ciclo de terror que tiró adelante Val Lewton en los años 40) cogieran el testigo y redondearan la idea.