La Aldea Maldita (1930) de Florián Rey

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Florián Rey era uno de los cineastas más destacados de la modesta industria cinematográfica española en los años de la II República. Con la llegada del cine sonoro, el veterano director tuvo que adaptarse a esta novedad incorporándola en la que sería su primera película hablada, Fútbol, amor y toros (1929) que, pese a su prometedor título, fue un auténtico fracaso en gran parte por lo deficiente que era aún la sonorización de films en España.
En consecuencia, decidió que su siguiente película volvería a ser muda, y curiosamente sería así como nacería la que está considerada una de las obras cumbre del cine mudo español.

Inicialmente, La Aldea Maldita parecía destinada a ser un proyecto fracasado ya que ningún productor se interesó por su temática algo peliaguda. Tuvo que ser el propio protagonista del film, Pedro Larrañaga, el que pusiera el dinero para financiarla. En su estreno fue muy bien recibida pero se le recomendó a Florián Rey sonorizarla, ya que a esas alturas (1930) era obvio que el cine mudo iba a pasar a la historia. La sonorización se realizó en París, donde esta vez sí que pudo contar con competentes técnicos y un buen equipo de sonido. Esta nueva versión de La Aldea Maldita gozó de un éxito inmenso en Francia y tuvo una buena acogida en España pertmitiendo a Florián Rey sumergirse en el cine sonoro definitivamente. Sin embargo, la versión que ha sobrevivido hasta nuestros días y que voy a comentar es la muda, aunque afortunadamente parece ser que ésta era superior a la sonora y por tanto no hay mucho que lamentar.

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La aldea castellana a la que hace referencia el título es un lugar desolado por la miseria en que las cosechas no fructifican, por ello la mayoría de sus habitantes deciden abandonarla en busca de un lugar mejor. Uno de los que permanece ahí es Juan Castilla, que en un arrebato de furia ha atacado al usurero local y está en la cárcel. Pese a eso, su mujer Acacia es convencida por una amiga para que abandone el pueblo en busca de fortuna dejando tras ella a su marido, su hijo y su suegro Martín, quien le advierte que deberá cargar consigo con el duro peso de mantener el honor de su familia a toda costa.
Tres años después, Juan Castilla ha salido de la cárcel y ha conseguido prosperar con una vida acomodada junto a su padre ciego y su hijo pero sin tener noticias de su mujer, la cual está convencido de que está llevando una vida digna donde quiera que esté. Desgraciadamente, una noche Juan conocerá la triste verdad sobre ella al encontrarla en un bar con otro hombre. Indignado la obliga a volver a casa sólo para hacer feliz a su padre haciéndole creer que la familia ha vuelto a unirse, prohibiéndole que se acerque a su hijo y dejándole bien claro que tan pronto como muera su padre la echará de casa.

El tema central de la película es obviamente el honor, pero tratado como un valor arcaico y a superar. El honor es algo absolutamente fundamental para los protagonistas y está por encima de todo, de hecho un rótulo nos aclara que Juan sigue amando a Acacia pero se debate entre ceder ante sus sentimientos o ante su deber. Aunque el anciano Martín muere creyendo aún firmemente en estos valores que ha transmitido a su hijo, lo hará sin ser consciente del drama que se sucede en su propia casa (el hecho de que sea ciego es un simbolismo bastante claro de esta idea). Será tarea de Juan superar esas creencias y perdonar a su mujer rompiendo con esa tradición.

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Florián Rey consigue crear una ambientación pueblerina creíble y muy eficaz que acompaña perfectamente a esta idea. A diferencia de la visión tradicional del cine español de la época, él no muestra una visión folklórica y amable de la España profunda, sino más bien una cruel y crudamente realista que en su época no sentó nada bien. Aún faltaban unos pocos años para que Buñuel hurgara aún más en la herida con su devastador documental Tierra sin Pan (1933), y Florián Rey se atrevió a dar ya un importante paso mostrándonos el estado de miseria en que se encontraban muchos pueblos como los del film, cuyos habitantes se sienten impotentes ante las inclemencias que parecen fruto de una maldición.
Este aspecto religioso planea sobre toda la película. Continuamente se deja caer el hecho de que la aldea es castigada por Dios y algunas imágenes nos traen a la mente imágenes bíblicas, como el apedreamiento de Acacia. Teniendo en cuenta lo fuerte que estaba arraigada la religiosidad en la España de la época, dudo que sea un recurso casual y de hecho enriquece aún más el film.

Es de destacar también la dirección de Florián Rey, fuertemente influenciada por cineastas alemanes de la época (de hecho hay un plano en que la sombra de una mano agarra el corazón de Acacia que está tomado de Nosferatu). Pese a su aparente sencillez, la película denota una gran profesionalidad destacándola por encima de la media de los films nacionales que se realizaban por entonces. Se puede mencionar por ejemplo un recurso que usa a menudo durante todo el metraje y es hacer que los personajes salgan del encuadre dirigiéndose hacia la cámara, algo muy inusual en la época y muy moderno.

Aunque no puede competir con las obras maestras del cine mudo internacional, La Aldea Maldita se trata de uno de los films imprescindibles de la cinematografía española pre-franquista, además de una de las pocas obras que huían de los tópicos de por entonces (cine folklórico de poca calidad pero muy comercial), constituyendo una notable excepción a la que era la norma de la época.

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