Días Sin Huella [The Lost Weekend] (1945) de Billy Wilder

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Hay una anécdota muy conocida sobre Días Sin Huella que sin embargo creo necesario repetir de nuevo, y es que antes de su estreno la industria del licor ofreció una importante suma a cambio del negativo del film. Menciono esto porque a la hora de valorar esta magnífica película hay que tener siempre presente que en el Hollywood de entonces no se trataba el tema del alcoholismo de forma seria y realista. El alcohólico estaba relegado al papel secundario del borrachín simpático, del estilo de Walter Brennan en Tener y No Tener. Muy probablemente Días Sin Huella no es la primera película de Hollywood en tratar el alcoholismo de forma realista (porque si algo nos ha enseñado la historia del cine es que siempre hay un precedente), pero sí que fue el primer film de importancia basado enteramente en ese tema tan complejo.

El protagonista es Don Birnam, un escritor que nunca ha conseguido el éxito que esperaba y ahoga su frustración con alcohol. Su hermano Wick y su novia Helen han hecho todo lo posible por rehabilitarle, pero ha sido en vano y Don ya no tiene esperanzas de recuperarse. La película se centra en un fin de semana en que intenta volver a escribir pero acaba recayendo de nuevo mientras recuerda los inicios de su relación con Helen.

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Algo que me gusta mucho de Días Sin Huella es que Wilder transmite a la perfección esa sensación de irreversabilidad del alcohólico, esa espiral de autodestrucción que le lleva a continuar bebiendo y engañando a los seres que quiere sin importarle nada. Es un rasgo que hace que el film haya perdurado especialmente bien hasta nuestros días, porque la visión del alcoholismo es implacable y nos transmite la frustración continua del protagonista, que se propone dar un paso adelante y acaba dando dos hacia atrás durante toda la película.

Menos me gusta en cambio el desenlace, algo abrupto en mi opinión y contradictorio con lo que nos ha mostrado el resto del film. Después de ver cómo Don ha intentado rehabilitarse continuamente y ha fracasado, se me hace extraño ese cambio de comportamiento repentino cuando ha tocado más fondo. Pero a cambio, me agrada que el final sea abierto y no se nos diga claramente cuál es su destino, aunque deje la puerta abierta a la esperanza.

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Billy Wilder es en mi opinión uno de los cineastas que mejor reflejan el estilo clásico de Hollywood llevado a su máxima expresión, y esta película es un nuevo ejemplo de ello. A nivel de guión tiene todas las características de Wilder y de su colaborador Charles Brackett: diálogos ingeniosos y muy bien redactados (la forma como Don describe el alcoholismo a lo largo de la película es tan lúcida como espeluznante), toques humorísticos aún siendo un drama y multitud de detalles pequeños pero muy bien vistos (por ejemplo, los círculos que dejan los vasos sobre la barra del bar y que reflejan cuánto ha bebido).

También es típico de Wilder la forma tan inteligente de utilizar los objetos como puntos clave del drama. Por ejemplo, la máquina de escribir es el objeto más importante del Don escritor, por lo que cuando decide venderla está enterrando definitivamente su faceta de escritor vencida por su otra faceta alcohólica. O la confusión de abrigos en la ópera que permite que Helen y Don se conozcan, una premisa ingeniosa que da pie a situaciones humorísticas típicas de Wilder, como el que Don tenga que esperar al final de la obra para recuperar su abrigo. Cuando al final Don decide empeñar el abrigo de Helen y a cambio le da la gabardina, se cierra el círculo: se conocieron mediante este intercambio de prendas y teóricamente se despiden también así (de hecho está tan bien pensado que Wilder y Brackett no pueden evitar hacerlo evidente explícitamente por un diálogo de Helen).

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A nivel de dirección, Wilder tomó la astuta decisión de optar por una puesta en escena de cine negro aún tratándose de un drama no relacionado con el mundo criminal. El estilo oscuro y tenebroso del cine noir es la forma ideal para transmitir al espectador la desesperada situación del protagonista, y Wilder demostró lo que ya se había hecho patente en Perdición, que dominaba los códigos visuales del género.

De hecho las escenas más truculentas de la película siguen impactando hoy en día, así que es de suponer que en aquel entonces debieron provocar una impresión muy profunda en el público. La escena de la sala de alcohólicos del hospital parece de hecho una pesadilla con los enfermos delirando o convertidos prácticamente en vegetales.
El propio delirio del protagonista es por otro lado un ejemplo de cómo transmitir ese malestar pesadillesco sin necesidad de grandes trucos, simplemente con una sencilla imagen visual muy bien escogida. Don cree ver un ratón emergiendo del agujero de su pared que es devorado por un murciélago. El momento en que el murciélago se abalanza sobre el ratón dejando un reguero de sangre en la pared es un plano angustioso e incluso repugnante pero a la vez tremendamente simple, que representa a la perfección esas alucinaciones surrealistas de un alcohólico.

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Me dejo para el final la que es una de las grandes bazas de la película, que es la formidable interpretación de Ray Milland que comprende en sí misma todas las facetas de su personaje: el ingenioso escritor intelectualoide venido a menos, el educado y atractivo galán, el alcohólico egoísta que no duda en pisotear a cualquier persona y utilizarla de forma ruin a cambio de un trago, el hombre frágil y sin autoestima que se ve incapaz de confiar en sí mismo, etc. Todos los matices del mismo personaje los sabe capturar Milland a la perfección creando a un protagonista alcohólico creíble y, sobre todo, humano. Un factor esencial en la recreación del personaje fue por cierto el excelente trabajo de maquillaje dándole un aspecto demacrado pero sin caer en excesos, acentuado por la fuerte iluminación.

El personaje de la novia cobra mucho más importancia en el film que en la novela, ya que en la obra original uno de los hechos que atormentan más al protagonista es un incidente del pasado relacionado con la homosexualidad. Obviamente, eso era inviable en un film de Hollywood y por ello no solo se cambió el motivo a un bloqueo artístico sino que se dio más importancia al personaje de la novia, dándole de paso el inevitable toque femenino que todos los productores exigían. Habría sido curioso ver el resultado de haber encarnado ese personaje Katharine Hepburn, que era la primera elección que se tuvo en mente. A cambio, tenemos a Jane Wyman, que hace un buen trabajo pero carece por completo de la personalidad que Hepburn le habría otorgado.

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Un último elemento necesario de reseñar es la banda sonora de Miklós Rózsa. El primer pase de la película fue un fracaso, ya que tenía una banda sonora de jazz que hizo que el público esperara un film ligero sobre entrañables alcohólicos, por lo que el contenido tan crudo del mismo les pilló desprevenidos. Miklós Rózsa compuso entonces una banda sonora que tenía como gran novedad el uso del theremin para recrear sonoramente la sensación de paranoia y angustia del protagonista. El otro gran film de ese año, Recuerda de Alfred Hitchcock, también destacaría por una banda sonora de Rózsa con fuerte presencia del theremin.

Como ya es sabido, el film fue un auténtico éxito de taquilla recompensado además con premios en los festivales de cine más prestigiosos. Pero antes de su estreno, Días Sin Huella fue una apuesta arriesgada que por fortuna no acabó enterrada por presiones de las grandes empresas del sector y que pudo dignificar por fin la figura del alcohólico en el cine.

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2 comments

  1. Excelente review. Entiendo tus reticencias por el desenlace pero a mí no me molestó. Es un happy end, sí, pero coherente también. Se ve que el hombre ha tocado fondo y va a ser ayudado por su novia… En todo caso no es tan crudo como el final de “Días de vino y rosas” .
    En su libro de memorias, contaba Billy Wilder, que el título del guión era en un principio The Last Weekend pero que se transformó, por un error en la impresión, en The Lost Weekend un título mucho más sombrío y acorde con la historia que se cuenta.

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