El Hombre del Cráneo Rasurado [De man die zijn haar kort liet knippen] (1965) de André Delvaux

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Govert Miereveld es un respetable profesor casado y con dos hijos que siente una malsana obsesión por Fran, una de las estudiantes del instituto donde trabaja a la que considera la encarnación de la belleza perfecta. No obstante, Govert es incapaz de declararse a Fran y cuando ésta se gradúa su vida sufre una recaída tan grande que abandona su trabajo de profesor por otro de secretario del estado.

El debut de la corta filmografía del belga André Delvaux es una película muy curiosa que debe visionarse cogiéndole el punto a su particular estilo. El Hombre del Cráneo Rasurado se basa enteramente en el personaje de Govert, hasta el punto de que podría servir de ejemplo de película totalmente subjetiva, cuya puesta en escena permanece continuamente anclada en la visión del mundo de Govert. De hecho tal es así que uno de los pilares fundamentales del film es que uno no sabe hasta qué punto lo que ve es real u onírico, como pone de manifiesto el desenlace que comentaremos más adelante.

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Uno de los logros de Delvaux es transmitir esa sensación de malestar e inquietud mientras nos narra acontecimientos de lo más trivial, como la ceremonia que da inicio al film. El director no duda en dedicar largos minutos a algunos discursos o la canción que entona Fran intercalados con las reflexiones de Govert, quien por dentro se reconcome obsesionado por Fran mientras que exteriormente mantiene las apariencias. Detalles como su forma de acariciar el perchero de la alumna o de repasar los trabajos que ha hecho tienen cierto punto hasta enfermizo. Sólo durante el corte de pelo previo a todo ello parece que Govert consigue cierta calma, una escena por cierto excelentemente filmada pese a ser de nuevo bastante trivial (o al menos en apariencia).

En su segundo tramo el director se recrea, quizá demasiado, en una escena en que Govert acompaña a un doctor a la autopsia de un cadáver encontrado en el mar. En el coche se le dan multitud de detalles escabrosos sobre el mismo que le marean, pero nada es comparable al momento de la propia autopsia. Filmada casi en tiempo real (o al menos da esa sensación), es un momento de puro humor negro en que no vemos nada pero que aún así ya resulta suficientemente desagradable por las descripciones que hacen, los utensilios de los que se sirven y los movimientos que vemos. La escena tiene cierto punto surrealista, especialmente al tener lugar en plena naturaleza, y encuentra su justificación en el discurso que le hace el doctor en el coche sobre cuerpo y alma, uno de los diálogos más interesantes del film.

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Finalmente, Govert se reencuentra con Fran ahora convertida en cantante de éxito e, incapaz de resistirse, se le declara en su habitación. Ella dice que le correspondía pero que ahora es demasiado tarde, ya que han pasado multitud de hombres por su vida. La escena llega al punto de hacerse hasta claustrofóbica, tal es la capacidad de Delvaux de transmitir el malestar del protagonista en tal momento aún siendo un momento apoyado en los diálogos. Desesperado, Govert le dispara y cuando acude el doctor le implora de forma patética que no le practique la autopsia para que no destruya su bonito cuerpo.

Más tarde, le vemos en un futuro internado en una institución. Pero un día, descubre en un noticiario a Fran en perfecto estado, luego está viva. ¿Qué ha pasado? ¿Se recuperó del disparo? ¿O sencillamente todo eso fue producto de su imaginación? De ser así, ¿qué imaginó exactamente? ¿llegó a encontrarse con Fran? Porque realmente no parece muy plausible que ella amara en secreto a un hombre mediocre como él, y eso encajaría más como un producto de su imaginación. Delvaux no da pistas, de hecho el director no quiere jugar a moverse entre realidad y fantasía, su apuesta es crear un film basado en el punto de vista de un personaje sin dejar indicios sobre qué es real y qué no lo es.

Una película extraña y en ocasiones algo densa, pero muy interesante.

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