Bélgica

Toda una Noche [Toute une Nuit] (1982) de Chantal Akerman

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Toda una Noche (1982) es una de esas propuestas cinematográficas que, al margen de si agradan más o menos, merecen ser destacadas por lo original de su premisa. En todo caso no es una película que se pueda juzgar con parámetros tradicionales, ya que en ella la cineasta belga Chantal Akerman planteó un enfoque experimental a la representación de las relaciones sentimentales en el cine.

A lo largo de una cálida noche en Bruselas vemos a diferentes parejas que interactúan entre ellas pero sin un hilo narrativo concreto entre cada pareja. De hecho nunca llegaremos a conocer la historia de cada una, sólo veremos momentos puntuales potencialmente dramáticos pero descontextualizados del todo. De esta forma Toda una Noche acaba siendo una sucesión de escenas de abrazos, reconciliaciones, riñas y decepciones desvinculadas de cualquier elemento narrativo.

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Al hablar de esta película se ha utilizado a menudo la comparación con una especie de ballet. No es una mala analogía, de hecho en conjunto podría verse Toda una Noche como una especie de ballet sin música, ya que al privarnos la cineasta de un contexto para cada personaje o situación nos obliga a fijarnos sobre todo en sus gestos. Curiosamente no hay apasionados besos ni escenas de sexo pese al trasfondo nocturno, como si Akerman no quisiera recurrir a la representación más típica de este tipo de situaciones. Pero aún así, no hace falta, cuando las parejas se abrazan entre sí, transmiten pura pasión o desesperación según el caso (a veces de hecho nos es difícil discernir si se trata de la primera o de la segunda situación). La directora no se ve en la necesidad de mostrar escenas más explícitas porque dichos gestos en su desnudez ya transmiten las emociones que sienten los personajes. Al verles abrazados notamos por la forma en que entrelazan sus cuerpos cómo se necesitan mutuamente y la necesidad que tienen de contacto físico con el otro. Podría decirse que, entre otras muchas cosas, Toda una Noche es un estudio de la fisicidad de las relaciones sentimentales sin necesidad de llegar al erotismo.

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El film es en definitiva una recopilación de fragmentos sueltos, piezas de puzzle de las que nunca se nos dará a conocer la imagen genérica. Es un intento de tomar un tema más que trillado (las relaciones y desengaños amorosos) y convertirlo en una serie de imágenes abstractas, de gestos que adquieren más fuerza sin ninguna explicación precedente. La ausencia de banda sonora acentúa la desnudez de las situaciones, dejándoles solos en medio del sonido ambiente.

Si han visto ya la obra más célebre de Akerman, Jeanne Dielman, 23 Quai Du Commerce, 1080 Bruxelles  (1975) no les sorprenderá la preferencia que siente la cineasta por los tiempos muertos y los largos silencios entre personajes. De nuevo ese elemento es fundamental no solo porque marca el tempo de la película sino porque es una manera de que sintamos cada escena. No se puede decir que sea una película lenta porque no se mueve, no se dirige hacia ningún fin concreto, simplemente permanece con los personajes observando esos pequeños instantes reveladores. Al no haber una meta concreta a perseguir, al recaer todo el peso sobre los personajes, la directora les permite tomarse todo el tiempo que necesiten para pensar, para tomar decisiones, para actuar (quizá demasiado tarde) y para arrepentirse.

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La lógica que sigue aquí no es muy diferente a la de la ya mencionada Jeanne Dielman. En aquel film Akerman secuenciaba de forma repetitiva todos los actos cotidianos de una ama de casa hasta reducirlos a meros gestos, hasta conseguir que nos fijáramos en los movimientos intrascendentes que eran su rutina diaria; en Toda una Noche la cineasta propone una exploración similar pero reduciendo aún más la trama (en realidad eliminándola por completo) y centrándose en varios personajes distintos, de forma que el metraje acaba siendo una recopilación de varios gestos y actos de sobras conocidos y explotados reducidos a su mínima expresión. Pocos cineastas han sabido filmar y explorar tan bien como ella el acto o el gesto en su máxima pureza.

¿Qué nos queda después de ver Toda una Noche? Diferentes imágenes que reflejan la dificultad de las relaciones sentimentales. Hombres que no pueden dormir y se quedan meditabundos, dos desconocidos que bailan una empalagosa canción de amor que suena en la radio, una pareja que se dice en la cama que ya no se quiere, otra pareja de edad madura que decide volver a salir a bailar, despedidas, reencuentros, reproches, reconciliaciones. El cine como expresión de las relaciones humanas llevadas a su mínima expresión.

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El Hombre del Cráneo Rasurado [De man die zijn haar kort liet knippen] (1965) de André Delvaux

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Govert Miereveld es un respetable profesor casado y con dos hijos que siente una malsana obsesión por Fran, una de las estudiantes del instituto donde trabaja a la que considera la encarnación de la belleza perfecta. No obstante, Govert es incapaz de declararse a Fran y cuando ésta se gradúa su vida sufre una recaída tan grande que abandona su trabajo de profesor por otro de secretario del estado.

El debut de la corta filmografía del belga André Delvaux es una película muy curiosa que debe visionarse cogiéndole el punto a su particular estilo. El Hombre del Cráneo Rasurado se basa enteramente en el personaje de Govert, hasta el punto de que podría servir de ejemplo de película totalmente subjetiva, cuya puesta en escena permanece continuamente anclada en la visión del mundo de Govert. De hecho tal es así que uno de los pilares fundamentales del film es que uno no sabe hasta qué punto lo que ve es real u onírico, como pone de manifiesto el desenlace que comentaremos más adelante.

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Uno de los logros de Delvaux es transmitir esa sensación de malestar e inquietud mientras nos narra acontecimientos de lo más trivial, como la ceremonia que da inicio al film. El director no duda en dedicar largos minutos a algunos discursos o la canción que entona Fran intercalados con las reflexiones de Govert, quien por dentro se reconcome obsesionado por Fran mientras que exteriormente mantiene las apariencias. Detalles como su forma de acariciar el perchero de la alumna o de repasar los trabajos que ha hecho tienen cierto punto hasta enfermizo. Sólo durante el corte de pelo previo a todo ello parece que Govert consigue cierta calma, una escena por cierto excelentemente filmada pese a ser de nuevo bastante trivial (o al menos en apariencia).

En su segundo tramo el director se recrea, quizá demasiado, en una escena en que Govert acompaña a un doctor a la autopsia de un cadáver encontrado en el mar. En el coche se le dan multitud de detalles escabrosos sobre el mismo que le marean, pero nada es comparable al momento de la propia autopsia. Filmada casi en tiempo real (o al menos da esa sensación), es un momento de puro humor negro en que no vemos nada pero que aún así ya resulta suficientemente desagradable por las descripciones que hacen, los utensilios de los que se sirven y los movimientos que vemos. La escena tiene cierto punto surrealista, especialmente al tener lugar en plena naturaleza, y encuentra su justificación en el discurso que le hace el doctor en el coche sobre cuerpo y alma, uno de los diálogos más interesantes del film.

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Finalmente, Govert se reencuentra con Fran ahora convertida en cantante de éxito e, incapaz de resistirse, se le declara en su habitación. Ella dice que le correspondía pero que ahora es demasiado tarde, ya que han pasado multitud de hombres por su vida. La escena llega al punto de hacerse hasta claustrofóbica, tal es la capacidad de Delvaux de transmitir el malestar del protagonista en tal momento aún siendo un momento apoyado en los diálogos. Desesperado, Govert le dispara y cuando acude el doctor le implora de forma patética que no le practique la autopsia para que no destruya su bonito cuerpo.

Más tarde, le vemos en un futuro internado en una institución. Pero un día, descubre en un noticiario a Fran en perfecto estado, luego está viva. ¿Qué ha pasado? ¿Se recuperó del disparo? ¿O sencillamente todo eso fue producto de su imaginación? De ser así, ¿qué imaginó exactamente? ¿llegó a encontrarse con Fran? Porque realmente no parece muy plausible que ella amara en secreto a un hombre mediocre como él, y eso encajaría más como un producto de su imaginación. Delvaux no da pistas, de hecho el director no quiere jugar a moverse entre realidad y fantasía, su apuesta es crear un film basado en el punto de vista de un personaje sin dejar indicios sobre qué es real y qué no lo es.

Una película extraña y en ocasiones algo densa, pero muy interesante.

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Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975) de Chantal Akerman

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No es hasta los casi 40 minutos de película cuando por fin Jeanne Dielman revela algo sobre sí misma. Y lo hace porque su hijo le pregunta cómo conoció a su padre (ahora fallecido). No obstante, la respuesta tiene poco de emotiva, de hecho ella dice literalmente “No sabía si quería casarme, pero era lo que la gente hacía“. Esa frase, introducida de improviso en medio de sus recuerdos es la que da la clave sobre su personaje. Jeanne no cuestiona sus actos o su forma de vida, simplemente hace lo que supone que debe hacer como ama de casa y madre viuda: llevar a cabo las tareas del hogar, mimar a su hijo adolescente y prostituirse secretamente para conseguir algún dinero con que pagar todos los gastos. Durante las tres horas y cuarto de film en que la acompañamos en su día a día nunca percibimos en ella ningún sentimiento – ya sea positivo o negativo – respecto a su agotadora y repetitiva rutina. Jeanne Dielman hace lo que se supone que debería hacer una mujer en su posición, y eso es todo.

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Ya el largo título de la película nos da a entender que nos encontramos ante un film especial. Y no lo digo únicamente por ser uno de los mejores alegatos feministas sobre el papel de la mujer en nuestra sociedad, sino por la forma como lo planteó la directora belga Chantal Akerman.

Jeanne Dielman, 23 Quai Du Commerce, 1080 Bruxelles es una obra filmada con un estilo inusualmente frío y distanciado. Todos los planos de la película se mantienen a una distancia prudencial de los personajes, normalmente en planos generales y americanos, y la cámara siempre se mantiene fija y estática ante lo que sucede en el encuadre. Es una puesta en escena que huye de cualquier sentimiento de identificación con el personaje principal, que no nos deja acercarnos a él. Esta decisión está íntimamente unida al contenido de la película, que se dedica a mostrar simple y llanamente la rutina de Jeanne Dielman durante tres días. De esta forma, lo que consigue Akerman es que todas estas acciones cotidianas y aburridas nos parezcan aún más monótonas y mecánicas al mostrar siempre todos los actos desde la distancia. No se busca crear momentos “interesantes” cinematográficamente a partir de estos actos, más bien al contrario, se pretende que el espectador lo sienta como una interminable rutina alienante.

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Jeanne Dielman de hecho se comporta prácticamente como un robot -únicamente en tres momentos de la película deja entrever sentimientos: en dos conversaciones con su hijo y una con un zapatero-, es una ama de casa que lleva a cabo todas sus tareas con eficiencia precisamente por esa falta de sentimientos más allá de tener que cumplir con su deber. Incluso la lectura de una carta de su hermana en que saca a la luz algunos temas personales (como aconsejarle que se case de nuevo) es tratada como otra tarea más, aburrida y carente de interés, de hecho la lee del tirón sin dejar entrever ninguna emoción. Por ello esa puesta tan escena tan fría y eficiente sin ninguna banda sonora encaja perfectamente con su personalidad y acaba reflejando el mundo en que vive ella a diario.

Akerman, en su afán de ser fiel a lo que nos muestra, no duda en alargar los planos los minutos que haga falta, llegando a veces al extremo de mostrarnos en tiempo real cómo Jeanne lava los platos de espaldas a la cámara o, ya en el tramo final, esos largos minutos en que aparece sumisa en sus pensamientos sin hacer nada. Tal decisión, aunque es coherente con la finalidad de la película, resulta sumamente arriesgada y seguramente provocará que muchos prefieren abandonar el film a la mitad, lo cual por otro lado es comprensible: tres horas sobre la vida de una ama de casa belga no es algo potencialmente atractivo. Pero aquí es donde debemos hacer énfasis en la magistral labor de Akerman, porque consigue ser fiel a su propósito y al mismo tiempo crear un film cinematográficamente interesante, que no se limita a ser un experimento infumable con ínfulas intelectuales.

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Una de las grandes virtudes de la cineasta es la minuciosidad con que recrea cada acto del día a día, consiguiendo sumergirnos en su rutina y que la vivamos como algo cotidiano y creíble. Por ejemplo, cuando se despierta cada mañana e inicia su rutina hay un gesto que me parece muy bien buscado y es que enciende la estufa en el comedor antes de despertar a su hijo. En realidad para Jeanne ése no es más que otro de los muchos actos que lleva a cabo cada mañana, pero eso ya da a entender su postura respecto a su hijo, su voluntad de cuidarlo en pequeños detalles como ése, dejando que duerma unos minutos más y preocupándose de que cuando se despierte la habitación ya esté caliente. Y en realidad nunca le vemos ningún gesto especialmente cariñoso hacia Sylvain, parece como si el hecho de procurar que su hijo se despierte con la habitación ya caliente, el café preparado y los zapatos limpios es algo que se dé por hecho que tenga que ser así. La película está plagada de pequeños gestos y detalles como éste (por ejemplo en la elaboración de las comidas) que demuestran una gran preocupación por parte de Akerman de construir una rutina diaria completa y creíble.

Retomando esa idea, podríamos vincularla con el que es el único punto truculento de la rutina de Jeanne: cuando ejerce la prostitución por las tardes. Este elemento que a nosotros nos parece chocante, en realidad Jeanne lo entiende como otro proceso natural de su rutina diaria que incluye otras tareas igual de aburridas y mecánicas: colocar la toalla sobre la cama de matrimonio, recoger el sombrero y abrigo del cliente, hacer el amor, despedirse del cliente, meter el dinero en un recipiente del comedor, abrir la ventana para airear la habitación, recoger la toalla, estirar la colcha de la cama, bañarse y continuar con el resto de tareas.

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En cierto momento de la película podemos ir intuyendo como esta cotidianedad infalible y repetitiva empieza a resquebrajarse. En una ocasión, Dielman descubre que no tiene patatas para la cena y debe bajar apresuradamente a comprar más. Por culpa de ello esa noche cenan más tarde. Posteriormente, descubre que ha perdido el botón de un abrigo que le trajo su hermana de Canadá y no encuentra en ninguna tienda otro de recambio igual que el resto. Se prepara un café con leche pero el café del termo está malo y lo debe tirar. Olvida tapar el recipiente donde guarda el dinero. Cuando entra en la cafetería a la que va cada tarde, alguien ha ocupado su sitio y no está la camarera habitual que siempre le sirve lo mismo sin necesidad de que lo pida. Son pequeños gestos insignificantes pero que rompen con esa rutina eficiente e inalterable, que dan a entender que algo no está funcionando. No hay música que remarque que suceda algo malo, ni ningún monólogo interior que hable de frustración, ni siquiera algún plano que nos subraye esa idea. Simplemente va sucediendo. Y la forma como nos muestra Akerman que algo va mal es mediante largos planos de Jeanne silenciosa con la mirada perdida, planos que dejan más que patente el vacío que hay en su vida.

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Finalmente, cuando Jeanne recibe al cliente del día sucede el hecho más terrible de todos para ella: tiene un orgasmo con él. Esto le resulta tan intolerable que le acaba apuñalando. Es algo que se escapa por completo de su control y su rutina diaria, en la cual el contacto con los clientes ha de ser el mínimo posible evitando cualquier tipo de emoción. Esos actos sexuales para ella deben llevarse a cabo como el resto de rutinas, de forma fría y desapasionada, por lo que al no saber cómo reaccionar ante esa intrusión decide matar al culpable.

Mirándolo en perspectiva, no deja de ser fascinante que una película como ésta, centrada en actos supuestamente tan vacíos y rutinarios y con una puesta en escena tan estática y calculada, albergue en su interior tantas ideas y detalles que se pueden seguir rebuscando en segundos visionados.

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