Dillinger (1973) de John Milius

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Dillinger fue el proyecto con el que el reputadísimo guionista John Milius decidió lanzarse a la dirección después de años trabajando únicamente como escritor. Con experiencia ya en escribir sobre personajes americanos legendarios que representaban ese individualismo que tanto le gustaba a él (Jeremiah Johnson o el juez Roy Bean en El Juez de la Horca), la elección del criminal John Dillinger, que adquirió notoriedad en la época de la Gran Depresión, era bastante obvia y sumamente atractiva.

Resulta curioso comparar el Dillinger de John Milius con la versión de 1945 de Max Nossech. La versión de los años 40 toma el personaje de Dillinger y hace con él una notable película de cine negro, mientras que Milius prefiere narrar la historia centrándose en el mito. A él parece interesarle más toda la mitología que rodea el personaje que sus robos en sí. Incluso el propio Dillinger hace explícitas continuamente las referencias a su fama: en cada atraco aconseja a las víctimas que recuerden ese momento en que “conocieron al famoso Dillinger” y en sus conversaciones con su compañera Billie Frechette suele hablar en broma sobré qué dirán los periódicos o incluso “sus seguidores”.

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La referencia a sus seguidores no es nada casual. Como es bien sabido, toda esta generación de criminales que alcanzó tanta notoriedad en los años 30 (Dillinger, Bonnie y Clyde, Baby Face Nelson) gozaba de cierta simpatía popular. La mayor parte de la población estaba por entonces arruinada por la Gran Depresión y veía a los bancos y el gobierno como los responsables de su situación. Por ello la figura de unos criminales que desafiaban a los bancos y la autoridad era sumamente atractiva, ya que estaban realizando lo que ellos no se atrevían a hacer. Eso se traduce en el hecho de que las grandes películas criminales de la época – Scarface (1932) de Howard Hawks, Hampa Dorada (1931) de Mervyn Le Roy o El Enemigo Público (1931) de William A. Wellman – tuvieran como protagonistas a los gangsters y no a la policía. Por mucho que al final éstos acabaran muriendo o encarcelados, la simpatía del film iba obviamente dirigida hacia ellos.

En Dillinger, Millius nos muestra esto en una escena en que el oficial del FBI encargado de darles caza ve a unos niños jugando a dispararse y, al hablar con uno de ellos, éste reconoce que hace de gangster porque le gusta más encarnar ese papel que el de policía. También hay otra referencia más escondida al final de los créditos cuando se escucha una frase que pronunció el director del FBI Edgar Hoover (aunque no la lee él, son palabras suyas) en que comenta su desaprobación hacia los films que glorifican a los criminales

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La película en general no puede evitar cierto toque romántico, enfatizado frecuentemente por la banda sonora, pero no llega a idealizar su contenido salvo en algunas ocasiones. Uno de esos casos es cuando coinciden en un mismo restaurante el oficial del FBI Melvin Purvis y Dillinger junto a su chica Billie. Cuando Purvis les ve en otra mesa, en lugar de detenerles les envía una botella de champagne: en ese instante está celebrando su cumpleaños, y para respetar las normas del juego no ataca a su adversario, que también está en un momento íntimo, aunque sí le hace notar su presencia. Esta forma tan idealizada de mostrar ese respeto hacia el rival seguramente sea irreal pero tiene un segundo significado: Purvis le “derrota” en ese contexto. Como Dillinger es un fuera de la ley se ve obligado a abandonar su mesa sin poder ofrecerle a Billie lo que ella tanto deseaba: poder bailar juntos esa noche. La idea viene a ser que el precio a pagar por ser un gangster es que, por mucho dinero que tenga, siempre estará expuesto a tener que irse de sitios públicos cuando sea descubierto,. En ese terreno Purvis está por encima de él.

El reparto está muy bien escogido con actores siempre eficientes como Warren Oates encarnando a John Dillinger o Harry Dean Stanton interpretando a uno de sus cómplices. También cabría destacar a Ben Johnson encarnando a uno de los mejores personajes de la película, el serio y eficiente agente del FBI que se propone matar a todos los gangsters fumándose un puro sobre su cadáver en homenaje a su compañero, así como Richard Dreyfuss en el papel breve pero algo histérico de Baby Face Nelson.

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El desenlace es especialmente interesante por mostrarnos el trágico destino de cada uno de ellos pero con un tono distinto dependiendo del personaje. El final del algo cómico Homer Van Meter tiene un poco de divertido patetismo, con sus continuas referencias de que ése no es su día de suerte y muriendo con el ridículo abrigo de pieles que ha robado a un chico rico. El salvaje Baby Face Nelson tiene un desenlace con más acción y tiroteos, tal y como se corresponde a su personaje. En cuanto al afable Pretty Boy Floyd, es el que tiene mi desenlace favorito, con un tono más romántico y amable, siendo acogido en su huida por dos ancianos granjeros que le alimentan aún sabiendo que es un gangster y, posteriormente, intercambiando unas frases con Purvis antes de morir. La música enfatiza ese romanticismo que hace inevitable que sintamos cierta compasión por él.

En cuanto a Dillinger, cualquiera que esté algo al corriente de anécdotas relacionadas con el mundo criminal o el cine de gángsters sabrá su desenlace. Dillinger era un conocido cinéfilo, y moriría tiroteado en la puerta de un cine curiosamente después de ver un film de gangsters, Manhattan Melodrama (1934) de W.S. Van Dyke. En la vida real, Dillinger fue disparado sin más, pero en el film se vieron obligados a mostrarle intentando coger un arma para no dar una imagen tan desfavorable del FBI. En ese sentido, las películas de gangsters de los años 30 no se diferencian de las de los años 70: al final el criminal siempre paga y la justicia impone el orden.

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