Filón de Plata [Silver Lode] (1954) de Allan Dwan

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Si algo hay que reconocerle a Filón de Plata es que como mínimo cuenta con un inicio impactante que engancha instantáneamente al espectador. Cuatro jinetes llegan al pueblo de Silver Lode preguntando por un tal Dan Ballard, al cual encuentran en un momento muy inoportuno para visitas: la ceremonia de su boda con la hija de uno de los hombres más ricos del pueblo. El líder de los jinetes, un tal Fred McCarty dice ser un marshall que viene a llevarse a Ballard por haber asesinado a su hermano. Los papeles que lleva consigo están en regla y Ballard no niega haberle matado, aunque sí las circunstancias en que se produjo el asesinato.

Nos encontramos por tanto ante un western que empieza con los valores invertidos: el protagonista es buscado por un crimen y el antagonista es un agente de la ley. Sin embargo, los espectadores más avispados enseguida deducirán que un personaje interpretado por Dan Duryea difícilmente puede estar del lado de la justicia y nos situamos en el bando de Ballard, quien se encuentra atrapado en una telaraña como un falso culpable hitchcockiano.

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Filón de Plata es una película que puede entenderse y disfrutarse a dos niveles. El primer y más elemental es como una obra de acción disfrazada de western, concentrada en un espacio y tiempo muy concretos en los que Ballard intenta sobrevivir y probar su inocencia teniendo todo en su contra. En ese aspecto, el guión es intachablemente conciso y directo, y el realizador Allan Dwan hace un trabajo de dirección especialmente ágil (no en vano empezó dirigiendo películas 40 años atrás para Douglas Fairbanks, que lo “adoptó” como uno de sus directores predilectos). John Payne, por otro lado, sin ser un prodigio de actor, funciona perfectamente como héroe de acción aún cuando en el bando interpretativo es imposible no dejarnos seducir por el siempre aborrecible Dan Duryea, aquí en un papel especialmente astuto y por tanto más odioso aún.

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Pero bajo esta primera lectura subyace otra bastante evidente y es el papel que toma el pueblo en esta historia. Inicialmente, cuando los cuatro agentes de la ley vienen a llevarse a Ballard, todos los aldeanos se ponen de su parte y se niegan a creer que sea culpable. Tan solo conocen a Ballard desde hace dos años y no se nos dice qué ha hecho en ese tiempo para ganarse hasta tal punto la estima de todos, pero aún así le profesan una fidelidad canina que resulta conmovedora.

No obstante, a medida que la trama se complica, todo el poblado que dio la cara previamente por él acaba volviéndose en su contra. En cuestión de una hora pasan de estar dispuestos a hacer lo que sea por él (¡incluso interponerse a la ley!) a pretender lincharlo antes de un juicio justo. Resulta obvio que para Dwan ésta es la idea más importante de la película, al remarcar de forma tan enfática la conversión de ese honrado y entrañable pueblo típicamente americano (situar la acción el 4 de julio no puede ser casual) a una turba enfurecida y descontrolada.

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Si nos animamos a explorar un poco más teniendo en cuenta el contexto en que se produjo, rápidamente veremos otra idea que resulta bastante explícita partiendo del hecho de que el antagonista tiene el nada disimulado (y mucho menos casual) apellido de McCarty. La caza de brujas que llevó a cabo el senador McCarthy en esos años es uno de los periodos más oscuros y vergonzosos de la historia de Hollywood, acabando con la carrera de actores y cineastas que quedaron estigmatizados y abandonados por sus colegas de profesión. Nuestro protagonista Ballard experimenta aquí en sus carnes el paso de ser una figura popular y querida a convertirse en el centro del odio de todos a raíz de unas injurias lanzadas por McCarty, quien anima a todas esas figuras burguesas bienpensantes a perseguirle y acabar con él. No se trata de una lectura precisamente sutil, ni hacía falta que lo fuera, dada la gravedad de la situación y la incapacidad de la comunidad de Hollywood por atreverse a denunciar esos acontecimiento – de hecho este film de Dwan resulta mucho más clarividente y atrevido que el western tradicionalmente asociado a la denuncia a la caza de brujas: Solo ante el Peligro (1952) de Fred Zinneman.

Las únicas personas que confían en él hasta el final acaban siendo su prometida (el amor puede con todo, ya saben) y la prostituta del pueblo, sin contar al sacerdote que le da cobijo por motivos religiosos. De entre las diversas citas bíblicas que se van mencionando a lo largo del film echo en falta precisamente la que mejor resume la principal idea del guión: “no juzguéis si no queréis ser juzgados”. Al final la ramera del pueblo acaba siendo mucho más justa y honesta con Ballard que las respetables ancianas o los fieles pueblerinos, fácilmente susceptibles no solo a cambiar de opinión sino a ejecutar sentencia ante un impulso rápido.

Puede que al final se haga justicia al honesto Dan Ballard, pero difícilmente podrá seguir haciendo su vida en esa pacífica comunidad como antes. Pese al innecesario plano final que intenta dejar el film en una coda positiva, la cara de amargura de Ballard cuando sale junto a su amada lo dice todo: ha vencido y demostrado la verdad, pero también ha comprobado lo hipócrita y podrida que está esta sociedad bajo esa apariencia pacífica e idílica. Y lo peor de todo es que los Estados Unidos de los años 50, la América de la Caza de Brujas, seguía viéndose reflejada en ese retrato tan desolador.

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