El Gran Gabbo [The Great Gabbo] (1929) de James Cruze

De entrada, la idea de una película en que Erich von Stroheim interpretara a un ventrílocuo egomaniaco e intratable que acaba volviéndose loco podría parecer altamente prometedora. Pero sorprendentemente El Gran Gabbo (1929) consigue ser un enorme chasco partiendo de una combinación (Erich von Stroheim + muñeco de ventrílocuo) que no debería fallar. ¿Cómo puede ser?

Hemos de ser conscientes antes de nada de que El Gran Gabbo es una obra que queda lastrada por dos factores: ser una producción barata que tiene como único punto de apoyo su carismático protagonista y constituir una de esas obras típicas de inicios del sonoro que parecen estar planteadas como una forma de explotar las bondades de dicho invento. ¿Cuáles son las novedades que puede ofrecernos a finales de los años 20 una película con sonido sincronizado? En primer lugar, nos puede permitir filmar un número de ventriloquía, que seguramente era algo esencial que el cine necesitaba desde sus inicios. Y en segundo lugar, nos permite grabar números musicales. Partiendo de esa reflexión es como nació El Gran Gabbo, un filme cuyo mayor lastre es que en el fondo son dos películas en una – y ninguna de las dos especialmente memorable.

Como dijimos, El Gran Gabbo es una producción barata en la que el genial director Erich von Stroheim acabó aterrizando porque no tenía más remedio. Su último filme como director, la excelente La Reina Kelly (Queen Kelly, 1929) fue un sonoro chasco lastrado además por una complicadísima gestación de la que ya habló en detalle mi colega el Doctor Caligari. Tras ese proyecto Stroheim se encontró con que nadie en la industria le ofrecía más trabajos como director y, pensando que sería una pequeña mala racha, aceptó a regañadientes hacer este papel como actor para traer dinero a casa a la espera de nuevos proyectos.

Por entonces poco podía imaginar que en realidad su carrera como director estaba acabada y que solo dirigiría un filme más (e igualmente en condiciones bastantes problemáticas). Se había ganado con creces la fama de director difícil e intratable, y a esas alturas ningún estudio de Hollywood volvería a picar contratando sus servicios solo porque fuera innegablemente un gran cineasta. Más interesante les parecía no obstante explotar la faceta que el propio actor y director había cultivado de sí mismo de «el hombre al que te gusta odiar», con esos papeles de alemán tiránico, colérico, hipócrita y lascivo que le hicieron famoso. Eso sumado a su conocida faceta intratable como director le hacían perfecto para papeles como el que encarna aquí.

En este filme interpreta a Gabbo, un ventrílocuo que tiene un número con un muñeco llamado Otto y su compañera Mary. Gabbo, que es un ventrílocuo brillante (consigue hacer hablar a su muñeco mientras bebe o come), maltrata sistemáticamente a Mary hasta el punto de que ésta decide abandonarle, ya que paradójicamente solo le dice cosas amables a través del muñeco. Años después, Gabbo se ha hecho famoso y cuando se reencuentra con Mary decide plantear una reconciliación. Poco sospecha que ella en realidad está ya casada y no se plantea volver con él.

El Gran Gabbo podría haber sido una muy notable película de serie B de 1 hora y poco, o uno de esos filmes prototípicos de Tod Browning con Lon Chaney, ambientados en el mundo del espectáculo y con personajes extraños y torturados. Pero lo que tenemos aquí es simple y llanamente un filme estéril y plano. Qué prometedora resulta la premisa del ventrílocuo que utiliza a su muñeco como doble suyo (en este caso su faceta más bondadosa), y cuánto podría dar de sí para un filme de terror, apoyado en algo que hoy día nos parece tan obvio y es que los muñecos de ventrilocuo no son graciosos, sino que dan miedo. Y no obstante, qué poco se aprovechan estas circunstancias y qué poco sucede de interés con Gabbo y Otto en su hora y media de duración. Quizá el relato original de Ben Hecht explotaba mejor la idea. Desde luego años después se aprovecharía mucho mejor en el magistral filme coral Al  Morir la Noche (Dead of Night, 1945), pero si acuden a El Gran Gabbo esperando algo así, saldrán decepcionados.

El guion es terriblemente torpe, con un protagonista tan absolutamente arrogante e insolente que solo podemos disculpar lo poco creíble que resulta por el carisma de Erich von Stroheim, que es en si mismo lo único que sostiene toda la película. Es innegable que dicho personaje se alimenta de su fama como artista egocéntrico y difícil, y que cuando proclama su absoluta genialidad mientras maltrata a sus ayudantes se nos está ofreciendo una especie de parodia del Stroheim de verdad (años después en otra película haría esa parodia más explícita al interpretar a un colérico director de cine). Pero su evolución psicológica es burda e incomprensible y el resto de personajes tienen interés nulo (no culpo a Betty Compson en lo que respecta al personaje de Mary, sino más bien al guion).

Pero esto no es lo peor. Con estos ingredientes podríamos tener una película olvidable de una hora a la que achacaríamos que nunca llega a aprovecharse la premisa inicial ni a estallar ningún conflicto de interés. Pero he aquí la gran sorpresa de El Gran Gabbo: en realidad se trata de una película musical. En su segunda mitad, el filme nos ofrece varios números musicales filmados una vez más de forma totalmente insípida – es cierto que eran los inicios del sonoro, pero ni siquiera en las secuencias de personajes parece estar muy inspirado James Cruze – y que, en lo que a contenido se refieren, basculan entre lo simplemente aceptable y lo tedioso. Lo peor no es que se nos haya engañado usando a Stroheim como reclamo para hacernos tragar una película musical, sino que estas escenas musicales no están para nada relacionadas con la trama principal. Podrían cortarse limpiamente del montaje final y no solo no se notaría sino que el filme saldría ganando.

Así pues mucho me temo que El Gran Gabbo es una obra solo apta para fanáticos de Erich von Stroheim, de lo ventriloquía o de los inicios del cine sonoro. Yo, que cumplo dos de esos tres puntos (les dejo adivinar cuáles), saqué algo de provecho de su visionado, pero desde luego no la recomendaría. Me resulta interesante comprobar cómo se aplica aún muy torpemente la novedad del sonoro (fíjense lo extraño que se hace ver los créditos iniciales sin música, le da un toque hasta moderno a nuestros ojos) y hay algunos aspectos que me han parecido incluso extraños, como cuando Gabbo habla con un ayudante suyo en alemán. ¿Cuál es la razón de ser de ese cambio de idioma que además no aparece subtitulado? ¿Simplemente exhibir con el sonoro el hecho de que Stroheim era de origen germánico y que su acento no era impostado? Porque además es algo buscado, ya que más adelante dicho ayudante habla inglés con la protagonista, de modo que podría haber hecho lo mismo con Gabbo. Este tipo de pequeños detalles que no parecen tener lógica son la clase de rarezas que me encanta descubrir en estas obras hechas en un periodo confuso como es el inicio del sonoro. Más allá de estos detalles, poco más hay que rascar de la película. Los números de ventriloquía están claramente amañados con una voz por detrás que interpreta al muñeco y, lo que es aún peor, el muñeco Otto tiene un par de canciones que suponen un ataque frontal contra el espectador.

Como último detalle a destacar, cuando al final vemos a Gabbo recién despedido caminando solo por la calle (otro detalle sin sentido del guion: si realmente es la gran estrella del espectáculo, ¿cómo pueden despedirle así como así?) se hace inevitable hacer una analogía con el Stroheim de verdad, cuya carrera como director por entonces estaba ya finiquitada y a quien le esperarían años muy duros de grandes estrecheces económicas. No todos los genios, ya sean del cine o de la ventriloquía, son comprendidos en su tiempo.

4 comentarios

  1. La verdad es que cuánto juego da para la crítica cinematográfica y el análisis una película que no es redonda, y cuántas cosas se pueden sacar de ella, como se puede ver en este texto sobre «El Gran Gabbo». Me encanta esa metáfora final que haces sobre el destino del personaje que interpreta Stroheim y su destino como director de cine. Qué tipo fascinante y extraño Erich von Stroheim tanto su vida, como su obra como director y actor. Cómo me gusta en La gran ilusión.
    Por cierto, hay un referente que pones que me encanta: Al Morir la Noche (Dead of Night, 1945), ¡¡¡cuántas historias buenas esconde!!! Y ahí está la del muñeco y el ventrílocuo.
    Qué miedo me dio también cuando era pequeña, una de las historias terroríficas de la serie de Chicho Ibáñez Serrador, precisamente con un ventrílocuo y su muñeco… «¿Hay alguien?… Voy a cerrarrrr». Creo que no hace mucho han hecho un remake de ese capítulo, homenajeando dicha serie, la de Historias para no dormir.

    Beso
    Hildy

    1. ¡Hola Hildy!

      Con el tiempo encuentro cada vez más cosas interesantes en ciertas películas irregulares o fallidas, obviamente no en todas, y es cierto que uno disfruta más de un gran filme, pero hay otros que resultan apasionantes precisamente por sus fallos, como es el caso que nos ocupa, al reflejar la confusión de los estudios a la hora de abordar el sonoro.
      Eso sin olvidar que Stroheim dotaba de interés cualquier obra en que aparezca, un personaje apasionante que hundió él mismo su carrera como director por ser fiel a sus principios.
      También soy muy fan de Al Morir la Noche, que se me mantuvo sorprendentemente bien en un segundo visionado, aunque desconozco la historia de Chicho, pero ciertamente los ventrílocuos dan mucho juego para crear obras de terror (y ya me perdonarán mis posibles lectores aficionados a la ventriloquía).
      Un saludo.

  2. Hace un tiempo escribí algo sobre Al morir la noche que no sé si publicaré, y por comparar me vi la Historia para no dormir antigua, de Chicho, y también la miniserie que hicieron hace poco en la que el capítulo del ventrílocuo (Freddy), quizá sea lo más potable, porque de Dani Rovira protagonizando El asfalto hablamos otro día…

    El caso es que le di alguna vuelta a la idea de que el tema del muñeco de ventrílocuo ha dado poco juego, para la chicha que puede tener. Supongo que el ámbito del terror barato sí habrá tenido su predicamento, pero es un mundo del que apenas conozco la superficie. Pero no tenía la más mínima referencia de El gran Gabbo (bueno sí, pero de el de los Simpsons) y es verdad, ya hay que ser inútil para tener a Von Stroheim dispuesto a meterle mano a un muñeco que da mal rollo y terminar haciendo un musical malucho.

    ¡Qué difícil es acertar, hasta cuando es fácil!

    Un abrazo

    1. Hola Manuel,

      Pues sí, teniendo en cuenta el miedo que dan – objetivamente – estos muñecos es extraño que no se haya explotado más su potencial. Y coincido en que tiene delito partir de una premisa tan prometedora con von Stroheim y estropearla, pero es lo que tienen los inicios del sonoro, en que los cineastas y productores estaban tan asustados y perdidos que pasaban cosas como ésta.

      ¡A ver si te animas con esa reseña de Al morir la noche!

      Un saludo.

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