Los Desaparecidos de Saint Agil [Les disparus de St. Agil] (1938) de Christian-Jaque

Hay en general una cierta tendencia a menospreciar la literatura y el cine juvenil, como si el hecho de ser obras dirigidas principalmente a un público no adulto implicara que no tuvieran suficiente calidad como para codearse con las grandes obras «de verdad». Y por descontado, eso es totalmente injusto. Hay numerosos ejemplos de grandes libros y películas juveniles, pero lo que sucede es que a la hora de producir obras pensadas para este público a menudo hay una tendencia de infravalorarlo y de tirar por el camino fácil – aunque, bien mirado, en realidad lo mismo sucede con la mayor parte de lo que se produce para adultos. Pero no nos desviemos del tema y hablemos de Los Desaparecidos de Saint Agil (Les Disparus de St. Agil, 1938).

El material de base es la novela de mismo título de Pierre Véry, que fue todo un éxito que propició una adaptación cinematográfica solo unos años después. La historia, que aparentemente tiene raíces autobiográficas de la infancia del propio Véry, se ambienta en un internado, pero esperemos que la trama no las tenga. Los protagonistas son tres niños, Beaume, Sorgue y Macroy, que tienen una sociedad secreta que se reúne durante las noches en el aula de ciencias para planear secretamente un viaje a América. Una de esas noches uno de ellos, Sorgue, cree ver un hombre apareciendo misteriosamente de una pared, pero nadie le da credibilidad a su historia. Días después, Sorgue desaparece misteriosamente. Nadie se explica qué ha sucedido y la cosa se complica cuando tiempo después es Macroy quien también se desvanece.

Más allá de su curiosa premisa, son varios los alicientes que invitan a acercarse a Los Desaparecidos de Saint Agil, comenzando por uno bastante irrefutable, que es la presencia de dos actores de la talla de Michel Simon y Erich von Stroheim interpretando a dos de los enseñantes más problemáticos del internado. Simon encarna a un profesor de arte temperamental echado a perder por el alcohol, mientras que Stroheim es un misterioso maestro de inglés que provoca desconfianza incluso entre los adultos del centro por su talante tan excesivamente reservado y lo poco que se sabe de él. Ver a esos dos actores de tanta personalidad enfrentándose literalmente en la película supone un atractivo irresistible para todo cinéfilo, especialmente Stroheim con su personaje tan peculiar y magnético.

Pero también hay que reconocer que Christian-Jaque, un cineasta que reconozco que me era desconocido, hace un muy buen trabajo tras las cámaras al captar ese ambiente de internado en el que sucede casi toda la película sin que por ello la cinta se haga pesada al estar limitada en sus muros. También logra interpretaciones muy convincentes de los actores infantiles, captando muy bien su universo con sus propias normas (toda esa sociedad secreta montada por los tres protagonistas) pero sin infantilizarlos.

De hecho eso es algo que me gusta bastante del filme, y es que sabe definir bien a los personajes infantiles dándoles personalidad propia sin idealizarlos como pequeños héroes (de hecho el trío protagonista a veces tiene arrebatos de matones con un niño con tendencias a chivarse de todo). En ese sentido, la película se mueve hábilmente en un terreno suficiente confortable para el público juvenil pero, al mismo tiempo, dedica suficiente tiempo a describir los dramas de los personajes adultos y procura respetar la coherencia de la historia para que el público adulto también pueda mantener el interés.

Ese equilibrio se percibe también en los detalles del misterio en sí mismo. Por un lado, es cierto que la resolución final es algo precipitada y tiene alguna incoherencia para preservar la «inocencia» del filme (en otras palabras, ningún personaje infantil sufrirá grandes daños ni traumas). Pero por el otro, presenta pequeñas ideas sutiles que acaban siendo coherentes con lo que luego sabremos que ha sucedido: compárese el plano que muestra a los dos niños justo antes de desaparecer y qué sucede en uno y qué sucede en otro, así como el papel que juega una hoja de lechuga en ambos. Cuando al final se desvele todo, estas pequeñas decisiones de dirección y guion tendrán su sentido.

Un último apunte que me gusta de la película es que deja también pequeños detalles sobre algunos de los personajes que los enriquecen pero sin necesidad de profundizar en ellos, algo especialmente visible en los dos profesores más visibles: ese profesor de arte encarnado por Simon echado a perder y corroído por los remordimientos y, sobre todo, el de Stroheim. Toda la gente del internado siente cierto temor hacia él por su talante serio y lo poco que saben sobre su vida, y el guion no nos aclarará nada concreto al respecto, pero sí que dejará caer unas pistas muy esclarecedoras, como el hecho de que cada día pregunte si hay alguna carta para él (nunca la hay) y, sobre todo, una fotografía enmarcada que veremos en su habitación, donde se ve a una mujer sonriente con un bebé. La cámara no la encuadra en un primer plano, no tiene necesidad de enfatizarla porque esta es una subtrama que no va a explorarse, pero sí la deja totalmente visible para los espectadores interesados en quedarse con el detalle y dar vía a especular sobre su vida y de quién está esperando cartas.

Son todas estas cosas las que separan un producto rutinario con vocación comercial pero acabado con desidia y torpeza de un filme muy bien hecho, cuidado y que se nota realizado por manos expertas. No hay genialidad en Los Desaparecidos de Saint Agil ni tiene tanta personalidad como otros clásicos franceses de internados de la época como la célebre Cero en Conducta (Zéro du Conduite, 1933) de Jean Vigo o Merlusse (1935) de Marcel Pagnol. Pero precisamente lo reseñable de ella es lo que señalé al principio: de cómo es posible realizar cine juvenil abiertamente comercial pero de calidad y que pueda interpelar a espectadores jóvenes y adultos.

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