Es curioso que Tomu Uchida no haya logrado trascender como uno de los más grandes directores del cine japonés clásico, aun cuando en su época gozaba de un gran prestigio en su país y su filmografía aporta argumentos de sobras para reivindicarle. Quizá pueda deberse a que no es un cineasta que pueda clasificarse en un tipo de cine con tanta facilidad como otros contemporáneos suyos y a que su carrera fue un tanto particular. Antes de la II Guerra Mundial Uchida hizo una serie de obras muy prestigiosas (de entre ellas sobre todo Tierra (1939), ya comentada por aquí) que sobre todo le hacían destacar por ser un cineasta de fuertes convicciones de izquierdas. Pero a principios de los años 40 Uchida viajó a la China ocupada y se quedó allá hasta 1954. Hay por tanto un enorme vacío en todos esos años que luego él pareció querer compensar con una productividad frenética. En su año de retorno estrenaría tres películas, dos de las cuales fueron consideradas de lo mejor de su carrera perteneciendo a géneros totalmente distintos: el jidaigeki Una Lanza Ensangrentada en el Monte Fuji (Chiyari Fuji, 1955) y la que nos ocupa, el drama contemporáneo Twilight Saloon (Tasogare sakaba, 1955).
Este es uno de esos filmes en que se propone ofrecer una visión de toda una sociedad y una época a través de un microcosmos: los clientes y trabajadores de un bar a los que vemos en el transcurso de una noche. Un solo espacio y un periodo de tiempo limitadísimo, pero que nos ofrece información de sobras acerca de varios de ellos: un pintor anciano ya retirado que se gana la vida jugando al pachinko y luego se gasta ese dinero emborrachándose en el bar, una camarera que planea escaparse con su amante pero que está a cargo de una hermana pequeña y una madre enferma, y el cantante local encargado de entonar las canciones que piden los presentes, que en realidad ha estudiado ópera y en sus ratos muertos recibe lecciones de canto del pianista del local, un prestigioso músico ya retirado.
Como podemos ver, de entrada ese bar nos ofrece una galería de personajes desheredados y venidos a menos, de una sociedad que, bajo una apariencia de prosperidad y ocio, en el fondo oculta cómo muchos se han visto obligados a renunciar a sus sueños para subsistir: desde el cantante de ópera totalmente desaprovechado entonando canciones populares a la bailarina reconvertida en stripper. Un aspecto muy interesante de este tipo de filmes corales y que está muy bien llevado aquí es el ofrecernos solo pequeños destellos de diferentes dramas, sin profundizar demasiado pero al mismo tiempo ofreciendo la información mínima para que empaticemos con los personajes. El único de estos desheredados que nos ofrece detalles de su caída en desgracia es el pintor, y apostaría a que eso se debe a que el personaje es un trasunto del propio Uchida. En un momento de debilidad, éste le confiesa a un antiguo conocido suyo que se siente culpable porque en los años de la guerra utilizó su talento para hacer ilustraciones de propaganda bélica y, tras eso, no se ha sentido capaz de retomar su carrera como artista… ¿sería un eco de lo que pensaría Uchida tras su periplo en China aunque, por suerte, éste no decidió dejar de producir películas?
Pero del resto no sabemos más que ideas sueltas y el hecho de que no se ofrezcan demasiados detalles lo hace todo más natural. En cierto momento llega el examante de la stripper y arma un escándalo gritándole que ella le ha arruinado la vida. Nunca sabremos los detalles: ¿qué sucedió entre ambos y quién tiene razón? Hacia el final de hecho se perfila un nuevo conflicto cuando el jefe de una importante troupe de ópera escucha al cantante del bar entonando un tema de Carmen y le propone contratarle. Al enterarse de eso el pianista y maestro del joven se hunde y se muestra totalmente contrario a permitirle que le abandone. ¿Por qué? Aparentemente dicho pianista, antes de verse reducido a tocar en un bar, fue un músico de prestigio, y dicho empresario que ahora se quiere llevar a su pupilo le jugó una mala pasada. Pero nunca sabremos exactamente qué le hizo ni hace falta. Lo que nos interesa en este filme coral es el dilema al que se enfrenta.
Aparte de estas tramas, de fondo podemos entrever otros pequeños sucesos que no llegan ni a formalizarse como tramas pero que dan colorido a este microcosmos y que, entre todos, dan una visión del Japón de la época. Tenemos por ejemplo a dos veteranos excombatientes de guerra recordando batallitas mientras en otra mesa los estudiantes de izquierdas hablan sobre Sartre. Y tenemos, claro está, la música, que juega aquí un papel importantísimo por la mezcla de géneros que simbolizan ese batiburrillo de ideologías e influencias que caracterizaban la sociedad japonesa: cánticos tradicionales, tonadas políticas, discos de jazz ligero (que el exveterano de guerra rechaza furioso a favor de los himnos patrióticos que canta borracho) e incluso un tema de ópera.
Aquí ese pintor venido a menos jugará en este espacio un papel muy importante: es el hombre que todo lo ve y todo lo controla, y por ello en un momento crucial de la película en que se hacen peticiones de canciones se atreverá a pedir un tema de Carmen con una finalidad muy concreta: permitir que el joven cantante del local exhiba su auténtico talento ante el empresario de ópera que está tomándose algo entre los parroquianos. Es este uno de los momentos más memorables de la película en que se une lo sublime (la canción en sí misma y la constatación de que su talento por fin va a ser descubierto) y lo ridículo (el pintor y el borrachín del bar aprovechan la temática taurina del tema para hacer una divertida pantomima entre los presentes). ¿Qué mejor representación de lo que es ese espacio, en que los destellos de talento acaban siendo desperdiciados entre unos parroquianos que solo quieren matar el rato y para los cuales el único talento a apreciar de la stripper es su cuerpo, no sus pasos de baile?
Todas estas ideas son magistralmente llevadas por un Uchida que sabe aprovechar al máximo las posibilidades de ese espacio limitado y que incluso se permite pequeños detalles muy bien urdidos, como las gafas del pianista que se caen al suelo cuando descubre que su pupilo va a ser reclutado por su enemigo o cuando la stripper abandona el local tras el altercado y la cámara muestra cómo su vestido arrastra sus zapatos por los escalones.
Pero quizá el detalle más redondo es el saber empezar y acabar la película con el mismo tipo de plano: se iniciaba con un travelling entre las mesas vacías, justo antes de que abriera el bar, mostrándonos al cantante y el pianista ensayando, y termina de la misma manera, con ambos entonando una ópera ante un local casi vacío, después del cierre. Pero entre esos dos travellings han sucedido tantas cosas y varias vidas han dado un giro tan importante que parece que haya pasado mucho más tiempo. Con este cierre tan emotivo Uchida nos despide de este bullicioso bar dándonos ganas de pasar otra noche más entre los parroquianos y poder conocer alguna más de las historias que se suceden ahí.





Muchas gracias por hablar de esta película, totalmente desconocida por mi, y cuyo comentario me ha despertado un enorme interes.
Imagino que habrá que rebuscar por las cunetas de Internet para dar con ella.
Reiterar las gracias.