España

El Espíritu de la Colmena (1973) de Víctor Erice


Una de las obras cumbre de la historia del cine español, El Espíritu de la Colmena es una de esas películas tan especiales y cuidadas que es inevitable que acaben adquiriendo la categoría de film de culto.

La historia tiene lugar en 1940 en un pueblo de la meseta castellana en el cual se proyecta la película de Frankenstein (1931). Entre el público asistente se encuentra la pequeña Ana, que queda profundamente impactada. Por la noche, su hermana Isabel se aprovechará de la inocencia de Ana y le hará creer que el monstruo del film es un espíritu al que puede invocar. A partir de aquí, Ana inicia un viaje de exploración personal a través de varios acontecimientos que le harán ver el mundo con otros ojos.

Aún hoy en día El Espíritu de la Colmena consigue fascinar y cautivar al espectador por la belleza de sus imágenes tan magistralmente capturadas por Erice. Una de las claves de la película está en su pureza, en la forma como Erice nos cuenta la historia desde el punto de vista de una niña inocente, sin juzgar y sin pretender hacernos entender todo lo que sucede, puesto que la pequeña Ana no es consciente de la realidad del mundo en que se mueve y que comienza a explorar. Por ese motivo tampoco se profundiza psicológicamente en los padres de Ana: Fernando (un intelectual que ahora se dedica a la apicultura) y Teresa, que parecen vivir ensimismados y aislados en su colmena particular.

De hecho, las metáforas con la colmena se encuentran presentes a lo largo de la película no solo de forma explícita en el título o en la profesión de Fernando sino también en las vidrieras de las ventanas que reproducen las celdas de dichas colmenas. Ana es la única habitante de esa colmena que tendrá interés en salir de ella y explorar la realidad que le rodea para entender ese mundo que tan extraño se le hace. Hay una escena en el colegio que remite directamente a esta idea, cuando la profesora le pide a Ana que le ponga los ojos a un maniquí que utiliza para una clase de anatomía. Cuando Ana le coloca los ojos la profesora le dice que ahora el maniquí «ya puede ver», del mismo modo que a partir de ese momento Ana inicia ese viaje que le hará aprender a ver.

La casa en la que habitan las niñas y en la que sucede la mayor parte del film nos recrea un ambiente lleno de silencios y vacíos. Sus padres apenas hablan y prácticamente nunca conversan entre sí (de hecho en toda la película apenas hay planos en que aparezcan los dos juntos), en lugar de eso Teresa se cartea con alguien a quien no conocemos y Fernando escribe poesías y escucha la radio mientras se pasea solitariamente. A su vez, las niñas se hablan entre ellas a menudo en susurros y en la escena del desayuno familiar se comunican por gestos como si no quisieran romper el silencio que hay en la mesa (de nuevo Erice rueda la escena mostrando a todos los miembros de la familia en planos separados). No es extraño que Ana busque respuestas en el exterior y no en una casa que invita poco a responder a sus dudas. En una escena parece que Ana intenta comprender un poco mejor a sus padres mirando fotos de ellos de juventud – entre las cuales vemos a Fernando con Unamuno, confirmándonos que es un intelectual que seguramente se ha encerrado en esa colmena tras la victoria franquista en la Guerra Civil -, pero tampoco ahí encontrará respuestas.

La película de Frankenstein funciona como detonante para abrir algunas de esas dudas en el interior de Ana. Ella contempla asombrada cómo el monstruo juega con la niña y después es asesinado por la multitud. Eso le lleva a hacerse algunas preguntas fundamentales: ¿qué es el bien y qué es el mal? ¿por qué muere el monstruo? Cuando su hermana le dice que el monstruo es un espíritu al que puede invocar, Ana iniciará su búsqueda al mismo tiempo que esos interrogantes siguen en su cabeza.

Durante buena parte del film, Erice nos muestra diversas escenas que reflejan la confusión de Ana y su replanteamiento sobre todas esas cuestiones. Una de las más evidentes es el día en que ella y su hermana van a coger setas con su padre y éste las pone a prueba para saber si distinguen las setas venenosas de las buenas. Ana las confunde puesto que aún no sabe distinguir entre el bien y el mal, pero su hermana Isabel que es más madura que ella, las reconoce sin problemas. En cierto momento Fernando les señala una de las más peligrosas y les dice que si se la comen, morirían sin remedio. Ana la mira fascinada, es la pura representación tangible de la muerte, de algo que le cuesta aún entender pero que tiene presente ante sus ojos en forma de ese vegetal.

En otra escena, Isabel le gasta una broma a su hermana y se hace pasar por muerta. Ana, tras dudar al principio, acaba creyéndose que a su hermana le ha sucedido algo y grita pidiendo ayuda en vano hasta que Isabel la asusta «resucitando». Como Isabel tiene más experiencia para entender la realidad, se ve capaz de jugar haciéndose la muerta, pero Ana no puede entrar en ese juego porque para ella eso es algo real. Del mismo modo, Isabel le dice sobre Frankenstein que solo es una película y que en el cine «todo es mentira», pero para Ana la película y ese monstruo son totalmente reales, ella no distingue aún entre realidad y ficción.

También son de un tono parecido escenas más breves como ésa en que Ana observa asombrada a su hermana y otras niñas saltando sobre una hoguera (según su inocente punto de vista es casi como desafiar al peligro o la muerte) o cuando Isabel coge a su gato y hace un amago de estrangularlo, como queriendo comprobar cómo va perdiendo su vida, pero el animal se revuelve y escapa. A continuación Isabel se pintará los labios con la sangre que emana de un arañazo que le ha provocado. Hay algo de siniestro en esa imagen pero resulta muy auténticamente infantil.

El estilo de Erice es pretendidamente lento y contemplativo. Según sus palabras la película es más poesía que narración, y no le faltan motivos para afirmarlo. El film se basa en el uso continuo de elipsis y tiempos muertos así como en no pretender explicar todo lo que sucede, dejando a propósito algunos vacíos en favor de centrarse en los detalles.

De hecho Erice y Ángel Fernández Santos (con el que escribe el guión) evitan expresamente el conflicto en favor de mantener este ritmo tan pausado. Ni siquiera la aparición del maquis y la sospecha de que Fernando fuera cómplice suyo se explotan en ese sentido. La escena de la identificación del cadáver y la acusación en base al reloj que poseía se rueda prácticamente sin palabras ni dramatismos. No es ése el camino que les interesa a los guionistas.

La idea que les interesa es el hecho de que para Ana ese maquis refugiado que huye de la policía representa el monstruo de la película, ese espíritu que tanto anhelaba y al que ayuda ofreciéndole una manzana y la chaqueta de su padre. Cuando regresa al refugio en que se oculta, descubre que ha desaparecido y que hay sangre en la pared, de repente aparece su padre que la llama. Es un momento de un gran impacto para ella, su monstruo ha muerto como el de la película y además teme que haya sido su padre el causante, por ello huye desesperada.

Durante la noche, una perdida y agotada Ana tiene su gran momento de revelación. En primer lugar toca la seta venenosa, como queriendo invocar la muerte y a continuación se le aparece el monstruo de Frankenstein, por fin conoce a ese espíritu. Tras ese shock emocional, una vez en casa ya ha superado esa etapa de aprendizaje que se cierra cuando dice mirando por la ventana «Soy Ana«, tomando por tanto conciencia de si misma.

Hay muchos otros aspectos a tener en cuenta de El Espíritu de la Colmena pero uno de los que cabe destacar especialmente es la fotografía de Luis Cuadrado. Aunque inicialmente Erice pretendía rodarla en blanco y negro, afortunadamente luego cambió de opinión ya que la textura que tiene el color en esta película es uno de sus aspectos más definitorios. Cuadrado hizo un trabajo asombroso dando más vida aún a los cuidadísimos planos de Erice remitiendo incluso a la tradición pictórica por el uso que hace de la luz, sobre todo en los interiores de la casa.

Tampoco se debe olvidar a actores como el veterano e infalible Fernando Fernán Gómez y Teresa Gimpera interpretando a sus padres, pero realmente quien lleva todo el peso del film son las dos niñas y especialmente Ana Torrent, que directamente hace una de las mejores actuaciones infantiles que jamás he visto en una película. La inocencia y el miedo de su personaje está reflejado en sus ojos, en esa mirada desamparada. Según declaró posteriormente Ana Torrent, ella en aquel momento confundía realidad y ficción al igual que su personaje, y eso se nota en la autenticidad de todos sus gestos . Es por ello que los personajes se llaman igual que los actores que los interpretan, porque para Ana el actor y el personaje eran una misma cosa.


En ese sentido cabe destacar la famosa escena en que ven la película de Frankenstein, un momento puramente documental, ya que Erice realmente les proyectó la película a los niños y grabó con una cámara su reacción. Es decir, lo que vemos en la pantalla es la reacción auténtica que tuvieron al ver Frankenstein por primera vez en sus vidas y no una interpretación. El director ha afirmado a menudo que es el mejor momento que ha grabado en su carrera.

Con El Espíritu de la Colmena,  Víctor Erice realizó uno de los mayores logros fílmicos de la historia del cine español y uno de los retratos más honestos y sobrecogedoramente bellos de la inocencia infantil y la búsqueda de una verdad que puede llegar a ser hasta traumática. Imprescindible.

El Mundo Sigue (1963) de Fernando Fernán Gómez

Una de las películas más injustamente olvidadas del cine español, una obra excepcional que por desgracia estuvo condenada a ser maldita por su duro argumento y por estar demasiado avanzada en el tiempo respecto al tipo de cine que se hacía en España. El film narra las vivencias de una humilde familia madrileña formada por Eloísa, una dulce madre que soporta el peso de todos los problemas de la casa, su autoritario y duro marido y sus tres hijos: Rodolfo, que iba a ser cura pero abandonó el seminario; Eloísa, que está casada con Faustino, un camarero que descuida por completo a su mujer e hijos, y Luisa, que se dejará llevar a la mala vida. Todos los acontecimientos que suceden a esta familia se verán marcados sobre todo por el odio que se profesan las hermanas Luisa y Eloísa, cuyas vidas tomarán dos caminos totalmente distintos: una abocada a la miseria, otra hacia una vida de riqueza gracias a haberse convertido en una prostituta de lujo.

Basada en la novela naturalista de Juan Antonio de Zunzunegui, el simple hecho de que Fernando Fernán Gómez consiguiera hacer esta película en pleno franquismo ya es de por sí todo un logro, puesto que no se corta ni un pelo a la hora de trasladar el duro realismo de la novela a la pantalla, manteniendo las referencias al aborto o la prostitución además de escenas realmente devastadoras como la paliza que le propina Faustino a su mujer. Esto obviamente dio muchos problemas a un film que finalmente fue exhibido marginalmente permaneciendo en el olvido incluso hasta hoy en día, en que pese a la revalorización por parte de varios críticos sigue siendo una obra desconocida.

La película destaca por ser increíblemente moderna dentro del panorama español tanto por contenido como por estilo. En lo que a contenido se refiere, Fernando Fernán Gómez no dudó en mantener el crudo realismo de la novela original haciendo un descarnado retrato de la pobreza y la desesperación. Pese a las advertencias que recibió para que tratara con cuidado estos aspectos, éste no sólo no los evitó sino que los mostró conscientemente para mantener el tono de la novela.

En lo que se refiere al estilo, El Mundo Sigue es una película que deja boquiabierto por el trabajo tan maduro, tan meditado y tan cuidado de dirección, demostrando que Fernando Fernán Gómez no es solo uno de los mejores actores de la historia del cine español sino además un muy buen realizador. El estilo que exhibe aquí remite mucho más a lo que se hacía en el resto de Europa que a la cinematografía española de la época. En primer lugar destaca su voluntad realista con numerosos planos y pequeñas escenas que tienen un estilo casi documental, como esa magnífica escena inicial en que primeramente se recrea en planos del barrio madrileño de Maravillas, y a continuación hace un montaje paralelo en que combina imágenes de Eloísa subiendo pesadamente las escaleras de su casa con planos del barrio que parecen extraídos de un documental. Además a Fernando Fernán Gómez le gusta a menudo recrearse en las formas del paisaje urbano o los contrastes entre las figuras humanas y el fondo, recordándome un poco al estilo de contemporáneos como Antonioni.
Este estilo tan realista está acentuado por la decisión de no utilizar casi nunca música, dando más la sensación de documental.

En contraste con esta puesta en escena tan realista, el director sorprende al espectador con algunos breves momentos que rompen con ese estilo y que se antojan más bien simbólicos. Se tratan de unos flashbacks que se aparecen brevemente a algunos de los personajes a medida que avanza la trama: el plano de Luisa volviendo a su casa después de haber sido desterrada combinado con otros de ella de pequeña subiendo a casa ilusionada a por la merienda; la imagen que se le viene al vecino de Eloísa cuando la ve bajar las escaleras y la recuerda de joven en contraste con su apariencia madura, cansada y destrozada; o los recuerdos de cuando años atrás ganó el concurso de Miss Maravillas, siendo aún joven y hermosa con un futuro prometedor. Todos estos flashbacks inciden en la idea de lo que fueron esos personajes y en lo que se han convertido ahora, en lo que pudo haber sido pero no sucedió.

La principal línea argumental que sigue el film es el enfrentamiento entre esas dos hermanas que se odian y compiten entre sí. Eloísa menosprecia a Luisa por el estilo de vida que ha acabado adoptando, y Luisa a su vez menosprecia a su hermana por estar empobrecida y casada con un necio. Una se basa en el honor, la otra en el simple pragmatismo. Y por muy duro que sea, al final a ojos de la familia acaba ganando el pragmatismo. Pese a las convenciones de la época, cuya moral obliga al padre de Luisa a echarla de casa y negarle la palabra por manchar su nombre, la hipocresía está bien presente desde el momento en que el exigente padre de familia decide perdonar a su hija extraviada seducido por los caros regalos que les ofrece y que le hacen ver el nivel de vida del que disfruta. En ese momento éste llega a reconocer que «al dinero no hay que mirarle el origen» y esa oveja negra pasa a ser la favorita de los dos progenitores, quienes de repente dicen que Luisa siempre ha sido la hija más lista y cariñosa.

Sin embargo, Luisa se mueve por sus ansias de venganza, de restregar a su hermana el mundo de lujo en que vive, el demostrarle cómo está siendo lo que Eloísa pudo haber sido y nunca llegó a hacer. A lo largo del film se suceden una serie de hechos que nos muestran cómo Eloísa aún a estas alturas podría ganar dinero gracias a su belleza: en la antigua agencia de modelos en que trabajó su jefa le dice que podría contar aún con ella y se menciona a cierto «señor de Granada» que sigue estando loco por ella. Incluso en una escena un desconocido la persigue por la calle y la acosa brutalmente seducido por su cuerpo. Por medio de algunos monólogos interiores, recurso que se usa en diferentes momentos de la película, conoceremos el gran dilema del personaje. Todos los hechos la están conduciendo inevitablemente a dejarse llevar por ese camino: están desesperadamente empobrecidos, su marido no la aprecia e incluso la maltrata y sabe que aún puede permitirse ganar dinero con su cuerpo. Pero pese a que todo la conduce a ello, su rígida moralidad se lo impide ya que si hiciera eso no podría recriminar a su hermana su estilo de vida.

Ese odio visceral será el elemento que destruirá a los dos personajes: Eloísa, anclada en una moralidad que le permite echar en cara a su hermana su forma de conseguir dinero, se ve condenada a la pobreza extrema; Luisa, viviendo un estilo de vida lujoso pero vacío cuya meta es hacerse cada vez más rica para restregárselo a su hermana en la cara. Estas dos formas de vida acabarán chocando brutalmente entre sí en la estremecedora escena final, que si bien puede antojarse algo excesiva, ciertamente acaba siendo un desenlace inevitable teniendo en cuenta el camino que seguían los dos personajes.

Cabe destacar las interpretaciones de Gemma Cuervo y Lina Canalejas como las dos hermanas, bordando toda la complejidad de sus personajes y haciéndolos creíbles dentro del contexto en que se mueven. Para mi gusto destaca especialmente Canalejas encarnando a Eloísa, desde sus arrebatos de furia y orgullo hasta el punto de miseria en que acaba fregando suelos y rogando a su marido que vuelva con ella después de sus maltratos.
En papeles secundarios nos encontramos con caras más conocidas como Agustín González encarnando a Don Andrés, un vecino amigo de la familia, y al propio Fernando Fernán Goméz como Faustino, el marido de Eloísa. Aunque Don Andrés es un personaje sin mucha carga dramática, sirve para esbozar algunas ideas muy interesantes como el pequeño episodio en que discute con el jefe del diario para el que escribe por haber criticado duramente una obra de teatro escrita por el hijo de un pez gordo y, sobre todo, su enamoramiento hacia Eloísa. En un par de flashbacks se nos muestra cómo siempre ha sido un admirador de la hija mayor de la familia, pero no solo su amor no es correspondido sino que se ve obligado a ver cómo ella sufre mientras él solo puede decirle la frase que le repiten todos: que todo el mundo siempre tuvo claro desde el principio que Faustino no le convenía.

En lo que respecta al personaje de Faustino, en el tramo final de la película cobra repentinamente protagonismo en un episodio con tintes de suspense en que decide robar el dinero del bar en que trabaja después de la frustración de ver como su quiniela ganadora le ha reportado tan poco dinero. Toda la parte del robo está muy bien resuelta manteniendo hábilmente el suspense, mientras que las escenas posteriores al mismo resultan hasta cómicas por la forma tan poco disimulada que tiene de gastar el dinero. En ese sentido Fernando Fernán Gómez hace totalmente suyo el personaje que se reservó y aunque esta secuencia sea un paréntesis de la acción principal acaba funcionando muy bien como otro episodio sobre las miserias que rodean a los protagonistas.

El Mundo Sigue no debe verse solo como uno de los mayores logros de la carrera de Fernando Fernán Gómez sino directamente como uno de los mayores logros de la historia del cine español. Una película cruda, realista que documenta perfectamente la España de esa época y cuya realización tan madura y moderna nos revela a Fernán Gómez como uno de los directores más interesantes de su generación.
Una auténtica joya a reivindicar, esencial.

La Aldea Maldita (1930) de Florián Rey

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Florián Rey era uno de los cineastas más destacados de la modesta industria cinematográfica española en los años de la II República. Con la llegada del cine sonoro, el veterano director tuvo que adaptarse a esta novedad incorporándola en la que sería su primera película hablada, Fútbol, amor y toros (1929) que, pese a su prometedor título, fue un auténtico fracaso en gran parte por lo deficiente que era aún la sonorización de films en España.
En consecuencia, decidió que su siguiente película volvería a ser muda, y curiosamente sería así como nacería la que está considerada una de las obras cumbre del cine mudo español.

Inicialmente, La Aldea Maldita parecía destinada a ser un proyecto fracasado ya que ningún productor se interesó por su temática algo peliaguda. Tuvo que ser el propio protagonista del film, Pedro Larrañaga, el que pusiera el dinero para financiarla. En su estreno fue muy bien recibida pero se le recomendó a Florián Rey sonorizarla, ya que a esas alturas (1930) era obvio que el cine mudo iba a pasar a la historia. La sonorización se realizó en París, donde esta vez sí que pudo contar con competentes técnicos y un buen equipo de sonido. Esta nueva versión de La Aldea Maldita gozó de un éxito inmenso en Francia y tuvo una buena acogida en España pertmitiendo a Florián Rey sumergirse en el cine sonoro definitivamente. Sin embargo, la versión que ha sobrevivido hasta nuestros días y que voy a comentar es la muda, aunque afortunadamente parece ser que ésta era superior a la sonora y por tanto no hay mucho que lamentar.

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La aldea castellana a la que hace referencia el título es un lugar desolado por la miseria en que las cosechas no fructifican, por ello la mayoría de sus habitantes deciden abandonarla en busca de un lugar mejor. Uno de los que permanece ahí es Juan Castilla, que en un arrebato de furia ha atacado al usurero local y está en la cárcel. Pese a eso, su mujer Acacia es convencida por una amiga para que abandone el pueblo en busca de fortuna dejando tras ella a su marido, su hijo y su suegro Martín, quien le advierte que deberá cargar consigo con el duro peso de mantener el honor de su familia a toda costa.
Tres años después, Juan Castilla ha salido de la cárcel y ha conseguido prosperar con una vida acomodada junto a su padre ciego y su hijo pero sin tener noticias de su mujer, la cual está convencido de que está llevando una vida digna donde quiera que esté. Desgraciadamente, una noche Juan conocerá la triste verdad sobre ella al encontrarla en un bar con otro hombre. Indignado la obliga a volver a casa sólo para hacer feliz a su padre haciéndole creer que la familia ha vuelto a unirse, prohibiéndole que se acerque a su hijo y dejándole bien claro que tan pronto como muera su padre la echará de casa.

El tema central de la película es obviamente el honor, pero tratado como un valor arcaico y a superar. El honor es algo absolutamente fundamental para los protagonistas y está por encima de todo, de hecho un rótulo nos aclara que Juan sigue amando a Acacia pero se debate entre ceder ante sus sentimientos o ante su deber. Aunque el anciano Martín muere creyendo aún firmemente en estos valores que ha transmitido a su hijo, lo hará sin ser consciente del drama que se sucede en su propia casa (el hecho de que sea ciego es un simbolismo bastante claro de esta idea). Será tarea de Juan superar esas creencias y perdonar a su mujer rompiendo con esa tradición.

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Florián Rey consigue crear una ambientación pueblerina creíble y muy eficaz que acompaña perfectamente a esta idea. A diferencia de la visión tradicional del cine español de la época, él no muestra una visión folklórica y amable de la España profunda, sino más bien una cruel y crudamente realista que en su época no sentó nada bien. Aún faltaban unos pocos años para que Buñuel hurgara aún más en la herida con su devastador documental Tierra sin Pan (1933), y Florián Rey se atrevió a dar ya un importante paso mostrándonos el estado de miseria en que se encontraban muchos pueblos como los del film, cuyos habitantes se sienten impotentes ante las inclemencias que parecen fruto de una maldición.
Este aspecto religioso planea sobre toda la película. Continuamente se deja caer el hecho de que la aldea es castigada por Dios y algunas imágenes nos traen a la mente imágenes bíblicas, como el apedreamiento de Acacia. Teniendo en cuenta lo fuerte que estaba arraigada la religiosidad en la España de la época, dudo que sea un recurso casual y de hecho enriquece aún más el film.

Es de destacar también la dirección de Florián Rey, fuertemente influenciada por cineastas alemanes de la época (de hecho hay un plano en que la sombra de una mano agarra el corazón de Acacia que está tomado de Nosferatu). Pese a su aparente sencillez, la película denota una gran profesionalidad destacándola por encima de la media de los films nacionales que se realizaban por entonces. Se puede mencionar por ejemplo un recurso que usa a menudo durante todo el metraje y es hacer que los personajes salgan del encuadre dirigiéndose hacia la cámara, algo muy inusual en la época y muy moderno.

Aunque no puede competir con las obras maestras del cine mudo internacional, La Aldea Maldita se trata de uno de los films imprescindibles de la cinematografía española pre-franquista, además de una de las pocas obras que huían de los tópicos de por entonces (cine folklórico de poca calidad pero muy comercial), constituyendo una notable excepción a la que era la norma de la época.

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