Jacques Becker

Se Escapó la Suerte [Antoine et Antoinette] (1947) de Jacques Becker

¿Se imaginan pasar en cuestión de horas por la montaña rusa emocional de saber que les ha tocado el premio gordo de lotería… para luego descubrir que han perdido el billete ganador? Esta experiencia, que acabaría con la cordura de hasta la persona más sensata, es lo que les sucede a los protagonistas de este bonito filme con tono de cuento llamado Se Escapó la Suerte (Antoine et Antoinette, 1947) de Jacques Becker, una obra hoy día algo olvidada pero que en su momento tuvo mucho éxito.

Los protagonistas son una joven pareja que vive en un humilde ático de un barrio obrero parisino y cuya existencia se compone de sencillos incidentes cotidianos: la bicicleta de Antoine es atropellada por un camión, Antoinette debe soportar la estrecha vigilancia del encargado de la sección en que trabaja en unos grandes almácenes y, para rematarlo, cerca de su hogar el dueño de una tienda de comestibles le hace la corte a ella de una forma tan descarada que despierta los celos de su marido. Su vida está formada pues por pequeñas anécdotas y también pequeñas ilusiones. Ella quiere un piso con lavabo propio, él una motocicleta. Nada que nos pueda parecer poco razonable hoy en pleno siglo XXI, pero que en la Francia de posguerra no estaba al alcance de todos. Hasta que de repente irrumpe en sus vidas un billete de lotería que les otorgaría el premio de 800.000 francos y toda esa aburrida cotidianedad se desmorona, para bien o para mal.

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Goupi Mains Rouges (1943) de Jacques Becker

A mi parecer Goupi Mains Rouges (1943), la primera película importante de ese director tan interesante y especial que era Jacques Becker, se trata de un filme que resulta casi inevitable conectar con otra obra francesa de la época como El Cuervo (Le Corbeau, 1943) de Henri-Georges Clouzot. Son dos filmes que ofrecen una visión muy crítica de la Francia tradicional y rural, que resultan especialmente punzantes por lo bien que captan ese ambiente para posteriormente poner el dedo en la llaga, y que además se realizaron en un momento delicado como fueron los años de la ocupación alemana durante la II Guerra Mundial. Precisamente si había un momento poco apropiado para sacar a la luz los trapos sucios de una Francia que los espectadores seguro que reconocerían al verla en la pantalla, era éste.

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No Toquéis la Pasta [Touchez Pas au Grisbi] (1954) de Jacques Becker

Uno de los aspectos que más me apasionan del cine negro es comprobar las simbiosis que ha habido en el género entre Estados Unidos y Francia, el país que más provecho ha sabido sacar del universo noir. Una de las obras fundamentales del polar (el policíaco hecho en Francia) y que más decisivamente contribuyó a poner el género de moda vino curiosamente de un cineasta que no solía prodigarse en este tipo de películas, el interesantísimo Jacques Becker, que estrenaría en 1954 No Toquéis la Pasta.

El protagonista es Max, un veterano gangster… pero un gangster de principios y respetado en el mundillo. Su último gran golpe ha sido el robo de ocho barras de oro, que mantiene en el más estricto secreto con la intención de utilizar ese dinero para retirarse. Pero por desgracia su amigo y socio Riton está saliendo con una chica que ha averiguado lo que se traen entre manos y que ha informado de ello a otro gangster más joven y peligroso, Angelo, que no se detendrá ante nada para hacerse con el botín.

Hay varios motivos que convierten a No Toquéis la Pasta en una de las obras más importantes del polar, pero quizá el primero que debería mencionarse es que fue la película que relanzó y redefinió la carrera de Jean Gabin. El célebre actor estuvo de capa caída en el tiempo después de la II Guerra Mundial (incluyendo un breve y poco fructífero periplo en Hollywood) y a sus casi 50 años parecía difícil que pudiera volver a despertar la atención del público. Pero el enorme éxito de este film no solo le volvió a convertir en una estrella sino que condicionó el giro que tomaría su carrera a partir de entonces, especializándose sobre todo en películas policíacas donde pudo encajar con suma facilidad sus prototípicos personajes duros y carismáticos. Un segundo aspecto a tener en cuenta: la aparición en un papel secundario (el de Angelo) del exboxeador reconvertido a actor de origen italiano Lino Ventura, más adelante uno de los rostros por excelencia del polar. Es decir, dos de los actores más importantes de ese género que fructificaría especialmente en los próximos años se encuentran ya aquí.

El otro aspecto por el que la película resulta tan remarcable nos atiene más a la particular sensibilidad de Jacques Becker y, sobre todo, al hecho de ser un polar realizado por alguien apartado del género que por tanto le añadió su particular visión. Lo que diferenciaba No Toquéis la Pasta de las típicas películas de gangsters son sus personajes. Max no es el clásico delincuente matón, sino alguien con unos principios muy marcados que parece seguir un tipo de ética personal. De hecho el gran tema de la película bien podría ser la amistad de Max y Riton, un socio al que el propio Max considera (con toda la razón del mundo) un inútil, una carga con la que debe acarrear y que le puede suponer la pérdida de su mejor botín… pero al que está dispuesto a ayudar siempre por pura lealtad. En ningún momento se exteriorizan los sentimientos que hay entre ellos (después de todo son unos hombretones rudos) pero se intuye ese aprecio mutuo que llevará a Max a poner en peligro su jubilación por una persona a la que considera medio idiota.

No deja de ser significativo que una película policíaca con sus correspondientes escenas de tiroteos tenga como su momento estrella una escena en que los dos protagonistas se sientan a comer tostadas con paté y vino. El contexto lo hace aún más llamativo: Max acaba de descubrir el plan de Angelo, ha salvado a Riton por los pelos de una trampa y han huido a un piso que tiene como refugio secreto. Riton todavía no sabe qué ha sucedido, y el espectador lo intuye pero todavía está tenso y deseoso por descubrir lo que le falta. Y en lugar de ofrecernos las explicaciones pertinentes o pasar a un clásico fundido a negro para pasar la acción al día siguiente, Becker se recrea durante varios minutos en mostrarnos cómo, nada más llegar a esa casa, Max saca la comida y la bebida, se sienta con Riton y se ponen a comer tranquilamente. Un acto tan cotidiano y banal resulta, en el contexto de una obra de suspense, tremendamente llamativo, puesto que está poniendo el foco en la convivencia cotidiana de esos dos socios antes que en la trama. Más adelante Becker nos sigue mostrando con detalle las pequeñas ceremonias de antes de dormir: Max le presta el pijama para invitados, se prepara una cama improvisada en el sofá y se lavan los dientes (Riton además se mira preocupado las arrugas de su cara). Todo ello gestos y actos que difícilmente habíamos visto hasta entonces asociados al mundo de los gangsters, y con los que Becker los humaniza. Y antes de dormir, un diálogo breve pero lleno de significado: Riton le pregunta a Max qué haría con su novia (que le acaba de traicionar) si estuviera en su lugar. Max le responde implacablemente que no lo sabe porque él nunca estará en su lugar, dejando bien clara la posición de cada uno pese a la amistad que los une.

Por descontado hay escenas de acción y un emocionante tiroteo final, pero está todo impregnado de ese tono más cotidiano, como cuando Max va a buscar a otro veterano compañero para que le ayude en su encuentro con Angelo, que más que una reunión de gangsters parece un encuentro entre dos viejos amigos para echarse un cable con un problemilla que tienen entre manos. El aspecto tan cotidiano que tienen algunos de estos personajes resulta incoherente a sus acciones (este viejo colega de Max tiene apariencia de veterano oficinista pero no duda en armarse con una metralleta para ayudar a su amigo) y no obstante le da a la película un tono más auténtico y real que la aleja de los tradicionales noir poblados de gangsters de apariencia de tipos duros. Aquí en cambio nos encontramos con la esposa de uno de esos personajes alarmada al verle metiéndose en uno de esos líos, como la típica mujer molesta porque su marido se vaya de juerga con los amigotes. De esta forma, No Toquéis la Pasta no solo es un muy buen ejemplo de policíaco, sino uno de los polares que propuso desviar la tradición noir de gangsters y matones a un terreno más cotidiano del que solía verse en sus versiones americanizadas.