Kon Ichikawa

The Inugami Family [Inugami-ke no ichizoku] (1976) de Kon Ichikawa


¿Qué le pasó al cine japonés en los años 70? Después de cuatro décadas facturando algunas de las mejores películas del cine mundial, creadas tanto por cineastas consagrados como por nuevo talento emergente, con la llegada de los 70 me da la impresión de que hubo un bajón súbito del cual el país nunca se recuperó. Antes de que ningún lector airado me responda citando ejemplos que demuestren lo contrario, no niego que se siguieran haciendo grandes filmes japoneses en los 70 y en décadas posteriores, pero desde mi experiencia si comparamos con la impresionante producción fílmica anterior es inevitable tener esta sensación – y eso sin olvidar que los jóvenes cineastas que realizaron algunas de las obras más interesantes de esa década luego no tendrían una carrera en el cine que se prolongara demasiado en el tiempo, como es el caso de Akio Jissoji o Toshio Matsumoto, de modo que no sirvieron de relevo generacional.

Tomemos por ejemplo a uno de los grandes nombres del país: Kon Ichikawa, activo desde finales de los años 40 con una filmografía muy interesante que incluía algunos clásicos como El Arpa Birmana (1956) o Fuego en la Llanura (1959). Y de repente, desde ese punto de inflexión que fue filmar los Juegos Olímpicos de Tokio 1964, Ichikawa dio un giro inesperado dirigiendo una película de animación sobre el ratón Topo Gigio (¡!) a la que siguieron años en que la escasez de títulos que hayan pasado a la posteridad es remarcable. ¿Quizá tenemos ahí un buen número de grandes obras injustamente olvidadas por descubrir? ¿O quizá Ichikawa perdió la inspiración y se volvió un cineasta efectivo y con menos aspiraciones artísticas? Un dato que apunta en esa dirección es que este punto de ruptura coincide con la época en que su guionista habitual Natto Wada dejó de escribir para el cine. Quizá la clave de Ichikawa estaba no solo en su talento como director sino también en los guiones de su colaboradora y esposa. ¿Quién sabe?

The Inugami Family (1976) en todo caso no es una película cualquiera dentro de su carrera, fue de hecho el mayor éxito de taquilla de su filmografía y le abriría el camino a una serie de rentables secuelas. Ya de entrada el material de base se prestaba a funcionar bien: se trataba de una novela de Seishi Yokomizo (por cierto realiza un cameo en el filme que nos ocupa), cuyas historias de detectives y misteriosos asesinatos eran muy populares en Japón. La acción se sitúa en el seno de la poderosa familia Inugami justo después de la II Guerra Mundial, cuando ésta acaba de perder a su patriarca, un hombre que ha cosechado una enorme fortuna en la industria farmacéutica. A la lectura de su testamento salen a la luz las extrañas condiciones que puso para legar su fortuna: ésta iría a parar a una joven llamada Tamayo, hacia la que sentía un peculiar afecto, bajo la condición de que se case con uno de sus tres nietos. Para complicar más las cosas, uno de esos nietos, Sukekiyo, acaba de llegar de la guerra con el rostro tapado por una máscara por haberse quedado desfigurado, provocando ciertas sospechas sobre su identidad. En ese extraño contexto, empiezan a morir varios miembros de la familia, por lo que el detective Kosuke Kindaichi viene a investigar quién está detrás de esos crímenes.

El filme que nos ocupa tiene la curiosidad de ser un whodunnit (subgénero dentro del policíaco basado en tramas donde el espectador o lector debe averiguar quién ha cometido un crimen) pero ambientado en Japón, lo cual es de por sí toda una curiosidad. Además, como detalle interesante el detective protagonista, que era famoso en su país por las numerosas novelas que había protagonizado, tiene un punto humorístico que le quita cierta seriedad a la trama. De hecho su aspecto y sus maneras le acercan más a un Teniente Colombo que a un Sherlock Holmes, aunque sin el carisma del famoso policía interpretado por Peter Falk. Pero aunque los fans del género como un servidor tenemos todo esto a nuestro favor, hay que decir que el resultado final no me parece muy satisfactorio.

Se agradece la extraña combinación entre policíaco, ciertos tintes de terror (incluso algún guiño casi sobrenatural) y toques de humor, pero el resultado no me parece que funcione del todo en ninguna de esas facetas, quizá porque Ichikawa no acaba de profundizar demasiado en ninguno de esos enfoques: como policiaco no resulta demasiado satisfactorio al no seguir de cerca el trabajo de investigación de Kindaichi (las pistas que recoge, sus deducciones, etc.), y sus potenciales toques de humor derivados de su torpeza apenas están explotados; por otro lado, como drama familiar creo que no aprovecha del todo la tensión que hay entre los miembros de la familia y en cambio deriva en escenas más bien burdas de intentos de violación a Tamayo. Esta mezcla desigual no se ve favorecida tampoco por algunas decisiones a nivel formal que fomentan la impresión de estar viendo una película un tanto extraña: la banda sonora de música fusión es tan inadecuada que a veces me saca de la trama y los pequeños toques artísticos que se permite Ichikawa (algunos flashbacks filmados con efectos visuales) parecen tan fuera de lugar que da la impresión de ser una válvula de escape del director para probar con algo un tanto creativo al estar atrapado en una película más bien convencional. Por descontado la excesiva duración (dos horas y media) tampoco ayuda.

La película acaba siendo pues un producto que satisfará más a los aficionados a los whodunnit que a los interesados por el cine de autor japonés. Y aun así, aunque es cierto que los giros de la trama están bien pensados (y seguramente en la novela funcionen mejor) tampoco me parece uno de los exponentes más logrados del género. Sin necesidad de rebuscar entre clásicos cinematográficos del whodunnit ni de establecer comparaciones con grandes películas que se muevan en estas coordenadas, creo que filmes más recientes y de una calidad notable como Gosford Park (2001) de Robert Altman o Puñales por la Espalda (2019) de Rian Johnson son bastante más satisfactorios, el primero al ofrecernos un retrato coral tan minucioso de las clases sociales inglesas, el segundo en su apuesta más abierta hacia la comedia sin renunciar por ello al elemento de suspense. Ambos dan la impresión de que su autor ha manejado los diferentes ingredientes con la seguridad del que sabe lo que pretende conseguir, mientras que la película de Ichikawa me parece más confusa en cuanto a forma.

Pese a ello, el enorme éxito de The Inugami Family llevó a Ichikawa a repetir la fórmula, filmando durante los años siguientes nuevos casos del detective Kindaichi con el mismo actor. Su carrera posterior incluiría algunas excentricidades como esa mezcla entre manga e imagen real que fue Fénix (1978) y algunos remakes de sus filmes más destacados, entre ellos el que nos ocupa hoy, que volvió a realizar el 2006 convirtiéndose en la última obra de su carrera. No niego que en esas últimas décadas seguramente haya algunas películas reseñables por descubrir, pero desde un vistazo general uno no puede quitarse la impresión de que Ichikawa, como otros contemporáneos suyos, perdió buena parte de su talento en los 70, y resulta inevitable comparar su caso con el de cineastas anteriores a él como Ozu, Mizoguchi o Naruse que acabaron sus carreras con algunas de sus mejores obras. Quizá, después de todo, el talento no lo es todo, y las circunstancias de producción influyen más de lo que nos gustaría creer.

Fuego en la Llanura [Nobi] (1959) de Kon Ichikawa

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“Debe haber granjeros alrededor de ese fuego. Sé que es peligroso ir, pero sólo deseo ver por una vez gente normal.”

Una de las películas más duras y viscerales que he visto. Ambientada en las Filipinas durante la II Guerra Mundial, narra las desventuras del soldado japonés Tamura, que ha sido expulsado de su pelotón por estar débil y tuberculoso y que debe intentar sobrevivir por su cuenta.

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Fuego en la Llanura más que una película sobre la guerra, es una obra sobre la supervivencia, sobre el instinto que le lleva a Tamura a no cometer el suicidio que se había propuesto llevar a cabo y a seguir adelante por muy extremas que sean las condiciones en que se encuentre. En ningún momento vemos enfrentamientos bélicos, sólo soldados débiles, hundidos, asqueados y hambrientos, un ejército caótico y sin rumbo en que cada uno tiene un plan para seguir adelante: intentar llegar hasta otro batallón, rendirse a los norteamericanos, subsistir intercambiando tabaco por comida…

No se nos da ningún personaje heroico y totalmente positivo en el que apoyarnos. Todos actúan movidos por sus más bajos instintos: a Tamura le expulsan de su pelotón y su general le ordena suicidarse si le echan del hospital, en el hospital uno de los enfermos no admitidos intenta robar comida, cuando empieza el bombardeo los médicos huyen a toda prisa dejando completamente abandonados a sus pacientes, Tamura dispara sin motivo alguno a una indígena por puro nerviosismo e intenta hacer lo mismo con su acompañante, además posteriormente se dará cuenta de que no puede confiar en nadie porque puede ser traicionado en cualquier momento. Todos estos comportamientos llegan a su momento cumbre hacia la parte final de la película cuando los personajes se ven abocados a traspasar la última frontera: el canibalismo. En ese punto ya no son seres humanos, son animales en la jungla que intentan matarse entre ellos para sobrevivir.

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Sin embargo pese a la dureza de lo que está narrando, Ichikawa no se recrea en ella llegando a lo impactante y explícito. No nos muestra sangre en prácticamente ningún momento de la película ni tampoco insiste en la brutalidad de lo que sucede ante la cámara, ni nos hace compadecernos de los personajes, simplemente los muestra con absoluta frialdad. Se puede tomar por ejemplo una escena en que varios de los soldados japoneses son atacados por tanques norteamericanos. La escena del ataque es más bien breve y tan sólo muestra unas pocas muertes. A continuación, vemos un plano general con todos los cadáveres desperdigados pero sin acercarse a ellos mediante primeros planos. Vistos de lejos los cuerpos humanos parecen casi abstractos, totalmente despersonalizados. Es así como se ve en la guerra a las personas, como simples puntos que eliminar. Horas después, llega la ambulancia del ejército americano a atender a los supervivientes. Los enfermeros se dedican simplemente a manipular a los cadáveres como objetos, sacudiéndoles o dándoles un rápido vistazo antes de dejarlos caer en el suelo, para luego marcharse comprobando que no queda ninguno vivo.

A partir de esa escena, la presencia americana desaparece y los enemigos de Tamura pasan a ser sus propios compañeros japoneses, quienes no dudan en engañarle y aprovecharse de él. Éste es el momento culminante del film, con ciertas reminiscencias a El Tesoro de Sierra Madre (1948), cuando vemos a los personajes desconfiando mutuamente e incluso yendo a dormir a lugares apartados hasta acabar autodestruyéndose entre ellos.

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La grandeza de la película sin embargo no se encuentra sólo en su crudeza ya que debe destacarse además al magnífico reparto, todos ellos malnutridos expresamente durante el rodaje para que reflejaran mejor el estado de desesperación absoluta de sus personajes, llegando el actor protagonista a enfermar debido a que llevó esa política al extremo. También juegan un papel fundamental la fotografía en blanco y negro y por supuesto la dirección de Ichikawa, que en ciertos momentos le da un toque casi irreal a todo lo que estamos viendo.

Cabe recordar por último que hasta bien entrados los años 50, las películas bélicas estaban censuradas en Japón por motivos obvios, así que Fuego en la Llanura fue una de las muchas obras aparecidas en esa década que quisieron llenar ese hueco una vez levantada la prohibición y atreverse a reflejar el tema sin tapujos ni censuras, sin tópicos ni buenos ni malos (los soldados japoneses del film perecen tanto ante los americanos como ante sus mismos compatriotas). Aún hoy en día sigue siendo uno de los mayores alegatos antibelicistas de la historia del cine, una mirada descarnada que demuestra cómo la guerra ha reducido al ser humano al más bajo nivel hasta convertirlo en un monstruo.

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