Con Los Ojos Cerrados [The Happy Ending] (1969) de Richard Brooks

En cierto momento de la película, la hija pequeña de la protagonista le pregunta a su madre qué sucede en los cuentos después de que las princesas se hayan casado. Porque todos los cuentos acaban con la princesa casándose con el príncipe azul pero luego ya no se habla sobre su matrimonio. ¿Qué hay tras la boda? En realidad Mary Wilson, la madre en cuestión, se hacía antes la misma pregunta. Ella como muchas otras mujeres idealizaba el amor que sentía hacia su novio Fred y no sabía cómo era la vida después de pasar el altar. En la escena en que se casan, Richard Brooks nos muestra muy locuazmente cómo ella está recordando escenas de bodas de films de Hollywood que constituían el final feliz de la película. Aquí es donde el título original de este film adquiere significado, porque lo que nos muestra Con Los Ojos Cerrados (un nuevo caso digno de estudio en materia de traducir títulos) es la vida después del matrimonio, es decir, tras el supuesto final feliz que plantea Hollywood en todas sus obras. Y obviamente lo que hay después no es precisamente feliz: infidelidades, frustración, engaños, incomunicación y alcoholismo. De eso trata esta obra de Brooks, de desmontar la institución del matrimonio tal y como la entiende Hollywood.

Un hecho interesante del film es que Brooks no parte de un matrimonio desastroso, sino de uno en que teóricamente todo va bien. Los amigos de Fred le envidian por llevar tantos años casados felizmente y éste es a ojos de los demás un esposo perfecto: tiene un trabajo estable y bien remunerado, es un buen padre y resulta ser una persona amable y paciente. Incluso cuando Mary atraviesa su fase de alcoholismo extremo, Fred se muestra siempre atento con ella y le recuerda constantemente que la quiere. Es un marido que realmente se preocupa por su mujer, o al menos en teoría a ojos de los demás. A la práctica es un hombre más preocupado por su trabajo que por su hogar, obsesionado por dar la imagen de que todo va bien y que invita a sus clientes a sus fiestas. Ya no hay un atisbo de pasión en él, de hecho cuando hacia el final le pregunta a  su esposa si hay otro hombre, ésta se toma esa pregunta como el gesto más romántico que ha tenido hacia ella en mucho tiempo. Ella necesita sentirse deseada por un marido que incluso sienta celos, y no el marido amable e indiferente que ya no siente ningún interés sexual hacia ella.

Por ello, Mary se refugia en el alcohol y en las películas, donde los personajes viven en un estado de romanticismo pasional perpetuo. La destrucción de este matrimonio es por tanto culpa de los dos: él por descuidarla en el aspecto sentimental pese a ofrecerle una vida cómoda, y ella por pretender que su matrimonio mantenga esa pasión irreal que le han inculcado las películas y los seriales. Ambos realmente se quieren, por tanto el problema no está ahí, sino en la forma de tratar esa relación, eso es lo que hace tan interesante esta película diferenciándola de otras obras que se centran en temas más concretos como infidelidades o parejas que ya no se aman. Brooks no va por ahí, está atacando la institución del matrimonio.

El film está muy bien resuelto y tiene un primer tramo magnífico en que se combina la última crisis de Mary vivida en presente con algunos flashbacks al pasado que poco a poco van recomponiendo el puzzle sobre su fracaso matrimonial. La visión que da de los matrimonios burgueses es devastadora: mujeres que llenan el vacío que sienten gastando cantidades indecentes de dinero o sometiéndose a tratamientos de belleza para mantener la juventud eterna, y maridos promiscuos que olvidan a sus mujeres con pasmosa facilidad.

El aspecto negativo es el episodio de Nassau, que por momentos corre el riesgo de convertirse en un bonito vídeo promocional. La impresión que da es que no acaba de funcionar tan bien al no saber Brooks hacia donde dirigir el conflicto, de forma que cuando Mary vuelve a casa ya sabiendo qué hacer los espectadores nos quedamos con la pregunta de qué es lo que le ha despejado las ideas, porque nada de lo que ha vivido ahí ha sido especialmente revelador.

Por otro lado, como sucede en la mayoría de los films de Richard Brooks, el nivel interpretativo es excelente, con John Forsythe y Jean Simmons encarnando a la pareja protagonista acompañados por muy buenos secundarios destacando una ya mayor Teresa Wright. Como curiosidad morbosa, Simmons era por entonces la esposa del director y guionista, por lo que resulta tentador pensar que en esta historia se estaban reflejando algunas de las inquietudes que luego desembocarían en su futuro divorcio, aunque es un dato que desconozco.

En resumen, Con Los Ojos Cerrados se trata de un film algo irregular en su tramo central pero que esboza ideas muy interesantes y propone una visión muy franca y desencantada del matrimonio moderno, queriendo mostrar la otra parte del “happy ending” en que se detienen la mayoría de películas de Hollywood.

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