Los Compromisos del Trío [Konyaku Samba-garasu] (1937) de Yasujirô Shimazu

Yasujirô Shimazu es una de las grandes figuras del cine japonés de antes de la II Guerra Mundial que ha quedado olvidado con el tiempo, seguramente a causa de que muchas de sus obras han desaparecido o solo se encuentran por internet en copias a muy mala calidad – tampoco ayuda compartir nombre y un apellido muy parecido con dos de los mejores directores contemporáneos suyos: Yasujirô Ozu e Hiroshi Shimizu. Shimazu fue uno de los grandes creadores de un género muy importante en el primer cine japonés, el conocido como «shomin-geki», películas que trataban sobre la vida cotidiana de personajes de clase humilde. Hoy día asociamos este tipo de filmes principalmente a Ozu, pero en realidad el gran pionero fue Shimazu, el responsable de que se asociaran a la productora Shochiku.

El filme que nos ocupa ahora, Los Compromisos del Trío (Konyaku sanbagarasu, 1937), supone al menos en la teoría un equivalente a las célebres screwball comedies estadounidenses que tanto éxito estaban teniendo en todo el mundo. El punto de partida son tres hombres de clase humilde y sin trabajo, Shuji, Kean y Shin, que son contratados en unos grandes almacenes y se enamoran de la hija del dueño, Reiko (interpretada por Mieko Takamine, hermana mayor de la que sería una de las grandes actrices del cine japonés, Hideko Takamine). El problema es que no solo compiten entre ellos por conseguir el favor de la joven, sino que tienen ya otras pretendientes de antes de conseguir el trabajo a las que comenzarán a dar largas.

Al visionar hoy día Los Compromisos del Trío algo que resulta curioso (o incluso decepcionante dependiendo de cada uno) es lo sumamente ligera, casi liviana que es, en el sentido más estricto. Es una película agradable, casi diría que «suave», que nunca llega a explotar del todo su prometedor punto de partida. Tenemos tres hombres trabajando juntos, compitiendo por la misma chica y además con sus respectivas novias a las que están ocultando el interés que sienten por Reiko. ¿No se les ocurren docenas de situaciones divertidas llenas de confusiones a partir de esa premisa? Pues nada de eso encontrarán aquí. No es que Los Compromisos del Trío fracase como comedia divertida, es que sencillamente no parece proponérselo… o al menos no desde nuestra perspectiva occidental actual.

Entiendo que aquí seguramente hay una distancia cultural y temporal que me separa de dicho filme y que no se me hace tan marcada en otro tipo de películas japonesas de la época – por ejemplo muchos filmes de Shimizu también basculan en un tono de comedia sencillo a veces con gags bastante tontorrones, pero todo su cine tiene una magia especial y un saber hacer que lo convierten en algo irresistible para muchos espectadores contemporáneos. No obstante, eso no quita que tenga algunos momentos francamente muy divertidos. Para mi gusto el mejor de todos es la entrevista de trabajo, en que uno de los protagonistas debe simular una situación y para ello uno de los entrevistadores hace el papel de clienta. La situación va volviéndose cada vez más absurda hasta el punto de que los personajes olvidan que el punto de partida era poner a prueba al candidato y se empieza a cuestionar la interpretación y comportamiento de los personajes de ese teatrillo casi como si estuviéramos en una sesión del futuro Actor’s Studio. Más adelante aparece otro de los personajes principales, un tipo arrogante y excéntrico que se lanza con una explicación tan farragosa y absurdamente detallada sobre la fabricación de seda que acaba resultando divertidísima.

No obstante más allá de esta escena y algunos pequeños detalles puntuales (la surrealista idea de uno de ellos para llenar la tienda de clientes fingiendo que está sucediendo algo remarcable o los desplantes arrogantes del más excéntrico del trío protagonista), Los Compromisos del Trío no es una comedia que tenga picos destacados ni demasiados momentos que provoquen la risa, sino que más bien prefiere ser una película agradable que incluso parece evitar conscientemente los conflictos. Tal es así que el guion no enfrenta prácticamente a los tres protagonistas, lo cual provoca que éstos cuesten incluso de distinguirse entre si, algo a lo que no ayuda la pobre calidad de la copia – y eso que al menos uno de ellos lo interpreta un actor bastante conocido del cine japonés clásico, Ken Uehara, que debería distinguirlo de sus dos compañeros de reparto.

¿Cuál es pues el aliciente de la película? Si entiendo que para el público japonés de la época era verse reflejado en estos personajes sencillos, para nosotros hoy día supone un testimonio valioso de esa época, tanto por los ambientes que aparecen recreados (desde los elegantes grandes almacenes a los pequeños bares) como por la forma de interactuar de los personajes entre si (véase la forma como uno de los protagonistas se avergüenza de la llegada de su hermana a la tienda porque con su acento delata su origen rural, una muestra del choque ciudad-mundo rural).

Se trata pues de una película apacible, en absoluto imprescindible pero sí disfrutable para los que somos fanáticos del cine japonés de esa época y que se beneficia de su duración de poco más de una hora. De hecho, al igual que sucedía en la obra más reconocida de Shimazu, Nuestra Vecina, la Señorita Yae (Natsume Sōseki, 1934), el desenlace me da algo la sensación de ser algo abrupto, como si el director quisiera de repente detener ahí la historia. Pero más que ver eso como un defecto, en este caso para mí confirma la voluntad de su creador de ofrecer una película sencilla cuya mayor pretensión fuera hacernos disfrutar de sus personajes. Si en comparación con sus equivalentes estadounidense o italianos de la época (las screwball comedies y las comedias de Mario Camerini) no resulta tan divertida, a cambio sí que es cierto que mantiene su encanto primigenio intacto.


Este blog ha sido posible durante todos estos años gracias al apoyo incondicional de todos nuestros lectores, a quienes no podemos estarles suficientemente agradecidos por su fidelidad. Si les gustó este post pueden también invitar a este Doctor a un café para ayudarle a mantener este humilde rincón cinéfilo.

2 comentarios

  1. Mi querido Doctor…
    le confieso que tengo inédito a Shimazu, como a tantos otros directores nipones de la época, un debe que me apunto porque debería tener un horizonte más amplio del cine de entonces para hablar de Ozu. Por otra vez comprenderá usted que estoy algo saturado de shomin-geki de los años 30, pero ahora mismo estoy en fase de adquisición tanto de esta como de Nuestra vecina la Señorita Yae.

    Sobre lo que usted comenta de que parece que no se quieren agotar las historias, que no se busca el giro final, ni complicar las cosas más allá de lo predecible, es cierto que es una peculiar característica no ya de este género y época, sino del cine clásico japonés en general, y generalizo a tope. Esto tiene que ver, supongo, con que en esta época, en Shochiku al menos, importaba mucho más la cantidad que la calidad. Además, supongo, era un público que nada tiene que ver con lo que hemos conocido nosotros, gente que iba a las salas a ver qué hacía su marido en la oficina, qué le pasaba al hijo cuando salía de juerga, qué podría pasar si no atas a la mujer corto. Otra historia.

    Bueno, me callo, a ver si la veo.
    Un abrazo

    1. Estimado Manuel,
      Entiendo que ahora mismo lo último que necesita son más filmes japoneses de los años 30 por añadir a su cola de novedades, resérvelos para otro momento si hace falta, pero como mínimo Nuestra Vecina la Señorita Yae es considerado un pequeño clásico imprescindible de la época (al que, dicho sea de paso, le debo un revisionado, porque recuerdo muy poco). Yo estoy en una fase en que me apetece cualquier filme japonés de los 30 antes que otra cosa, pero intento compaginar con otras películas o este gabinete se convertirá en un monográfico de cine japonés de entreguerras que no creo que sea del gusto de todos mis lectores. No sé qué tiene el cine japonés de esa época que me resulta tan atrayente, incluso en películas que considero menores…
      Su teoría tiene sentido por cierto. Se hacían películas como churros, los guiones apenas daba tiempo de refinarlos y sacarles partido, pero eso les da un encanto especial dentro de su imperfección.
      En fin, que espero que saque cosas interesantes del señor Shimazu.
      Un abrazo.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.