La Habanera (1937) de Douglas Sirk

Aunque haya pasado a la historia del cine por sus melodramas realizados en Hollywood, el cineasta Douglas Sirk en realidad ya había iniciado una exitosa carrera en Alemania en los años 30 (pese a que la película aparece firmada bajo su nombre real, Detlef Sierck, en este artículo nos referiremos a él por la versión americanizada que utilizó a raíz de su llegada a Estados Unidos, ya que es el nombre por el cual ha pasado a la historia del cine). Sus primeros pasos como director coincidieron con la llegada del cine sonoro y pudo llegar a completar diez películas hasta que se vio obligado a dejar el país a causa del nazismo, ya que su mujer era de origen judío. En ese periodo de tiempo, Sirk tuvo tiempo de dar forma a algunos filmes interesantes (si bien lejos de las grandes obras posteriores por las que sería recordado) e incluso de contribuir a lanzar al estrellato a la actriz Zarah Leander gracias a su película La Golondrina Cautiva (Zu Neuen Ufern, 1937). Fue de hecho el enorme éxito de este filme lo que motivaría el producir lo antes posible otra cinta que permitiera aprovechar su popularidad, luciéndola como actriz dramática pero también con dotes para el canto. Esta nueva película, que sería la última que haría Sirk antes de verse obligado a huir del país, sería La Habanera (1937).

Filmada mayormente en Tenerife, La Habanera se servía de las ventajas que ofrecían las Islas Canarias para recrear tramas exóticas sin necesidad de salir de Europa. De hecho la industria cinematográfica alemana, ya por entonces totalmente dominada por el régimen nazi, había realizado previamente varias películas en el archipiélago canario (más información al respecto en este excelente artículo). Como es de sobras sabido, para Goebbels la industria cinematográfica era sumamente importante como herramienta propagandística, y se serviría de este ciclo  para, por un lado, ofrecer al público películas que resultaran atractivas por su ambientación, y por el otro, colar entre líneas algunos mensajes que fueran en consonancia con el ideario nazi.

La historia se ambienta en Puerto Rico, donde llega la joven de origen sueco Astrée acompañada de su tía Ana. Allí Astrée queda fascinada por esa cultura de raíces hispánicas y por el clima y el estilo de vida tropicales. Además se enamora de un importante terrateniente, Pedro de Ávila, que en una corrida de toros le demuestra su valentía al irrumpir al ruedo para evitar una desgracia. De modo que en lugar de volver con su tía a su país natal, decide quedarse y convertirse en la esposa de Don Pedro.

Pasan diez años, en los cuales Astrée se ha desencantado con el país y su tiránico marido. Lo único que la ata allá es su adorado hijo Juan, que es controlado por Don Pedro de cerca para que no pueda llevárselo con ella al extranjero. Entonces entran en escena dos personajes nuevos: el Doctor Sven Nagel y su socio el Doctor Gómez, que acuden a investigar una misteriosa epidemia que asola el país. Su llegada no es bien recibida por las altas jerarquías, ya que están intentando esconder los detalles sobre esa enfermedad por temor a que afecte al turismo. Tampoco ayuda a su causa el hecho de que Sven sea un antiguo amante de Astrée, al cual la tía de la joven le ha encargado que haga lo posible para que le acompañe de vuelta. Así pues, mientras los doctores investigan la enfermedad a espaldas de las autoridades, usando su habitación de hotel como improvisado laboratorio, adquiere forma un triángulo amoroso entre Astrée, el Doctor Nagel y el celoso Don Pedro.

El principal inconveniente de La Habanera y que la sitúa como una de las obras menos conseguidas de la etapa alemana de Sirk es su argumento tópico y folletinesco. Aunque Sirk no compartía el ideario nazi, aquí tuvo que vérselas con un guion redactado por un escritor que sí simpatizaba con dicho régimen, Gerhard Menzel, que utilizaba esta trama típicamente melodramática como pretexto para contraponer esa civilización exótica y excitante pero atrasada respecto a la Europa más moderna y avanzada. Astrée se nos muestra como una víctima de ese romanticismo facilón, que se deja impresionar por la hombría de Don Pedro y luego descubre que, tras esa fachada, se esconde un marido arrogante, posesivo y dominador. A este hombre tiránico se le contrapone la figura del Doctor Nagel, que no casualmente es científico y, por tanto, busca un remedio para esa enfermedad que Don Pedro intenta ocultar hipócritamente a causa de sus intereses personales. La ironía final de la película estará en que el propio Don Pedro acabará siendo víctima de sus propias confabulaciones.

Sirk sabe aprovechar los hermosos paisajes de la isla e incluso al utilizar a personas locales como extras logra darle una mayor autenticidad a la cinta. También incluye una inevitable corrida de toros que filma de forma magnífica, si bien el propio Sirk diría que durante su rodaje un torero fue herido de muerte, provocándole remordimientos de conciencia toda su vida. De hecho, la grabación de toda la película fue problemática, ya que tuvo lugar cuando España se encontraba todavía inmersa en su Guerra Civil. Eso hace que un producto como La Habanera parezca aún más fuera de lugar: una fantasía exótica rodada en un país en guerra que además simula ser Puerto Rico.

Aparte del buen saber hacer de Sirk tras la cámara y el valor histórico de esas imágenes filmadas en el Tenerife de la época, La Habanera acaba volviéndose un melodrama un tanto previsible en que la subtrama de la epidemia probablemente resulte más interesante al espectador que los tiras y aflojas entre Astrée y Don Pedro o que los varios números musicales de Zarah Leander, totalmente comprensibles desde una perspectiva productiva, en tanto que estamos ante una película para lucimiento de la estrella, pero que, vistos hoy día, se hacen un tanto plomizos. Pese a ello, es un interesante filme que muestra la eficacia del cine nazi para inculcar propaganda bajo productos ocultos como mero cine de género.


Este texto apareció originalmente en el número 346 de la revista Versión Original (abril de 2025). 

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