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La Cena de los Acusados [The Thin Man] (1934) de W. S. Van Dyke

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Fantástico film que combina excelentemente comedia y suspense y que dio pie a varias secuelas gracias a su carismática pareja protagonista formada por Nick (un detective retirado) y Nora, que se dedican a resolver misterios casi por hobby y sin perder su particular sentido del humor, como si todo se tratara de un juego.

Uno de los aspectos más positivos de esta película es su trepidante ritmo. Se nos lleva de una situación a otra sin descanso pero tampoco sin precipitarse, salpicándonos siempre con pequeños elementos humorísticos y sin caer en el clásico whodunit (relato que se basa en la premisa de descubrir quién ha cometido un crimen en el cual hay muchos sospechosos implicados). En este caso la intrincada trama es una excusa para que veamos a sus carismáticos personajes en acción y se nos suministren las dosis necesarias de suspense y misterio, pero en todo momento parece que lo que más interesa a los guionistas es que nos sintamos cómodos con los personajes y que disfrutemos tanto como ellos de lo que sucede.

La película además destila un humor cínico y mordaz en todo momento que se me hace raro en una obra hollywoodiense de 1934 y que hace que aún se mantenga fresca y divertida («Adoro a su marido» «Vaya, es bueno saber que a alguien le cae bien«; «Ves con cuidado, no es justo que me traigas a Nueva York para dejarme viuda» «No lo serías por mucho tiempo» «Seguro que no» «Y más con todo tu dinero…«). Por momentos de hecho parece que estemos viendo una comedia pura y dura, como en la excéntrica cena que organiza el matrimonio a la que asiste gente tan bizarra como un tipo obsesionado con llamar a su madre o un boxeador que es intimidado por su diminuto manager. La gran virtud del film es que no teme volverse demasiado humorístico pese a tratar un tema aparentemente serio como es un crimen. Ese tono es el que lo hace tan ligero y llevadero y que lo diferencia de tantas obras de la época, en la cual el rígido sistema de estudios buscaba que sus películas se encuadraran en los límites de un género concreto, siendo poco frecuente la mezcla de géneros en principio distantes como es el caso.

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Otra de las grandes cualidades que hace que el film se sustente con tanta firmeza es la pareja protagonista, William Powell y Myrna Loy, entre los cuales hay una química excelente que les permite interpretar a la perfección a ese matrimonio hedonista sólo interesado en fiestas y alcohol (no hay prácticamente ninguna escena en que no acaben bebiendo algo, pidiendo una copa o haciendo alusión a su necesidad de echar un trago) y que se insultan y quieren a la vez. Su forma de ser tan antiheroica y sus muchos vicios los hacen aún más atractivos y carismáticos, además de divertidos por su forma de actuar (impagable cuando están siendo amenazados por un hombre armado con una pistola y Nick le propina un fuerte puñetazo a Nora para dejarla fuera del alcance de la pistola). Eso por supuesto sin olvidar a su feroz Fox Terrier («Como se atreva a moverse mi perro le destrozará«, le dice Nick a un sospechoso mientras su mascota se esconde bajo una mesa muerta de miedo).

Un agradable sorpresa. Entretenidísima, ágil y divertida.

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Desengaño [Dodsworth] (1936) de William Wyler

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Sam Dodsworth es un importante empresario que acaba retirándose de su negocio y decide aprovechar su nueva libertad para emprender un viaje a Europa con su esposa Fran. El viaje, que supuestamente iba a ser idílico, acaba sacando a la luz las diferencias entre ambos hasta acabar separándoles: Sam es como un niño, ilusionado por descubrir Europa por primera vez, mientras que Fran está más preocupada por parecer sofisticada y aparentar menos edad de la que tiene, lo cual acaba traduciéndose en coqueteos con toda una serie de hombres.

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Sin ser una de las mejores obras del gran William Wyler, este drama resulta sumamente interesante por el tema que se atreve a tratar y por la construcción de los personajes, que es la base de todo el film. Resulta descorazonador recordar las escenas en que inician el viaje ilusionados y compararlas con todo lo que les sucede en Europa. Poco a poco vamos comprobando cómo este cambio de aires ha afectado sobre todo a Fran, que de repente parece interesada sólo por seguir la moda francesa y codearse con gente importante. En ese sentido no podemos evitar simpatizar con la simpleza y honestidad de Sam, quien le recuerda constantemente que por mucho dinero que tengan ellos no dejan de ser dos paletos americanos. De hecho la simple mención de que ella es la hija de un cervecero le sienta a Fran casi como un insulto. Esta actitud tan paranoica llega a su máximo nivel cuando su hija da a luz y Sam le recuerda sarcásticamente que deben comportarse como buenos abuelos. El hecho de ser abuela la lleva al extremo de no querer hablar con su hija por teléfono el día del parto por miedo a que el invitado al que esperan se entere de la noticia, y por tanto de que es mayor de lo que dice ser.

Uno no puede evitar entonces simpatizar con el honrado Sam, que no sólo está por encima de esas manías sino que además le perdona sus coqueteos. Como ejemplo de ello tenemos la escena que tiene lugar en el barco en que Fran le confiesa que ha estado coqueteando con un apuesto inglés (interpretado por un joven David Niven), a lo que él responde no con celos o furia, sino burlándose de ella por haber sido tan coqueta sin saber dominar la situación. Este primer ligue le servirá a Fran como experiencia cuando su rechazado amante le eche en cara su contradictoria moralidad: le gusta coquetear con él pero se siente culpable si se atreve a llegar más allá. Fran aprenderá la lección y con su próxima conquista se atreverá a dar ese paso adelante.
Sin embargo, en un intento de hacer justicia a ambos miembros de la pareja, también se nos hace un seco retrato de la forma de ser de Sam, que ciertamente es comprensivo y poco celoso, pero también es maniático y obsesionado con su trabajo. En su breve estancia en casa sin su esposa no cesa de gritar a su hija porque no ha conservado la biblioteca como a él le gustaba, haciéndonos preguntar si echa de menos a Fran porque la quiere o porque le resulta más cómodo vivir con ella. Resulta comprensible que Fran se cansara de esa vida y que la excitante nueva vida que se le presentara en Europa se le hiciera más excitante.

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No sería exagerado decir que gran parte del film se sustenta en la interpretación de Walter Huston, uno de los más grandes y olvidados actores de la época, que desempeña como de costumbre una actuación memorable que ya justifica por sí sola el visionado de la película. Una sola mirada suya nos consigue dar a entender el estado en que se encuentra el personaje. Desafortunadamente, hacia la mitad del metraje el film pierde algo de interés al no saber condensar situaciones un tanto repetitivas que alargan demasiado la trama y hacen que el resultado final se resienta un poco.

Eso sí, no se hace ningún tipo de concesiones a la relación del matrimonio y se evita caer en el burdo happy ending, que aquí habría sido desastroso. La escena final en que ambos vuelven a EEUU en barco es tan ácida que me resulta casi insólita para la época: la pareja que emprendió el viaje de ida felizmente abrazados vuelven sin tener nada de que hablar, asqueados y comprendiendo que ya no tienen motivos para estar juntos. El paradigma del clásico matrimonio americano feliz reducido a cenizas.

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Éxtasis [Ekstase] (1933) de Gustav Machatý

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Queridos lectores, la reseña que este Doctor escribió en un ya lejano 2009 ha quedado desfasada y tras un nuevo revisionado he decidido sustituirla por otra que creo que le hace más justicia a la película.