Jacques Tati

Día De Fiesta [Jour De Fête] (1949) de Jacques Tati

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La filmografía de Jacques Tati es inusualmente corta pero bien aprovechada. Ya en su primer largometraje se hacen patente sus marcas personales y su particular forma de entender el cine, aún cuando por entonces no podía saber si un filme de ese estilo gustaría al público. De hecho, Día de Fiesta (1949) estuvo a punto de no ser estrenada porque ningún distribuidor se atrevía a difundir lo que consideraban un material muy poco atractivo. ¿Cómo iba a sentir interés el público por una comedia sin apenas argumento, con poquísimos diálogos y basada en humor de mimo o slapstick?

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La base de la película es un cortometraje que protagonizó Tati años atrás en que encarnaba a un cartero que aprendía técnicas para aprender a repartir el correo con mayor eficacia y rapidez. Pero lo maravilloso de este proyecto es comprobar cómo, a partir de esa premisa, Tati se sacó de la manga un largometraje tan encantador y especial que denotaba una visión muy particular sobre la forma de hacer cine. Porque aunque esta premisa es lo más parecido que tiene Día de Fiesta a un argumento, la realidad es que eso solo explica una parte del filme. Tati va más allá y divide sus esfuerzos  en crear gags con su personaje de François, el cartero, al mismo tiempo que hace un retrato divertido y entrañable de la Francia rural.

De hecho François tarda bastante en aparecer en la película, y durante todo el metraje sus escenas comparten protagonismo con otras que crean humor a partir de hechos cotidianos: el barman que no quiere que nadie se siente en las sillas por estar recién barnizadas, el feriante que intenta seducir a una pueblerina ante la mirada furiosa de su mujer, la vecina que se recrea vaciando un recipiente con agua para curiosear sobre lo que sucede en la calle… El humor de Tati en general siempre se ha basado en la observación de la realidad y su recreación de forma cómica. Sus películas evitan conflictos fuertes que den pie a gags gigantescos y descabellados, y en su lugar opta por el humor de lo cotidiano, de esos pequeños detalles que adquieren valor cuando la cámara se centra en ellos.

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Es por eso que el cine de Tati tiene tantos defensores como detractores, ya que hay que coger el punto a este tipo de humor tan particular, lleno de silencios y momentos aparentemente muertos. Por otro lado, todas sus películas están plagadas de pequeños detalles y de gags tan sutiles que no se perciben hasta dedicarle unos cuantos revisionados. Es como si Tati quisiera practicar una forma de humor tan pura que le diera reparo enfatizar los gags para que el espectador los perciba. En Día de Fiesta hay algunos de esos detalles sutiles como el romance entre el feriante y la chica que se enfatiza con la banda sonora de una película romántica de Hollywood que se escucha de fondo, como si estuviera parodiando las acarameladas escenas de amor del cine. O los ocupantes del bar sentados en cajas o macetas porque las sillas siguen sin secarse. Tati podría enfatizarlos con un primer plano de los parroquianos sentados incómodamente en esas improvisadas sillas, o con un montaje paralelo entre la película que se proyecta y las miradas del feriante y la chica del pueblo, pero eso no es su estilo, prefiere el papel de observador distanciado de la realidad.

La película por otro lado tiene la particularidad de ser el único largometraje de su carrera – si no contamos su último filme, Parade (1974), que fue un proyecto para la televisión – en que Tati no interpreta a su famoso personaje Monsieur Hulot. Por tanto, tiene el aliciente extra de ver a Tati encarnando a un personaje muy diferente de Hulot, en este caso un cartero torpe y orgulloso que es objeto de burlas sin ser consciente de ello. Tati, que tenía sobrada experiencia en el music-hall como mimo, sabe dotar al personaje de pequeños gestos y detalles que le dan vida, haciendo que el espectador reconozca ese prototipo de personaje que pretende recrear: la forma tan cómica de intentar explicar a todo el mundo cómo ayudó a alzar un poste sin que nadie le haga caso, su intento de conservar la dignidad ante todos los reveses del destino, el orgullo que le lleva a querer equipararse a los carteros americanos, etc.

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El resultado final es una obra rebosante de encanto, que muestra ya el estilo personal que haría célebre a su responsable y que mantiene esa autenticidad utilizando a pueblerinos reales interpretándose a sí mismos. No hay que olvidar que, aparte de ser un retrato muy fiel de la Francia rural, en Día de Fiesta subyace una crítica a la americanización que estaba sufriendo el país por entonces, ya que lo que impulsa a François a intentar agilizar su reparto de cartas es el querer equipararse a los americanos. Cuando la anciana le recoge del río le da un consejo que es lo más cercano a una moraleja que veremos en el filme (y, ya de paso, en todo el cine de Tati): dejar a los americanos que ellos hagan lo que quieran y que él siga haciendo su trabajo como hasta entonces. Es decir, informalmente, dando las cartas a las personas equivocadas y dejando al final su cartera a un niño para que haga éste el reparto y así pararse a ayudar a los campesinos en el campo.

Esta Francia algo idealizada que estaba desapareciendo volvería a irrumpir de otra forma en la que sería su mayor obra maestra y su película más célebre, Mi Tío (1958). Pero antes de llegar a dicha obra, su primera película cosechó un inesperado éxito que catapultó a Tati definitivamente al mundo del cine dejando de lado el music-hall. Daba inicio una carrera muy breve pero interesantísima e inédita dentro del marco del cine francés.

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Playtime (1967) de Jacques Tati

Gracias al unánime éxito de crítica y público que Jacques Tati consiguió con Mi Tío (1958), el actor y director francés se embarcó en la película más ambiciosa de su carrera, Playtime. Desafortunadamente, acabó siendo una de esas obras que de tan ambiciosas están destinadas a fracasar, y que convierten a los artistas en figuras de culto admiradas por los cinéfilos al haber arriesgado su carrera por un proyecto en el que creían hasta las últimas consecuencias. La producción del film se le fue tanto de las manos a Tati que sus enormes costes le llevaron a la bancarrota. Tal era su meticulosidad y perfeccionismo que hizo construir un enorme set recreando la ciudad en que se sitúa la película (una versión modernizada de París) que se apodó como Tativille.

En su cuarto largometraje, Tati volvió a incidir en el estilo y los temas que había explorado en sus anteriores obras (especialmente en Mi Tío) y se atrevió a llevarlos al extremo. Su obsesión con la tecnología, con reflejar una sociedad que se volvía cada vez más modernizada e impersonal, se explora en Playtime en profundidad hasta las últimas consecuencias. Eso acaba implicando que el resultado sea un film mucho más frío y deshumanizado para mostrar una sociedad cada vez más fría y deshumanizada. El protagonista vuelve a ser Monsieur Hulot, el eterno alter ego de Tati, pero aquí su presencia es mínima, no es más que una de las muchas distantes figuras que se mueven en ese desolador paisaje. No solo eso sino que, si ya en sus anteriores obras Tati demostró poco interés por la línea argumental, aquí no solo reincide en ello sino que literalmente no hay absolutamente nada parecido a un argumento. El film no es más que una sucesión de escenas que tienen lugar en varios sitios de la ciudad y que ni siquiera tienen la presencia de Hulot como punto en común. Si a eso le añadimos que es la película en que Tati estaba menos interesado por buscar los gags obvios que hicieran reír al público, resulta obvio que Playtime es la película más densa de su corta filmografia.

El estilo de Tati no depara sorpresas para los que ya hayan visto otra de sus obras: ausencia de diálogos (o mejor dicho, la mayoría de diálogos quedan sepultados bajo el resto de sonidos del entorno, como si no tuvieran la más mínima importancia), gags mayormente visuales y un uso magnífico del espacio. La forma como Tati organiza los gags con una precisión casi matemática, es deudora del mejor cine mudo, y más en concreto de Buster Keaton, con quien comparte también una total ausencia de sentimentalismo. Además, al igual que los personajes de Keaton, Hulot es un personaje inadaptado que intenta entender su entorno, que es la base tanto para Keaton como para Tati a la hora de crear sus gags. Por ello ambos cineastas tienden a filmar en planos generales (Tati lo lleva al extremo y no inserta ni un solo primer plano en toda la película y poquísimos planos cerrados que permitieran al espectador aproximarse a los personajes), porque prefieren favorecer la lucha de sus personajes contra ese mundo extraño antes que desarrollar sus psicología interior.

Lo más curioso es que, pese a ser un personaje que ni en ésta ni en sus anteriores obras ha sido profundizado, Monsieur Hulot funciona a la perfección. Porque los pocos rasgos que le definen hacen que el espectador lo comprenda rápidamente y le coja cariño: su pose siempre distraída, sus intentos por ayudar en todo momento (aunque nadie le reclame) que acaban por empeorar las cosas, su obstinación por adaptarse a los nuevos entornos intentando comprender su funcionamiento… Tati es un hombre entrañable pero fuera de su lugar. De hecho Playtime vendría a ser la continuación exacta de la anterior obra del director, Mi Tío, que acababa con el personaje de Monsieur Hulot abandonando su acogedor barrio al ser enviado por su cuñado fuera por asuntos de negocios. En este film podemos ver a Hulot metido en ese nuevo mundo e intentando sobrevivir en él.

Su presencia de hecho se hace esperar y, al inicio del film, Tati se permite hacer una pequeña broma al respecto. Cuando han pasado ya unos minutos y aún no ha aparecido su protagonista, de repente se ve una figura con el sombrero, la gabardina y esa inconfundible forma de caminar que rápidamente creemos identificar como Monsieur Hulot. Pero cuando una mujer le interpela creyendo que es Hulot, la figura se gira y dice a la mujer que se ha equivocado, que no es él. Casi parece que Tati se burla de las expectativas del espectador.

La forma como Tati juega con el espacio en esta película es absolutamente magistral. Playtime es casi una película abstracta, plagada de espacios fríos, geométricos, vacíos y deshumanizados. Dominan los colores azules y grisáceos así como las líneas rectas. La primera parte del film es la representación literal de cómo Monsieur Hulot intenta adaptarse y entender esos espacios sin éxito. Pasillos laberínticos, puertas que se confunden con paredes, oficinas que son tan similares entre sí que uno no puede distinguirlas… es una demoledora y acertadísima descripción del mundo moderno: frío, aburrido y descolorido. Hay un momento especialmente sugerente cuando Hulot espera que le atienda un ejecutivo en un sala de paredes de cristal. Aburrido de esperar, se levanta del sillón y observa la calle. El plano de Hulot observando el bullicio de la ciudad desde dentro de esa oficina transparente, que es casi como una cárcel de cristal, es uno de los momentos visuales más sobresalientes del film.
Otro instante memorable en que Tati juega con la transparencia es cuando Hulot visita la casa de un amigo compuesta de paredes de cristal. Toda la escena se filma desde la calle, permitiéndonos ver todo lo que sucede dentro y la ausencia de intimidad de los personajes.

Pero el trabajo de Tati con este entorno no se limita solo al espacio, porque de hecho en Playtime demostró que pese a ser un director especialmente visual, sabía cómo sacar todo el partido posible al sonido. Los silencios sepulcrales de esas oficinas con ese leve ruido de fondo que hace pensar en una fábrica acentúan aún más la fuerza de esos pequeños ruidos que normalmente pasan desapercibidos y que Tati acentúa a propósito (el ejemplo más claro es ese plano del ejecutivo acercándose desde la distancia mientras oímos el sonido de sus pisadas aproximándose). En ese universo, los diálogos no son más que otro accesorio dentro de la sinfonía de sonidos que va creando.

Si el plano de Hulot observando el mundo desde su cárcel de cristal ya era bastante revelador de lo que el director pretende transmitir, ¿qué se puede decir de ese precioso plano de la Torre Eiffel reflejada en las puertas de cristal de uno de esos fríos edificios? A lo largo del film, Tati sigue también a un grupo de turistas que visitan París conducidos por un guía que quita cualquier atisbo de espontaneidad o emoción al viaje. Mientras éstos son llevados a visitar edificios y exposiciones de moda, los monumentos más importantes de París aparecerán solo de forma muy leve reflejados en las puertas de eso edificios, como si quisieran hacer una tímida aparición en ese mundo modernizado en el que no tienen cabida. Cuando una de esas turistas decide hacer fotos a una floristería (uno de los pocos atisbos de color en lo que llevamos de film) ésta proclamará emocionada que ése es el París auténtico que está buscando, aunque no es lo que interesa al resto de sus acompañantes.

Tati reincide en la misma idea en una agencia de viajes en que se ven carteles publicitarios de varias ciudades, en todos aparece el mismo edificio, mostrando un mundo globalizado en que se ha perdido la personalidad propia. Esa idea también está en el uso que se hace del inglés, idioma que utilizan algunos de los personajes para parecer más sofisticados (el título del film es una alusión a ese hecho).

Pero la escena principal del film tiene lugar en un restaurante de moda recién construido, en que Tati se permite deconstruir todo lo que había mostrado hasta ahora. Esas construcciones frías y modernas, esos diseños chic pero inútiles, ese gusto por la ornamentación, todo ello acaba estallando en esta larguísima escena de casi tres cuartos de hora en que los sufridos dueños del club contemplan como todo se acaba destrozando por una mala planificación del arquitecto. Es la venganza de Tati contra ese mundo moderno dominado por la tecnología pero en el que todo falla, en que se vende sofisticación pero todo acaba siendo cutre y desastroso, en que los ornamentos solo sirven para estorbar y hacer que el barman no vea a sus propios clientes o que los trajes de los camareros se rompan. Hay tantísimos detalles en esta secuencia que en un primer visionado es difícil quedarse con todo, y el hecho de que Tati persistiera en filmar todo en planos generales no ayuda demasiado al espectador.

Como gran final, Tati crea una de las escenas más maravillosas de la película. En un avance de lo que sería su siguiente película, sigue el recorrido de varios coches que acaban atrapados en una rotonda girando eternamente como si se tratara de un tiovivo gigante. Se trata de la última gran broma del director sobre la mecanización del mundo en que vivimos. Es una escena plagada de pequeños gags que pueden parecer un tanto ingenuos, pero tienen una pureza y una autenticidad que demuestran como Tati realmente creía en la magia de esos pequeños momentos, que daban algo de vida a una sociedad que estaba dejando atrás su personalidad y su humanismo por un mundo desprovisto de color.

Que además Tati se arruinara para llevar esa idea hasta sus últimas consecuencias no hace más que engrandecer lo arriesgado de su propuesta. Por desgracia, tras Playtime Tati jamás pudo volver a encauzar su carrera y aunque realmente el esfuerzo valió la pena, tras ver una película como ésta uno no puede evitar pensar que a un mundo tan frío e impersonal le habría venido bien más películas de Jacques Tati.

Las Vacaciones de Monsieur Hulot [Les Vacances de Monsieur Hulot] (1953) de Jacques Tati

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En una pequeña playa francesa de la costa Atlántica comienzan a llegar una serie de veraneantes dispuestos a vivir unas relajadas vacaciones al lado del mar. Sin embargo, su concepción de las vacaciones es bastante aburrida y consiste básicamente en trasladar su aburrido día a día urbano al escenario costero, es decir, regirse por unos horarios marcados (hora de comer, hora de irse a dormir…) mientras se dedican a hacer lo mismo que en su hogar: jugar a las cartas, leer el periódico y holgazanear. No hay espontaneidad ni diversión, simplemente rutina y puro aburrimiento. Pero entonces sorpresivamente irrumpe un personaje que rompe con toda la calma y armonía: Monsieur Hulot, un hombre desastroso que no planifica nada y que se deja llevar por la espontaneidad. Su llegada inevitablemente supondrá la destrucción de esa tranquila burbuja idílica  en que viven el resto de veraneantes.

Jacques Tati (director, actor protagonista y co-guionista) es uno de esos grandes cineastas a reivindicar siempre que se pueda, un autor que supo crear un estilo muy personal siguiendo la tradición de los grandes cineastas del slapstick como Charles Chaplin y, sobre todo, Buster Keaton. Su gran virtud fue saber explotar estos elementos humorísticos a la perfección integrándolos a los temas que le interesaba mostrar, especialmente la lucha entre tradición y modernidad. Las Vacaciones de Monsieur Hulot es su película más divertida y también la que menos incide en esta temática, aunque tampoco debemos dejar que nos engañe su apariencia de inocente comedia banal.

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Rodada después del gran éxito de su debut (Día de Fiesta), Las Vacaciones de Monsieur Hulot sería la primera película en que aparecería el personaje al que Tati encarnaría durante el resto de su carrera y que estaría siempre ligado a su nombre: Monsieur Hulot. Alto y larguirucho, siempre con una pipa en la boca, Monsieur Hulot es un entrañable hombre que vive ajeno a lo que sucede en el resto del mundo. Distraído, curioso, inquieto e inconsciente, Hulot siempre intenta ayudar a quien lo necesite… y también a quien no. Su presencia equivale al caos, allá por donde pasa provoca estropicios muchas veces sin darse cuenta y es quizás por eso que los que más le admiran y disfrutan de su compañía son los niños y los animales. Él, por supuesto, es totalmente ajeno a ello y siempre hace todo lo posible por encajar entre la gente normal.

La galería de personajes que componen los huéspedes del hotel no tiene desperdicio y están todos perfectamente definidos: un padre de familia que se pasa el día atendiendo el teléfono por negocios; un comandante retirado que se dedica a aburrir a quien quiera escucharle sobre sus batallitas de guerra; una joven y atractiva rubia que se siente algo ajena al monótono mundo adulto; un matrimonio de ancianos en que la mujer tiraniza a su marido obligándole a dar largos y aburridos paseos (resulta hilarante cuando ella le va enseñando emocionada las conchas que encuentra en la orilla y éste las lanza de nuevo al agua indiferente); un pedante joven intelectual obsesionado con la política; una anciana solterona, etc.

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No hay nada de inocente en la caracterización de estas personas y, aunque en esta película no existe el elemento crítico que aparecería con más fuerza en obras posteriores, Tati no los retrata de forma especialmente amable. Pero tampoco es cruel con ellos, los caricaturiza levemente de forma que resulten divertidos pero al mismo tiempo  reales. Los únicos que escapan a su mirada mordaz son los niños y los pocos aliados de Hulot, el resto aparecen retratados como unos aburridos veraneantes a los que el protagonista aplica inconscientemente una cura de shock para despertarles de su letargo.

Su visión cándida del mundo infantil aparece retratada en ese breve momento en que un pequeño niño intenta llevar un helado en cada mano sin que se le caigan. Camina torpemente, sube las escaleras poco a poco y cuando abre la puerta tememos que la bola de helado se caiga al girar el pomo… pero milagrosamente se sostiene y consigue llevar el cucurucho intacto a su hermano. Tati no se mofa en ningún momento de los niños, el blanco de sus burlas siempre serán los adultos.

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Enumerar todos los recursos humorísticos de los que se sirve el director sería interminable, ya que era un perfeccionista enfermizo y llenaba cada escena de pequeños gags siempre meticulosamente planeados. Aunque se sirve muy a menudo del sonido como complemento, Tati es en esencia un cómico visual y por ello los diálogos escasean a lo largo del film, siendo casi siempre meros complementos a la imagen que sirven para acabar de llenar el paisaje que ha recreado el director.

Un ejemplo de los trucos visuales que tanto le gustaban al cineasta francés es el mostrarnos cada noche el hotel a oscuras hasta que Hulot despierta a los asistentes de alguna manera (como por ejemplo con los fuegos artificiales del final), momento en que las ventanas se van iluminando una a una hasta que todo el hotel está despierto, o jugar con los encuadres de la cámara para hacer que un hombre parezca tener cabeza de caballo.

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Los gags visuales se suceden uno tras otro y ya es cosa de cada espectador listar sus favoritos.
Mientras pinta una barca en la orilla del mar, la corriente arrastra el bote de pintura y lo cambia de sitio sin que él se dé cuenta. A continuación, mientras está navegando la barca se le rompe por la mitad y acaba atrapado en medio de forma que cuando se acerca a la orilla la gente cree que es una especie de monstruo marino (un gag curiosamente añadido al film original décadas más tarde a rebufo del éxito de Tiburón). De visita en la casa de la joven tuerce los cuadros involuntariamente al querer colocarlos bien y luego atrapa con la espuela de sus botas una piel de zorro. En el hall del hotel al buscar su pelota de ping pong interfiere inconscientemente en dos partidas de cartas provocando que los jugadores se peleen entre ellos.

Pero si tuviera que elegir un gag concreto, sería sin duda cuando acaba accidentalmente con su desastroso coche averiado en un cementerio donde se está oficiando un funeral y confunden su rueda de recambio con una corona de flores. Al final todos los asistentes van a darle la mano creyendo que es un familiar del fallecido y, como de costumbre, Hulot no es consciente de nada de lo que sucede y les saluda sonriente.

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El director también se sirve de la elipsis de forma muy divertida en una de las primeras escenas del film. Un hombre está pintando su barco hasta que de repente la embarcación se propulsa al agua. Alguien ha tocado el torno que la sostenía, así que el furioso marinero mira alrededor y pregunta amenazadoramente a los niños. Entonces vemos cómo su mirada se posa desconfiadamente en Monsieur Hulot, el cual enseguida adivinamos que ha sido el causante de la catástrofe solo por su pose y su intento de disimular. Tratado así, el gag tiene mucha más gracia que si hubiéramos visto cómo tocaba el torno y huía para no ser descubierto.

En todo momento se nos enfatiza con algunos de estos gags el hecho de que Hulot no encaja en absoluto con el resto de adultos. Cuando el repartidor de diarios trae las últimas noticias todos acuden corriendo a comprar un ejemplar, pero Tati utiliza el suyo como sombrero para resguardarse del sol ante la mirada desaprobadora del joven intelectual. Más tarde, en la fiesta de disfraces no acude ningún adulto salvo un hilarante Hulot disfrazado de pirata que, irónicamente, acaba bailando con la chica ante la mirada del resto de huéspedes.

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Ella es una de las pocas personas adultas que parece disfrutar de su presencia, además de una anciana solterona y el aburrido marido que durante los paseos con su esposa no deja de observar las locuras de Hulot. Al final de su estancia, cuando todos los adultos intercambien saludos y sus señas, Tati de nuevo intentará infiltrarse pero descubrirá por primera vez en la película que el resto no le tienen demasiado aprecio por motivos desconocidos para él y acabará, no casualmente, sentado en la arena con los niños. Sólo pasan a saludarle su anciana amiga y el marido sometido por su aburrida mujer, dejando sorprendido al protagonista ya que en ningún momento de su estancia han intercambiado palabra y desconocía por completo la existencia de un admirador secreto.

También se esboza levemente el que será el futuro tema central de su siguiente y mejor película, Mi Tío (1958) al mostrarnos a un niño como el del atareado hombre de negocios que se pasa el día junto al teléfono, el cual admira a Hulot seguramente deseando que su padre fuera así.

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La escena final del film es un plano de la costa que se convierte en una postal que Tati quería inicialmente que se viera en color. Ese plano enfatiza el aire melancólico que sobrevuela todo el film y que el director potencia también con la canción que se oye repetidas veces a lo largo del metraje.

Las Vacaciones de Monsieur Hulot no sólo es un film que demuestra el inmenso potencial de Tati como cineasta y cómico, sino también una visión entrañable y divertida de algo tan conocido por todos como son las vacaciones veraniegas, pero añadiéndole el punto de locura de su protagonista, como si el cineasta nos quisiera decir que la vida sería muy aburrida sin un Hulot para romper la rutina creando algo de caos.

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