Sergio Leone

¡Agáchate, Maldito! [Giù la Testa] (1971) de Sergio Leone


Si hay algo que tampoco se le puede reprochar en exceso a Sergio Leone respecto a ¡Agáchate, Maldito! (1971) es no haber estado a la altura de las expectativas. No solo venía de realizar una serie de westerns magistrales que reformularon el género, si no que cada uno de ellos – especialmente los dos últimos, El Bueno, el Feo y el Malo (1966) y Hasta que Llegó su Hora (1968) – era más grande y épico que el anterior. Llegó un punto en que Leone sencillamente ya no podía ir a más, en que los ingredientes tan característicos de su estilo personal no daban para llegar más lejos. ¿Qué hacer en esa situación? La opción más segura es la que tomaría años después con Érase una Vez en América (1984): optar por un cambio de género donde podría explorar otras opciones y seguir en su senda de hacer películas cada vez más monumentales, pero sin riesgo de ser reiterativo (no obstante, aunque efectivamente Érase una Vez en América es aún más grande en todos los sentidos que las anteriores y se trata sin duda de una obra magistral, yo sigo creyendo que está unos escalones por debajo de los westerns antes citados; no siempre el ser “más grande” es sinónimo de ser mejor).

Pero en medio de lo que parece una escala perfectamente lógica en que cada película es más grande y épica que la anterior nos encontramos con este filme un tanto incómodo por estar fuera de lugar. Porque ¡Agáchate, Maldito! no solo es una obra menos colosal que las anteriores, sino el western menos logrado de su carrera, lo que ha llevado inevitablemente a usar la expresión seguramente injusta de “paso en falso”. Sin duda el estar colocado entre una serie de películas tan magistrales e iconográficas le hace un flaco favor, y el hecho de haber sido un sonoro fracaso de taquilla en Estados Unidos en su momento ya predispone a pensar en una obra fallida. Sin embargo, revisionándola a día de hoy creo que está fuera de toda duda que nos encontramos ante una película notable que simplemente no colmó las expectativas.

De entrada merece la pena resaltar que inicialmente Leone no pensaba dirigir ¡Agáchate, Maldito! sino ceder a otro director la historia que él había escrito junto a los guionistas Sergio Donati y Luciano Vicenzoni. El escogido fue Peter Bogdanovich, pero como éste y Leone no se entendieron se cedió la tarea a Gioncarlo Santi, asistente de dirección en sus otros filmes. Sin embargo, uno de los protagonistas era Rod Steiger que como estrella de Hollywood que era no quería ser dirigido por un ex-asistente de dirección recién ascendido a director, y amenazó con abandonar el proyecto a menos que Leone se comprometiera a dirigirlo personalmente. Inevitablemente, Leone tuvo que dar un paso al frente y realizar una película de la que no había pensado encargarse inicialmente.

Ambientada en México en los años 10, es inevitable pensar que el trasfondo revolucionario de la historia se vería influenciado por el particular clima político que se vivía a finales de los 60 y principios de los 70, tal y como indican los rótulos iniciales que citan una frase de Mao Zedong: “La revolución no es una cena social, un evento literario, un dibujo o un bordado. No se puede hacer con elegancia y cortesía. La revolución es un acto de violencia“. Seguidamente se nos explica la relación entre dos personajes de mundos contrapuestos que se ven unidos por extrañas circunstancias en las revueltas revolucionarias de la época: Juan, un bandido mexicano que se dedica a asaltar diligencias junto a sus numerosos hijos, y John, un ex-miembro del IRA experto en explosivos.

Aunque Leone afirmaría que su intención no era hacer una película política, pocas escenas explican con mayor claridad y de una forma tan aparentemente sencilla la razón de ser de las revoluciones sociales como la que da inicio al filme. Juan es recogido en mitad del desierto por una diligencia de lujo en que viajan una serie de personajes de clase alta que se encuentran en mitad de su comida. Ignorando que en realidad Juan es un bandido que está esperando a sus cómplices para atracarles, los ocupantes de la diligencia se dedican a hacer todo tipo de comentarios despectivos e insultantes sobre la gente como él, que Leone remarca en primerísimos planos de sus rostros engullendo la comida. Juan no es ningún revolucionario, solo un bandido, pero tras el tratamiento que le han dispensado la venganza que se permite contra ellos nos parece incluso que se queda corta.

Sin embargo, no es en absoluto ¡Agáchate, Maldito! una película que glorifique las revoluciones, al contrario, si bien apunta que son necesarias la visión de los guionistas parece ir en la línea de lo que piensa John: que en el fondo lo que acaba sucediendo es que la gente de abajo se pelee por conseguir unas mejores condiciones de vida, pero al final el resultado es tener a otra gente diferente por encima. De hecho es en gran parte por esta visión tan acertamente desencantada de la revolución que la película ha soportado bien el paso del tiempo, con un Juan convertido en revolucionario a su pesar y un John de posición más bien ambigua antes que alguien que cree en lo que hace.

Pese a lo interesante que es contemplar la visión que da Leone de esta etapa revolucionaria de la historia y aun siendo (como era de esperar) técnicamente irreprochable el gran handicap del filme está en su guion. Si bien no se hace pesada en sus dos horas y media (Leone es de esos cineastas privilegiados capaz de hacer películas largas que no resulten agotadoras), el filme es narrativamente torpe, con algunos saltos extraños en la historia que resultan algo súbitos y deslavazados. Se podría justificar que la culpa es de los numerosos recortes de metraje que sufrió la película, pero también se eliminaron en su momento algunas escenas de El Bueno, el Feo y el Malo que ayudaban a entender mejor el progreso de la historia, y no obstante el resultado no se resintió. Por otro lado, también le perjudica un poco el hecho de contener elementos tan característicos del cine de Leone pero sin la brillantez de antaño: el recurso del flashback que se va repitiendo a lo largo de la trama, que aquí carece del impacto de Hasta que Llegó su Hora y resulta previsible (e incluso a veces demasiado ñoño, algo insólito en Leone); una muy buena banda sonora de Morricone pero realmente menos memorable que en sus anteriores obras; la ausencia de grandes escenas climáticas à la Leone como los duelos de las tres anteriores películas, etc.

Incluso Juan es una clara variante de Tuco de El Bueno, el Feo y el Malo, pero Rod Steiger no le pilla el punto cómico al personaje tan bien como lo hizo Eli Wallach. James Coburn, al que Leone llevaba proponiendo una colaboración desde Por un Puñado de Dólares (1964) en cambio sale mejor parado en este personaje heroico al estilo Eastwood, mientras que a cambio el antagonista aquí es un personaje mucho más ausente, compensando el hecho de no ser encarnado por un actor de renombre con la inteligente decisión de apenas hacerle hablar en toda la película, lo cual le da un aire siniestro y misterioso. Todo en su conjunto nos recuerda por qué Leone era un cineasta tan prodigioso pero al mismo tiempo nos sabe a poco, y si bien es comprensible que en su momento fuera un chasco, viéndola hoy día uno no puede dejar de lamentar que Leone tardara trece años en dirigir su siguiente y última película. Una de las grandes desgracias del cine seguramente es que alguien como él no se prodigara más tras las cámaras.

Por Un Puñado De Dólares [Per un pugno di dollari] (1964) de Sergio Leone

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Por un Puñado de Dólares es una de esas películas que conviene analizar de vez en cuando en su debido contexto para ser conscientes de la sorpresa que supuso su enorme impacto. Se trataba de una película del oeste rodada en España por un director italiano que por entonces era un completo desconocido y protagonizada por un actor de westerns televisivos. Absolutamente nadie podía imaginar en aquel entonces que un producto de características tan poco prometedoras se convertiría en un éxito de taquilla inmenso que lanzaría la carrera de su director y protagonista, además de revolucionar las bases del género. Y es que a veces la historia es caprichosa y hace que films supuestamente tan poco relevantes trasciendan mucho más de lo que ninguno de los implicados podría imaginar.

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Un ejemplo de las limitadas expectativas que tenían puestas en el proyecto es el hecho de que aunque se trataba de un remake de Yojimbo (1961) de Akira Kurosawa – que a su vez tomaba muchos elementos de la novela negra Cosecha Roja de Dashiell Hammett – los productores decidieron finalmente no pagar la suma en derechos de autor que reclamaba el director japonés, ya que después de todo ¿por qué pagar tanto dinero por una adaptación que apenas se vería fuera de Italia? Cuando el film se convirtió en un éxito internacional, tuvieron que negociar con Kurosawa, pero era un mal menor comparado con el dinero que estaba recaudando.

El protagonista es un jinete solitario sin nombre (al final un personaje se refiere a él como Joe pero prefiero mantenerle sin nombre) que llega a un pueblo conflictivo donde dos familias están enfrentadas: los Rojo y los Baxter. Lejos de amedrentarse por el ambiente hostil y las advertencias del tabernero local, el vaquero decidirá quedarse y sacar provecho de la situación ofreciendo sus servicios a los Rojo, al mismo tiempo que ayuda secretamente a los Baxter fomentando las rivalidades entre ellos mientras se enriquece.

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Por Un Puñado De Dólares resulta aún más sorprendente si tenemos en cuenta que fue el primer western de Sergio Leone, porque ya reúne sus características esenciales. Leone se convirtió inesperadamente en el renovador de un género por entonces anquilosado y que había pasado a instalarse en las series de televisión, devolviéndole su grandeza al mismo tiempo que le dotaba de una crudeza que lo adaptaba a los nuevos tiempos. Por Un Puñado De Dólares debió ser una refrescante sorpresa para el público de la época, un western sucio y amoral, en que el protagonista provoca numerosas matanzas sin ningún tipo de miramiento y logra salir indemne. Leone abrió la puerta a una nueva visión del género menos acartonada y definitivamente más adaptada a los nuevos códigos del cine de los años 60.

Uno de los aspectos más sorprendentes es por ejemplo la crueldad de sus personajes, que hace sentir al espectador en sus carnes el salvajismo del oeste, de esa época mítica sin ley. En una de las escenas finales, Ramón, el cabecilla de los Rojo, prende fuego a la casa de los Baxter y va disparando sin titubear a todos los que salen de la casa pidiendo clemencia con las manos en alto. Es un preludio de futuros antagonistas del cine de Leone que no sólo son igual de crueles sino que no dudan en matar también a niños.

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Otro elemento casi tan decisivo como la dirección de Leone, es el papel protagonista encarnado por Clint Eastwood. El actor no era ni mucho menos la primera elección de Leone pero fue el único que accedió a protagonizar la película tras las negativas de Charles Bronson y Richard Harrison entre otros. Aunque él se tomó su participación en el film como un pequeño trabajo a llevar a cabo entre dos temporadas de la serie que protagonizaba, en realidad fue el papel que consiguió catapultarle al mundo del cine pudiendo abandonar por fin la pequeña pantalla. Pese a la difícil comunicación entre actor y director (Leone no hablaba ni una palabra de inglés y Eastwood obviamente no entendía el italiano) llegaron a una especie de entendimiento instintivo que les permitió dar forma a un personaje legendario, un héroe imbatible que tiene algo de mítico. Puede que Eastwood no fuera un gran actor, pero ambos supieron dotar al personaje de suficiente carisma como para hacerlo legendario sirviéndose de gestos muy elementales.

En su definición fue también fundamental el cuidado de pequeños detalles como el vestuario y el atrezzo: el poncho y su puro, intrínsecos al personaje. De hecho es de destacar no solo el papel de Eastwood sino la sagacidad de Leone para servirse en papeles secundarios de rostros que encajan a la perfección con su concepción del western. Leone era un director especialista en filmar rostros, y aquí ya se nota el cuidado que ponía en poblar sus películas de retratos duros y con personalidad que encajen en ese ambiente creado por él. Enseguida se harían legendarios sus primeros planos tan cerrados que eran casi estudios de caras entendidas como paisajes. La mítica banda sonora de Ennio Morricone acabó de redondear la película y dotarla de personalidad propia.

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Fue tal el éxito que tuvo que acabaría dando forma a una trilogía protagonizada por Eastwood en que Leone fue llevando su estilo a una escala cada vez mayor. Cada film era más largo y resultaba aún más épico que el anterior, tenía una banda sonora de Morricone más grandiosa que la precedente y potenciaba aún más los rasgos característicos de la dirección de Leone. Éste llegaría a su cumbre con dos obras maestras como El Bueno, El Feo y El Malo (1966) y Hasta Que Llegó Su Hora (1968). Tras estos dos films, Leone no podía llegar más lejos ni como director ni como creador de westerns. No es de extrañar que su última gran obra fuera en otro género completamente distinto: Érase Una Vez En America (1984).

En todo caso por entonces Sergio Leone ya había conseguido algo al alcance de muy pocos: renovar un género y catapultar al estrellato al que sería uno de los actores más famosos de las décadas posteriores. Desde luego no es algo a lo que puedan aspirar muchos directores italianos.


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